Probablemente hemos escuchado en muchas ocasiones a personas que se lamentan de su infelicidad. Es evidente que existen numerosas razones para sentirnos desdichados: la muerte de un ser querido, la soledad, la pobreza, la enfermedad, las limitaciones físicas o el fracaso, entre muchas otras. La pregunta que cabe plantearnos es: ¿cómo podemos recuperar nuestra felicidad?
El origen etimológico de la palabra felicidad tiene connotaciones agrícolas. Muchas de las palabras más antiguas, aquellas que contribuyeron a definir la experiencia humana hace miles de años, se inspiraron en la naturaleza. El vocablo procede del latín felicitas, derivado de felix, término relacionado con la fertilidad y la fecundidad. Los romanos utilizaban la expresión arbor felix para referirse a un árbol fructífero. Plinio el viejo llamaba infelices a los árboles estériles. Asimismo, la denominación histórica de “Arabia Feliz” identificaba una región del sur de la península arábiga conocida por su relativa fertilidad.
La felicidad es la flor lozana que sustituye a la que se ha deshojado. Es el cielo claro y sereno después de la tormenta; la primavera que renace alegre tras el triste final del invierno; el rocío que refresca las flores al despertar cada mañana, cuando quedan atrás las tinieblas de la noche. La felicidad es el sol que nos ilumina, la brisa que acaricia nuestro rostro y el árbol que nos protege bajo su sombra.
Benjamín Franklin (1706-1790), estadista y científico estadounidense, expresó una reflexión que merece nuestra atención: “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”. Quien se considera infeliz debería observar cómo la naturaleza se renueva constantemente, aprender de ella y reflexionar sobre las circunstancias de su propia existencia.
La filosofía griega clásica vinculaba la búsqueda de la felicidad con el desarrollo de virtudes y capacidades personales. Entre ellas podemos destacar la autorrealización, que nos impulsa a establecer metas y esforzarnos por alcanzarlas; la autosuficiencia, que favorece la independencia y la capacidad de tomar decisiones propias; y el desarrollo intelectual, espiritual y físico, que nos ayuda a afrontar las dificultades de la vida.
No podemos alcanzar una felicidad duradera si permanecemos sometidos a dependencias que limitan nuestra libertad y nuestra iniciativa. La capacidad de resolver conflictos, cultivar el pensamiento y desarrollar nuestras facultades nos acerca a una existencia más plena.
Abraham Maslow (1908-1970), psicólogo estadounidense, dedicó buena parte de su labor profesional al estudio de la motivación y las necesidades humanas. Su conocida pirámide establece una jerarquía de necesidades cuya satisfacción favorece el desarrollo personal y el bienestar.
La pirámide de Maslow comprende cinco niveles que permiten analizar distintas dimensiones de la existencia humana.
El primero corresponde a las necesidades fisiológicas, indispensables para la supervivencia, como la alimentación, el descanso y las condiciones básicas de salud. Cuando estas necesidades están razonablemente satisfechas, contamos con mejores condiciones para afrontar los desafíos cotidianos y procurar nuestro bienestar.
El segundo nivel es la seguridad, que comprende la necesidad de estabilidad, protección y confianza frente a las incertidumbres de la vida. Sentirnos seguros en nuestro entorno y disponer de condiciones que favorezcan nuestra tranquilidad contribuyen al equilibrio emocional.
A Sigmund Freud (1856-1939), médico y fundador del psicoanálisis, se le atribuye esta reflexión: “La felicidad plena es prácticamente inalcanzable; el ser humano aspira a evitar el sufrimiento”.
El tercer nivel corresponde a las necesidades de afiliación y pertenencia. La comunicación, la amistad, el afecto y las relaciones humanas son esenciales para nuestro bienestar. El trabajo cooperativo y los vínculos sinceros ayudan a combatir la soledad y fortalecen nuestra capacidad para afrontar las dificultades.
Alain, seudónimo del filósofo francés Émile-Auguste Chartier (1868-1951), expresó: “Es muy cierto que tenemos que pensar en la felicidad del prójimo; pero no se suele decir suficientemente que lo mejor que podemos hacer en favor de quienes nos aman es seguir siendo felices”.
En cuarto lugar encontramos la necesidad de reconocimiento y estima, relacionada con el respeto, la valoración personal y la confianza en nuestras capacidades. Saber que podemos contribuir al bienestar de los demás y que nuestra presencia tiene significado fortalece nuestra autoestima y nuestro sentido de pertenencia.
Jean de La Bruyère (1645-1696), escritor y moralista francés, afirmó: “El hombre que dice que no ha nacido feliz podría, por lo menos, llegar a serlo por la felicidad de sus amigos o de cuantos le rodean”.
Finalmente, Maslow sitúa en el nivel superior la autorrealización, entendida como el desarrollo de nuestras capacidades y la posibilidad de alcanzar metas que otorguen sentido a nuestra existencia.
Gracias a nuestra facultad de crear, producir, aprender y resolver problemas, podemos encontrar motivos de satisfacción y crecimiento personal, incluso en medio de las dificultades.
Albert Guinon (1863-1923), dramaturgo francés, expresó: “El verdadero secreto de la felicidad consiste en exigir mucho de sí mismo y muy poco de los otros”.
Efectivamente, poseemos recursos interiores que pueden ayudarnos a cultivar la felicidad, pero debemos proponernos desarrollarlos. Quien se resigna a vivir permanentemente entre las sombras difícilmente podrá apreciar la luz del sol.
Podemos avanzar hacia la recuperación de la felicidad si cultivamos cinco principios fundamentales: primero, cuidar nuestra salud; segundo, reconocer que podemos influir positivamente en nuestro destino; tercero, comprender que no vivimos aislados, sino que formamos parte de una comunidad en la que podemos relacionarnos y apoyarnos mutuamente; cuarto, asumir que nuestra existencia tiene valor y que podemos contribuir al bien común; y quinto, mantener la voluntad de superarnos, desarrollarnos y vencer, como las olas, las rocas que dificultan nuestro avance.
Hay, además, un factor que no podemos ignorar: nuestra fe religiosa.
San Pablo recomendó a los filipenses: “Regocijaos en el Señor”. Nuestra relación con Dios no debe limitarse a la liturgia ni a una adoración desvinculada de nuestra conducta cotidiana.
Los Salmos nos recuerdan que Dios es “nuestro refugio”, pero ello no significa que debamos convertir la fe en una guarida donde escondernos para alimentar nuestras tristezas.
En el Sermón del Monte, Jesús exhorta: “Gozaos y alegraos”. Asimismo, el libro de los Proverbios (15:13) nos enseña: “El corazón alegre hermosea el rostro”.
La religión no debe llevarnos a mantener la mirada tensa, restringir la sonrisa ni renunciar a la felicidad. Por el contrario, una fe auténtica puede convertirse en fuente de esperanza, fortaleza espiritual y alegría.
Quien se sienta triste, agobiado por las preocupaciones o abatido por el sufrimiento, que se acerque a Dios.
Una fe bien cimentada y una relación íntima, sincera y llena de ternura con Jesucristo pueden ofrecernos consuelo, esperanza y fortaleza para afrontar las adversidades.
Quien busca la felicidad tiene donde encontrarla. No hay razón para padecer una sed angustiosa cuando tenemos a nuestro alcance el agua de la vida.







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