Iconografía del Apóstol José Martí

Written by Libre Online

19 de enero de 2022

Cursaba  el año 1853. Mientras todos los pueblos de Hispanoamérica gozaban de libertad, la Gran Antilla, cuya independencia no favorecía su estratégica situación geográfica ni la fama de sus riquezas, continuaba colonia de España, no de buen grado, pues ya había vertido mucha sangre por su libertad, y la idea de pueblo libre que lanzó Varela seguía cultivándola en aquella hora, con óptimos frutos José de la Luz, el inefable maestro del Colegio El Salvador.

La Habana, ciudad de las mayores del Nuevo Mundo, era famosa por la suntuosidad de sus edificaciones y por su puerto, exportador de azúcar y café en cantidades astronómicas, mas tanta producción, casi en su totalidad, provenía de seres en esclavitud, forma que virilmente repudiaba la insigne minoría antiesclavista, ávida de orientar por caminos morales el progreso de la Isla.

El día 28 de enero en que vino al mundo José Julián Martí y Pérez, al que con tanta justeza llamó Gabriela Mistral “el hombre más puro de nuestra raza”, ¿qué aconteció en La Habana y en Cuba, en esa fecha gloriosa?

Para averiguarlo, el propio Apóstol nos indica la forma: “El patriota que quiere bien a su patria —dice— no empezará a leer el periódico por el editorial, que dice lo que se opina, sino por los anuncios, que dicen lo que se hace.”

Entonces, una rápida ojeada a los cuatro diarios que se publicaban en San Cristóbal de la Habana, nos proporcionará suficientes datos para juzgar el ambiente en que nació el hijo de doña Leonor Pérez y Cabrera y del sargento primero de la Cuarta Batería de la Primera Brigada de Artillería, don Mariano Martí y Navarro.”

EL ÚLTIMO SACRIFICADO

En Cuba, en 1853, como tenemos dicho, se había vertido ya profusamente la sangre en aras de la libertad. El último sacrificado fue el joven Eduardo Facciolo.

“LA GACETA”

“La Gaceta”, con el título de Justicia, escribe, el mismo 28: “Hoy sufrirá la pena de muerte en garrote vil, el pardo Francisco Carmona”, por la muerte de un agente de policía.

El Papa Pío IX prorroga por ocho años el privilegio para que, en señalados días “de vigilia y abstinencia, se puedan comer carnes saludables”.

En Cárdenas, un incendio destruye rápidamente diez almacenes.

Las secciones de “ventas, cambios y alquileres de esclavos”, seguían con anuncios impíos como éstos: “Se vende un negrito de 13 años, sano y sin tachas”; “Se

Una copia fotostática del decreto que autoriza el ascenso de don Mariano Martí a sargento de Irrigada. Corría el año de 1854.

Otro ascenso para don Mariano. Ahora con la firma de Yo la Reina. Desde ese instante es subteniente de infantería. Dado en febrero de 1855.

CÓLERA EN CUBA

De 1850 a 1854. sufrió Cuba terrible epidemia de cólera; en La Habana, en diciembre de 1852, hizo 943 víctimas. De Bayamo comunican a “El Fanal”, de Puerto Príncipe, que desde el 22 de noviembre al 19 de enero de 1853, fallecieron 614 de la enfermedad.

“De noche y de día hace cuatro o cinco que se tiembla de frío de pies a cabeza”, noticia el “Diario de la Marina”.

Lo relacionado. Informa lo acaecido lamentable; más, el día 28, tuvo La Habana también diversiones. Los periódicos anuncian, para el día siguiente, bailes de máscaras en el Liceo y en Escauriza.

En Tacón pondrán la zarzuela “El Duende”, en dos actos, y “La Sevillana” y “La Castañera”, de uno. En el “Circo”, una compañía norteamericana de variedades, incluirá la pantomima ‘El Zapatero y el Bailarín’. Un anuncio de toros insta a los aficionados, adelantándoles que será notable la corrida de toros de cola, a los que la empresa denomina endemoniadas.

La aristocracia colonial celebrará en la Iglesia de Santo Domingo, el “acto de cruzarse caballero de la real y distinguida orden española de Carlos III, el coronel Gurrea”, apadrinado por el conde Santovenia.

EN GUÁIMARO

En Guáimaro, por el esfuerzo del comandante militar y varias personas influyentes, se crearon dos escuelas. La Prensa, el día 28, anuncia que saldrá en breve la “Revista de La Habana”, dirigida por don Rafael María de Mendive, excelso educador de Martí. La revista “El Almendares”, resucitará “con litografías y grabados del mejor gusto”.

Pero el más importante suceso, para Cuba y el mundo, aconteció aquel 28 de enero, con el nacimiento del héroe sin mancha, en la humilde casita de Paula No. 102.

