Hace 92 Años… SERVANDO DÍAZ SE HIZO TROVADOR

Written by Libre Online

27 de septiembre de 2022

Por Don Galaor (1955)

Cuando Servando Díaz confiesa poniendo énfasis en los recuerdos, que cantaba en las fiestas amigas allá por el año 1930, está confesando que ya son veinticinco años los que lleva cantando. Y que está celebrando sus Bodas de Plata con la guitarra.

Esto se me ocurre en este momento que me dispongo a transcribir los apuntes de una charla que sostuvimos hace apenas medio día. Servando, en 1930, aprovechaba los «motivitos» familiares para hacerse oír. Era delgado, y muy pálido. Su voz matizaba fácilmente las frases amorosas de las canciones de la época. Entonces, si han 

transcurrido veinticinco años, es justo que sea consignado.

—¿Sabe, Don Galaor? Yo era entonces empleado de Comunicaciones…

—¿También usted…?

El trovador agarra la intención de la pregunta y me responde sin rencor: —Sí. También yo. Pero que le conste que no tengo ningún hijo trabajando en televisión.

—Me lo supongo.

—Yo trabajaba en Comunicaciones. Pero los ratos que me dejaba libre el empleo, los recuerdo con una guitarra. Cantando para mis amigos.

—¿Le gustaba hacerlo?

—¡Me encantaba! Todavía ahora, cuando los compromisos profesionales me dejan libre, busco una tertulia, me refugio en una reunión para cantar mis canciones como entonces.

Como Corona y Villalón, que ya se nos fueron para siempre. Como Sindo y Pancho Majagua, que siguen abrazados a su instrumento, fieles a una tradición que sólo ellos son capaces de mantener.

Servando Díaz, nacido cuando ya Corona, y Villalón, y Sindo y Pancho eran viejos, se puso a tono con la época que le tocó vivir y cantar. Y formó un trío de voces y guitarras, elevando a espectáculo profesional el cultivo de la canción.

Otros trovadores de la edad de Servando se han hecho banqueros, magnates de distintas industrias y hasta secretarios de juzgado. Pero él quiere su guitarra, ama sus canciones. Le gusta ser el centro de la atención romántica de los que saben disfrutar la gracia sencilla y el decir amoroso de la canción.

—Yo comencé a cantar para el público por radio. Cuando el locutor dijo mi nombre, abrazado a mi guitarra temblaba sin que la voz quisiera salir de mi garganta. Pero me sobrepuse rasgando en las cuerdas la introducción de lo que iba a cantar. Y canté. Tras la primera canción vinieron otras. Estábamos solos el locutor y yo en aquel pequeño estudio de la CMOA. Las gotas de sudor me corrían por la cara como si estuviera bajo una ducha. Era una prueba ¿sabe? Una dura prueba. Porque no me enteraba si alguien estaba disfrutando de mis canciones. Ni cómo estaba saliendo mi voz.

Nada hay que más apasione que el saber cómo un artista dio su primer paso de avance, de la oscuridad a la luz. Del silencio al bullicio. Del anonimato a la popularidad. Se parecen mucho todos los comienzos. Sin embargo, hay pequeños detalles que los aísla y aquilata unos de otros.

—Cuando llegué a los estudios de CMQ, en la calle 25, Carlos de la Uz, que me había llevado a cantar a sus programas, me preguntó un día:

—Oye, Servando, ¿por qué no formas un trío? —¿Un trío?

—¡Claro, chico! Un trío de voces Prima, segunda y tercera.

—¿Con guitarras?

—Por lo menos, uno más contigo, que toque guitarra. El otro que toque las maracas o las claves. Búscate dos compañeros. ¡Haz lo que te digo, forma un trío!

Tres años después, el Trío Servando Díaz ya era el precursor de otros muchos tríos que fueron y son. Y en la Corte Suprema del Arte, José Antonio Alonso, observándolos cantar, los bautizó «Los Trovadores Sonrientes».

Sus primeros compañeros fueron Octavio Mendoza y Otilio Portal. Con ellos fue Servando a New York. Cantaron en teatros, en cabarets y por la National Broadcasting Company.

