GLADIADOR INSIGNE DE LA LIBERTAD

1 de noviembre de 2022

  (Tributo rendido al DR. MANUEL ANTONIO DE VARONA en Octubre de 1992, 

y evocado ahora al cumplirse el trigésimo aniversario de su fallecimiento en Miami).

Quería haberle dedicado unas líneas cuando su corazón latía, pero la muerte ineluctable me ha privado de ese placer. Acato, pues, los designios de la Providencia. Lo que ayer iba a ser un mensaje de aliento al amigo enfermo, será hoy un adiós al patriota que se nos fue.

¡Qué enorme vacío deja en el exilio Tony Varona! Él fue más que un campeón de la lucha contra el régimen comunista que subyuga a Cuba. Fue más que el líder patriarcal del destierro militante. Él fue, sobre todo, paradigma de la entereza indoblegable, de la cubanía inmarcesible y de la pasión quemante y sincera por la libertad.

Siendo muy joven, Tony Varona forja su carácter en la fragua del patriotismo. Su integridad era de acero—de ese acero toledano que cimbra y ondula, pero que no se quiebra jamás.  Su valor era indomable, sin aspaviento ni arrebato. Fue uno de los fundadores del Directorio Estudiantil Universitario  en 1930, y figuró en la vanguardia de la lucha contra la dictadura de Machado. Para Varona, el primer deber del ciudadano era preservar y defender la libertad. Por eso se opuso siempre a las dictaduras y sufrió prisión y destierro sin claudicar.

A pesar de su temperamento combativo y de su azaroso historial, Varona era un hombre respetuoso de la ley y amante de la paz. Su vocación era la política—la alta política dignificada por la honradez y consagrada al bien común. Desde las elevadas magistraturas que ocupó, que incluyeron la presidencia del Senado y el premierato bajo el gobierno de Carlos Prío Socarrás, Varona impulsa la aprobación de leyes complementarias que crearon el Banco Nacional de Cuba, el Banco de Desarrollo Agrícola e Industrial y el Tribunal de Cuentas, entre otras instituciones.

Sobresale Tony en el Congreso y la plaza pública por su dinamismo, sagacidad y arrojo, pero, sobre todo, por su carácter. En un ambiente prostituido por la malversación y el fraude, Varona mantiene incólume su prestigio y decoro. Dice lo que siente—a veces con rudeza, pero sin encono—y obra conforme a su conciencia. El ejemplo que dio de civismo, probidad y limpieza es lo que más necesitaba la República. Decía Martí: “Caracteres es lo que hemos menester, y lo que ha de celebrarse. ¡Talentos, tenemos más que guásimas!”

La lucha contra  Batista lo lleva de nuevo al exilio.  Y cuando regresa a Cuba a la caída del régimen, lo que encuentra no es la libertad prometida, sino un totalitarismo embozado y galopante.  Varona fue de los primeros en discernir el rumbo marxista-leninista de la revolución.  Fue de los primeros en oponerse al despojo y la colectivización agraria (sin poseer ni una sola caballería de tierra).  Y fue de los pocos en demandar elecciones libres, afrontando acusaciones venenosas de reaccionario y politiquero.

¡Qué grande me lució Varona en esos momentos de histeria y desenfreno! Lo vi como un gigante moral en un circo de pigmeos.  Casi nadie salió en su defensa o se hizo eco de sus pronunciamientos. Sólo recibió el apoyo de altivos mosqueteros, como José Ignacio Rivero, Sergio Carbó y Humberto Medrano, que tanto se distinguieron en la prédica y defensa de los postulados democráticos.  Muchos hombres públicos, más eruditos que Varona, no vieron lo que con gran acierto él denunciaba, y si vieron, callaron.

Antes de que descendiera el telón de hierro sobre la isla infortunada, Varona parte para Miami a fin de galvanizar la resistencia y recabar la ayuda necesaria.  Alarmado por los embarques de armas que Moscú le estaba enviando a Castro, Tony y otros dirigentes del exilio fundan el Frente Revolucionario Democrático y tratan de concertar una alianza formal con los Estados Unidos.  Washington se niega, pero ofrece apoyo clandestino para liberar a Cuba.

Poco después, se produce uno de los episodios más funestos y sombríos en la historia de los Estados Unidos.  Sin conocimiento de Varona y de Miró Cardona (quien a la sazón presidía la nueva coalición que se formó bajo la égida del Consejo Revolucionario de Cuba), el Presidente Kennedy cancela el plan original de desembarco por Trinidad, elimina la cobertura aérea prometida, e impide el reconocimiento previsto de un gobierno cubano beligerante en suelo patrio.

