Francisco E. Lufríu y Arregui

Written by Libre Online

25 de abril de 2023

Por Jorge Quintana (1957)

Justo es que le confesemos cómo hubo de conmovernos la lectura del discurso que sobre la vida de Francisco Lufruí y Arregui pronunciara su sobrino, el doctor René Lufríu, en la Academia de Historia de Cuba, la noche del 10 de octubre de 1931. Antiguo discípulo del Dr. Lufríu fui uno de los concurrentes a aquel acto. Pocos años después encontré el discurso en una librería y lo adquirí. Fue entonces cuando volví de nuevo sobre aquellas páginas que se me hizo angustioso. 

El dolor de Francisco Lufríu, teniente coronel de la guerra de los Diez Años, ayudante de campo de Ignacio Agramonte y Máximo Gómez postrado en una tarima, a la intemperie advirtiendo como la infección, originada por un balazo o mal atendido en una pierna, le invadía el cuerpo amenazando su vida a cada instante. De ahí que me propusiera hace algún tiempo revivir aquella vida heroica.

Francisco Eduvigis Lufríu y Arregui nació en La Habana el 17 de octubre de 1847, hijo del matrimonio Francisco Lufríu Y Francisca Arregui el 29 de noviembre de ese mismo año, recibía las aguas bautismales en la Santa Iglesia de la Catedral de La Habana.

La familia disponía de medios económicos, eran criollos acomodados que aspiraban a educar lo mejor posible a sus hijos. Francisco irá al Colegio “San José”, donde cursará estudios primarios y secundarios, teniendo el privilegio de ser alumno del insigne José Manuel Mestre. 

Mientras el niño crece, los acontecimientos en Cuba precipitan el fin del régimen colonial. Primero serán los golpes asestados por las intentonas frustradas del General Narciso López, quien paga con su vida tanto derroche de osadía. Después será la conspiración de Ramón Pintó y el esfuerzo expedicionario de Francisco Estrampes. Más tarde será el fracaso de la Junta de Información y los prolegómenos de la conspiración que al mismo tiempo se desarrolla en diversas ciudades de la isla, sobre todo en La Habana, donde reside Francisco Lufríu.

Ansioso de estudiar la carrera de Medicina, ingresa en la Universidad de La Habana con ese propósito, pero reveses de la fortuna familiar le obligan a abandonar ese proyecto, pasando a trabajar en la casa de Comercio de Samá, Sotolongo y Compañía, establecida en la calle de Baratillo en esta ciudad.

El grito de La Demajagua, el 10 de octubre de 1868, resonó muy pronto en La Habana. “Cuando supe el alzamiento de Céspedes, diría años después Lufríu a su sobrino René, me dije de súbito, tengo que ir a pelear”. Y así, con esa firme decisión, nacida de una convicción patriótica, el segundo tenedor de libros de la firma de Sama, Sotolongo y Cia., se concierta con otro joven patriota, el bayamés Carlos Tristá que trabaja en el mismo edificio donde él.  

Rápidos los dos decididos patriotas, se entrevistan con un veterano conspirador, Agustín Santa Rosa, quien está preparando un alzamiento en Occidente que sea como la respuesta al grito dado en Oriente por Céspedes. En Estrella y Belascoaín allí tenían un depósito de armas. Santa Rosa impaciente se disponía a sublevarse en la misma Habana. El plan era reunir a los conjurados en la Quinta Cintras que en Luyanó poseía uno de los comprometidos como propiedad de su señora madre. Desde aquel lugar avanzarían hacia el Cerro tomando el cuartel de la Guardia Civil, donde se harían fuertes y esperarían a que la población les respondiera secundándolos.

El 2 de noviembre de 1868, los comprometidos se trasladan en coches a Luyanó. En total son doce cuyos nombres merecen ser recordados: Arístides Rodríguez. Pedro Pío Ubiarreta. José Agramonte, Emilio Batle, José Miguel Nin Pons, José Camer, Carlos Tristá, Miguel González, Tomás Johnson, José Antonio Cintras Garay, Francisco Lufríu y Agustín Santa Rosa. Ya en la finca de la familia Cintras se posesionaron de ella arrestando al mayordomo y ocho esclavos, y comenzaron a esperar las fuerzas que les había prometido ingenuamente Agustín Santa Rosa. 

Uno de los cocheros logró escapar y es casi seguro que dio aviso de lo que estaba ocurriendo. En esa situación llegó la noche, pronto comprendieron que estaban perdidos. Santa Rosa decidió regresar a La Habana. Confío a Lufríu en calidad de ayudante suyo, el que trasladase las armas y que le esperase a una hora determinada en la esquina de Belascoaín y Estrella. 

Lufríu cumplió la orden recibida, pero después de aguardar infructuosamente por Santa Rosa, decidió trasladar las armas a otro lugar donde las dejó. Así concluyó lo que René Lufríu ha llamado acertadamente el “Grito de Luyanó”, dado veintitrés días después que el de Céspedes en La Demajagua y dos antes que el de los camagüeyanos en Las Clavellinas.

