INTELECTUALES, UNIVERSITARIOS Y CUERDA FLOJA

9 de junio de 2021

Cuando a fines del mes pasado LASA (Asociación para Estudios Lati-   noamericanos cuya sede está en Pittsburg) emitió un «pronunciamiento sobre la protección de derechos humanos en Cuba»  de puro compromiso, a manera de reacción que no quisieron obviar por el aumento de la represión en la isla de noviembre a la fecha, el contenido del mismo en fondo y forma, provocó numerosas réplicas de personas bien intencionadas, que intrínsicamente tienen razón pero que aparentemente poco han aprendido del proceder de «la mano que aprieta» en la isla. Y que conste: la cosa viene desde el mismísimo año 1959, cuando todo comenzó y mientras tantísimos alababan la caída de nuestro ancien regime.

En efecto, hace más de sesenta años que en lo que respecta a Cuba los universitarios e intelectuales urden mayoritariamente  su trama componiendo un mismo bordado con idéntico estambre. A estas alturas más valdría ignorarlos. No van a cambiar. No pueden. Es suficiente revisar los nombres de los presidentes que desde 1967 han regido en LASA tanto como los que hoy integran su actual  consejo ejecutivo. Atesoran un historial de benevolente contubernio con el izquierdismo en las universidades – y valga la redundancia – que articula con la perorata de marras, siendo por ende actitutud y consustancialidad para con un haber histórico plagado de acciones en las que culipandear con respecto a las instituciones cubanas resulta ser norma de obligatorio cumplimiento.

Estructurar complicidades foráneas ha sido tarea permanente de todos los países comunistas. Hay un esquema doble que consiste en fabricar amenazas venidas del exterior para justificar toda deficiencia y paralelamente sembrar en ese territorio supuestamente hostil complicidades autóctonas. Cuando el castrismo logró implantarse en Cuba la creación de instituciones «no gubernamentales» se preparó siguiendo un modelo que el bolchevismo había perfeccionado en Rusia y que Stalin magnificó durante los años 1930.  Inicialmente los objetivos que acapararon a los castristas fueron Europa Occidental y Estados Unidos. La maquinaria solo requirió pequeños ajustes porque el comunismo internacional aportó incondicional ayuda. Había en Cuba un vivero comunista. Era un país minado, como se iba a ver posteriormente. Cuando Carlos Franqui trajo a Jean-Paul Sartre a La Habana en 1960 el desvergonzado francés ya había hecho de las suyas a propósito de la URSS.  Era un «caso de libro» cuya mejor cronista cubana fue su pareja Simone de Beauvoir. Mimado entre los universitarios y los literatos en Francia a la terminación de la guerra en 1945 los comunistas no habían vacilado a crearle un historial apócrifo de «resistente» al nazismo.

Franqui trabajó el asunto a fondo: en mayo de 1967 consiguió que la famosa feria Salón de Mayo de París se realizara ¡en La Habana!.  Desde Sartre hasta la feria en el Pabellón Cuba de la Calle 23 fueron ocho años durante los cuales se enraizó el fidelismo insular, se tejieron alianzas que resultaron imperecederas y se consolidó un sistema que dura hasta nuestros días. El mismo que tuvo y sigue teniendo sus relevos y sus émulos en los campus de Estados Unidos y de toda Latinoamérica. No me consta pero puedo suponerlo. Mucho dinero tiene que haber circulado: ríos de mojitos y daiquiríes; viajes sufragadas por el entonces inagotable dinero que los capitalistas ponían en las arcas cubanas; mulatas y mulatones, todo ello al son de maracas y guitarras. En la URSS habían estado haciendo lo mismo y la cosa funcionaba.

Me referí a Sartre y a Franqui porque ambos, salvando las distancias, constituyen ejemplos arquetípicos de la desinformación y de la deformación factual que logran instrumentar los comunistas. Aunque no con la misma pertinencia ni vehemencia los dos terminaron como críticos de Fidel Castro y de su regimen.  Pero en lo que respecta al francés el daño que hizo a partir de la serie de 16 crónicas que durante el verano del año 1960 publicó en France Soir, era el diario más difundido en Francia, fue tan irreversible como irreparable. La contaminación de acciones de esa naturaleza es más mortífera que la que hemos conocido con la Covid-19: cuando un escritor argentino inventó un librito en 2007 con una selección de «relatos de La Habana» no vaciló en citar parte de aquél «huracan sartriano» haciendo cohabitar los lugares comunes más indigentes que al respecto han sido escrito. Ninguna sorpresa si el compilador ha sido acreedor de dos premios de la Casa de las Américas.

Porque ha sido siempre así: hay mil maneras de comprar la docilidad intelectual. Después de su regreso de uno de tres viajes muy complacientes a la URSS en 1955 dos de sus obras fueron puestas en los teatros moscovitas y los periódicos dieron cuenta del evento a bombo y platillo. Más tarde al ya entonces mayorcito Jean-Paul le arrimaron la actriz que interpretaba una de ellas, mientras que Ilya Ehrembourg actuaba en las sombras cual eficaz agente de la Unión de Escritores Soviéticos. La cosa llegó a un punto tal que Sartre tuvo la bajeza de acceder a ser presidente de una revista mensual manipulada desde Moscú y publicada en París para todo el mundo francófono: France-URSS. Desde luego que de los opositores perseguidos y enviador al Goulag ni una sílaba.

Con su pedigrí, si Sartre viviera hoy podría dr su apoyo a esper’pentos como la LASA. Y hasta glosaría respecto a declaraciones como la que aludí más arriba. La formulación es la misma de siempre: amenzas del exterior, justificar lo injustificable y que si los objetivos originales del sistema no se han alcanzado ha sido motivado por razones exógenas. Poco importa que todo país comunista haya experimentado invariablemente idénticas circunstancias en cuatro a represión política y catastrofismo económico: no es casualidad que en castellano el vocablo lasa sea sinónimo de flojera.  La que asumen respecto a Cuba los universitarios y los intelectuales que la integran viene una vez más a confirmar la regla.

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