JOSÉ INCLÁN RIASCO

Written by Libre Online

5 de mayo de 2026

Jorge Quintana 1954

El general José Inclán y Riasco nació en Puebla de los Ángeles, México. En su hoja de servicios en el Ejército mexicano no se consigna la fecha de su nacimiento, pero si damos crédito a la edad que le calculaban los que le conocieron, que era de unos cuarenta años, cuando le fusilaron, en 1872, es de suponer que debió haber nacido alrededor de 1830, época en la que comenzaba a retirarse de los negocios públicos de México el general Guadalupe Victoria y cuando comenzaba su larga carrera de cuartelazos y fugas, el general Antonio López de Santa Anna.

De sus primeros años muy poco conocemos en esta tierra por cuya libertad diera su vida. Sólo sabemos que en la hora crítica de México, cuando los imperialistas franceses trataron de establecer un imperio colocando a su frente a Maximiliano de Habsburgo, José Inclán, muy joven todavía, no figuró entre los que traicionaron a su patria, sino que aparece en la heroica defensa de Puebla, su ciudad natal, entre los oficiales que bajo las órdenes directas del general de división Jesús González Ortega, defienden a la plaza bajo el mando supremo del Benemérito de la Patria mexicana, general de división Ignacio Zaragoza. 

Es, pues, uno de los héroes de la Batalla de Puebla, librada con singular éxito para las armas mexicanas, el 5 de mayo de 1862. Ante la resistencia organizada con heroica bravura por el general Zaragoza, fracasaron los mejores soldados de Napoleón III mandados por el general Lorencez, Zaragoza murió cuando resistía la nueva acometida francesa, esta vez dirigida por el Barón de Forey. El mando hubo de asumirlo el general González Ortega que no tuvo la misma suerte que en la ocasión anterior y se vio forzado a capitular, después de sesenta y dos días de sitio, el 17 de mayo de 1863. 

Entre los oficiales prisioneros figura el capitán Inclán, siendo conducido a Francia de donde regresó reincorporándose al ejército mexicano. El 6 de mayo de 1868 el Presidente de la República Benito Juárez, ordena sea sujetado a proceso el comandante de batallón José Inclán, acusado de abuso de autoridad. Veinte días más tarde se une al general Aureliano Rivera, sublevado contra el Gobierno del Presidente Juárez. 

El 2 de junio es aprehendido en la sierra del Ajusco por Germán Contreras, quien lo entregó haciéndolo pasar como presentado, a fin de favorecerlo en el Consejo de Guerra. Estando en prisión fue juzgado y condenado a la pena de muerte. El 18 de diciembre de 1868 Justo Benito, amigo de la mayor confianza del general Porfirio Díaz, escribe a éste una carta en la que, refiriéndose a Inclán, le dice que “salió de la prisión conmutada su pena en destierro y bajo el compromiso secreto con Santacilia de ir a tomar parte en la insurrección de Cuba”. 

El hecho es cierto.

Fue Pedro Santacilia, casado con una hija del Presidente Juárez, quien logró su indulto, a cambio de que viniese a ofrecer su espada al ejército libertador de su patria. El hecho lo corrobora el patriota cubano comandante Rosendo Pardo, que fuera quien llevara a José Inclán al campo revolucionario en Cuba. En carta al Director del Museo de Cárdenas, el comandante Pardo dice: “El general Inclán vino a Cuba mandado expresamente por Santacilia, con la secreta aprobación de don Benito Juárez, para ofrecer su espada y su inteligencia militar a los cubanos en su guerra de independencia”.

En los primeros días del mes de enero de 1869 ya estaba en La Habana. En la vista del Consejo de Revisión, celebrado en 1872, él afirmó que en esta época las autoridades españolas le detuvieron. 

El hecho cierto es que en La Habana se mantuvo en contacto con la Junta Revolucionaria, la que le facilitó los medios para que se trasladara a Jagüey Grande y participara en el alzamiento proyectado en aquella zona unas semanas más tarde. El 8 de febrero viene a La Habana Rosendo Pardo, uno de los conjurados en Jagüey Grande.

