FEDERICO CAPDEVILA, UN CARÁCTER EJEMPLAR

Written by Libre Online

29 de noviembre de 2022

Por Jorge Quintana(1953)

Más de una vez hemos sostenido que lo difícil en la vida no es adoptar una actitud, sino mantenerla. Para ello se requiere un carácter que sepa sobreponer la entereza, por encima de las vicisitudes. Federico Capdevila fue de esos. Lo que hizo el 26 de noviembre de 1871 no era otra cosa que la consecuencia de su actitud humana. Fue honrado antes de aquellos sucesos y lo siguió siendo hasta el día de su muerte. Fue un carácter, un carácter ejemplar. Era un Liberal y un republicano. Adoraba la libertad y la justicia y repudiaba el alboroto, el motín, la algarada. Ante el derecho inclinaba respetuoso su espada, pero ante la insolencia la sacaba airado para castigar al insolento.

LOS PRIMEROS AÑOS

Federico Capdevila y Miñana nació en Valencia hacia 1847. Era conterráneo del padre de José Martí. Su padre, un militar que había hecho la campaña de África junto a Martínez Campos, lo destinó a seguir también la carrera de las armas. Casi un niño ingresó en el Colegio de Infantería de la Reina de donde salió graduado, en 1862, con el rango de subteniente. Hasta 1868 permaneció de guarnición en España. Al iniciarse la Guerra de los Diez Años vino a Cuba con el grado de capitán.

En 1869 desempeñaba la capitanía pedánea de Yareyal, en la jurisdicción de Holguín. En noviembre de 1871 estaba en la capital de la isla esperando que el curso de las operaciones que en la región oriental estaba desarrollando el Conde de Valmaseda, le indicase su nuevo destino.

EL 26 DE NOVIEMBRE DE 1871

El sábado 25 de noviembre el Gobernador Político de La Habana Dionisio López Roberts arrestó, en plena clase, a los estudiantes del primer curso de medicina, bajo la acusación de haber profanado la tumba del periodista Gonzalo Castañón, un integrista recalcitrante que habían hallado la muerte cuando en plan desafiante fue a Cayo Hueso a retar a los cubanos que allí vivían. Del aula los remitió a la cárcel aquel funcionario que ha pasado a nuestra historia como un vulgar extorsionador. En la prisión se continuó instruyendo el sumario ya iniciado en el aula universitaria. El 26 de noviembre ya daba cuenta a sus superiores el Gobernador López Roberts y mientras en la calle los periodistas españoles que defendían el integrismo, agitaban a la chusma de los voluntarios, estos, más dados al motín cobarde que a la disciplina de los verdaderos ejércitos, se lanzaron a la calle para coaccionar con sus gritos, con sus improperios, con sus amenazas  al Consejo de Guerra que juzgaría, en definitiva, aquellos supuestos delitos. Fermín Valdés Domínguez, que tanto se destacara en el esclarecimiento de aquellos sucesos y que fuera, además uno de los actores de aquel drama, ha relatado la participación del capitán Federico Capdevila en la siguiente forma:

«Leídas las declaraciones, fue nombrado, de oficio, defensor de todos nosotros el capitán graduado, de ejército, Sr. D. Federico R. y Capdevila, que atacó la acusación fiscal. Bien convencido de lo que estaba llamado a defender y con toda la energía del hombre honrado, pronunció un breve pero valeroso discurso, en que se elevó a un alto puesto entre los hombres de verdadera fe patriótica”.

EL DISCURSO

Por suerte aquel discurso no fue improvisado. Federico Capdevila, con sus veinticuatro años y los entorchados de capitán, se percató de su trascendencia y escribió unas breves páginas que los cubanos hemos leído emocionados una y otra vez. Porque no hay dudas que solamente un nombre de su temple acerado y de su valor inconmovible, pudo leer aquellas cuartillas con suficiente serenidad ante un Consejo de Guerra que está más atento a los peligros del motín que a las palabras que se están pronunciando en los estrados. Pero a Federico Capdevila más que aquella voz que venía del tumulto, atendió a su voz interior, a la voz de su conciencia honrada de militar que quiere cuidar la pulcritud del uniforme. 

