JAN Y CUJE. Rusia siempre ha sido un país geófago

Written by Libre Online

12 de octubre de 2022

Por Roberto Luque Escalona

Rusia siempre ha sido un país geófago. Al iniciarse el siglo XX era ya, con mucho, el país de mayor extensión territorial, a pesar de haberle vendido Alaska a los Estados Unidos, algo que sólo puedo entender si lo atribuyo a una excesiva ingestión de vodka por parte del Zar que entonces reinaba; basta mirar un mapa para darse cuenta de que Alaska está más cerca de Rusia que los Estados Unidos. Ha sido la única pérdida territorial – ¡Y qué pérdida! – en el devenir histórico de esa nación.

El apetito por nuevos territorios se incrementó con el comunismo. Poco antes de la II Guerra Mundial y al amparo del infame pacto Molotov-Von Ribbentrop con la Alemania nazi, despojaron a Finlandia de la región de Karelia, casi la mitad del territorio finlandés. Al concluir la guerra se quedaron con la ciudad de Konisberg, en la Prusia oriental, fundada por la orden de los Caballeros Teutónicos en la Edad Media; ahora se llama Kaliningrad. En el extremo oriente se quedaron con las islas Kuriles, japonesas, a pesar de que su aporte a la derrota de Japón fue irrisorio. Ahora pretenden quedarse con regiones del este de Ucrania, después de un referendo en el que debe de haber votado hasta Nikita Jruschov. Y eso que no han podido derrotar a los bravos ucranianos.

Aquí entre nos, los rusos no son en realidad buenos soldados. Son mejores que los chinos, pero eso cualquiera. Su doctrina militar siempre se ha basado en una población numerosa y en el absoluto desdén por la vida humana. A finales de la década de 1970, en Etiopía, los asesores militares rusos del dictador Mengistu trataron de convencer al general Arnaldo Ochoa, que estaba al frente de las tropas castristas, de que lanzara oleadas de hombres contra los somalíes. Ochoa se negó, alegando que Cuba sólo tenía 10 millones de habitantes, no 300 millones como la Unión Soviética.

Por cierto, las atrocidades cometidas por los rusos en Ucrania me han hecho recordar a alguien seguramente asesinado por ellos. Me refiero al general George Patton, el más grande general americano desde que hay americanos y generales. “Salvajes, hijos de Gengis Khan” llamó a los soldados rusos por sus desmanes contra la población civil alemana.

Me pregunto qué se pudiera hacer con Putin. Si de mi dependiera, le administraría el mismo tratamiento que a su casi tocayo Rasputin, llamado, no sé por qué, “Rasputín”, quizás debido a su afición a las prostitutas. A Grégory Efimovich Rasputin le dieron a comer pasteles envenenados con cianuro, le golpearon en la cabeza con un pesado candelabro, le metieron dos balas en el pecho y lo arrojaron a un río, donde murió ahogado. Sería magnífico hacer lo mismo con Vladímir Nosequevich Putin.

*El domingo pasado se cumplieron 55 años de la muerte del Che Guevara, un argentino famoso, cuya fama es peculiar, pues nada tiene que ver con Argentina.

Ese país siempre ha sido pródigo en celebridades. José de San Martín fue el máximo hacedor de la independencia de Chile y un factor importante en la de Perú, y Domingo Faustino Sarmiento fue, a mi modo de ver, el más ilustre Presidente latinoamericano. Juan Domingo y Eva Perón creo que no han dejado una herencia positiva, pero muchos argentinos no piensan así y su celebridad me parece incuestionable.

Vayamos al deporte, que tanta fama proporciona. Luis Ángel Firpo no fue campeón mundial, pero sí protagonista de una de las más famosas peleas en la historia del boxeo. Campeones, y de los grandes fueron el pequeño Pascual Pérez y el grandote Carlos Monzón. El fútbol argentino ha producido tanta grandeza que sería tedioso nombrar a todos los grandes, de modo que me limitaré a los indispensables; Alfredo Di Stefano, Diego Maradona y Lionel Messi. En cuanto a Manu Ginobili, fue una estrella en la NBA, la “Liga Mayor” del baloncesto.

Si de música hablamos, el cantor popular de mayor permanencia que ha existido es, sin duda, Carlos Gardel, cuya voz no ha dejado de escucharse en las diez décadas que han transcurrido desde su muerte. Con los compositores y directores de orquesta pasa como con los futbolistas, de modo que sólo mencionaré a dos: Enrique Santos Discépolo y Astor Piazzolla.

Dos médicos argentinos han recibido el Premio Nobel de Medicina, Bernardo Hussay y Federico Leloir, y César Milstein el de Química.

Al hablar de Premios Nobel debo mencionar el de Literatura, que en argentina se ha escrito la mejor narrativa del siglo XX, con Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ernesto Sábato. Ninguno de ellos ganó el Nobel, pero son superiores a la mayoría de los escritores que lo recibieron.

Aunque me tiene la vida hecha un hollejo, no puedo dejar de mencionar a Jorge Mario Bergoglio. Por muy mal que me caiga, un Papa es un Papa.

Como habrán podido apreciar, todos los mencionados se han destacado por su eficacia en aquello a lo que se dedicaron. Ahora, el que faltaba.

Ernesto Guevara, bautizado “el Che” para la Historia por un grupo de cubanos olvidados, es tan célebre como cualquiera de los anteriores, pero a diferencia de ellos, no hacía nada bien. Como combatiente siempre fue derrotado cuando se enfrentó a un militar profesional con ganas de combatir. Mal le fue contra el cubano Ángel Sánchez Mosquera en la Sierra Maestra, contra el surafricano Mike Hoare en el Congo y contra el boliviano Gary Prado en las serranías andinas. En cuanto a su desempeño como gobernante, no es posible encontrar mayor ineficacia, ni siquiera en un gobierno marcado por la más total incompetencia. En fin, que, a diferencia de sus otros compatriotas célebres, Guevara no hacía nada bien.

Rectifico. Algo hacía bien. Escribir. En Cuba se editaron sus obras completas, dos tomos de 500 páginas cada uno, que leí sin el menor espíritu de sacrificio. Se dejaba leer el Che Guevara. Parece que, en algún momento de su vida, este errático personaje pensó irse a París y dedicarse a escribir. Cuando se marchó de su tierra para no volver se dirigía a Venezuela. Evidentemente, para ganar dinero -que entonces Venezuela era el mejor lugar para eso- e irse a… Creo que, a París, el mejor lugar para escribir según un mito en el que creen muchos aspirantes a escritores y que a mí, que he escrito siete novelas en Miami y una en un pueblo de Texas, me pare tonto. Lo cierto es que Guevara, que todavía no era “el Che” se encontró en Quito con un compatriota que lo animó a ir a Guatemala y…el resto es historia conocida. Y lo de París y la literatura es sólo una suposición. En suma, que Ernesto Guevara quedará entre los argentinos famosos como el único que no hacía casi nada bien. Y lo que más o menos bien hacía, no parecía interesarle como para dedicarse a hacerlo.

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