Recoge a José Inclán y lo lleva para el lugar donde se han estado ya concentrando los hombres que se han comprometido a sublevarse. El 9 se lleva a cabo el movimiento. Ante aquellos hombres reunidos, el mexicano José Inclán pronunció las siguientes palabras, según afirma Pardo: “Cubanos: He venido a vuestro país, con el propósito de prestarles mis servicios militares, combatir con ustedes por la causa de la libertad, y si tengo la suerte de volver a mi país, poderle decir a mi Presidente: “Ya los cubanos son libres, han conquistado con su esfuerzo el lugar que les corresponde en el banquete de las naciones libres del continente americano y yo, en cumplimiento de vuestros deseos, he tenido la gloria de acompañarles hasta el fin de la jornada” y si por desgracia, alguna bala enemiga me diera antes la muerte, la recibiré como una recompensa a mis servicios”.

Los insurrectos cubanos lo aclamaron vivamente. En medio de aquellos hombres decididos, él y su compatriota Gabriel González eran los únicos que tenían conocimiento y práctica de la milicia. Los demás eran hombres rudos de campo o intelectuales o comerciantes de las ciudades que se habían congregado allí para cooperar con el administrador del central “Australia” don Gabriel García Menocal en el empeño de dar a la patria la libertad ansiada.

Inmediatamente los sublevados avanzaron sobre Jagüey Grande ocupándolo entre las 7 y las 8 de la mañana del día 10. En lo alto de la torre de la iglesia fue izada la bandera cubana. Tres horas después tuvieron que abandonar la población, tomando la dirección de la Ciénaga de Zapata, perseguidos, muy de cerca, por el feroz comandante español Francisco Durante, al mando de la columna volante “Tiradores de la Muerte”, cuya bandera era blanca con una calavera y dos tibias cruzadas, pintadas de negro, y los Voluntarios de Jagüey Grande capitaneados por el sanguinario José María Navarrete, que para vergüenza nuestra era un cubano al servicio de España. 

Las autoridades pudieron desatar una enérgica campaña contra los sublevados, entre otras razones, porque habían logrado hacer abortar los movimientos similares que en Matanzas, Cárdenas y otros lugares inmediatos estaban proyectados para la misma fecha.

En la ciénaga fue donde el mexicano Inclán comenzó a demostrar sus excepcionales dotes de militar disciplinado. Allí reorganizó las tropas que integraron el Regimiento Jagua, dotado con 1400 hombres bastante entrenados. Comisionó a Gabriel Menocal para que en unión de su ayudante-secretario Juan de Dios Pardo y su ayudante de campo, Joaquín Mon se trasladasen a México llevando cartas suyas para Santacilia, pidiéndole que organizara una expedición con oficiales y soldados de su antiguo regimiento mexicano que estaban dispuestos a incorporársele. De los tres comisionados solamente Menocal pudo salir de la isla y dirigirse a cumplir la misión encomendada. Los otros dos tuvieron que regresar, incorporándoseles.

La actividad de Inclán pronto se hizo sentir. Por la zona de Limonar, Jovellanos y Macuriges, quemó varios ingenios y libró alguno que otro combate, con lo que evidenciaba que en aquel lugar se sostenía al menos. El 4 de abril de 1870 el Presidente Céspedes lo designa con el grado de general de brigada, para que sustituya en el mando al general Adolfo Cavada que estaba al frente de las brigadas de Cienfuegos y Trinidad. 

Seis meses más tarde el Presidente de la República repuso a Cavada, disponiendo que el general Inclán pasase a su cuartel. Por esta época se le confió el mando de las fuerzas que deberían operar en Las Villas, pero que se encontraban, a la sazón, en territorio camagüeyano. Con ellas avanzó hasta Sancti Spíritus, recibiendo, en la ensenada de Tayabacoa, la expedición de “El Salvador”, la cual condujo íntegra al Gobierno.

Ramón Roa que lo conoció, aseguraba que el general Inclán “era un organizador excelente y casi intolerante en achaques de disciplina, tenía sus humoradas jocosas en los trances más difíciles”. Y a continuación relata cómo una vez le dirigió al general Federico Cavada el siguiente parte con laconismo telegráfico: “Pongo en su conocimiento que anoche los ratones me han destruido la artillería.” Efectivamente, comenta Roa, los cañones a que se refería eran de cuero, aquellos que de tanto se habló al principio de la guerra.

De regreso al cuartel general del Gobierno, el Presidente Céspedes lo destinó al mando de la División de Holguín. Fue ésta otra prueba más de su capacidad militar. Ramón Roa, que fuera su ayudante en este mando, escribe de él lo siguiente: “Jefe valiente y organizador que había levantado las fuerzas y al vecindario insurrecto de aquel territorio, después del vil asesinato del general Aurrecoechea, a un nivel de moralidad y disciplina que no podrá jamás olvidarse”. Por de pronto el enemigo tuvo buenas noticias de su presencia en los asaltos organizados a los campamentos españoles de San Juan y Bariay, de donde extrajo armas, parque, comida, ganado y vestuario en abundancia. Con el general Máximo Gómez y el coronel Payan proyecta, por esta época, la organización de una fuerza poderosa para hacerla avanzar hacia la región occidental, invadiéndola totalmente. Se llegó a discutir si la invasión era más conveniente por tierra que por mar.

