Homenaje a mi madre: la matancera en Nueva York


20 de octubre de 2021

En 1860 Rafael del Villar director del Liceo Artístico y Literario proclamó a Matanzas y así ha sido siempre “La Atenas de Cuba”

San Carlos y San Severino de Matanzas fundada en octubre de 1693 con solo 30 familias canarias   bordeando la bahía del mismo nombre la que ofrecía justo espacio para formar la desembocadura de tres ríos que la atraviesan por todo su territorio: Yumurí, San Juan y Canímar, sobre los cuales y sobre otros tantos, algunos peatonales, una serie de veinte y nueve construcciones le ha originado el nombre de “la ciudad de los puentes” entre ellos el Bacunayagua, de 150 metros de altura, se dice el más alto del país.  Posee además otras bellezas naturales como las Cuevas de Bellamar, el  Cañón de Bacunayagua, y el Valle de Yumurí, …y en su región muy llana se levanta el Pan de Matanzas el que con su 389 msnm de altura se convirtió en el centinela de la ciudad.

ORIGEN DE SU NOMBRE

Del nombre de la ciudad y del nombre  la provincia existen varias leyendas o quizás historias verídicas como parece ser el incidente ocurrido en la bahía de Guanima, -bahía de Matanzas- según narró el Fraile Bartolomé de las Casas. Un grupo de españoles llegó a un poblado llamado Yucayo nombre indígena original de la región ubicada en una amplia rada, entre ríos. Los españoles preguntaron a los indígenas como realizar el cruce al extremo opuesto para proseguir su camino hacia el Este. El cacique Guayucayex accedió a ello embarcándolos en canoas y cuando las embarcaciones se hallaban en aguas profundas volcó las ligeras naves.

La mayoría de los hombres blancos, sobrecargados por el peso de sus armaduras, perecieron. Algunos otros lograron llegar a tierra, pero capturados fueron ahorcados en un árbol grande llamado Ceiba; excepto dos mujeres de 18 y 40 años que quedaron en poder de Guayucayex y García Mejía el jefe del grupo español que permaneció bajo la protección del vecino Habaguanex, actual Habana. Tres años después, un grupo de españoles llega al mismo sitio de los hechos y encontrándose con García Mejía conoce de la existencia de las cautivas. Al tratar de rescatar a las dos mujeres surge la batalla entre españoles e indígenas la cual pudiera considerarse la primera rebelión contra el invasor, muriendo muchos de los tainos por cuya repercusión sangrienta la bahía comenzó a llamarse de la “matanza” perdiendo el nombre original.

Cuando mis bisabuelos maternos y sus hijos llegaron a Cuba procedentes de Tenerife, en el Archipiélago Canario, se ubicaron en la provincia de Matanzas, la ciudad primada de los oriundos de las Islas Canarias en América.  Mi abuela tenia 3 meses de edad. Ya joven se casó con un asturiano y tuvo once hijos, todos oriundos de distintas áreas de la provincia de Matanzas. Mi bisabuelo, abuelo, tíos-abuelos y los hermanos de mi madre, todos trabajaron siempre en centrales azucareros en la provincia de Matanzas: Santa Rita, San Ignacio, España, etc.  Aunque mi madre desde los 19 años de edad vivió en La Habana nunca dejó de soñar y pensar en su zona natal, llevándola en lo mas profundo de su corazón

Cuando mi hermano y yo éramos muy pequeños mi madre solía entretenernos contándonos leyendas y simbólicos cuentos matizados de historia de su provincia matancera. Varias veces nos relataba como era que…los colonizadores habían llegado a la región controlando a los tainos a quienes obligaban a realizar fuertes trabajos a lo que los aborígenes no estaban acostumbrados. Tal así que de vez en cuando los tainos se rebelaban y perseguidos por los colonizadores corrían hacia un río y lanzándose a la corriente desde lo alto de un risco los nativos gritaban: …yu muri, …yu muri… Y de ahí nació el nombre Yumurí.

Bella la leyenda mi hermano y yo pedíamos noche a noche oír la narración, a la que mi madre de vez en cuando agregaba otras frases para hacer el hecho algo nuevo ante nuestra admiración. Así fue como también conocimos las historia de la India dormida, la Ceiba del Naranjal, y el Abra del Yumurí que a continuación incluyo:

“…En la zona que hoy conocemos como la provincia de Matanzas, vivió un joven cacique que se encontraba celebrando con todos los de su tribu, el nacimiento de su primera hija, la cual llamó Coalina. Todos en el lugar llegaban a rendirle homenaje y a ofrecerle numerosos regalos a la recién acababa de nacer, hasta que llego ante el cacique un anciano behique que le dijo:

-Cuida a tu hija, y por favor, no dejes que se enamore jamás.

El tiempo fue pasando y Coalina fue creciendo y poniéndose cada vez más hermosa, tanto, que llamaba la atención de todos los jóvenes indios del caserío. Pero su padre, recordando la profecía del viejo behique, se la llevó a una cueva situada en una de las montañas que rodean el valle Yumurí.

La fama de la belleza de la muchacha creció tanto que llegó hasta lo que hoy conocemos como provincia de Camagüey, donde por aquel entonces, vivía un joven llamado Nerey. El joven se enamoró tanto de ella, que no comía ni dormía, solo pensaba en ir a verla y constatar de cerca la belleza de la joven recluida en las montañas.

Un día, el joven Nerey no aguantó más y decidió partir, dejó su gente para ir en busca de su amada.

Se enfrentó a todos los obstáculos que se le ponían en el camino: montañas, llanuras y ríos. Al final de su largo viaje, llegó a las cercanías de la tribu de Coalina. Una vez allí, se informó del paradero de la muchacha y cuando intentó entrar a la cueva, la tierra tembló, pero eso no fue un impedimento, Nerey continuó caminando sin miedo. Finalmente, cuando ambos se vieron ya era de noche. Tan bello fue el lenguaje de amor que el indio utilizó que la inocente joven comenzó a sentir las primeras señales del amor y cuando él se le acerco, ella miró hacia una montaña cercana, donde vio al anciano behique de blancos cabellos que le sonreía. Coalina y Nerey se abrazaron y en ese momento la tierra tembló nuevamente abriendo la montaña en dos. Por el valle se precipitó el río Yumurí llevándose a los enamorados. Un enorme hueco que llegaba hasta el centro de la tierra arrastró hacia sus adentros a Nerey, que llevaba a Coalina en sus brazos.

A este lugar lo conocemos hoy día como el Abra del Yumurí,

… y dicen los de la tribu, que en las noches de Luna Llena, el fuerte viento sopla indolente cerca del abra, y va murmurando:  “Coalina… Nerey… Coalina… Nerey…”

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