El patriota Santa Rosa no se dio por vencido. Reunióse de nuevo con el grupo y les dio una nueva orden, la de trasladarse a Candelaria, donde él aseguraba que un conspirador Jesús Vigoa, disponían de quinientos hombres en las Lomas de Candela. Se fijó una fecha: 6 de noviembre cuatro días después del Grito de Luyanó.

En la fecha fijada, los doce jóvenes patriotas se encontraron en el paradero de Candelaria en serones de tasajo habíanse embarcado por ferrocarril, las armas y el parque. Pero era el caso de que el guardalmacén, sospechando que algo raro iba a ocurrir, había retenido los serones negándose a entregarlos.

 Allí, en la estación de Candelaria, propuso Francisco Lufríu a Santa Rosa, desarmar a la pareja de guardias civiles y asaltar la casilla del guardalmacén llevándose las armas. Pero Santa Rosa, más cauteloso, aguardó por la llegada de Jesús Vigoa, quien procedió a guiar al pequeño grupo de insurrectos a la Loma de Candela, donde acamparon. 

De los quinientos hombres que aseguraba Santa Rosa que tenía Vigoa, solo se hallaban presentes éste y su hijo. Carecen de agua, de provisiones de armas, además, en su persecución salen fuerzas. Así, extenuados, fueron sorprendidos por tropas españolas el 10 de noviembre. Conducidos a San Cristóbal sufren estoicamente las vejaciones a que el bárbaro comandante del lugar quiso someterlos. El 27, amarrados codo con codo, soportando las injurias de la canalla embrutecida, ya lesionada por aquellos malos aprendices de tiranuelos se les traslada a La Habana, ingresándolos en el castillo de Atarés. Esa misma noche pasan al Castillo del Morro, quedando instalados en infestadas bartolinas.

Cuarenta y siete días demoraron los jueces designados al efecto para instruir el proceso. Al fin el Consejo de Guerra conoció de la petición del fiscal. Pena de muerte para Agustín Santa Rosa, Arístides Rodríguez, Pedro Pío Ubiarreta y Carlos L. Tristá y diez años de presidio para los demás. Como un acto de generosidad, el fiscal solicitaba que la sentencia de fusilamiento se realizará en la Playa del Chivo, para que así los reos no sufrieran mucho con la caminata. Dictada la sentencia, esta pudo ser amnistiada por el capitán general Domingo Dulce, que trataba de instaurar una política conciliadora tratando de detener el avance de la insurrección.

En libertad Francisco Lufríu se trasladó con su familia a Calabazar. Allí se le despertó de súbito un gran fervor religioso. Con frecuencia se le veía en la Iglesia, conversando con su amigo, el sacerdote Sal y Lima. Muy pronto se descubrió que el cura, en combinación con Francisco Lufríu, estaba escondiendo armas, pertrechos y machetes debajo del altar de la Iglesia parroquial. La familia logra sacarlo del nuevo problema y deciden embarcarlo para los Estados Unidos. El 3 de abril de 1869 sale de La Habana, pero apenas se encuentra en los Estados Unidos se dirige a Nassau a fin de alistarse en la expedición que a bordo del Salvador deberá conducir a Cuba el general Rafael de Quesada.

El 11 de mayo de 1869 ya está en camino de Cuba. Cuatro días después ya se encuentra en suelo insurrecto. Por Nuevas Grandes cerca de Nuevitas desembarcan al lado del coronel José Payán, comenzará su carrera militar. A sus órdenes, irá ganando los grados desde soldado hasta capitán. Figura en los estados mayores de los generales Francisco Villamil y Manuel Suárez, dos peninsulares que rindieron a Cuba sus máximos esfuerzos para tratar de conquistarle su independencia. 

Pasó luego como ayudante a las órdenes del mayor general Ignacio Agramonte. Éste le destacó más tarde a operar en Las Villas. Retornó a Oriente a las órdenes de Payán, con quien volvió de nuevo a Camagüey. El general Agramonte le lleva a su lado una vez más para utilizarlo por breve tiempo como ayudante secretario. Cuando el general Agramonte muere en Jimaguayú lo sustituye el general Máximo Gómez, a cuyo Estado Mayor pasa como ayudante. 

Toma parte en aquella brillante campaña donde se libran acciones como Palo Seco, el Naranjo y Las Guásimas. En esta última, el general Gómez le propone para ascenso a comandante por méritos de guerra. 

En 1873 le encontrábamos tomando parte en el asalto a Santa Cruz del Sur, donde recibe un balazo en una pierna, quedándole el plomo incrustado en el hueso. Aquella herida le dejará inválido y habrá de molestarle hasta el resto de sus días. Sin embargo, apenas se ha logrado restablecerse cuando ya está de nuevo en campaña. A las órdenes del general Gómez toma parte en 1875 en la invasión a Las villas.

El general Gómez le asciende a teniente coronel, pero la herida de la pierna se ha convertido en una úlcera y concluye por transformarse en un flemón difuso. Corría mediados del año de 1876, el General Gómez le concede una licencia para que pase a Camagüey a curarse. Montado en un viejo caballejo emprende la marcha, la infección avanza 

generalizándose. 