A fines de 1871 los tenientes coroneles J. Guillermo Cardet y Pedro Martínez Freyre llegaron al cuartel general del general Calixto García informando que el general Inclán se aprestaba a presentarse al enemigo. El general García envió inmediatamente a los tenientes coroneles Cardet y Martínez Freyre al campamento del Presidente Céspedes, en Boquerón. Allí se decidió que el teniente coronel Cardet regresase junto al general Inclán y lo vigilase, mientras que el teniente coronel Martínez Freyre quedaría en el cuartel general del Gobierno. Se envió a buscar al general Máximo Gómez; se comisionó al diputado Jesús Rodríguez para que investigase la acusación y al general Calixto García se le ordenó que avanzase sobre Holguín y se hiciese cargo del mando que tenía el general Inclán.

En los primeros días de 1872 el general Inclán tenía su campamento a orillas del río Canapú. Allí lo alcanzó el general García. Le exhibió la orden y el general Inclán no hizo objeción alguna. Lo recibió amistosamente y procedió a tramitar todo lo concerniente con la orden recibida. AI día siguiente se enteró el general Inclán de la acusación que se le hacía. 

Inmediatamente se presentó ante el general García y le exigió que depurase responsabilidades. El general García mandó a buscar al teniente coronel Cardet, quien, en medio de grandes vacilaciones, formuló su acusación, alegando que la maniobra traidora la proyectaba el general Inclán porque a sus oídos había llegado la noticia de que el Gobierno se disponía a abandonar la Isla. 

Además, en esta otra oportunidad, involucró en su acusación al coronel Gabriel González, otro militar mexicano que había venido a defender el derecho de Cuba a la libertad, quien a la sazón ostentaba el cargo de jefe de estado mayor del general Inclán y al coronel José Payán. El general García ordenó el arresto de los acusados y dispuso se instruyera el proceso correspondiente. El ayudante Guillot acusó a su vez a Cardet de haber intrigado para que se le diera un mando importante a su pariente Belisario Peralta, a quien se consideraba en aquella fuerza como un jefe bastante incapaz.

El 11 de febrero de 1872 llegó el general García con los arrestados a Jarahueca donde los esperaban los generales Máximo Gómez, Modesto Díaz y Manuel Calvar para iniciar la vista del Consejo de Guerra. El fiscal pidió pena de muerte para Inclán y otras menores para los coroneles González y Payán. A Inclán lo defendió el Diputado Manuel de Jesús Peña. A los coroneles González y Payán el licenciado Miguel Bravo y Sentíes, que acababa de regresar del presidio de África, a donde lo habían deportado como consecuencia del proyectado levantamiento de la región matancera, en febrero de 1889.

El defensor de Inclán apenas si conocía el proceso y menos aún los antecedentes. Por ello, todo lo que pudo decir fue: “Mi defendido se acoge al indulto.” Fue entonces que el general Inclán se levantó del banquillo de los acusados como si le moviera un resorte. Hasta ese instante apenas si había hablado. Pero al escuchar aquello dijo indignado: “¿Acogerme a indulto? ¡Jamás!, los delincuentes, los criminales son los que se acogen a indulto y piden perdón, los inocentes no necesitan eso.” Sin embargo, pese a que los cargos no se habían probado, el Consejo de Guerra condenó a muerte al general Inclán y a degradación a soldado al coronel González, absolviendo al coronel Payán. 

El 25 se concluyeron los trabajos del Consejo que fue necesario terminar en El Rosario porque en más de un lugar estuvieron amenazados de ser atacados por los españoles. Las fuerzas se separaron inmediatamente, dirigiéndose el general García, con los prisioneros, para el distrito de Holguín, donde dispuso la celebración del Consejo de Revisión que fue presidido por el mayor general Modesto Díaz, integrándolo como vocales, los coroneles Ignacio Güera, Benjamín Ramírez y Antonio Bello. En esta nueva oportunidad Inclán prescindió del defensor y decidió hacerlo por sí mismo. Su discurso fue tan brillante que al concluir, el general Díaz, con los ojos arrasados de lágrimas, se levantó y le dijo: “¿Por qué no hablaste antes? No te hubiéramos condenado.”

