LA FARSA

Written by Libre Online

21 de septiembre de 2022

Por Ernesto Montaner (1954)

El hecho cierto de que los políticos cubanos hayan demostrado ser -en más de medio siglo de República— unos pésimos actores, no autoriza a los actores a tomarse la venganza, por sus propias manos, demostrándonos que ellos también pueden ser unos pésimos políticos. 

Y La Habana de 1954 estaba llena de pasquines electorales con la efigie de artistas consagrados en el teatro, el cine, la radio y la televisión. Entre ellos, a la misma distancia de la política que del arte, se destaca la pintoresca figura de «Clavelito», diciéndole al pueblo: «pon tu pensamiento en mí», como si los problemas cubanos del desempleo y el hambre en las ciudades y en el campo, la estrepitosa y acelerada decadencia económica, la usurpación del poder por los madrugadores audaces, la conculcación de los derechos ciudadanos, el estigma imborrable de un régimen de censura y de oprobio que juega a las democracias celebrando unos comicios que no podrán ser otra cosa que una agresión más a la libertad y a la vergüenza de un pueblo escarnecido y maniatado, se pudieran resolver con una guitarra y un vaso de agua.

Sabemos que el vaso de agua casi una institución nacional, está presente en el hogar de los humildes y en el palacio de los potentados. Ricos y pobres creen en sus efluvios maravillosos. Unos lo ponen sobre un cajón de bacalao y otros en un altar de oro macizo de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, pero todos esperan de él un resultado mágico, de poderes abstractos. El brillante poeta y escritor radial Juan Herbello, nos acaba de regalar, en su última obra «Solar» —de gran éxito— esta estrofa:

«Solar: humilde colmena

 de la más humilde gente, 

de gente que le hace frente

 a su angustia y a su pena 

con pases de hierbabuena 

y con tragos de aguardiente.»

No obstante, la importancia del vaso de agua en la vida cubana y con todo el respeto que nos merecen las personas que ponen el vaso de agua y hasta el mismísimo vaso de agua —aunque ésta haya sido extraída de la Cuenca Sur- nos luce una burla sangrienta al gran drama cubano de la hora actual, la ridícula pretensión de sentar en un escaño del Congreso de la República a un analfabeto con acompañamiento de guitarra, como el señor «Clavelito», cuya sola presencia en una boleta electoral constituye una afrenta a la cultura y una falta de respeto al derecho de selección que tiene el pueblo para elegir a sus representantes.

Sabemos que hay crisis de hombres. No ignoramos que ésta es casi total y en todos los partidos. 

Nos atormenta y nos quema la entraña la convicción plena de que Cuba está -y seguirá estando, quien sabe hasta cuando en las peores manos. Hemos sufrido la angustia dolorosa de celebrar el centenario de Martí sin Patria, pero con amo.

 No olvidamos, ni un instante siquiera, que las próximas elecciones de noviembre han de ser una farsa de mal gusto y que las boletas del Gobierno y de la oposición están «llenas de ladrones», enriquecidos en diversas ocasiones que han detentado los más altos cargos de la República. 

Sabemos también que los dirigentes del Partido del Pueblo Cubano, Ortodoxo, han jugado un rol tristísimo por ambiciones, incapacidad y recelos sin precedente en los anales de nuestra historia política. Pero, ninguna de estas cosas justifica la postulación del señor «Clavelito». Y muchos menos su elección. Porque no es una guitarra chillona y desafinada credencial suficiente para franquearse las puertas de un congreso —aunque en el país haya crisis de hombres— y dedicarse a la responsable y difícil tarea de legislar, que en eso también «una cosa es con guitarra y otra cosa es con violín».

Claro, que todo esto de las elecciones, no es más que —como diría Benavente— «una farsa guiñolesca y de asunto disparatado». «Pronto veréis como cuanto en ella ocurre, no pudo ocurrir nunca. Que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos y fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista.» 

Jamás «Los Intereses Creados» del recién desaparecido dramaturgo español don Jacinto Benavente. Premio Nobel de 1922, gloria de España y orgullo del idioma, ha sido llevado a la escena con tal realismo y tanto lujo de detalles. 

Cuántos hombres públicos se repiten a diario esta frase: «Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido. Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece.» Y cuántos practican aquella otra: «Mundo es este de toma y daca, lonja de contratación, casa de cambio, y antes de pedir ha de ofrecerse.» Y ¿qué cubano no estará pensando el primero de noviembre en las primeras palabras del prólogo?: «He aquí el tinglado de la antigua farsa.»