Cerca de Camagüey llega a un rancho de patriotas donde cae sin sentido. Les recogen y le atienden. Cinco veces el rancho es asaltado por los guerrilleros y cinco veces milagrosamente salva la vida, el pus le continúa invadiendo, ya le cubre toda la pierna, ya llega al vientre. Del bohío hay que sacarlo tendido en una tarima, en medio de la manigua, a la intemperie, soportando por el día el sofocante calor del sol y por las noches las rociadas del frío rocío con la infección avanzando más aún. Francisco Lufríu yace como un fantasma que aguarda la hora de esfumarse definitivamente. 

Arde en fiebre, no tiene alimentos, no tiene agua, tuvo que comerse al viejo caballejo que le había conducido desde Las Villas. Y en ocasiones apeló a tomar su propia orina. Un día dos oficiales mambises llegan hasta el camastro, donde solitario esperaba morir. Al verle en aquel estado se conmueven y le proponen llevarlo con bandera blanca al cercano poblado de Magarabomba. 

Francisco Lufríu se percata de que aquello, por muy justificado que esté en su caso, es una presentación y se niega resuelto a morir antes que claudicar. Los dos oficiales se retiran, dejándole en su soledad y desamparo, convencidos, como dice René Lufríu de que al despedirse se despedían de un muerto.

La desesperación le lleva a concebir el suicidio, pero le falta el arma y la bala. En ese estado el Subprefecto de La Hungría llega decidiendo trasladarlo al lomo de su caballo, a un bohío en pleno bosque que estaba a tres días de camino. Francisco Lufríu monta y resiste. Allí estaba cuando le informan que la guerra ha concluido con el Pacto del Zanjón. Por casi dos años había permanecido en medio de aquella agonía. El pus reventó solo y fue eliminándose con harta lentitud, pero en el hueso de la articulación, una osteomielitis le atrofió, inmovilizándole la pierna que quedó doblada formando ángulo recto con el muslo.

Al conocer el Pacto del Zanjón, se dirigió a Morón ingresando en el Hospital Militar, allí supo que su padre había fallecido en 1875 y que su anciana madre le esperaba en La Habana. Cuando llegó a su casa era un fantasma. En 1869 había salido un joven animoso y entusiasta, lleno de vida, y ahora retornaba a ella un anciano doblado sobre unas muletas.

Vino a vivir a Jesús del Monte. Allí conoció a Manuel de la Cruz, quien confesaría después que de aquella amistad salió en mucho su decisión de abandonar las ideas autonomistas para convertirse en independentista. Trató de buscarse algún trabajo, todo era inútil. Al fin su hermano Narciso, en 1882, le envió el pasaje para que se trasladase a los Estados Unidos. 

Se embarcó para Cayo Hueso, donde comenzó a aprender el oficio de amarrador en el taller de Gato. Después se hizo escogedor, pasando a Ibor City. Cuando el mayor general Gómez, en el bienio de 1884 a 1886, visitó los Estados Unidos tratando de revivir el espíritu revolucionario para llevar a cabo un nuevo plan, fue a buscar a su antiguo edecán, a quien encontró cojo y maltrecho, trabajando como obrero. Por esta época contrajo matrimonio con la señorita Dominga Contreras.

Sin embargo, su invalidez física no le impidió seguir pensando en Cuba y luchar por la causa de su libertad. En 1890 se hallaba ya en contacto con José Martí, fundó y presidió el Club Ignacio Agramonte, figuró entre los fundadores del Partido Revolucionario Cubano en 1892 y de 1895 a 1987 actuó como tesorero del club Francisco Carrillo.

Concluida la Guerra de Independencia, pudo regresar a Cuba con un pasaje que le gestionara Gonzalo de Quesada. Al llegar a La Habana encontró un modesto puesto de 50 pesos mensuales en la Aduana de La Habana, que le consiguiera su amigo Gerardo Castellanos y Leonard. Era toda la recompensa que la República podía darle a un hombre que la había defendido con las armas en la mano durante 10 años, que había sufrido prisiones, persecuciones y que regresaba de la jornada mutilado.

 Tan ridículo era el puesto, que además trabajaba, porque aquella generación de cubanos desconocía la “botella” que cuando el mayor general Juan R. Rivera se hizo cargo de la Aduana de La Habana no quiso creer que aquel Francisco Lufríu que figuraba en la nómina era su viejo compañero de la Guerra de los Diez Años. Al fin se convenció cuando lo mandó a buscar. Al pasar a la Secretaría de Hacienda, el General Rius Rivera se lo llevó con él, dándole un modesto cargo un poco mejor que el de la Aduana, pero que no llegaba a los cien pesos mensuales de sueldo.

En 1905, cuando los moderados atropellaron el sufragio para imponer la reelección de Estrada Palma, Francisco Lufríu fue uno de los protestantes de aquella burla electoral, los miembros del Comité Moderado del Barrio de Chávez visitaron al general Rius, solicitándole la cesantía de aquel rebelde. El general, Rius se negó a ello. Así, entre recuerdos tristes y amargos, constatando sus viejos sueños con la realidad, vivió hasta el 17 de abril de 1922, en que falleció casi de repente, a los setenta y cinco años de edad.

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