José de la Luz y Caballero, El Maestro Cubano

Written by Libre Online

20 de junio de 2023

Por César García Pons (1955)

José de la Luz y Caballero es el educador cubano del siglo XIX. Cuando se dice educador se alude al formador de caracteres y al forjador de juventudes. 

Provenía de familia ilustre, y su parentesco intelectual el destino determinó que en los primeros años no pudiera ser otro que aquel de la propia sangre, que encarnaba el prominente José Agustín Caballero. 

Por Luz, se ubicaba en la sociedad habanera como miembro de una familia principal dentro de los rangos coloniales su padre era Regidor Perpetuo y Coronel de Milicias—, y por Caballero, encaraba desde temprano la filosofía como disciplina de la que oyó hablar casi en la cuna. Asistido, de esta suerte, por la casa a que pertenece y las relaciones para la inteligencia, su propia índole, su naturaleza misma colaboraron serenamente, sin violencia alguna, hasta hacerle en la infancia, en la juventud y en la madurez (a la vejez por los años apenas si llega) un ser profundamente estudioso y que a lo largo de su existencia trataría de armonizar, y armonizaría a la postre, sus aptitudes con las circunstancias que le rodearon, esto es, sus valores personales y el medio en que le tocó desenvolverse y vivir. 

La cuna, el hombre y el medio concurrirían, pues, a plasmar a quien fuera durante su vida el maestro preferido y bien amado y después de muerto el símbolo de las virtudes máximas a que aspirar pudiera quien pretenda de su magisterio y de su conducta una y la misma lección ejemplar. 

Porque Don Pepe logró, sin proponérselo, o acaso proponiéndoselo tesoneramente, más para dificultad de la historia sin alardes,  que su palabra y sus acciones alcanzaran plena correspondencia, y de tal modo que, seguir sus pasos y adentrarse en lo que se conoce de su pensamiento, permite una identificación a que no se prestan si no los espíritus superiores. El elemento ético —debe decirse ya — jugó en todo ello papel preponderante. Sin él su robusta y poderosa mentalidad no hubiera afirmado el vuelo extraordinario que se anotó en su época y legó a la posteridad. 

Por el tiempo en que nace y se forma José de la Luz y Caballero -su nacimiento ocurre el 11 de julio de 1800— Cuba era todavía una colonia que aplaudía a los buenos Capitanes Generales e iba a disfrutar de la obra constructiva y trascendente del Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa. Incorporada recientemente a una existencia colonial con ribetes de civilizada, gracias a Don Luis de las Casas, aspiraba no más por entonces que a ser un país, y una expresión, usadísima, la de “el bien público”, explicaba el anhelo común de sus habitantes capaces de preocuparse- por algo más que el tráfico mercantil y la trata de negros. 

Españoles y criollos habíanse agrupado en el seno de la Sociedad Económica, y los amigos del país, muy ajenos a inquietudes políticas, apenas discrepantes del poder metropolitano, trabajaban en servicio de la comunidad persiguiendo, fundamentalmente, progresos colectivos de carácter general. Empero, si este era el clima público, para José de la Luz el de su casa lo acercaba aún más, si cabe, a la tradición imperante en su tierra natal. 

El padre, como se ha dicho, pertenecía al Ejército y había jurado obediencia a la Corona, y formaba, además, entre los regidores del Ayuntamiento habanero. Su madre, hija de familia acomodada, católica fervorosa, severa pero tierna, atemperaba a su credo y a sus principios la rectoría que indudablemente ejerció en el orden moral. Hermana del Presbítero José Agustín, doña Manuela Caballero dio a sus ocho hijos – José Cipriano fue el segundo entre los varones, que eran tres— una educación intensamente religiosa. Y el profesor del Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana participó directamente en tales propósitos. 

Entre todos sus sobrinos a ninguno le atrajo con tal particular interés como José, el Pepe de la larga familia. Lo tomó de la mano y se dio la tarea de preparar su inteligencia notoriamente brillante.

