JAN Y CUJE

Written by Libre Online

10 de octubre de 2023

Por Roberto Luque Escalona

La extraña carrera del primo Adolfo

De las características negativas del cubano, la que más desgracias le ha traído es su inclinación a amar lo que en modo alguno debe ser amado. Es como un cáncer del espíritu. Claro, no todos los tipos de cáncer son igualmente dañinos. No es lo mismo un carcinoma en una mejilla que un melanoma en el páncreas. La revolución fue de los últimos.

El amor de los cubanos por el equipo de béisbol de Cincinnati es de los primeros, de los que no matan; aunque tampoco engordan, que la bobería nunca es nutritiva. “El querido Cinci”, solían llamarlo. Querido my ass.

En 1911 llegó al Cincinnati el primer jugador cubano, que lo de Esteban Bellán fue en la prehistoria. Armando Marsans inició una carrera que parecía destinada a lo más alto, con promedios de bateo por encima de los trescientos y un notable desempeño en el robo de bases. Pero Marsans era un joven de familia rica, carecía de la motivación del dinero porque ya lo tenía, y cuando tropezó con algo que le resultó desagradable, y que no es el tema de este artículo, abandonó prematuramente el juego.

Tres años después debutó Manolo Cueto, que sería el primero de muchos cubanos que tendrían una carrera efímera. Por último, en 1918, arribó al Cincinnati Adolfo Luque, el más tardío de los tres, pues ya había cumplido 27 años; no obstante, se mantendría en las Grandes Ligas durante 17 temporadas.

Las tres primeras fueron aceptables, con más victorias que derrotas. En la Serie Mundial de 1919, la del escándalo por juegos vendidos a los apostadores por jugadores de los Chicago White Sox, actuó de relevo en dos juegos; en cinco innings le batearon un hit. 

En la temporada de 1921 se inició un extraño fenómeno: comenzó a perder más juegos de los que ganaba, 17 -19. Al año siguiente ganó 13 y perdió 23, a pesar de que su ERA (promedio de carreras limpias por cada 9 innings) fue de 3.31. ¿Cómo se pueden perder tantos juegos, casi un récord de derrotas, con semejante ERA? Bueno, es que era un equipo muy malo, que no bateaba, dicen los amantes del Querido Cinci… que no saben nada de pelota: ese año los Reds quedaron en segundo lugar en la Liga Nacional.

Entonces, en 1923, Adolfo Luque se sobrepuso a todo y a todos: champion pitcher con 27 victorias y 8 derrotas, y un ERA de 1,93, la mejor actuación de un pitcher no americano y entre las mejores de todos los tiempos, que muy pocos lanzadores han ganado 27 juegos en una temporada.

Luego continuaron los absurdos contrastes entre efectividad y resultados, que alcanzaron su punto más alto (o más bajo) en 1925, cuando volvió a ser líder en carreras limpias permitidas con 2,63 y, sin embargo, perdió más juegos de los que ganó, 16 ganados y 18 perdidos. ¿Cuándo se ha visto que el lanzador de mayor efectividad pierda más juegos de los que gane? Que yo sepa, solamente una vez, como en el bolero de Agustín Lara.

En sus doce años con el Cincinnati, Luque sólo tuvo cinco temporadas con más victorias que derrotas. Cuando se marchó a New York ya con 39 años para jugar primero con los Dodgers y luego con los Giants, en sus últimas cinco temporadas sólo en una tuvo récord negativo, aunque su efectividad en cuanto a carreras permitidas ya no era como en sus años con los Reds.

Aún le quedaba una hazaña por realizar: en la Serie Mundial de 1933 contra el Washington entró de relevo en el que sería el juego decisivo; en 4 innings y un tercio no permitió anotación y fue el pitcher ganador. Con 43 años, fue el lanzador de mayor edad que hubiese ganado jamás un juego de Serie Mundial. Ocho décadas después sigue siéndolo.

Entre los lanzadores extranjeros, sólo Juan Marichal está a la altura de Luque. Muy cerca, un escalón más abajo, Luis Tiant. Ni uno ni otro fueron boicoteados como lo fue el llamado Pride of Havana. Además, llegaron a las Grandes Ligas a una edad, digamos normal: 23 Tiant, 22 el dominicano.

¿Boicot? ¿Cuál Boicot? Vamos allá. El béisbol es el más americano de los deportes, the National Game, y Adolfo Luque fue el primer jugador extranjero en alcanzar en él la condición de estrella. Tuvo que pagar por ello, como Jackie Robinson tuvo que pagar por ser el primer negro bigleager. La diferencia es que poco después de Robinson llegaron Larry Doby y Roy Campanella y luego muchos otros, mientras que Luque fue una estrella solitaria durante toda su carrera. Pasarían dos décadas desde su retiro para que otro extranjero, por supuesto, también cubano, alcanzara el estrellato: Orestes Miñoso.

Luque era constantemente hostilizado y no sólo por ser extranjero y estrella. También por su estatura. Aunque era mucho más fuerte de lo que parecía, sus 5,7 en un mundo de hombres altos invitaban al abuso. No estoy seguro, pero creo que José Canseco nunca tuvo una pelea; sus 6,4 eran un elemento disuasorio.

Algo que quizás hubiera disuadido a los agresivos era su fiereza, pero esa no era visible. Hay personas que nacen para ejercer la violencia física. Luque era uno de ellos.

Adolfo Luque nunca dejaba pasar un insulto, y como los insultos llovían, sus peleas eran muy frecuentes. En una de ellas, él y un animalón americano se encerraron en el vestidor de uno de los equipos para pelear con tranquilidad; hubo que derribar la puerta a hachazos. En otra, alguien lo llamó ¨nigger¨ desde el dugout de los contrarios, se abalanzó contra el grupo y a un peloterito mediocre que luego sería famoso como manager, Casey Stengel, le fracturó la mandíbula de un trompón. Stengel no era el que había gritado, pero fue el primero que encontró en su embestida. 

¿Así que nigger? Otro detalle que quizás les molestara a los americanos era su evidente condición de blanco. Por otra parte, algunos americanos anglos han heredado de los ingleses la animadversión hacia lo español, la que, por cierto, es mutua.

Pitcher estrella siendo extranjero, imposible de avasallar y tan blanco como el que más blanco fuera, Adolfo Luque, como otros miembros de esa ilustre familia, no necesitaba ser aceptado y mucho menos querido por los anglos; le bastaba con que lo dejaran en paz. Pasarían años para que los americanos del mundo beisbolero se acostumbraran a él. Y eso ocurrió en la Gran Manzana, no en el Beloved Son of a Bitch Cinci.

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