Y dijo: “Triste, lamentable y esencialmente repugnante es el acto que me concede la honra de comparecer y elevar mi humilde voz ante este respetable Tribunal, reunido por primera vez en esta fidelísima Antilla, por la fuerza, por la violencia y por el frenesí de un puñado de revoltosos (pues ni aún de fanáticos puede conceptuárseles), que hollando la equidad y la justicia, y pisoteando el principio de autoridad, abusando de la fuerza, quieren sobreponerse a la sana razón, a la Ley.

Nunca, jamás en mi vida, podré conformarme con la petición de un caballero fiscal que ha sido impulsado, impelido a condenar involuntariamente, sin convicción, sin prueba alguna, sin fechas, sin el más leve indicio sobre el ilusorio delito que únicamente de voz pública se ha propalado. Doloroso y alta mente sensible es que los que se llaman Voluntarios de La Habana hayan resuelto ayer y hoy dar su mano a los sediciosos de la Conmune de París, pues pretenden irreflexivamente convertirse en asesinos, y lo conseguirán, si el Tribunal a quien suplico e imploro no obra con la justicia, la equidad y la imparcialidad de que está revestido. Sí es necesario que nuestros compatriotas, nuestros hermanos bajo el seudónimo de Voluntarios, nos inmolen, será una gloria, una corona por parte nuestra para la nación española; seamos inmolados, sacrificados; pero débiles, injustos, asesinos, ¡jamás! De lo contrario, será un borrón que no habrá mano hábil que lo haga desaparecer. Mi obligación como español, mi sagrado deber como defensor, mi honra como caballero, y mi pundonor como oficial es proteger y amparar al inocente, y lo son mis cuarenta y cinco defendidos: defender a esos niños que apenas han salido a la pubertad y entrado en esa edad juvenil en que no hay odios, no hay venganzas, no hay pasiones, que es una edad en que, como las pobres e inocentes mariposas, revolotean de flor en flor aspirando su esencia, su aroma y su perfume, viviendo sólo de quiméricas ilusiones. ¿Qué van ustedes a esperar de un niño? ¿Puede llamárseles, juzgárseles como a hombres a los catorce, dieciséis o dieciocho años, poco más o menos? No; pero en la inadmisible suposición de que se les juzgue como a hombres, ¿dónde está la acusación? ¿Dónde consta el delito que se les acrimina y supone?

Señores: desde la apertura del sumario he presenciado, he oído la lectura del parte, declaraciones y cargos verbales hechos, y, o yo soy muy ignorante, o nada absortamente encuentro de culpabilidad. Antes de entrar en la sala había oído infinitos rumores sobre que los alumnos o estudiantes de medicina habían cometido desacatos y sacrilegios en el Cementerio; pero en honor de la verdad, nada aparece en las diligencias sumarias. ¿Dónde consta el delito, ese desacato sacrílego? Creo y estoy firmemente convencido de que sólo germina en la imaginación obtusa que fermenta en la embriaguez de un pequeño número de sediciosos.

Señores: ante todo somos honrados militares, somos caballeros, el honor es nuestro lema, nuestro orgullo, nuestra divisa; y con España siempre honra, siempre nobleza, siempre hidalguía; pero jamás pasiones, bajezas, ni miedo: El militar pundonoroso muere en su puesto; pues bien, que nos asesinen, más los hombres de orden, de sociedad, las naciones nos dedicarán un opúsculo, una inmortal memoria. He dicho».

LA INSOLENCIA SE DESBORDA

“Difícilmente pudo aquel noble militar terminar su tarea humanitaria, escribe Fermín Valdés Domínguez, testigo excepcional de aquel suceso, pues de entre los voluntarios que presenciaban los actos del Consejo, salían tumultuosas voces que pretendían ahogar la fuerza de la suya, y a no haberlo obligado el presidente a que se ocultara en una habitación inmediata, algo más triste hubiera pasado, pues uno de ellos, más atrevido que los demás, intentó abofetearlo y tuvo que defenderse con su espada. Tanto en el patio de la Cárcel, como fuera, pedían la cabeza del valiente Capitán».

