La Buenaventura

Written by Libre Online

27 de febrero de 2024

Por Genevieve de Gauthier (1934)

El marqués de Faublás se había convertido en un tipo indeseable para la gente de su rango social, no porque fuera peor que cualquier otro hombre, pues no había robado, ni trampeado en el juego, ni pedido dinero a las mujeres. Precisamente, él había evitado caer en esas trampas que se le suelen tender al honor.

Lo que lo había perjudicado, era su carácter demasiado alegre y burlón.

El reía de todo, y de manera escandalosa.

Su descrédito mundano, era un producto de la risotada que había lanzado, viendo a un comerciante enriquecido, potentado de la Costa Azul y provisto recientemente de un título de conde, designar, durante un paseo, un suntuoso monumento que sobresalía en un modesto cementerio:

—Ese es el panteón de mis abuelos, los condes Durand-Duval— había dicho el comerciante.

Nadie se había atrevido a reír, excepto el marqués de Faublás.

A partir de aquel momento, el comerciante ennoblecido lo persiguió con su odio. Lo exiló de los salones aristocráticos pronunciando un ultimátum. “El o yo”. Se malogró un buen matrimonio, y secundado por la condesa de Muelanegra—una gruesa dama sentimental a pesar de su medio siglo de coquetería—había logrado hacer de Gonzague de Faublás un personaje despreciable que vegetaba ahora en un pequeño apartamento, en compañía de una gata blanca de ojos verdes, que lo consolaba de la maldad de sus amistades.

Aquella noche de Navidad, el marqués de Faublás se sentía agobiado por una intensa melancolía. No lo habían invitado en ninguna de las casas donde hubiera querido cenar, y no se atrevía a pensar en las otras. Más vale solo que mal acompañado, dice el proverbio italiano.

Se acercó a la ventana. Enfrente, la residencia de Durand-Duval brillaba como el sol de media noche. Veíase una multitud de siluetas girar tan alegremente que parecían fantásticas representaciones de la alegría.

—Estoy seguro que ese condenado Durand-Duval ha monopolizado la flor fina de la aristocracia, — pensó Gonzague—. He visto descender de su auto azul celeste a esa linda duquesita de la Verdolaga que me ha costado más que una bailarina y me ha vuelto la espalda desde que vio que todas las demás me hicieron lo mismo. Y Sabina de Monteclaro, con un traje de Chanel pagado con sonrisas…

Gonzague apoyó su cabeza sobre el frío cristal de la ventana. Su melancolía se fue disipando poco a poco.

Sonrió, abandonó su puesta de contemplación y fue a vestirse para salir Pero él, tan rápido habitualmente, tardó esa vez una buena hora preparándose…

La fiesta del conde Durand-Duval era tan brillante como lo adivinaba  el marqués de Faublás. Cosa curiosa: lo invitados   se divertían realmente.

Toda la concurrencia se entretenía en despojar de sus frutos valiosos a un árbol de Navidad, mientras esperaban la cena, cuando un criado se acercó al noble conde, diciéndole unas palabras.

—Muy bien; dígale que puede entrar— contestó el conde.

Y dirigiéndose a sus invitados:

—Parece que mi prima Robin-Desbois,

que desdichadamente no ha podido venir, nos envía un adivino maravilloso. Ahora lo veremos. Queridos amigos, vamos a consultar el porvenir…

Hubo un unánime movimiento de aprobación, y entró el adivino.

Estaba curvado por la edad, tenía el rostro arrugado y no muy limpio, pero sus ojos brillaban como deben brillar los ojos de un hombre familiarizado con lo sobrenatural.

—Van a hacer nuestro examen de conciencia en público—propuso el conde—. Eso será muy divertido. El vidente no conoce a nadie de los que estamos aquí (Y agregó en voz baja:) Vamos; que comience con mi propio hermano.

Y presentó al adivino un hombre rechoncho que parecía un queso vestido de etiqueta.

El adivino hizo algunos pases magnéticos, amplios e impresionantes, seguidos de un instante de recogimiento.

El silencio era absoluto. El porvenir, dios oculto y temible, no es de esos con los cuales se puede jugar.

—Usted ha hecho fortuna vendiendo al ejército borceguíes de suela de cartón. Usted esconde su dinero. Y la única persona que lo encuentra, es una modistilla de dieciocho años, en compañía de la cual pasa usted la noche como un idiota.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Esto es terrible! ¡Salga de aquí enseguida! — pudo murmurar el condenado. 

Pero la desdicha ajena tenía un encanto indescriptible para la sociedad elegante.

—No, no; que no se vaya; se trata de una broma– cantó alegremente el coro de los invitados, mientras el rechoncho señor se desplomaba sobre un sillón, haciéndolo crujir.

