La Clave, instrumento  musical habanero

Written by Libre Online

21 de marzo de 2023

¿Qué es la “clave”? Su nombre.  su valor musical. Su origen. No es de España ni de África. Nació en La Habana. «Gota de madera». «Gota de corazón». La voz de la “clave». La “Clavecita” se amodorra y degenera. No debe morir.

Por Fernando Ortiz (1952)

Las singularidades de la música folklórica de Cuba dependen no solo de sus ritmos y melodías bailables sino también de los timbres y tonos de sus instrumentos, algunos de los cuales son genuinamente cubanos. 

Por ejemplo, la clave, que consiste en dos palitos de madera muy dura, uno de ellos acostados sobre una oquedad resonantes formada por una mano y percutido por el otro. Uno de los bastoncitos ya especializados hasta por su nombre y atributo sexual, siempre el mismo, el llamado macho golpea por uno de sus extremos sobre el otro,  lo que es la hembra, en su centro y no alrededor de la superficie cilíndrica, sino precisa y reiteradamente casi siempre en una sola parte de ella.

Se dio también el nombre de clave a ciertos grupos de cantadores que por el siglo XIX salían en La Habana a los carnavales y otras ocasiones propicias al jolgorio popular, recreándose con canciones de la tierra a las cual le acompañaban con la clave y otros instrumentos. También a esas canciones luego se las denominó claves.  Además “clave” fue el nombre que tuvo un instrumento antecesor del piano, el cual sirvió en los siglos XVII y XVIII  para acompañar los cantos, lo mismo que la vihuela o guitarra. 

Por esto el nombre de clave pareció graciosamente cultista a musicólogos tan perspicaz como Adolfo Salazar, porque evoca aquel viejo instrumento cordófono así llamado. Podría, pues creerme que se dio el nombre de clave al rudimentario instrumento de acompañar que estilan los cubanos criollos, por burlona o irónica denominación: pero no es así.

La denominación de este instrumento deriva semánticamente de la voz «clave», y en su sentido de “clavija”. La voz clave es en Cuba un arcaísmo castellano, como muchos que mantenemos,  ya fenecidos en la solariega Castilla.

En nombre de clave es derivado de ser los trocitos de madera dura que constituyen el instrumento a manera de «clavijas” «claves», que antaño eran tan corrientes en las usuales construcciones de madera, así arquitectónicamente como navales. Aún se dice “clavija” al trozo cilíndrico o ligeramente cónico de madera metal u otra materia apropiada que se encaja en un taladro para asegurar el ensamble de dos maderas y que sirve para otros muchos usos. “Clavija» es un castizo diminutivo de «clave».

La madera dura y sonora de los dos bastoncitos de la clave suele ser la de ácana, árbol de la familia botánica de las sapotácena, cuyo tronco es excelente y se ha venido utilizando mucho para construcciones. El ácana es una madera de las llamadas “de corazón”, por la dureza característica de la parte central de su tronco; por eso se dice que la clave se hace de “madera de corazón”. Pero el ácana no es la única madera utilizable para construir una “clave”. Tenemos un ejemplar, muy estimado por su sonoridad, hecho de  yaití, madera de árbol silvestre en Cuba,  y durísima.

También hemos visto claves hechas de trozos de jiqui, madera resistente como granito; de dagame, de sabicú, de varia, de yaba, dura y usual en la carretería; de Jabi,  que también se llama quiebrahacha por lo difícil de su corte; de guayacán negro, palo santo o guayaco, madera vidriosa y tan dura que es difícil lograr que penetre en ella un clavo y muy empleada antaño, amén de ciertos medicales destinos para armones de artillería y hasta para castañuelas, por los instrumentalistas que suplicaban el regalo de los trozos sobrantes de guayacán en la Maestranza de Sevilla. Por fin,  se encuentran claves hecha de granadillo,  también durísima y vidriosa, tanto que se dice que las claves de esa madera son quebradizas aunque de finísimo timbre.

Se ha dicho que el tamaño de los palitos es igual en todas las claves de la música cubana; Pero esto no es exacto, aun cuando hayamos observado escasa variación entre ellos. Pero sí hemos notado que el palito hembra suele ser algo más corto, cuando hay diferencia de longitud entre ellos. 