José de Marcos Llera, español, padre del estudiante fusilado José de Marcos Medina, escribía unos meses más tarde, desde Llanes, una carta a Ramón López de Ayala el cruel verdugo que no sólo dirigió el piquete ejecutor, sino que se encargó después de propalar calumnias de lo más vil para la memoria de los inocentes inmolados.   En ella narraba la intervención del   capitán Capdevila en los siguientes términos:

“… Y por que uno de los oficiales veteranos, defensor del primer Consejo, el valiente capitán Capdevila, se atrevió a decir que los estudiantes no habían cometido delito alguno y que condenarlos a muerte cediendo a la violencia sería un asesinato deshonroso para España. Fue increpado por un voluntario del primer batallón de ligeros con el dictado de mambí y traidor; por cuyo motivo, y lleno de una justa indignación, considerando que los poderes públicos no tenían allí por entonces fuerza alguna, quiso castigar, personalmente, la ofensa, descargando un golpe sobre el que así lo calificaba; y milagro fue que pudiese salir de allí con vida aquel caballero, pues tuvo necesidad de esconderse disfrazarse y esperar a las once de la noche para ejecutarlo”.

Pirals, que por lo regular obtenía para sus trabajos investigatorios información de primerísima mano, relata el hecho en sus  “Anales de la Guerra de Cuba” en los siguientes términos: “tal tumulto levantó entre los voluntarios la precedente y noble defensa que se vio precisado al presidente del Consejo a mandar al defensor que su cultura en una habitación inmediata y aún tuvo que defenderse con su espada contra un voluntario que intentó abofetearle”.

Pero aquel discurso tuvo resonancia. Fijó una actitud; salvó la honra de España; clavó a un hombre la historia de la nación cubana.

En el Consejo de Guerra las palabras conmovieron al capitán Víctor Miravalles y Santa Olalla, que formaba parte del mismo como Vocal. Convencido de la inocencia de los acusados el capitán Miravalles emuló en civismo al defensor de oficio y formuló un voto particular demandando la inmediata absolución de los estudiantes presos. Sin embargo, a pesar de estos dos gestos y el del señor Olavarrieta, viejo amigo de Gonzalo Castañón y tutor de sus hijos, que se fue al cementerio a comprobar las alegadas profanaciones y al cerciorarse en unión del capitán de voluntarios Valentín Corujo, la inexactitud de aquella acusación, tuvo la entereza de decirlo claramente, por lo que ambos tuvieron que refugiarse en sus respectivos domicilios a rumiar la pena de sentirse impotentes para evitar un crimen.

Horas más tarde aquel asesinato en masa se consumó plenamente. Pocos comprendieron sus verdaderas proporciones. Aquel crimen le costó caro a España en pérdida de prestigio. La prensa de todo el mundo reprobó el baño de sangre en que se habían empeñado los Voluntarios de La Habana y evidenciaron claramente, que frente a la furia de esa pandilla de desalmados los poderes públicos de España en Cuba resultaban impotentes. Cuando la descarga anunciaba el fin trágico de 8 vidas inocentes en la acera del Louvre otro oficial español, el capitán Nicolás Estévanez, rojo de indignación sacaba su espada y la rompía, convencido de que en aquel gesto, dejaba clara constancia de su sincera protesta.

DESPUÉS DEL 

FUSILAMIENTO DE LOS OCHO ESTUDIANTES

Pocas semanas después del fusilamiento de los estudiantes el capitán Federico Capdevila salió a campaña. Anduvo por Holguín. En 1874 lo encontramos en Santi Spíritus. Allí conoce a la señorita Isabel Pina Estrada, emparentada con el entonces estudiante de bachillerato José Miguel Gómez, que fuera después mayor general del Ejército Libertador en la revolución de 1895 y presidente de la República. Enamorado de la bella espirituana el capitán Capdevila se comprometió en matrimonio. Gustaba tocar y componer música. Como gustaba también de los buenos libros, y escribir artículos para periódicos y revistas.