En el año 1809, los emigrados de Cayo Hueso señalaron como templo de la patria la casa del nacimiento con una lápida, y al acto de descubrirla asistieron la viuda de José Martí, doña Carmen Zayas Bazán, su hijo, y Amelia Martí y Pérez, sexta descendiente de la familia Martí y Pérez. Antes de conocerse con detalles la  existencia de  los progenitores de José Martí, se les conceptuaba del modo más absurdo.   Se tenía a don Mariano como padre ignorante y despótico, y apenas si se apreciaban las eminentes cualidades de esposa y madre de doña Leonor.

Afortunadamente, la documentación de los hechos, cada día más extensa, y las referencias favorables de sus hijas, de sus yernos y, sobre todo, la confesión del hijo mayor, en torno del cual se tejieron las suposiciones más infundiosas, todo reclama la total revisión de lo peyorativo sobre ellos echado.

El justipreciar la mentalidad, los usos y las costumbres de los individuos del siglo XIX, no obstante su cercanía, exige el arte de rehacer lo pasado, como en parecida ocasión que la nuestra, advierte el propio Martí, preceptuando “que no debe poner mano en una época, quien no la conozca como cosa propia”.

Quienes tengan solamente nociones del modo de captar lo que fue, advertirán en seguida que, tanto la madre como el padre de José Martí, por el simple hecho de ser alfabetos, demuestran que no provenían de familias vulgares, porque era entonces signo de mucha distinción leer y escribir. Y no resulta impertinente señalar que escribían ambos con juicio y con mejor letra y ortografía que muchos de clases que socialmentc se tenían por más elevadas.

No fue ocasional esto, que el hijo expresó en señaladísima carta: “¿y de quién aprendí yo mi entereza y mi rebeldía, o de quién pude heredarlas, sino de mi paree y de mi madre?”

LA REBELDÍA

Le vino de don Mariano, la rebeldía, noble superioridad, contra todo lo contingente y adverso. Y de doña Leonor, su sobriedad y el dulce sentido tutelar de su vida. Documenta lo anterior, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, su discípulo predilecto, cuando afirma que “de su padre, valenciano, sargento del ejército español, Martí heredó la decisión y la bravura, que le ayudaron en no pocas horas angustiosas de su existencia; de su madre heredó aquella tenacidad y virtud que vencieron todas las dificultades de su vida, llena de agonía y de una lucha casi constante, desde su niñez hasta su muerte prematura”.

DON MARIANO

Don Mariano fue un liberal como eran en su tiempo, hombres con sentido progresista, enemigos de violencias. De joven había formado en las filas de la reina Cristina, que representaba en España el adelanto político, frente a los carlistas que proclamaban la monarquía absoluta. Como militar, no olvidó nunca su dignidad de hombre. Le amargó que el hijo fuese Insurrecto contra su patria, lo cual, antes que restarle, le aumenta decoro; pero lo educó, como recuerda su hijo, para que fuese “un hombre libre”, sin que nunca protestase, recalca también el hijo, “de esta austera vida mía que privó a la suya de la comodidad de la vejez”. Consignemos, además, que el Apóstol obró lo mismo que don Mariano al escribirle a Máximo Gómez, que no defendiera a su hijo “si le falla u oscurece a su patria”; amén de lo que, como deber urgente, significan estas palabras que le dirige al marchar a la guerra: “Salgo para Cuba; salgo sin ti.”

“Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado”.

DOÑA LEONOR

Doña Leonor, hija de su tiempo, actuó en la vida con el sentido conservador que le habían Inculcado. Fue como eran las mujeres de su clase: freno de todos los posibles excesos en el hogar; y fue guía tan prudente del suyo que, en medio de las mayores estrecheces que madre puede pasar, con su trabajo y el de sus hijas, en una especie de matriarcado, bienquistó por todos, armonizó, con resignación heroica, la hidalguía y la pobreza.

Sus cartas —ya lo hemos indicado antes— revelan mente lúcida y razonadora, y encierran tan ricos matices espirituales, que dan de lado a todos supuestos de vulgaridad y la valoran como mujer inteligente y ejemplar lo entrañable de sus afectos, la riqueza de sus manifestaciones éticas y la dignidad y buen sentido con que expone sus angustias.

Su lectura es edificante, así por el trasunto que nos dan de la vida ordenada y pulcra de la familia del Apóstol, como por las valiosas sugerencias que contienen de la existencia, sin par, de su hijo.

De 30 años de edad llegó don Mariano de sargento a Cuba, ascendido por pasar al servicio de ultramar. El hecho de pertenecer al cuerpo de artillería, en el que ingresaban los jóvenes de más estatura y fuerza, ya lo abona en lo físico, pero existen retratos de diferentes épocas de su vida, y podemos representárnoslo como era en su juventud: alto y de muy atractiva presencia. Doña Leonor era una esbelta mujer de ojos muy hermosos, como repetidamente los recuerda su hijo.