Sin embargo, el Consejo de Revisión no lo absolvió plenamente. Parece que pesó demasiado la pena impuesta en el Consejo de Guerra original. Fue así como lo sancionó a la pena de dos años de separación del mando y salida inmediata de aquel territorio. Al coronel González a pena similar, pero por un año. Payán fue, nuevamente, absuelto. La sentencia consignaba que no había obstáculo para que el Gobierno les permitiera pasar al cuartel general del mayor general Ignacio Agramonte, en Camagüey. El Gobierno concedió la autorización solicitada y todos partieron hacia la región donde a la sazón el general Agramonte daba muestras demasiado elocuentes de su capacidad. Ramón Roa, que había sido uno de los ayudantes de Inclán en Holguín, los acompaña.

Camino del cuartel general del ínclito camagüeyano se reúnen, en el campamento del general Cristóbal Acosta, el general Inclán, el teniente coronel Antonio Rodríguez, más conocido entre la gente insurrecta por “Madriñales”, el comandante Ramón Roa y el capitán Tomás de Varona, un joven camagüeyano que actúa como ayudante del general Inclán. Acompañan al general Acosta en el asalto al poblado de Limones que saquean convenientemente. Después abandonan el campamento del general Acosta en dirección al cuartel del coronel Luis Magín Díaz. En los montes de Santa Teresa encontraron un rancho abandonado. Allí se instalaron para pasar la noche.

 “Madriñales” salió a buscar algo que comer, encontrando un toro al que dio muerte. Después de comer, se quedaron dormidos. Al día siguiente, cuando iban a continuar la marcha la amenaza de un fuerte aguacero los obliga a detenerse en el mismo rancho donde habían pasado la noche. Ramón Roa, testigo excepcional de este episodio, lo narra de la siguiente manera:

 “Pronto los trópicos hicieron de las suyas, entoldándose el pedazo de cielo que nos era visible a través de la urdimbre del follaje, para anunciarnos, al son de una tronada que ya era inminente la caída de un torrencial aguacero; razón por que, no queriendo correr el riesgo de calarse la ropa ni mojarse, por esquivar un asalto posible del bárbaro enemigo, que según indicios por aquellas cercanías merodeaba, el general Inclán y el capitán Varona optaron por no salir del rancho, quedándose tan despreocupadamente, que se desciñeron las armas, para mejor aliviarse del calor a la sazón reinante, mientras los demás compañeros se internaban y “Madriñales” y yo tratábamos de convencerles de que era temeraria su inexplicable sangre fría. Pero todo raciocinio fue baldío, por lo que yo, impaciente y desconfiado, cargué una cápsula mi Remington, y tirando a un lado con un pie el taburete que ocupaba, al volver la vista hacia el fondo del rancho, percibí a muy pocos metros de distancia al enemigo que se corría lateralmente para cercarnos.

 “¡Qué de gente!”, exclamé; y disparando sobre un oficial que me venía encima, medio oculto por la humareda de la pólvora, sin dar la espalda me escurrí por un flanco, resuelto a no darme vivo por temor a mayor tormento, mas no encontrando quien me lo impidiera, rompí entonces a correr, agazapado, vislumbrando la esperanza de salvarme, que el amor a la vida recobra así su imperio cuando pueden sortearse los peligros.

Inclán había logrado alejarse de sus perseguidores, seguido a poca distancia de Varona, pero desgraciadamente éste hubo de tropezar y caer, causa bastante para que Inclán, altruista, probado y valeroso, se volviera para levantarle, esfuerzo vano que proporcionó al enemigo capturarlos fácilmente, puesto que estaban desarmados y sin alientos.”

Era el 1 de junio de 1872. La fuerza que los capturara era una compañía volante del Regimiento Pizarro, mandada por el capitán Jaime Sanfeliú. Al día siguiente ingresaban en la cárcel de Camagüey. Si hemos tenido la suerte que de la captura Ramón Roa nos haya dejado este magnífico relato, del Consejo de Guerra, celebrado en la cárcel de Camagüey tenemos otro que nos ha dejado el comandante Rosendo Pardo, aquél que le fuera a buscar a La Habana para conducirlo a Jagüey Grande, la víspera del alzamiento, en 1869, que estaba a la sazón preso en la misma cárcel por haber sido capturado junto con el general Sanguily, el mismo día que el general Agramonte llevó a cabo la homérica empresa de arrebatarles el glorioso prisionero a los soldados enemigos que le conducían. Pardo, en la carta antes mencionada habla del Consejo de Guerra en los siguientes términos:

