¡Cuántas veces he oído a alguien referirse a otra persona diciendo: “No me ha gustado su actitud”! Probablemente muchos de nosotros lo hemos dicho, criticando a la secretaria que nos atendió con indiferencia o al compañero de trabajo que nos ignoró cuando lo saludamos; pero el hecho es que la actitud no puede definirse como una reacción momentánea vinculada a casos y hechos sin importancia. A veces actuamos presionados por circunstancias que no son permanentes, ante las cuales nuestra actitud puede parecer diferente de lo que realmente es.
El Día de Acción de Gracias, Navidad y el bien llamado Viernes Negro constituyen una prueba de lo que decimos. ¡Cuántas personas, hombres y mujeres, que en su mayoría representan a nuestras familias, se mezclaron en tumultos atropellados para comprar, a un probable reducido precio, mercancías que de inmediato no necesitaban! La actitud era agresiva, desordenada, falta de consideración entre unos y otros. Probablemente esas mismas personas hoy serían amables y corteses. La actitud fue diferente porque la ocasión propició la diferencia.
El autor francés Gustave Le Bon (1841-1931), en su libro “Psicología de las masas”, cuya lectura recomendamos, dijo que “los seres humanos, al relacionarse con otro grupo social o masa, reconocen en estos un alma colectiva, con la cual sienten, piensan y actúan de forma totalmente diferente a la que sentirían, pensarían y actuarían individualmente. Para que los seres humanos formen una masa, tiene que estar presente un valor o un motivo que los una. Al hacerlo, desaparecen en cada persona sus virtudes y peculiaridades; lo heterogéneo se hunde en lo homogéneo. El Yo deja de existir para crear un Nosotros”.
La actitud es una expresión del carácter que puede analizarse desde una perspectiva sicológica y que, a menudo, requiere tratamiento profesional. La actitud entra en el estudio del campo de la personalidad. Precisamente, un serio estudio acerca del tema fue desarrollado por el siquiatra Erich Fromm en su libro “El miedo a la libertad”. Nuestra actitud, según el autor, es el resultado de complejos mecanismos de la mente que tienen que ver con hechos que, aunque pudieren estar olvidados, han dejado su huella en el carácter individual y, en muchos casos, han forjado nuestra identidad como consecuencia de una imitación inconsciente de modelos a los que nos ajustamos.
Es necesario hablar de nuestra niñez. Generalmente, ya de adultos, nuestros recuerdos de la primera infancia son vagos y confusos, y a menudo están alterados por nuestra capacidad imaginativa y por nuestra autodefensa al ignorar o evadir, consciente o inconscientemente, sucesos o incidentes que nos harían parecer individuos inadaptados o antisociales. El hecho comprobado es que nuestro carácter se fija en los primeros años de nuestra vida.
Según el Dr. Kimball Young, “se puede definir una actitud como la tendencia o predisposición aprendidas, más o menos generalizadas y de tono afectivo, que nos llevan a responder de un modo bastante persistente y característico, por lo común positiva o negativamente (a favor o en contra), con referencia a una situación, idea, valor, objeto o recursos materiales”.
La tarea de fijar nuestra identidad de forma concreta, positiva y edificante a menudo parece tan difícil como enderezar un árbol que nació torcido; pero recordemos que una caminata empieza con el primer paso y que el sol acepta pasar por pequeñas ventanas.
El ser humano que se aferra a la idea de que tiene que seguir siendo como es no ha intentado los pequeños esfuerzos que pueden llevarlo a una transformación. En efecto, puede ser cierto que yo sea el resultado de mis antecedentes genéticos y, parcialmente, producto de los modelos que, a lo largo de mis años, han ido forjando mi carácter; pero no tengo necesariamente que ser como soy, especialmente si resiento mi manera de ser.
Tenemos que empezar por reconocer que la influencia de nuestros primeros años puede ceder a la forma en que manejemos nuestra conducta en los años maduros. Alguien dijo en cierta ocasión que «aunque creamos que no podemos detener al viento, siempre nos queda la opción de construir molinos». El pasado influye, pero no obliga.
Un importante componente en la formación de nuestra actitud es la capacidad para evaluar el comportamiento de los demás. Un profundo conocedor de la materia nos da este consejo: “Si quieres crecimiento y unión en tus relaciones, no trates de modificar a los demás; en todo caso, aprende de ellos, tanto lo que debe hacerse como lo que no se debe hacer”.