La semejanza o identidad en el tamaño de casi todas las claves se derivan no solo de la tradición, sino de la necesidad de proporcionar su longitud a la de su caja resonante, que lo es la mano ahuecada. Por eso la clave es muy jeme de largo. 

El secreto de clavero consiste en formar con los dedos y la palma de la mano izquierda una caja de resonancia y de mantener muy suelto el palito hembra, de modo que, más bien que sujeto,  este descansa libremente sobre el soporte formado por los dedos los cuales a su vez cierran la cavidad resonadora.  

Esa oquedad de la mano izquierda, sobre la que descansa el palito hembra, da una gran sonoridad, aguda y limpia, al percutir el palito macho sobre la madera durísima de su compañera. 

Para ese efecto, la mano izquierda con la cara palmar hacia arriba y a la altura del pecho se cierra suavemente. Y el palito hembra reposa, apoyándose de un lado en la región hipotenar y el dedo pulgar, y del otro lado en la parte ungular de las falangetas de los dedos meñiques, anular y medio y la parte interna de la falangeta del índice. Si el palito se sujeta entre todos los dedos, el tono es bajo, y si solo se sujeta por el extremo mediante el pulgar y el índice , el tono sube y llega a su máximo de sonoridad cuando los otros dedos se cierran en manera de aumentar la resonancia de la cavidad que ellos forman y el palito de ese modo, agarrado por los dedos, queda en posibilidad de vibrar más libremente. 

El sonido de la clave depende, pues no solo de la clave de madera de ambos palitos, del lugar en que la hembra es percutida, de la fuerza de la percusión y de la oquedad resonante de la mano izquierda sobre la cual aquella está tendida, sino también de la mayor o menor presión con que los dedos la sujetan. La clave puede, pues, variar de tono: y se adopta uno u otro,  según se requiera para armonizarla con el canto o con los instrumentos, o con ambos. No hay una tonalidad específica en cada clave. 

Con la clave acontece como con las castañuelas y los violines. Las malas pueden comprarse en cualquier parte y la mejor es hacerse de las maderas más escogidas; pero las perfectas por su timbre son tan raras como un Stradivarius o ciertos excepcionales palillos gitanos. Dicennos que el timbre de la clave se altera a veces al pasar de las manos de un músico a otro; pero si esto ocurre se deberá a la sutil influencia de la inercia o del virtuosismo que se deriva de la personalidad artística.

La clave tiene más valor musical que las castañuelas y los cimbales. Estos por lo indeterminado de sus sonidos,  no logran superar las fronteras del ritmo:  la clave es ya una nota que,  sin poder abandonar aún la carne de los ritmos, suspira por la cercana liberación de la espiritualidad melódica. Dos claves juntas ya son libres,  son espíritu de melodía. 

La clave cubana, sin salirse de su valor rítmico en la ejecución musical es ya por el timbre patético y su misma simpleza una exclamación melódica llena de emotividad, como un quejido dulce o una interjección de amor. Al juntarse dos claves, la melodía ya pudo pasar de los labios a la sonoridad percusiva. Y así debió de ocurrir: de una serie de palitos, parecidos a las claves, nació el piano xilofónico de los negros. Colocad seis, ocho o catorce claves, graduadas en hileras, y tendréis una marimba, que es como un piano cuando se quiere que suene en los salones y cabareta con otros instrumentos más complejos y resonantes. 

Entonces los claveros “curan la clave” es decir, le hacen unas ranuras o una muesca al palito hembra para que su sonido sea más grave. Ya no será voz de campanilla y apenas pasará de un tableteo carrasposo para marcar el compás. Hace pocos años vimos en Puerto Rico una clave que allí tenían en una orquesta popular, con dos palitos muy gruesos, de doble grosor que los ortodoxos, y con sonido apagado.  

Los cabareteros puertorriqueños acudieron a «engordar» la clave para bajarle la voz, por lo mismo que los cubanos le “sacan un bocado” al palito hembra. Así la clave “pierde la línea”: degenera de uno y de otro modo,  por rechoncha o por lisiada.

¿Vino de África la clave? Un día el hombre primitivo, que rimaba sus danzas con el golpeteo de dos ramas, halló por el descubrimiento espontáneo un sonido insólitamente bello en el entrechoque de sus palitos, captó a la naturaleza uno de sus dones misteriosos y debió de experimentar esa emoción de sorpresa que acompaña a todos los primeros inventos humanos. 