 “Sabiéndose condenados Inclán y su ayudante Varona no se defendieron. Cuando le notificaron la sentencia: “Soy coronel de un modesto batallón de una naciente República, mi patria México. Llegó a mí un día la noticia de que en este país se luchaba por la causa de la libertad, y como ésta es mi causa no titubeé un instante en venir al lado de los que la defendían. Una vez aquí y viendo la imposibilidad que tienen los cubanos por ahora, de alcanzar su independencia no me quedaba más recurso que era burlar la vigilancia de los españoles para dejar las playas de este país y coger las del mío, o esperar una hora o un lugar semejante a éste.

“Vosotros, militares, hombres de honor, ¿qué hubierais hecho en mi lugar? ¿Os hubierais acogido al indulto? Protesto de esa acusación de incendiario porque es falsa. Lo único que pido, en nombre de la juventud, es que le perdonen la vida a este joven que me acompaña en mi fatal caída y que vengáis conmigo a tomar la última copa de Otar-Dupuy (coñac).”

Ni así se conmovieron. No importó que el general Inclán mintiera hablando de habérsele sorprendido cuando buscaba el momento para fugarse al extranjero, ni que implorara clemencia para su joven ayudante. Aquellos hombres los condenaron a muerte. Dos horas después se despedían de sus compañeros de prisión. A su antiguo ayudante cuando el alzamiento de Jagüey Grande, el comandante Pardo, le dio un abrazo. Pero dejemos que sea la pluma maestra de Manuel de la Cruz la que nos relate las últimas horas del general Inclán y su ayudante el capitán Varona hasta el instante fatal en que cayeron inmolados por las balas españolas. 

No hay que olvidarse que De la Cruz conoció, personalmente, a muchos de aquellos hombres que a su vez habían conocido al general Inclán en la campaña del 68 y que de labios de ellos recogió episodios, anécdotas, recuerdos personales. 

Este relato que él nos hace del fusilamiento del general Inclán y su ayudante Varona tiene ese mérito. Dice así: “Mientras se instruía el proceso, el general Inclán rehusó hacer diligencias para salvar la vida, esforzándose en obtener la de su ayudante, que se oponía a sus intentos, resuelto a seguir su suerte. Condenados a la última pena celebraron antes de entrar en capilla un almuerzo según el ritual masónico al que fueron invitados algunos oficiales españoles, los que se hicieron lenguas encomiando el valor y serenidad de ambos reos. Conducidos al lugar de la ejecución trocaron los pañuelos azul y rojo que llevaban anudados al cuello y unidos en estrecho abrazo cayeron exánimes por una misma descarga.”

Que el hecho conmovió a la sociedad mexicana y a la emigración cubana en los Estados Unidos, es cosa cierta. J. Domingo Cortés en su “Diccionario Biográfico Americano” dedica una amplia nota a reseñar la vida del general Inclán, asegurando que los representantes de México y los Estados Unidos en La Habana y aun el propio Presidente Grant, se interesaron cerca de España para salvar su vida.

El 25 de junio de 1872, desde México, comentando la excitación que el hecho había producido, un corresponsal de “La América Ilustrada” escribía lo siguiente: “La muerte del coronel José Inclán ha sido sentida aquí de una manera tan profunda que yo no me atrevo a describir a ustedes. Ese general cubano que acaba de ser inmolado por los españoles, estaba emparentado en México con las familias más distinguidas; y todos nuestros periódicos, recordando que no hace muchos días que el Presidente Juárez indultó de la pena de muerte a los españoles Carricarte, han dicho que el fusilamiento de un mexicano que supo vencer a los franceses en la memorable batalla del 5 de mayo, no podrá menos que ser otro obstáculo para el establecimiento de relaciones en el país que gobierna don Amadeo I, y último seguramente.”

Cortés, en su “Diccionario Biográfico Americano” ya citado, dice que el general Inclán “ha sido uno de los jefes más valientes de la insurrección cubana” y Salvador Cisneros, el Marqués de Santa Lucía que estuvo presente en el Consejo de Guerra de El Rosario, que conoció muy bien al general Inclán, escribía evocando su figura, en una carta privada fechada el 7 de mayo de 1911: “José Inclán fue un militar de honor, bravo, inteligente, liberal, demócrata y patriota y sirvió siempre a la causa con desinterés y como si hubiese nacido en Cuba.”

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