No hace falta poetizar sus amores, porque ambos eran de temperamento  juicioso,  evidenciado en esta graciosa alusión de doña Leonor, dirigida a su hijo en 1882: “de novio, aunque no muy expresivo, no le faltaba modo de dejarse entender, porque entonces era otro hombre.”

CONTRAEN NUPCIAS

En fin, contrajeron matrimonio en la iglesia parroquial del Monserrate, el 7 de febrero de 1852. Los progenitores de don Mariano habían tenido once hijos y los de doña Leonor, siete. El matrimonio Martí y Pérez tuvo ocho descendientes, cuyos nombres fueron: José Julián, Leonor, María Ana, Carmen, Pilar, Amelia, Antonia y Dolores.

A mediados del 1857, el matrimonio fue a España con tres hijos —José, Leonor y Ana—, y regresó con uno más, Carmen, allí nacía. A pesar de su corta edad, Martí conservó memoria del viaje.

Doña Leonor, en sus cartas al hijo, comenta con intuitiva penetración psicológica el carácter de las cuatro hijas que le viven, y rememora de las tres desaparecidas a “su ángel más bueno”, Ana, prometida del pintor mexicano Ocaranza, que en plena juventud falleciera en México.

El Apóstol, en la carta conmovedora y profética a su madre en mayo del 1894, las recuerda con estas breves y sentidas calificaciones: “Estoy viendo siempre a mi Chata romántica, a mi Carmen digna, a mi dolorosa Amelia,- a mi sagaz Antonia; yo no ceso de verlas un instante.”

PEPE, TUS HERMANAS

Doña Leonor nos pinta su hogar en los años de más desventura, con este impresionante realismo, bella demostración de su austeridad  y  talento:   “Pensé hablarte hoy algo de tus hermanas, para que no las culpes, pero al tocar esto, mi corazón se oprime y no puedo disimular mi dolor; sí, Pepe, ellas pasan una vida muy impropia de su edad, y esto las desanima, necesitan alentarlas, yo hago lo posible, pero esto no basta. Afortunadamente, no conocen la ambición de los lujos de la vida; ellas siempre han vivido contentas con sus muchas privaciones, y sólo se desaniman al ver el poco aprecio que hace el mundo de la desgracia.”

Desde el regreso del viaje que don Mariano hizo a Nueva York, figuró como persona de la familia, Carmen Miyares de Mantilla, y después de la visita que doña Leonor hizo a su hijo, fue considerada como hija política.

Motivos que se desconocen hicieron  que don  Ramón Maseda párroco de la iglesia del Santo Angel Custodio de La Habana, célebre en los anales literarios del país, no pasase a la historia con el alto honor de haber echado las aguas bautismales al que llegaría a ser por sus virtudes admiración del mundo, pues el sábado 12 de febrero, don Tomás Sala y Figuerola, cura del Real Cuerpo de Artillería, fué el que bautizó al primogénito de don Mariano con los nombres de José Julián — Julián por ser el santo del día que nació, y como lo apadrinaron José María Vázquez y Marcelina Aguirre de Vázquez, se explica lógicamente el nombre primero.

El talento se da a conocer pronto y parece que es ley de la naturaleza que se manifieste de modo inesperado, y en la carta que sin cumplir los diez años escribe a la madre desde Hanábana, donde se encuentra sirviendo de escribiente a su padre que funge de Capitán Juez Pedáneo, se insinúa muy clara la inteligencia del niño, tanto en el aplomo y gracia con que expresa la alegría que le causan los objetos que te han regalado, como en el propósito de enseñar al caballo “a caminar enfrenado para que marche bonito”, en cuyas expresiones los verbos enseñar y enfrenar y el adjetivo bonito indican los quehaceres que van a ser determinantes en su existencia.

A SAN ANACLETO

De una de las tantas escuelitas de barrio, con que el pueblo remediaba la Incuria oficial, pasó Martí al colegio San Anacleto, donde agrandó la primera Instrucción. Luego, asiste a la Escuela Superior Municipal de Varones y al Colegio San Pablo, cuando inició sus labores en el propio local de la escuela, ambos planteles dirigidos por Mendive.

Mendive valora enseguida al niño, y es el “padre generoso”, como le llama el discípulo, el que capta su alma y se la encamina con las “verdades de su corazón” y las “penas de la patria”. Con el ejemplo de Mendive, de quien Anselmo Suárez y Romero, que enseñó latín a Martí, dijo que era el cubano, después de Domingo del Monte, que más había contribuÍdo a la cultura, ordenó el joven comprensión del mundo, sujeta a las más rígidas normas de comportamiento y así logró el acendramiento de virtudes en grado tan subido que Enrique José Varona pudo decir, con verdad absoluta, que “no hay regia de vida más alta ni más, fecunda que la de José Martí”.