Entonces nació el progenitor de la clave. Ese instrumento como todos los demás aparatos musicales primigénica fue, sin duda,  un instrumento mágico. La clave da la sonoridad medular de las maderas durísimas que en Cuba se llaman «de corazón» el duramén en la columna vertebral del árbol: la clave no es sino un hueso de árbol, como la corteza de su tronco es su pellejo reseco. 

Por eso hacer sonar una clave, o sea, un palito, sacado de lo más entrañar de la planta, es como revivir por arte de magia el espíritu arbóreo. Es semejante al toqueteo sonoro de las vértebras de un esqueleto, al tamboreo sobre el cuero de un totem zoomorfo, al rito resucitador de Osiris por el tacto simbólico de su sacro coxis. En todos ellos por la zonación ritual de un miembro donde el criterio primitivo supone más adentrada la esencia vital, esta se reanima y resurge la trascendencia de la sobrenaturalidad. Pero la clave no es africana, es un instrumento “De Cuba… Na má”.

La clave es nacida en La Habana por los siglos en que esta fue “la llave de las Indias”, o la “clave”, podríamos decir jugando con vocablos de toda la estructura marítima y colonial de las Españas.

 La dársena habanera fue por aquellos siglos centro de toda la actividad de la capital de Cuba, razón de sus fortalezas y guarniciones y de la avenida anual y por meses enteros de las flotas cargadas en las ubérrimas indias. Y en las riberas de la bahía hallaron esparcimientos bulliciosos y sobrados de vicios,  y no solo los esclavos del arsenal y la soldadesca de la fuerza, y luego la de los tres  castillos y de los demás que se construyeron, o sino también la chusma numerosísima de los galeotes de la flota y de aquellos marineros que,  sin estar sujetos a servidumbre, hacían la vida del mar; todos los cuales llegaban a La Habana oprimidos por las largas travesías veleras y aquí daban rienda suelta a sus alegrías de “marinos en tierra”.

La Habana fue la Sevilla de América y, como esta pudo merecer el dictado de “Babilonia y Finibus Tierra de la picardía”. La Habana capital Marina de Américas y Sevilla que lo fue de los mercaderes indianos de Iberia, cambiaron año tras años y por tres siglos sus naves, sus gentes,  sus riquezas y sus costumbres y con ellas sus pícaros y todos los placeres de su alma regocijada, dada al goce de vivir la belleza terrenal y humana que les cupo en suerte. 

Durante siglos,  cuanto maleante cruzó por los mares colombinos y cuanto maleante fue a galeras, hubieron de recalar en esta rada de San Cristóbal de La Habana, esperar aquí con su nave el resto de la flota abarrotada, guarecerse en su puerto contra los huracanes, antes de pasar la fatídica isla Bermuda que  tanto impresionaba a los marinos, Shakespeare y a Cervantes, y bajar a tierra por días,  dos semanas y meses,  a desentumecer el espíritu y a sacudirlo de la nostalgia que roían su ánimo tanto como las bromas a sus bajeles, a veces harto embromados.

Pero otras gentes vertieron también su pasiones, goces y artes, los del calor de las selvas ecuatoriales,  y en los hervidores de Sevilla y de La Habana. Para una y otra orilla blanca del Atlántico se sacaron de las entrañas de África, también durante centurias.

Junto a las “claves” del arsenal estaban los blancos, criollos o venidos de Andalucía o más libres o forzados a galeras transidos sus espíritus de las nostalgias del Guadalquivir y añoradores de las bulliciosas jaranas y holganzas (huelgas o juergas) del Compás sevillano,  de la isla de Cádiz de la Barra de Sanlúcar, de las Almadrabas de Zahara y de los Percheles malagueños… y los blancos cantadores tampoco despreciaron la sonoridad de las claves, labradas de cualquiera de las maderas con que se hacían las innumerables claves navales del arsenal habanero donde además se construían, especialmente para la música,  claves de guayacán.

La clave de la música cubana ha nacido en La Habana por el caserío mestizo de los palitos entrechocantes de los esclavos negros de África con las tejoletas de los galeotes blancos de Andalucía.

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