En el Convento de San Francisco le enseñó filosofía Fray Luiz Gonzaga Valdés. En la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo, que regían los dominicos, aprendió “texto aristotélico”. En el Colegio Seminario cursó leyes. 

A los veinte años habíase graduado de Bachiller en Derecho y en Filosofía. Sagrados Cánones y Teología le fueron enseñados por el P. José Agustín. Nutrido, así, al calor de lo teológico y en parte de lo escolástico, momento llegó en que el espíritu científico, batido por el racionalismo, situó sus curiosidades en planos de interna polémica. Esta controversia —de la que al parecer sólo él tenía noticia— habría de influir, a la postre, definitivamente en el rumbo de su vida, porque, pretendiendo ser fraile de San Francisco incluso ensayó reglas adecuadas de vida (desde su casa de la Alameda de Paula recibía en invierno los vientos fríos del norte a modo de mortificaciones), y, siempre llamado por el claustro, al cabo se ordenó de menores. De todo ello y del estudio de los clásicos no salió, como es sabido, un clérigo empero si un sabio cuya lengua, por los altos comercios de su intelecto, resultaba ser el latín. 

Años más tarde, se graduará de abogado e intentará ejercer. Su vida puede recorrerse brevemente de este modo: viajó, llegada la juventud, en pos de una cultura que arrancara de la observación y la experiencia y recorrió Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia; trató durante el recorrido, que había de durar tres años, a las principales cabezas europeas de entonces: a Waltar Scott, a Cuvier, a Mezzofanti, al   español   Agustín   Argüelles, a quien no tuvo reparo en decir que su liberalismo se detenía en las columnas de Hércules y tenía miedo de cruzar el Atlántico, a Alejandro de Humboldt; presenció los funerales del Papa Pío VIII y la exaltación de su sucesor, Gaggio XVI. Rehuyó, sin embargo, a Pestlozzi, que estaba revolucionando la enseñanza mediante la abolición de la memorística y la utilización de los valores del educando.  De regreso a La Habana dio el primer paso hacia lo que habría de ser la meta de su existencia: asurcó la dirección del Colegio Carragiao. 

Los días de prácticas ascética,  nuncio de vida levítica, se van alejando. Se casa con Mariana Romay, hija del médico más ilustre que conocía el país. Con ella tiene una hija, que morirá en plena juventud. Actúa en la Sociedad Patriótica, da clases de filosofía en el Convento de San Francisco. 

En 1843, pero ahora por motivos de salud, volverá a Europa, a París, vía New York, donde a poco se reunió con los Guiteras, Eusebio y Antonio. No pudo demorarse mucho tiempo en la capital francesa. Ocurrió la llamada Conspiración de la Escalera, pretexto de negociantes y esclavistas, la persecución tenaz de negros que se enlistaban a capricho como participantes y la complicación de algunos blancos distinguidos por el solo pecado de condenar la trata. José de la Luz y Caballero dio por terminado su viaje y retornó a La Habana presentándose, ipso facto, a las autoridades. Apenas si depuso en el proceso. Fue absuelto. Su mundo moral, con todo, sufrió un rudo golpe. Abrazó ya definitivamente la enseñanza. Pidió permiso, le fue este concedido, y fundó, a principios de 1848.  El Salvador, que instalado primero en la casa de los Condes de Lombillo, en el Cerro, ocuparía después la de los Condes de Lagunilla en la calle de Teniente Rey. El colegio que ahora creaba iba a ser su último y más glorioso escenario.

El Salvador será su casa y su familia. Distante de la esposa, con la que no se entiende, muerta su hija única, vuelto al Cerro, en lo sucesivo veráse continuado en sus discípulos, a los que se consagra por entero. 