Un proverbio malgache dice que “a veces navegamos con el viento, a veces en su contra; pero debemos navegar, no estar a la deriva ni echar el ancla”. Oliver Wendell Holmes dijo en cierta ocasión: “Lo que hagas pudiera parecer insignificante; pero es muy importante que lo hagas”.
Cambiar de actitud no es fácil por ciertos atavismos que conforman nuestro comportamiento. Precisamente, la relación que existe entre actitud y conducta ha sido objeto de estudio por parte de sicólogos, religiosos y sociólogos. Un libro que leí hace algún tiempo, titulado “El sentido de la vida”, del siquiatra austriaco Víctor Frankl (1905-1997), quien padeció los rigores de los campos nazis de concentración y estuvo a punto de terminar con su propia vida, nos cuenta cómo pudo vencer sus devastadores problemas. Leerlo sería un buen ejercicio para cada uno de nosotros.
Nos ha ayudado esta expresión suya: “Cuando no seamos capaces de cambiar una situación, estamos comprometidos a cambiarnos a nosotros mismos”. Otra cita que nos encanta compartir es esta: “Uno de los grandes poderes de la libertad es el de exponer el valor de nuestra actitud en cualquier circunstancia dada”. Recuerda la frase del dramaturgo francés Romain Rolland (1866-1944): “Actuar es creer”.
Finalmente, hay que reconocer que nuestras actitudes no son solamente el resultado de un saldo genético o de la inevitable carga de resentimientos con raíces agarradas del pasado, ni tampoco una composición arbitraria del escenario en el que nos movemos y somos. Oportuna es la expresión de Lair Ribeiro, médico brasileño nacido en 1945 y autor de 38 libros de autoayuda: “Cuando dejamos de ser el centro dramático de nuestras propias vidas, logramos una ampliación que nos da la paz”.
La mención de la palabra paz alude a un elemento religioso como fundamento de nuestra actitud. No saben los que no adoptan una convicción religiosa que el poder de Dios para cambiar el comportamiento humano es más grande y completo que todos los tratados de ciencia que el hombre haya sido capaz de crear.
Los que crean que la religión es una realidad marginal, apartada del comportamiento social, debieran fijar su atención en los milagros de renovación del individuo efectuados por nuestro Señor Jesucristo. Una persona cristiana expresa su formación cultural de tal manera que su comportamiento nos hace recordar las palabras de Henry Van Til en su libro “El concepto calvinista de la cultura”. Afirma el autor que “el comportamiento social es una consecuencia de la convicción cristiana”.
La fe religiosa es creer y ser. De aquí que los que se afilien a una constructiva relación con las enseñanzas de Jesús sean capaces de cambiar, formar y controlar sus actitudes. Por medio de la fe, cualquier persona puede llegar a esta confesión:
“Yo era de un carácter inflexible y dominante, y Cristo me domesticó el alma. Era exigente y manipulador, y Cristo me llenó de ternura, despojándome de toda altanería. Actuaba siempre a la defensiva, creyéndome dueño de la verdad, y Jesús me hizo humilde para que aprendiera a respetar a otros; era propenso a emitir juicios, y el Señor me enseñó a mirar más allá de las apariencias. Mis actitudes eran señoriales; Jesús me impuso la misión de ser siervo. Era abusivo con los débiles e impetuoso en el seno de mi familia, y Jesús me enseñó que ni el miedo ni la autoridad son caminos que llevan al amor, sino la bondad y la nobleza. Fui rígido e implacable con mis subordinados, y el Maestro me hizo saber que la obediencia y el orden se crean con la confraternidad. Mis actitudes todas, las de la avaricia, la lujuria, el hedonismo y el despotismo, se convirtieron en polvo que se tragó la tierra cuando puse mi vida en las manos de Jesús”.
Muchas personas se preguntan si es posible cambiar la actitud. En el ser humano hay características inmutables, pero el carácter, la actitud, los pensamientos y los sentimientos están sujetos a la posibilidad de una positiva transformación. La solución está en que nos propongamos, con disciplina, un proceso de cambio personal.
Plotino, filósofo griego del segundo siglo, dijo en cierta ocasión que “el mayor de todos los errores estriba en no hacer nada porque solamente podemos hacer muy poco”.
En la segunda carta del apóstol Pablo se lee esta afirmación: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas”.
No siempre nuestro poder individual es suficiente para lograr cambios sustanciales en nuestra personalidad. Depender de la omnipotencia de Dios es el mejor recurso disponible. Recordemos que Víctor Hugo dijo que “todo hombre es un libro en el que el propio Dios escribe”.






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