La baronesa del Tinajón estaba en primera fila y encontraba tan ridícula la cara del hermano de Durand-Duval, que hubiera reído a mandíbula batiente, si ella no hubiera tenido un juego de cuarto comprado a plazos.

El adivino se volvió de su lado y dijo:

–Tenga cuidado con ese collar de perlas. Ese joven con quien usted pasa las tardes en su casa de soltero, la besa a usted fascinadoramente por el brillo de esas piedras.

Pero el adivino no pudo continuar, pues la opulenta baronesa se desmayó sobre el asiento más próximo…

La duquesa de la Verdolaga se acercó:

–¿Y yo?—preguntó ella con una sonrisa dibujada en sus labios tentadoramente pintados.

_Usted tiene, sobre todo, una salud excelente —dijo el adivino.

–Es verdad—admitió la duquesa, halagada.

–Una salud tan buena—continuó el hombre— que puede pasar las noches sin dormir. Anoche, precisamente, usted estuvo todo el tiempo al lado de un joven muy cariñoso que le decía a cada momento: “Eres muy sabrosa, pero lo serías más si te bañaras con más frecuencia”.

—¡Ah! —exclamó la duquesa. Y corrió a confundirse con los otros invitados en el fondo de la sala.

La aristocrática dama hubiera querido que se abriera la tierra para que se la tragara, pero, sobre todo, juntamente con un joven que estaba allí a su lado y que se había quedado más pálido que ella misma. Lo peor era que todos los concurrentes se habían dado cuenta del asunto.

—Yo estoy tranquilo—declaró el barón de Traveis. —Mi vida es transparente.

—Sin embargo, veo en ella un poco de sombra—replicó fríamente el adivino—. Usted tiene en este momento las joyas de la esposa de un gran industrial, la cual ha dicho que las perdió en un taxi. Usted es el taxi donde ella las ha perdido. Pero, tenga cuidado.

Todos los invitados observaron al barón de Travers, el cual cambiaba de color como un camaleón.

Sabina de Monteclaro lanzó una carcajada. Y el adivino, mirándola maliciosamente, le dijo:

—Usted tampoco está muy transparente, señora. Si no fuera por la negociación que ha hecho vendiendo a su hermana   menor a un rico comerciante, usted no tendría ni siquiera con qué comprar   el café   con leche   para el desayuno. Pero le advierto que sus acreedores la van a dejar pronto hasta desnuda…

El conde Durand-Duval, que no había podido llegar a tiempo para interrumpir al diablo que visitaba su casa, tomó esa vez una valerosa ofensiva. Ayudado por cinco domésticos que apenas se apuraban, caminó hacia el vidente, con el corazón palpitante. Y gritó:

—¡Salga! ¡Salga! ¡O llamo a la policía!

El adivino sonrió mostrando sus dientes amenazantes: 

—No se enfade, señor. Yo me marcharé solo, pero quiero decirle la buenaventura a usted también. He querido que usted fuera el último, para hacer el resumen, señor Conde. Su último negocio de trigo es un poco duro de tragar. El funcionario que usted trataba de sobornar ha resultado honrado. Y hasta tiene el propósito de meterlo a usted en la cárcel…

Los invitados, a la vez contentos y asustados, se apartaron de allí.

El hechicero no se fue volando a través de la ventana, a caballo sobre un palo de escoba, como sucede siempre en los cuentos de brujas y hechiceros. Era demasiado humano y su cuerpo demasiado pesado para realizar esa especie de encantamiento.

Salió dignamente, majestuosamente, por la puerta, ante la estupefacción de la concurrencia. Iba menos encorvado, como satisfecho del éxito de sus adivinaciones.

Un trémolo de gemidos en sordina armonizó su retirada. Todos los invitados a la fiesta de Durand-Duval estaban desconcertados; ninguno de ellos se atrevió a seguirlo, a pesar de la curiosidad que, después de todo, les había despertado aquel singular personaje que había entrado tan osadamente, malogrando la alegría de la fiesta con sus predicciones y sus revelaciones exactas y mortificadoras.

Si alguien hubiera tenido la curiosidad de seguir al hechicero, lo hubiera visto entrar en la casa de enfrente —precisamente donde vivía el marqués de Faublás—despojarse de todo su enmascaramiento y darse un buen baño, con una singular sonrisa en los labios, al recordar la turbación y el desconcierto causados por sus palabras referentes al pasado, al presente y el porvenir de toda aquella gente.

***

Sin salir aún del baño, Gonzague de Faublás extendió una mano mojada para acariciar su gata blanca, que retrocedió majestuosamente. Pero luego, el interesante animalito se dignó acercarse cuando su amo, con voz dulce como un ronrón, comenzó una bonita historia:

—Una vez había un marqués que se disfrazó de adivino y…

FIN

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