El educador, el maestro por excelencia daría en “El Salvador” cuanto de grande y noble poseyó. Así, el contemplativo de los primeros tiempos, el viajero, el pensador, el patriota (tenían para él especial significación los términos cubano y habanero) se volcarían en una sola función, la más trascendente y la más cierta. El polemista que contendiera brillantemente con Manuel y Zacarías González Del Valle y el presbítero Francisco Ruiz, el moralista, el psicólogo dieron paso no más  que al forjador de espíritus, y al aticista de sustancia cristiana. 

Como filósofo puede juzgársele a la ley de esta creencia suya:  consideraba   armonizables la ciencia y la religión, pues afirmaba que por la primera se iba a la segunda, y a tal extremo que era verdad por él aceptada que «la teología natural  no forma un ramo aparte de los conocimientos humanos, cuanto todo el que se proponga dar una demostración filosófica de la existencia y atributos divinos tiene que entrar forzosamente en el campo de las ciencias naturales». 

En lo tocante a sus ideas políticas, nunca expuestas, su vida y su obra responden  a  convicciones evidentes, que nacían del contraste entre sus aspiraciones y la situación real del país, una vez que desde 1837 los campos habían sido escindidos figurando sus habitantes entre los mantenedores del orden tradicional ya en manos de una cerrada posición integrista, que tutelaba a maravilla la histórica Comisión Militar Ejecutiva y Permanente, o entre sus críticos y censores. No formó José de la Luz entre los últimos sino a título de pensador y de moralista, pero desde ese ángulo y tan solo por anteponer a toda idea y a toda acción el sentimiento de la justicia y el bien de su patria se convirtió en un sembrador de gérmenes discordantes del medio oficial y de su soberanía política. Ese mismo anhelo de libertad le llevaría por el avance que diera a conocer en su libro “Texto de lectura graduada para ejercitar el método explicativo”, a un modo casi personal de enseñar. 

De ahí que su pensamiento en la esfera de las ideas filosóficas y didácticas resulta de sus propios escritos, su convicción profunda en lo que mira a la política, descansa, y es fácil a la postre precisarla, en la totalidad de su obra como educador. Sanguily, que lo conoció de cerca, que vivió a su amparo separado precisamente del hogar español en que había crecido por sus ideas, recoge y define, en admirable síntesis, su postura: carente de condiciones para ser un hombre de acción, dirá, “no disputó por eso quizás el dominio de la tierra al César, pero se empeñó en arrebatarle el dominio de las almas. Y mientras el uno inconscientemente enflaquecía o nublaba las conciencias, el otro las iluminaba y enaltecía”. “Esa fue su excelsa misión – continúa— y en ella fue un verdadero artista. Afanóse por crear hombres vivos, como otros crean hombres de mármol inerte”. Y si no hubiere otro testimonio que esta afirmación corroborase la Guerra de Yara la brinda a plenitud. Cuando sonó la hora de la gran prueba “El Salvador” se quedó vació. 

En los campos camagüeyanos, por los que la mayoría se inició, se dio en llamar al gruño selecto de combatientes “los jóvenes habaneros”. Eran los hijos de la casa de Don Pepe que oyeran al maestro estas palabras sin segundo: Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres —reyes y emperadores los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral.

Una gran figura del heroísmo cubano tachó a Don Pepe, por educador, dijo, del privilegio cubano. Ese privilegio una crítica más informado lo encuentra tan solo en los huérfanos que protegió, los jóvenes pobres que preparó en la clase media que condujo, en los héroes de la Guerra de los Diez Años que de sus manos salieron a pelear por la libertad. 

Otra tacha de la crítica contemporánea descansa en la opinión de una falsa cubanidad. Enlaza, quizás, este juicio con el de José Ignacio Rodríguez cuando niega en José de la Luz la continuidad del pensamiento histórico de su patria. Ni una ni otra resisten más leve análisis. En el seno de la sociedad colonial Don Pepe fue una institución por sí mismo, y los homenajes del Poder a la hora de rendirse a la muerte sólo pueden entenderse como la reverencia obligada a quien contaba con el consenso y el respeto de todos. 

