Entre dos mundos, Europa y América, David Hockney (1937-2026) construyó una de las miradas más reconocibles del arte contemporáneo. De los retratos y paisajes del Reino Unido a las piscinas californianas y las series de lunas normandas, su obra pasó de una plenitud luminosa y rupturista en Estados Unidos a un regreso contemplativo en Francia, trazado por el mapa vital del color, la luz y una curiosidad incesante.
Por Luis Tejido
La obra de David Hockney, una de las figuras más influyentes del arte contemporáneo de los siglos XX y XXI, atravesó décadas, estilos y tecnologías diversas sin perder nunca una coherencia interna: la celebración radical de la vida a través del color y de la luz.
Nacido el 9 de julio de 1937 en Bradford, en el condado industrial de Yorkshire, creció bajo una luz gris, densa, muy alejada de la vibración cromática y luminosa que más tarde definiría su obra.
De Bradford al Pop Art,
el legado colorista
Desde sus primeros años, Hockney mostró una inclinación por la experimentación visual y una curiosidad poco común. Su formación en el Reino Unido coincidió con la eclosión del Pop Art en la década de 1960, un movimiento que transformó la cultura visual occidental al incorporar elementos de la publicidad, el consumo y la cultura popular. En ese contexto, Hockney se consolidó como uno de los artistas británicos más relevantes de su generación, aunque pronto su trayectoria tomaría un rumbo propio.
Su obra inicial ya mostraba una tensión entre lo íntimo y lo icónico, entre lo cotidiano y lo simbólico. En paralelo a su desarrollo artístico, su personalidad pública comenzó a adquirir rasgos inconfundibles: sus gafas redondas, su gorra habitual, su acento marcado de Yorkshire y una actitud cercana que lo convirtió en una figura reconocible más allá del mundo del arte. En el Reino Unido llegó a ser considerado casi un patrimonio nacional, una suerte de cronista visual de la modernidad británica.
El propio artista solía sintetizar su filosofía vital en una frase recurrente: “Ama la vida”. Ese lema, más que una consigna, funcionó como una estructura interna de toda su producción artística. Su legado, según han señalado críticos y colaboradores, refleja precisamente ese entusiasmo por la existencia: un sentido del humor constante, una curiosidad inquisitiva y una generosidad intelectual que atravesó toda su carrera.
California, piscinas y la invención de una mirada
El gran punto de inflexión en la obra de Hockney llegó con su llegada a Estados Unidos, especialmente a California, donde residió durante décadas. Allí descubrió una luz completamente distinta a la europea: intensa, limpia, casi artificial, que transformó su paleta y su manera de representar.
En Los Ángeles, donde mantuvo su residencia principal durante 40 años, desarrolló algunas de sus imágenes más icónicas: las piscinas californianas. Estas obras, aparentemente simples, esconden una sofisticada reflexión sobre la transparencia, el deseo, la geometría del agua y la soledad contemporánea. La superficie azul, las figuras suspendidas, la arquitectura moderna y el silencio de los espacios domésticos se convirtieron en una iconografía reconocible en todo el mundo.
La llegada a California también supuso un cambio técnico decisivo: abandonó progresivamente el óleo para experimentar con pintura acrílica, un material que le permitía trabajar con colores más planos, brillantes y luminosos. Esta transición técnica no fue menor; implicó una redefinición de su lenguaje visual. El color dejó de ser una capa para convertirse en estructura.
Su cercanía al mundo artístico estadounidense también lo vinculó a figuras como Andy Warhol, con quien compartió la condición de observador privilegiado de la cultura visual contemporánea, aunque desde sensibilidades distintas: Warhol desde la repetición industrial y Hockney desde la sensualidad del trazo y la luz.
En los años posteriores, su reconocimiento internacional creció de manera exponencial. Sus exposiciones en grandes museos atrajeron a millones de visitantes y consolidaron su posición como uno de los artistas vivos más influyentes del mundo. En 2018, su obra Retrato de un artista (Piscina con dos figuras) alcanzó en Christie’s de Nueva York la cifra de 90,3 millones de dólares, convirtiéndose en su momento en la obra más cara jamás vendida de un artista vivo.
Pero más allá del mercado, su influencia se extendió a generaciones de fotógrafos, pintores y creadores visuales que encontraron en su obra una invitación a mirar de otra manera: con más atención, más placer y menos solemnidad.
La otra luz: Normandía, el iPad y la persistencia de la luna
En la última etapa de su vida, Hockney desplazó su centro creativo hacia Europa, concretamente a Normandía, donde se instaló en una granja del Pays d’Auge. Allí, lejos del dinamismo californiano, encontró un nuevo escenario: los campos, los manzanos en flor, la variación constante de la luz y un ritmo más pausado de observación.
Durante el confinamiento de 2020, ese entorno se convirtió en su laboratorio visual. En esa época comenzó una de sus series más singulares: la observación sistemática de la luna. Una noche, una luz intensa atravesó las contraventanas de su casa. Hockney se levantó y contempló una luna llena de una dimensión inusual. Ese instante desencadenó una serie de obras realizadas con iPad, herramienta que ya utilizaba desde hacía años como prolongación de su mano.
La serie lunar, compuesta por quince piezas creadas entre abril y diciembre de 2020, representa una continuidad radical con toda su obra anterior: la obsesión por la luz, el tiempo y la percepción. En estas imágenes, la tecnología digital no sustituye la pintura, sino que la amplía. El gesto sigue siendo el mismo: observar, seleccionar, traducir la experiencia visual.
Durante este periodo, el artista dialoga indirectamente con la tradición pictórica francesa, especialmente con Monet, quien también dedicó su vida a capturar los cambios de la luz sobre un mismo motivo. Si el impresionista francés trabajaba los nenúfares en Giverny, Hockney perseguía la luna en el cielo normando. Ambos compartían una misma obsesión: fijar lo inasible, lo que no se puede atrapar.
El artista incluso encontró resonancias literarias en la obra de Guy de Maupassant, especialmente en Clair de lune, cuyos relatos ambientados en Normandía acompañaron su proceso creativo. La serie culmina con un episodio excepcional: en octubre de 2020 realizó cinco dibujos en una sola noche, siguiendo el desplazamiento de la luna en tiempo real.
En estos últimos años, su obra ha continuado viajando por los grandes museos internacionales. En 2024, el Museo de Bellas Artes de Rouen presentó por primera vez esta Serie lunar, antes de su incorporación a la Fundación Louis Vuitton al año siguiente, mientras que una exposición en París mostró sus últimos experimentos digitales, centrados en la observación del cielo y la naturaleza.
Considerada uno de los pocos clásicos contemporáneos vivos, su muerte el pasado 11 de junio, un mes antes de cumplir 89 años, cerró este 2026 una trayectoria excepcional. El comunicado que acompañó ya nos recordaba que “su obra refleja un entusiasmo profundo por la vida, una generosidad creativa y una curiosidad inagotable”.
Con él desaparece uno de los últimos grandes pintores de la posguerra, pero permanece una obra que no solo documenta el mundo, sino que lo reinterpreta constantemente. Desde las piscinas de California hasta las lunas de Normandía, David Hockney dejó una lección esencial: la mirada puede seguir siendo una forma de felicidad.







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