La envidia

11 de agosto de 2026

San Gregorio Magno, el sexagésimo cuarto papa de la Iglesia católica romana, fue quien seleccionó, en el año 600 de nuestra era, los siete pecados capitales, decisión en la que coincidieron los teólogos de la Edad Media. La lista ha permanecido intacta hasta hoy, y estos son los pecados que incluye: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.

Pudiera parecer que los señalados pecados son leves defectos del carácter humano y que, sin embargo, se silencian otros como el crimen, el aborto, el robo, la violencia y paremos de contar. Analicemos brevemente la mencionada lista. Creo que resulta lógico y oportuno decir que la soberbia conduce a la violencia y al crimen; la avaricia, al robo, a los asaltos y a la acumulación de riquezas a base de extorsionar a los más pobres; la lujuria pudiera llevarnos al adulterio, la pederastia, la agresión sexual y la pornografía; la ira destruye la paz familiar, conduce al abuso de los fuertes contra los débiles y a las tragedias domésticas; la gula es un pecado que atenta gravemente contra nuestra salud, nos induce a desear lo que no debemos consumir y crea un estado de inquietud que nos hace insoportable la vida; la pereza es la madre de todos los vicios. El que no tiene su tiempo ocupado piensa en el mal y cae en las tentaciones más peligrosas que podamos imaginar. Sobre la envidia vamos a hablar con mayor detenimiento en este trabajo; pero confiamos en que, antes de hacerlo, haya quedado claro que los siete pecados capitales históricos de la Iglesia no son tan leves ni tan inofensivos como pudiera pensarse.

Quiero recomendar a mis amigos lectores la lectura de dos interesantes libros, entre muchos otros que tratan el tema de la envidia. El primero es Abel Sánchez: Una historia de pasión, novela de don Miguel de Unamuno, publicada en 1917 e inspirada en el relato bíblico de Caín y Abel. Es interesante pensar que el primer crimen de la historia se cometió por un acto de envidia.

El otro es El español y los siete pecados capitales, de Fernando Díaz-Plaja, ilustre escritor y ensayista español, quien produjo una cautivadora serie dedicada, entre otros temas, a los siete pecados capitales en relación con los franceses, los italianos y los estadounidenses. Quienes han disfrutado de la colección completa han aprendido mucho sobre la psicología humana y sobre los aspectos culturales que, al mismo tiempo que separan a las naciones, también las unen.

Nuestra sugerencia de leer dos libros estrictamente seculares sobre el tema de la envidia tiene por objeto señalar que este sentimiento suele estudiarse fuera del ámbito estrictamente religioso. Para Díaz-Plaja es una arista del carácter humano y Unamuno, quien reconoce que “es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”, la reduce a una desviación moral que aleja al ser humano de los preceptos éticos; pero, bíblica y teológicamente, la envidia es claramente un pecado. Y cuando de pecado hablamos, de transgresión, desobediencia y corrupción hablamos. En el calvinismo se menciona “la depravación total” de quienes pretenden vivir al margen de la vida que imparte Jesucristo. La envidia es, pues, algo que no puede tomarse a la ligera.

La palabra envidia proviene del vocablo latino invidia, que entre los romanos también designaba sentimientos como “antipatía”, “odio”, “mala voluntad”, “impopularidad”, “celos” y “rivalidad”. Por ejemplo, invidia Numantini foederis significaba “impopularidad del tratado con Numancia”. En la epístola de San Pablo a los Gálatas leemos estas palabras: “Los que siguen malos deseos cometen inmoralidades sexuales, hacen cosas impuras y viciosas, adoran ídolos y practican la brujería. Mantienen odios, discordias y celos… son envidiosos, glotones, borrachos…”. ¿Nos damos cuenta del lugar que ocupa la envidia en la mente del Apóstol? No se trata de una modalidad del carácter ni de una distorsión de las normas sociales. Se trata de un pecado y, como tal, tenemos que considerarla.

La envidia suele tratarse como un fenómeno psicológico comúnmente asociado al complejo de inferioridad o a algún trauma emocional sufrido durante la niñez o en los años formativos. La persona envidiosa sufre de insatisfacción, frustración o represión. Hay casos en que cambios de fortuna o de circunstancias, que dañan el estilo de vida de una persona, la convierten en víctima de la envidia. La carencia de un talento que a otro le sobra provoca envidia en quienes no disponen de un punto de apoyo para apreciar sus propios valores. Como dijo Napoleón Bonaparte: “La envidia es una declaración de inferioridad”. Y, lo que es más triste, también suele ser la perversión de la admiración. Pudiéramos repetir, como si fueran nuestras y de nuestro tiempo, las palabras del libro de Job: “Es cierto que al necio lo mata la ira, y al codicioso lo consume la envidia”.

En el Catecismo de la Iglesia Católica encontramos esta expresión: “Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico y social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras” (2317). Es evidente que el envidioso causa problemas tanto para sí mismo como para las personas a quienes envidia, pues clausura el amor, la amistad, la convivencia y la armonía.

Existen pruebas psicológicas para determinar nuestro grado de envidia, pues se supone que todos tenemos alguna dosis de ella. Lo dijo de manera brillante Leonardo da Vinci: “Antes habrá cuerpo sin sombra que virtud sin envidia”. Desde un punto de vista religioso, la envidia se aniquila cuando una persona acepta sobre sí misma el amor y el poder de Dios. Es famosa la estrofa de fray Luis de León, escrita cuando padecía injustamente la humillación de la cárcel:

“Aquí la envidia y mentira

me tuvieron encerrado.

Dichoso el humilde estado

del sabio que se retira

de aqueste mundo malvado,

y con pobre mesa y casa,

en el campo deleitoso,

a solas su vida pasa,

ni envidiado ni envidioso”.

La envidia es una enfermedad. Ocurre a menudo que el envidioso no es consciente de su pecado porque, sin advertir el daño que hace y se hace, emplea más tiempo en rumiar sus supuestas desgracias que en apreciar sus verdaderas bendiciones; pero, como pecado, puede ser perdonado y, como enfermedad, puede ser curado.

Bueno es admirar el logro ajeno, observar con espíritu de aprendizaje los alcances de los demás, exaltar los méritos que engalanan la frente de los sabios y saborear el halo de luz que rodea la cabeza de los santos; pero cuando uno convierte la admiración, el aprendizaje y la devoción en envidia, transforma en arena el polvo de los diamantes. Voltaire lo expresó con deslumbrante brevedad: “Distinguid bien la envidia de la emulación: una conduce al deshonor; la otra, a la gloria”.

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