A mayor abundamiento, respecto a la trata escribió sin más: «Lo más negro que hay en la trata no son los negros». No utilizó los esclavos que le correspondieron en herencia. Dejó manda, a la hora de morir, para libertarlos y determinó por sí mismo, en acto de última voluntad, la libertad inmediata de los más allegados.

 El evolucionista que  fue José de la Luz y Caballero respondía a la evolución del pensamiento cubano. Durante los primeros treinta años del siglo se dieron los que llamó a su turno José Martí los días de Espada (en que el aire era como griego, comentó, y los Conventos como el foro antiguo), el cuarto de siglo siguiente maduró la simiente que al calor de la cultura importada por el tenaz Obispo y la prédica de Varela, florecía, pasada la esperanza de las representaciones a Corte y el fracaso de la Junta de Información, en el espíritu independentista que puso de manifiesto el 10 de octubre del 1868. 

De este segundo tramo del proceso histórico cubano para hallar las raíces hay que adentrarse en Don Pepe, en el pedazo de la “risueña Galilea del siglo primero” (Sanguily) que fue su colegio “El Salvador”, en las ideas morales—al cabo ideas sociales y políticas— que animaron su lección y su prédica. 

Y de Don Pepe son estas, entre otras: «Nuestro siglo no es de oro, sino el del oro»; «Bienaventurados los que conocen las señales de los tiempos y las siguen»; «Sólo la verdad nos pondrá la toga viril»; «No está la dificultad en engendrar y concebir sino en criar y educar». La clave posiblemente, ¡de su actitud educado! a, reformadora, en el fondo insurgente, la revelan estas palabras suyas: «Dad al hombre la conciencia de lo que es, y pronto haréis de él lo que debe ser». El revolucionario, concluyamos al respecto, no lo es sólo el que por los caminos de la acción directa se proyecta sobre la sociedad. Revoluciona quien remueve sus cimientos, quien moviliza el curso de las mejores aspiraciones, quien opone al medio que quiere redimir el antídoto necesario. José de la Luz creyó encontrarlo en los hombres que sus manos modelaron.

El cubano más   grande de su tiempo y el mejor que haya nacido, escribió Sanguily. Luz enseñó a morir como había enseñado a vivir, había escrito antes Antonio Bachiller y Morales. El primero recogió la adhesión reverente de la posteridad. El segundo apresó en las más breves palabras la ejecutoria excelsa de la gran figura. Todo el movimiento ulterior del país cubano hasta la independencia, responde a esa enseñanza. José Martí pudo decir, en las postrimerías del siglo, que llegado al campo del heroísmo comprendía el júbilo con que sus compatriotas se entregaban al sacrificio. 

En el mediodía de la centuria José de la Luz y Caballero previó sin duda, ese destino, lo vislumbró entre las brumas de su época, lo calentó generosamente en su corazón de asceta y de maestro. Años después de su muerte dos hombres ilustres, que en su tiempo convivieron,  habrían   de discutir acerca de la hora última del gran patricio. El uno lo aseguró fiel a su credo confesional. El otro lo afirmó distante de su militancia juvenil. 

De todos modos, uno y otro coinciden en que no dejó de la mano durante esos días las Escrituras y que se afanó, momento tras momento, por comunicarse con Dios. Y entre los mensajes de los hombres parece haberle sido particularmente grato a la hora en que no se miente el enérgico y preciso epistolario de San Pablo.

José de la Luz y Caballero, muerto el 22 de junio de 1882, fue sepultado el 23 en medio de intensa consternación. El dolor del país cubano acompañaba al seno de la tierra de todos a su más grande fruto. Detrás del cadáver se forjó la historia. Don Pepe fue desde entonces para las generaciones nuevas, que no han encontrado todavía ningún otro ejemplar de mejores calidades morales ni de más amplia y positiva influencia.

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