Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
A punto de abordar el automóvil estreché las manos de Orlando y Octavio. La China, con naturalidad me besó la mejilla derecha. Después, se acomodó cerca del conductor, un mulato de mediana edad y rostro afable.
El vehículo se movió. La China asomó el rostro por la ventanilla. Me miró y fingiendo entusiasmo, exclamó.
— ¡Nos vemos en casa de tu tía…!
El automóvil hizo derecha en la Carretera Central. Volvió a torcer derecha en el Paseo de la Paz y ganó velocidad.
No paran hasta Manicaragua, y si todo sale bien pronto estarán en el Escambray. ¡Qué buena conspiradora es esta mujer!, pensé.
Por varios meses la perdí de vista.
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En diciembre de 1961, coincidiendo con la triste noticia de la caída, en desigual encuentro armado, de Juan Ramón Pereira Varela, Juanín, coordinador nacional del D.R.E., en una playa al norte de la provincia de Pinar del Río, durante una operación de infiltración de hombres y recursos bélicos, supe que Orlando murió combatiendo, en el Escambray y que Octavio, herido de gravedad, fue capturado.
El 1962 para el clandestinaje fue un año de lenta reorganización. En el presente, mucho se habla del apoyo que los Estados Unidos le brindó a la oposición activa dentro de Cuba. Realmente, en aquella contienda desigual, según mi experiencia personal y la de otros compañeros, siempre o la mayor parte del tiempo, estuvimos solos. En cambio, de la Unión Soviética, Alemania Oriental, Checoslovaquia y otras naciones del desaparecido campo socialista, la tiranía totalitaria cubana recibía recursos ingentes. Ejército, policía y milicia crecieron en membresía, y equipamiento bélico. Paralelo al fortalecimiento de los cuerpos armados, represores criollos, escogidos, viajaban a los países mencionados para recibir adiestramiento superior. Al mismo tiempo, la Isla se llenaba de asesores foráneos; especialistas en contrarrestar y minimizar cualquier tipo de oposición activa. Los más eficaces y crueles resultaron ser los llamados hispano-soviéticos.
Uno de ellos, Francisco Ciutat, alias Angelito, en el macizo montañoso del Escambray orientó y dirigió una campaña militar de tierra arrasada. También, ajustándose a un patrón diseñado por la NKVD, etiquetó de bandidos a los guerrilleros campesinos que, en diferentes regiones de la Isla, se enfrentaban al régimen.








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