Pero, ni aun sabiendo que se trata de una comedia, nos resignamos a la presencia de los artistas profesionales en las boletas. Hombres de tan altos prestigios artísticos como Carlos Badía y Leopoldo Fernández, figurando como candidatos a concejal y Enrique Santisteban postulado para representante. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Estamos perdiendo el sentido de responsabilidad y contribuyendo a la subversión de valores y a la peligrosa manía que hemos tomado de trastocarlo todo y mantener las cosas lo más lejos posible del verdadero sitio, donde debían estar. 

Y pretender trasladar la popularidad de los artistas a la política, arrancándolos de la televisión, la radio y el teatro, equivale a nombrar como médicos cirujanos, en los hospitales, a los más destacados peloteros de la temporada. Porque «Miñoso» es un gran bateador, pero no sabe una palabra de cirugía, ni está facultado para extirparle el apéndice a alguien. Su inmensa popularidad como pelotero es indiscutible. Es un ídolo en el deporte.

Pero Miñoso por muy ídolo que sea no puede ser médico de un hospital, dentista de una casa de Socorro, magistrado de la Audiencia. Fiscal del Supremo ni profesor de Derecho Civil de la Universidad. Porque no. Porque él es lo que es un gran pelotero. 

Pretender nombrarlo presidente de un banco es hacerle daño a él, al banco y al baseball. Y lo mismo ocurre con los valiosísimos artistas Carlos Badía, Leopoldo Fernández y Enrique Santisteban. En el arte, los tres se han destacado, por verdaderos méritos y cualidades indiscutibles, hasta alcanzar el estrellato. El más nuevo de ellos lleva veinticinco años en la profesión. Veinticinco años de vocación estudios y experiencia son los cimientos de sus triunfos.

Las bases del estrellato. Los pedestales de la popularidad.  De eso es de lo que saben: de teatro. De lo que pueden hablar y discutir con tanto derecho como el que más, porque siempre han estado en eso a la altura de los primeros. Y como se trata de tres artistas de gran prestigio los mejores pagados de Cuba tenemos que lamentar, con verdadera pena, esa transición violenta, ese falso concepto de la popularidad, esa subversión de valores, esa errónea interpretación de la política y del arte de gobernar y legislar, porque todo ello no es más que la comprobación palpable de que somos una nación que se desmorona, un pueblo en desbandada, una Patria en ruinas.

Leopoldo Fernández, Enrique Santisteban y Carlos Badía no saben nada de política. Ni han demostrado jamás esas inquietudes del que positivamente tiene vocación para ella. ¿A qué pues, intempestivo cambio de profesión? ¿Qué mosca les ha picado, que pretenden dejar los primeros lugares del teatro, ¿para ocupar los últimos en la política? Ni ellos debieron aspirar, ni las asambleas -si llegan a estar compuestas por hombres responsables- debieron postularlos. Y muchísimo menos los electores tendrán una sola razón que aconseje votar por ellos.

Si el electorado se equivoca el balance será trágico para la política, para ellos y para el teatro. Para la política porque ya el pueblo está aburrido de tantos actores y de tanta farsa. Para el teatro, porque pierde tres valores indiscutibles, y para ellos, porque dejarían de ser primeras figuras —como lo son en el teatro-para convertirse, en la política, en comparsas o simples partiquinos.

Doblen las campanas por un pueblo tan desdichado y tan triste que no teniendo hombres para seleccionar —víctima de una espantosa crisis— deposite las riendas de la Patria en manos de sus polichinelas.

 Días de horror y de espanto tendrían que avecinarse para esa pobre nación, que, en medio del caos, llegara a confundir las estrellas del arte con la estrella de la libertad, en el firmamento de la historia.

No es gobernar y legislar tarea de cómicos ni de improvisados. 

Líbrense de intentarlo los timoratos y los débiles de espíritu, o los enanos ambiciosos que, por miopía mental, anteponen siempre a los de la Patria sus intereses personales y en vez de servirla de rodillas como hombre de bien, cabalgan sobre sus espaldas ensangrentadas, con las espuelas al talón cual jinetes apocalípticos enrojecidos, por los resplandores del infierno, minutos antes del minuto final.

Doblen las campanas por el pueblo más triste de la tierra, que no puede ser otro que aquel donde los hombres se dividan y se odien hasta hundir los colmillos en el sucio como bestias antediluvianas y los buenos estén a merced de los poderosos sin que para nada valgan las virtudes esenciales del honor, la vergüenza y la dignidad, mientras que las jerarquías del espíritu y las calidades humanas, confusas y subvertidas giren entre tinieblas igual que un torbellino de polvo y hojas secas, y los políticos reciten como viejos actores profesionales para arrancarle a las multitudes aplausos y lágrimas y los viejos actores profesionales pretendan recitar como políticos consagrados los discursos del Congreso y un analfabeto se dé el lujo de suponer que para legislar lo único que hace falta, es una guitarra desafinada y un vaso de agua.

Doblen las campanas por un pueblo que vote por «Clavelito».

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