—En la NBC viví uno de los momentos más emocionantes de mi vida— recuerda Servando—. Con motivo de la muerte en Europa de Moisés Simons, se organizó un programa al que nos llamaron para cantar «El Manisero» acompañados por la orquesta sinfónica Broadcasting. ¡Ya se imaginar, con todo lo representaba para la canción cubana, el momento de emoción que vivi mientras cantaba en homenaje póstumo a su autor, su canción más 

popular…

Allá en New York se quedó Mendoza, sirviendo en el ejército de los Estados Unidos.

Servando Díaz, de regreso a La Habana, incorporó al conjunto a Mario Recio.

Ahora, José Antonio Pinares y Ángel Alday hacen feliz a Servando Díaz. Dándole al conjunto de voces y guitarras el sabor criollo requerido.

Pinares es camagüeyano y Alday santiaguero. Saben que integran el trío más popular de Cuba, porque su creador, director y mantenedor a través de casi veinticinco años es artista de corazón, intérprete concienzudo y, sobre todo, compañero cabal. Por eso se han identificado con él incondicionalmente y cooperan al más brillante éxito del Trío.

—¿Les gusta trabajar con Servando? —les pregunté.

Y como si lo hubieran ensayado, respondieron a dúo: -Mucho. ¡Nos encanta!

—Yo le puedo decir que más de una vez pensé en tomar parte de trío de Servando, agregó Alday.

-Pues, sinceramente, yo no quería ni pensarlo. Y ya ve. Aquí estoy. -Dijo Pinares.

¿Graban muchos discos? —¡Uy! Tengo perdida la cuenta de los discos que hemos grabado. Creo que no hay compañía grabadora que no tenga discos del Trío Servando Díaz. Actualmente, sin embargo, sólo grabamos con la Panart.

– ¿Cuál es la canción que más éxito está teniendo en la actualidad, grabada por ustedes? 

-«Besos Salvajes».

—¿Les es fácil mantenerse en las preferencias del público?

-Sí… —Responde Servando.

—Después de muchas horas de ensayo todos los días, resulta fácil…—Agrega Pinares.

—Cuando el público nos aplaude tengo la sensación de que no nos costó mucho trabajo el conseguirlo…—Resume Alday.

En realidad, siguiéndoles paso a paso un par de días, es como se entera uno lo que cuesta mantener una preferencia del público. Y es gracias a ese afán de Servando Díaz por estar siempre atendiendo los números nuevos que salen al mercado, y al montaje minucioso de los arreglos que hace el propio Servando como se consigue. Pero son muchas horas de estudio y de ensayos. Son muchos días de preparación, de rectificaciones, de volver a empezar.

– ¡Claro! Cuando estamos ante el público, nos olvidamos… —Exclama Alday.

—Y nos parece una diversión cuando revisamos la correspondencia que nos llega de todas partes de Cuba y del resto del Caribe… -Agrega Pinares.

—¿Muchas cartas de amor? —Les sorprendo con mi pregunta.

— ¿Eh?

—¿Cartas de amor?

-Vamos a ver. Les voy a concretar mejor la pregunta; ¿Cuál de los tres recibe más cartas de amor?

—¡Servando! -Gritan a dúo Alday y Pinares.

La risa de los tres se une en una conjunción de carcajadas casi perfecta.

-Estos muchachos abusan de su propia modestia para hacerme cargar hasta con su correspondencia.

Pero si quiere convencerse, venga un día a revisar la correspondencia, y verá que ellos tienen más cartas de esas que yo. ¿No ve que son nuevos en el ambiente? La novedad es parte del amor.

¿Lo dejamos empatados? -Nada de eso. ¿No ve usted que el director y el que da nombre al conjunto tiene que despertar por fuerza mayor emoción en las mujeres?

Ellos, siempre de acuerdo en todo. En el tono en que han de cantar la nueva canción. En la forma en que han de intervenir como solistas. En la intención musical que han de imprimir a ciertas frases.

Ellos siempre de acuerdo cuando un compromiso los sitúa en alguna fiesta amiga. Cuando las liquidaciones producen más o menos dinero, no se ponen de acuerdo en esa cosa tan amable como suele ser amor del público femenino hacia ellos.

Y es, sospecho yo, que se reparten por igual la emoción de una declaración lejana, como se reparten la gracia ruidosa de una ovación o los dineros del contrato firmado.

¡Servando, Pinares, Alday! Cuando suenan sus guitarras y sus voces se unen en la gracia rítmica de una guaracha, la fiesta es más fiesta. ¿Verdad que sí?

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