LA CABALLEROSIDAD

28 de abril de 2026

No sé con exactitud a qué edad fue que mi padre me dio un peso plata y me dijo algo increíble y de cumplimiento eterno:

“Ponlo en tu cartera, no lo gastes en nada para ti, es para que, si al entrar al Teatro Ayala, montarte en una guagua, hasta comprarte una frita, y coincides con una muchachita conocida tuya, debes siempre pagar por ella”.

Incrédulo le pregunté: “¿Pagar por ella, tú estás seguro, viejo?”  Y en forma  autoritaria  (con un tono que él raramente utilizaba) me respondió: “Sí señor, estoy completamente seguro”.

Eso fue un viernes y ya el domingo a las 5 de la tarde puse en práctica la orden de mi padre al encontrarme  ante Arodia la taquillera del cine “Campoamor” y tropezarme con la bonita niña habanera llamada Piri Camino y muy orgullosamente saqué mi peso plata de la cartera y pagué su entrada.

Otro día me junté rumbo al colegio a las hermanas Barbarita y  Magda Fernández, y de lejos mi padre nos vio partir.

La próxima mañana muy serio me dijo: “Si vas a la escuela junto a las hijas de mi amigo Panchito Fernández, ellas deben ir por dentro y usted por fuera de la acera”.

Mientras, mi madre me obligaba  a dar los “buenos días, buenas tardes y buenas noches”  y ante cada favor que  me  hicieran -por muy pequeño que fuera- ella  me regañaba: “¿Qué se dice?” y a la cañona me inculcó a dar las gracias 20 veces al día.

Nunca se llevó a efecto el severo castigo, pero siempre estuve amenazado de lavarme la boca con jabón “Oso” si se me escapaba un “coño, un carajo, o un no jodas”.

Y mi padre se rió mucho cuando llegué de la calle y le dije: “Papi, me vas a tener que subir la tarifa a dos pesos, hoy me encontré en el restaurante “La Pescadora” con mi prima Walquiria Gómez y una amiga de ella, y no me alcanzó el peso plata para pagar por un pargo frito y dos minutas de pescado”.

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