Por Rafael Soto Paz (1949)
El Cementerio de Colón se inauguró el 4 de enero de 1868, en medio de una epidemia de cólera que azotaba La Habana.
Ese día se enterraron 47 cadáveres y de ellos 36 están clasificados con el terrible mal. La primera osamenta que recibió sepultura fue de una mulata esclava del Cerro, Manuela Balido, víctima del cólera dicho, siendo falso, por lo tanto, lo que muchos afirman, que el primer cadáver enterrado fue el del propio constructor del cementerio. Los dos arquitectos que dirigieron las obras, Calixto de Loira Cardoso, recibió sepultura en diciembre 29 de 1872 y don Félix de Azúa Gasqué, en julio 10 de 1873, es decir, cinco años después de inaugurada la necrópolis.
Como uno de los más notables de América está considerado nuestro cementerio, tanto por su amplitud como por los valiosos monumentos artísticos que contiene. En el presente no es el único que en La Habana existe; hay el de los chinos, situada en la avenida 25 del Vedado, y el de los judíos, en la carretera que va a Guanabacoa. Y antes de esos tres hubo varios. “Durante más de dos siglos -refiere el historiador-, se observó en La Habana, la fatal y perniciosa práctica de enterrar los cadáveres en las iglesias, y no es hasta el año 1804, que por gestiones del benemérito Obispo Monseñor Juan José de Espada Landa, y recogiendo iniciativa del ilustre médico cubano don Tomás Romay y del dignísimo Gobernador don Luis de las Casas, que esta capital tiene su primer cementerio. Es el Cementerio Espada, desaparecido en el año 1879, construido en el barrio extramural de San Lázaro y tristemente señalado en nuestra historia, porque en el mismo se originaron los trágicos sucesos de 1871.
Además del Cementerio de Espada existían por ese tiempo otros más pequeños, como el cementerio de los ingleses, para los angloamericanos de religión protestante; el cementerio de El Cerro, el de Jesús del Monte, al fondo de la iglesia de su nombre, y los que se improvisaban en las faldas de los castillos de El Príncipe y Atarés, cuando alguna epidemia azotaba a la población.
Con el crecimiento de la ciudad, todos esos “camposantos” resultaban pequeños para el enterramiento de los vecinos, por lo que las autoridades determinaron la construcción de una gran necrópolis que se denominó Cementerio de Colón. Para ello se escogió un rectángulo de cuatro caballerías de terreno, al final del barrio del Vedado, comenzándose las obras en 1861.
De los diversos proyectos presentados fue elegido el del arquitecto don Calixto Loira y la portada principal, de tres puertas, fue modificada posteriormente por el arquitecto Eugenio Raineri. La Capilla principal se halla decorada por el notable pintor don Miguel Melero. Entre los más notables monumentos que posee el Cementerio de Colón se hallan el dedicado a los estudiantes fusilados el 27 de noviembre de 1871, obra del escultor cubano Vilalta de Saavedra y el que se levantó a las víctimas del incendio de la ferretería de Isasi, obra del escultor español Querol”.
Digamos como final, que durante la época colonial española, los entierros eran una función tradicionalmente administrada por la Iglesia. Aunque el Cementerio de Colón fue promovido y financiado principalmente por las autoridades civiles de la colonia, fue concebido como un cementerio católico y su inauguración incluyó la bendición eclesiástica correspondiente. Además, en su entrada principal se encuentra la capilla central dedicada a la fe católica.
Sin embargo, el Cementerio de Colón no fue propiedad exclusiva de la Iglesia Católica en el mismo sentido que muchos cementerios parroquiales. Su administración estuvo vinculada a las autoridades municipales de La Habana, aunque con una fuerte influencia religiosa en sus normas y funcionamiento.
Es interesante señalar que, aun siendo un cementerio originalmente católico, también cuenta con áreas destinadas a personas de otras religiones e incluso sectores que históricamente estuvieron reservados para no católicos, reflejando la diversidad de la sociedad habanera de finales del siglo XIX y principios del XX.






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