JAN Y CUJE. De reyes y reinas

Written by Libre Online

21 de septiembre de 2022

Roberto Luque Escalona

La muerte de la Reina Isabel II ha conmocionado al mundo, un mundo ya de por sí conmocionado por la al parecer interminable epidemia del virus chino, la guerra de Ucrania y la calamitosa presidencia nacional.

Es natural. Creo que con la excepción de Luis XIV, que se convirtió en Rey de Francia cuando aún dormía en cuna, ningún monarca ha ocupado tanto tiempo el trono como Isabel.

De aspecto insignificante, no ha de haber sido poca cosa para que, en tan largo reinado, no haber cometido ninguna acción negativa que valga la pena recordar. Una buena mujer, que no por gusto su muerte a una edad que pocos alcanzan ha provocado tan evidente y generalizada tristeza en los que fueron sus súbditos.

De las ocho monarquías europeas más la de Japón, que de las tercermundistas no me pienso ocupar, la casa real británica es la que más atención atrae, a pesar de que su actual dinastía es la que menos tiempo ha reinado. Para que se hagan una idea, los Borbones ya habían perdido su reino en Francia, después de casi tres siglos, pero eran reyes de España y de Nápoles cuando los que hoy se denominan Windsor eran duques de Sajonia-Coburgo-Gotha y lo 

serían durante otros dos siglos. Sin embargo, hoy son la realeza de mayor renombre.

El Reino Unido ya no es la superpotencia que fue, pero aún es un país muy importante. Sin embargo, creo que lo que explica la fascinación por su familia real es el boato. Hay personas a quienes el lujo no les da ni fu ni fa, pero no son, ni de lejos, mayoría.

En fin, lo cierto es que otros monarcas británicos han fallecido desde la muy longeva Reina Victoria para acá sin que sus muertes hayan conmocionado al país como lo ha hecho la de Isabel. Tal conmoción ha sido espontánea y no tiene otra explicación que sus virtudes como reina y como ser humano.

En su vida familiar no fue igualmente exitosa. Los matrimonios de sus tres hijos mayores terminaron en divorcios; sólo Eduardo, el benjamín, ha mantenido el suyo. Del de Carlos mucho se ha hablado, siempre con él en plan de culpable. Aunque lo cierto es que la venerada princesa Diana era de argolla. La recuerdo dejándose tocar las nalgas delante de una cámara por el patán egipcio que fue su último amante, una mujer con dos hijos adolescentes. 

En cuanto al Príncipe Andrés, no pudo controlar a su inquieta esposa, inquietud al parecer muy frecuente entre las damas de la aristocracia británica. Ana es la que menos ha dado de que hablar y de ella apenas recuerdo otro detalle que su bello nombre y su fama como campeona de equitación.

De los cuatro, por supuesto, el importante es Carlos, que ahora es rey. Carlos III, como el que le da nombre a la gran avenida habanera. Ojalá se le parezca, pero lo dudo.

De todas las estupideces que escribió sobre mí un desconocido, lo único cierto es que yo no he dejado de ser cubano. Lo que sucede en Cuba siempre me afecta y las muestras de amistad hacia la gentuza que allí gobierna me ponen de un humor muy agresivo. Y amistoso, muy amistoso fueron el entonces Príncipe de Gales y su esposa durante su estancia en La Habana, cuando satearon de lo lindo con la gavilla de asesinos y ladrones que ha destruído nuestra nación.

Esa, como cubano. Ahora, como americano, lo que también soy. Carlos se portó grosero con nuestro Presidente -por supuesto, me refiero a Donald Trump- cuando éste visitó Londres. Algo inadmisible en una persona educada desde niño en las buenas maneras y las reglas del protocolo.

Los reyes de la dinastía Windsor que antecedieron a Isabel II fueron, los cuatro, personas anodinas, sin ningún relieve a no ser su condición de monarcas. El segundo de ellos, Jorge V, tiene una mancha en su expediente. En 1918, su primo, el entonces Rey de España Alfonso XIII, le pidió que lo respaldara en su intento por salvar a los Románov, la familia imperial rusa, cuyo monarca, el Zar Nicolás II, era primo de ambos. El Rey inglés se hizo el sueco y el feroz Lenin ordenó el asesinato del Zar, de la Zarina, de las cuatro jóvenes princesas y del niño de doce años, heredero del trono. Ni los criados que los acompañaban se salvaron de la masacre, que, por cierto, tuvo menos resonancia que la muerte en un accidente de la Princesa Diana y su piojoso amante musulmán.

Injusticias del destino. Alfonso XIII fue derrocado mientras que el indiferente Jorge V murió siendo Rey. No puedo, no quiero imaginar a su sobrina nieta Isabel asumiendo la misma actitud. Quiero creer, y creo, que ella hubiera intercedido por los desdichados Románov.

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