Quienes lean con ánimo de examen las obras de Mendive y las de Martí, percibirán en las de éste, aunque en distinto estilo y forma, resonancias del pensamiento de su maestro, tales como el culto a la naturaleza, el fin de servicio que debe tener el arte y toda función intelectual, la concepción idealista del mundo, la fe inconmovible en el perfeccionamiento del hombre por la educación, en virtud de su bondad natural, y en el alto sentido ético que regló su vida. Las palabras que Mendive pronunció en la inauguración de la Escuela Municipal de Varones, parecen de Martí.

MENDIVE EN MARTÍ

Naturalmente, lo que Mendive injertó en Martí, halló tronco adecuado en aquellas cualidades de honradez y sacrificio que el discípulo confiesa haber recibido de sus progenitores.

Mendive tuvo como orientador en la enseñanza y en la vida a José de la Luz y Caballero, y de tan vigorosas raíces, floreció Martí.

Además de poeta y educador, ilustre en ambas manifestaciones, fue periodista, crítico y conferenciante. Por sus singulares prendas de atracción personal, dio vida a las renombradas reuniones que como pleitesía a su esfuerzo, denomina la historia “Tertulias de Mendive”.

Rafael María de Mendive forma en el grupo de hombres de figura bíblica en lo físico y tono angélico en el alma, que, no obstante la diferencia de edad, fueron entrañables amigos de Martí.

Contemplamos sus retratos: casi todos con barba patriarcal y todos con esas huellas de inteligencia y dulce tristeza que imprimen en el rostro de los seres de bien, las cualidades del espíritu, y en ellos trasuntamos   también   al Apóstol.

Martí fue amanuense y, no obstante sus pocos años, persona de confianza del ilustre poeta. José Ignacio Rodríguez, profesor del colegio San Pablo, recuerda con expresiones enaltecedoras la presencia del niño José Martí en las históricas   tertulias  de   Mendive. En las que nada de Cuba y del mundo quedaba sin examen.

El ejemplo de vida que contempla en la casa del director del Colegio San Pablo, donde encontró Martí cariñoso acogimiento por parte de la esposa, Micaela, y la hija del primer matrimonio de Mendive, Paulina, quedó fijado dulcemente en su recuerdo.

Como alumno de la Escuela Superior Municipal de Varones dirigida por Mendive, se examina de ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, el 27 de septiembre de 1866, y se matricula para el curso del año siguiente, 1866-67, obteniendo sobresaliente y los premios correspondientes al primer curso. El segundo año, 1867-68, lo examina como alumno del Colegio San Pablo, Incorporado al Instituto, donde vuelve a obtener calificación sobresaliente en las asignaturas de dicho año.

Matriculado para el curso 1868-69, preso Mendive por los sucesos del Teatro Villanueva, fue clausurado el Colegio San Pablo; entonces, el padre, el 30 de septiembre suplica al Capitán General autorización para que su hijo pueda examinar el tercer año en el Instituto, por estar apto para ello, pero el Director deniega la solicitud por no haber asistido a las clases del “Colegio Nacional y Extranjero de San Francisco de Asís”, al que habla pedido traslado el 31 de marzo.

A medida que los hechos de la guerra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, eran favorables, en toda la Isla crecía el entusiasmo y el número de los que ansiaban la Independencia de Cuba. Y, a pesar de las severas medidas tomadas por el gobierno del Capitán General Francisco Lersundi, cada día se exteriorizaban más las ideas de oposición a España.

La revolución liberal española de 1868, no podía, naturalmente, confiar en Lersundi, integrista Incondicional de la destronada reina Isabel, y lo relevó. Con el fin de allanar, las antagonías políticas de peninsulares e Insulares, envió al general Domingo Dulce, liberal, que ya habla gobernado con buen sentido la Gran Antilla.

LIBERTAD DE IMPRENTA

A poco de tomar el mando, decretó la libertad de Imprenta, nombre impropio, porque excluía de la discusión la esclavitud y la religión.

La locura patriótica del bando integrista alentada por la furia de los voluntarios bien armados, culminó en el increíble entierro y exequias del gorrión grotesca pantomima que indignamente autorizaron con su presencia y actuación autoridades militares, civiles y eclesiásticas.

Sin esta panorámica explicación de la atmósfera política reinante en La Habana y en toda la Isla, no sería fácil explicarse el enfurecimiento y recelo de los voluntarios que causaron la prisión de Martí y sus condiscípulos.

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