JAN Y CUJE.  El Che en «su terrible escritorio de La Cabaña»

Written by Libre Online

8 de noviembre de 2022

Por Roberto Luque Escalona

*Cuando pensaba que ya no tenía más nada que decir del Che Guevara, cuando ya está listo para la imprenta la nueva y revisada versión del libro que sobre él escribí en Cuba hace treinta años, me cae en las manos otro escrito por Abel Posse, un compatriota suyo. La obra está centrada en los meses que pasó el Che en Checoslovaquia después del desastre del Congo, con capítulos que tratan sobre su niñez y adolescencia.

No todos. En uno de ellos se narra el encuentro entre Guevara y el arquitecto Antonio Quintana Simonetti, que acude a La Cabaña para interesarse por un amigo suyo que se encuentra detenido.

Le dice Guevara al arquitecto en lo que Posse llama “su terrible escritorio de La Cabaña”, en los primeros tiempos de la entrada en La Habana, que “las revoluciones son feas, pero necesarias, y parte de ese proceso revolucionario es la injusticia al servicio de otra justicia”. Quintana le responde que “a los que mueren no se les puede hablar de injusticia saludable”.

Irritado, Guevara le comunicó a Quintana en ese momento que lo sacaba de Cuba. Si prefería quedarse lo esperaban treinta años de cárcel o el paredón.

Por supuesto, Guevara no tenía ni la más puta idea de quién era Quintana, uno de los mejores arquitectos cubanos, constructor de los edificios de El Retiro Médico y el Retiro Odontológico, que terminaría plegándose al castrismo. Pero ese no es el asunto. De lo que se trata es de la infinita arrogancia y prepotencia de un extranjero que poco más de dos años atrás sólo conocía de Cuba las partidas de Capablanca y a un grupo de pelagatos encabezados por un imitador de Hitler. 

En 1979, veinte años después de la amenaza guevariana, se inauguró el muy costoso y ostentoso Palacio de las Convenciones, diseñado y construido por el arquitecto Quintana Simonetti y al que yo soñé con arrasar en Los Hombres de Don Álvaro, una de mis novelas. Yo tengo lo que alguien definió como “una imaginación orientada a la violencia”. Soy muy bueno imaginando operaciones devastadoras, pero nulo si se trata de conseguir dinero para ejecutarlas.

Se trataba de efectuar un research internacional para localizar a un piloto que padeciera una enfermedad incurable, pero en su fase inicial, o sea, que no le impidiese pilotar. Además. Debía tener hijos que lo heredasen. Localizado el piloto, se le ofrecería un millón de dólares por su vida, que les serían entregados a sus herederos. A cambio de eso, debía conducir un avión cargado de explosivos y estrellarlo contra el Palacio de los Congresos cuando allí sesionara la Asamblea Nacional con la presencia de Fidel Castro. El avión sería comprado entre los de desecho, pero en buen estado, que estaban estacionados en algún lugar del desierto de Arizona. La operación hubiese costado entre dos y tres millones de dólares.

Las operaciones del Che eran tan costosas como las mías, pero él no tenía problemas para financiarlas. Para eso estaba el presupuesto de la República de Cuba.

Imaginen, si pueden, lo que deben haber costado las aventuras libertarias del Congo y Bolivia. Todo ese viajar por el mundo de los libertadores. Lo de Bolivia, su preparación, con todos esos viajes de Tamara Bunke, de Pahungo Fernández, de Papi Martínez Tamayo, siempre dando rodeos, lo cual encarecía aún más el llegar al objetivo.  Eso, por no mencionar la estancia de varios meses del Che y sus acompañantes en Checoslovaquia. Meses y meses viviendo sin trabajar y sin privarse de nada.

La frase “le costó un ojo de la cara” me hace imaginar tuerta a la enorme estatua de la República que está a la entrada del Capitolio habanero.

Hasta aquí llegué. Ojalá que esto sea lo último que escriba sobre el costoso y calamitoso argentino Ernesto Guevara de la Serna, alias el Che. Adiós, boludo. Espero que para siempre.

*¡Sorpresa! En el LIBRE de la semana pasada me encontré con alguien que, sin haberla conocido personalmente, ha sido muy importante para mí. Emma Pérez, en esa especie de galaxia que ha sido el periodismo cubano de opinión -o sea, los articulistas-, ha sido la única estrella femenina. Cuando BOHEMIA era la revista editada en español de mayor tirada en el mundo, 350 000 ejemplares, Emma Pérez tenía en ella dos páginas.

Además, era la esposa de Carlos Montenegro, el escritor cubano que más ha influido en mi manera de novelar.

Y lo más importante, cuando comencé a tener problemas de visión acudí a una consulta de Oftalmología, esperando estaba en el cuarto de examen cuando entró una doctora, una bella muchacha que hizo algo poco usual entre los médicos; se presentó.

-Buenas tardes. Yo soy la doctora Piniella.

Como los médicos citan para las 10 y te atienden a la 12, yo siempre llevo un libro para entretenerme en la espera. Ningún médico se fijó nunca en ese detalle. La bella doctora se fijó.

-Veo que le gusta leer-dijo- Mi abuelo era escritor. 

Como es natural, le pregunté el nombre del abuelo.

-Carlos Montenegro.

¡Nada menos que Carlos Montenegro, el escritor cubano que más ha influido en mi manera de narrar! Al ver la impresión que me causó el nombre de su abuelo, a quien los cubanos ignoran por completo, la bella doctora decidió convertirse en mi amiga.

Y mi amiga fue. La más importante amiga que nunca tuve. Y algo muy importante para mí, para cualquier escritor, Alejandra llegó a ser una lectora entusiasta de mis novelas, en una de las cuales, El Talismán y la Estatua, le sirve de modelo a un personaje, Carla Valle; Carla por su abuelo Carlos y Valle porque estaba emparentado con Valle Inclán, el célebre escritor gallego.

El entusiasmo de Alejandra por mis novelas alcanzó su punto máximo cuando decidió tomarse un año sabático y dedicarse a traducirlas. Se iba a ir a Francia, a la Dordoña, al norte de Burdeos, y alquilar allí una casa en el campo. Pero apenas iniciaba sus preparativos comenzó a sentirse mal y le diagnosticaron un cáncer de muy mal pronóstico, incurable y doloroso. Se suicidó. Perdí a mi traductora y a la mejor amiga que nunca tuve.

La presencia de su abuela -para quien fue su nieta favorita, su Alejandra Magna- en las páginas de LIBRE han revivido un triste recuerdo.

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