Nunca olvidaré las palabras de Varona a los pocos días del desastre de Girón, cuando llega a Puerto Cabezas, Nicaragua, para rescatar a algunos de los supervivientes.  Tenía los ojos enrojecidos por la ira (había sido detenido y engañado en Opa-locka), y por el llanto viril en la desgracia.  Me abraza como un padre y, con voz entrecortada, me dice: “¡Cuánto me alegro de que te hayas salvado.  Esto es terrible…pero no podemos flaquear.  Tenemos que seguir la lucha hasta el final!” Así era Varona: firme y decidido, gallardo y vertical.

Lleva Tony por dentro el hondísimo dolor de la derrota, y la íntima congoja de no tener noticias de su hijo, de su hermano, de su sobrino y otros miembros queridos de la Brigada 2506.  Pero lejos de amilanarse, se yergue en la adversidad. Lejos de rendirse, se esfuerza por levantar la moral destrozada, restañar las heridas y reiniciar la contienda. 

No pide clemencia ni participa en las negociaciones para canjear a los brigadistas presos.  Sólo exige el cumplimiento de la Convención de Ginebra que ampara a los prisioneros de guerra.  Y cuando se entera de que Castro pensaba ejecutar a los jefes de la Brigada, se dirige a la Casa Blanca y le espeta al evasivo Asesor de la Seguridad Nacional de los Estados Unidos, McGeorge Bundy: “¡Si ustedes toleran que Castro fusile a los prisioneros de Girón, su sangre caerá sobre ustedes como un baldón de ignominia y manchará para siempre las paredes de la Casa Blanca!”  

Trabajé muy cerca de Varona y otros colegas en diversas actividades para reavivar la lucha: campañas publicitarias para denunciar la subversión comunista y la violación de los derechos humanos en Cuba;  gestiones diplomáticas para lograr la expulsión del régimen de Castro del sistema interamericano; cabildeo congresional para que se aprobara la Resolución Conjunta de 1962 en favor de la liberación de Cuba; denuncia de la instalación de mísiles soviéticos en la isla, y movilización de las fuerzas cubanas del exilio en apoyo a una posible acción militar de los Estados Unidos y sus aliados.

A pesar de la diferencia generacional que nos separaba, Varona me distinguió siempre con su confianza y me honró con el mismo afecto que le profesó a mi padre.  Respaldó en todo momento mis iniciativas patrióticas, y nunca me cohibió ni me recriminó.  Generoso y afable, sabía moderar la severidad de su temple con un estilo abierto y campechano.  Recuerdo que una vez mi vehemencia juvenil le creó un lamentable incidente.  Se sonrió, y sólo me dijo con gracejo criollo: “Nestoque (así me llamaba), creo que en ésta nos hemos pasado…..”

Después del nefando acuerdo Kennedy-Khrushchev , que provoca el desplome de la resistencia en Cuba y el desmantelamiento forzoso de los grupos militantes del exilio, me alejo amistosamente de Varona.  El se repliega por un tiempo, pero no se retira.  Responde siempre a los llamados de sus compatriotas con desprendimiento y devoción.  Funda en 1980 la Junta Patriótica Cubana, que agrupa a más de 100 organizaciones del exilio, y logra después ampliar la unificación.

Ni el cáncer que lo invade le hace desfallecer.  Sigue luchando, resuelto y de pie, con transparencia, denuedo y honor.  Presintiendo el fin próximo de la tiranía de Castro, fustiga a los dudosos libertadores y a los escépticos que sientan cátedra y exageran los defectos cubanos. La dureza de su lenguaje sorprende y a veces lastima.  Pero ¿acaso no sentenció el Apóstol de nuestra independencia que “los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses?”

¡Qué lástima que el exilio no cuente ya con este Catón irreductible y austero de la libertad! ¡Y qué pena que no haya podido disfrutar de su última aurora en la patria sin amo, bañada de luz, entre vítores de júbilo y penachos de esmeralda!

“Bogar, bogar, y en la orilla ahogar….” Ese es el caso triste de Varona.  Durante más de treinta años de infortunio, boga por Cuba sin cesar; y justo antes de llegar a la orilla, se desploma exhausto en la mar.

Decía el gran poeta francés, Alphonse de Lamartine, que “a veces cuando falta una persona, el mundo parece despoblado.”  Esto nos sucede hoy a los desterrados.  Con la muerte de Varona, con la caída del tronco más recio de la resistencia cubana, nuestro mundo del exilio parece despoblado. 

Que Dios acoja en su seno el alma noble del gladiador abatido.  Y que el pueblo libre de Cuba, en acto solemne de devoción y justicia, deposite sus restos en el panteón de los grandes de la patria agradecida.

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