Un día se empeñó en que la novia le confeccionara un chaleco. La inexperiencia en ese ramo del arte sastrería, hizo pasar muchos trabajos a la novia criolla. Federico Capdevila pagó tantos afanes componiendo una masurka que tituló, Recuerdo de aquel episodio, “Los apuros de Belica”, que como casi toda su producción musical lamentablemente no ha llegado a nosotros porque permaneció inédita o se extravió en las distintas mudanzas de la familia. Es bueno aclarar que a la señorita opinan sus familiares y amigos íntimos le llamaban «Belica», nombre con que la siguió llamando después de casado, el capitán Capdevila.

Dos años más tarde, ya casado, emprendió viaje a España. Allí le nació su primer hijo Luis Capdevila Pina en 1876. Es el mayor. El solo hecho de ser hijo de aquel hombre venerado le ha ganado el afecto de su pueblo.

De regreso a Cuba continuó la familia acrecentándose. En Sancti Spíritus nació otra hija, Concepción. Trabajaba   en el Ministerio de Hacienda, Isabel, que soltera disfruta de una pensión del Estado cubano.

En 1878 está Federico Capdevila de guarnición en uno de los fortines de la trocha de Júcaro a Morón. Allí le encuentra el capitán general Martínez Campos quien lo asciende a comandante y le destina a sus inmediatas órdenes. Conocedor del ascendiente y respeto que los cubanos tienen por el oficial Capdevila, el general Martínez Campos lo utiliza en los primeros trabajos de sondeo que culminan en el Pacto del Zanjón.

Al concluirse la guerra de los 10 años el comandante Federico Capdevila es de los jefes que se quedan en Cuba al mando de un batallón de infantería. Vive rodeado de su familia en medio del afecto de todo un pueblo en ciertas irregularidades en el manejo de los fondos del batallón que manda, cometido por un oficial su subalterno que es, por añadidura, su cuñado, le conducen a la prisión militar del morro de Santiago de Cuba, donde permanece tres años está enfermo. La tuberculosis pulmonar lo abate. La prisión es húmeda al cabo es juzgado y su honradez resplandece una vez más. Es absuelto. Pero él no quiere seguir en el servicio. Se retira con el grado de teniente coronel. En 1887 vivió en  la ciudad de Santiago de Cuba. Sus amigos son los cubanos que anhelan la independencia y los españoles liberales que repudian el régimen colonial que España mantiene en Cuba. Es un liberal republicano un como los liberales de su época es furibundamente anticlerical. El 18 de octubre de 1887 funda con Federico Hardman y Emilio Bacardí, el grupo librepensador «Víctor Hugo». El Dr Armand es el primer presidente. En enero de 1888 Federico Capdevila es electo vicepresidente. En la directiva figura mambises irreductibles como Federico Pérez Carbó y Emilio Bacardí.

UNA ESPADA DE HONOR

En 1887 el Dr. Francisco María Héctor lanza la idea de regalar,  por suscripción pública, una espada de honor al teniente coronel retirado Federico Capdevila. En Guanabacoa se recoge casi todo el dinero necesario. Hasta Santiago de Cuba el promovedor del homenaje le dirige la siguiente carta:

Sr.  Federico Capdevila 

Santiago de Cuba

Muy distinguido señor:

Si la patria cubana por entero es a usted deudora del más profundo agradecimiento por su nobilísima conducta en la ocasión del fusilamiento de los estudiantes, ya por todos y sin excepción deplorado, cada hijo del país, y sin serlo, cada hombre honrado de cualquier parte del mundo, está facultado para dirigirse a usted aún sin tener el gusto de conocerle, y significarle sus sentimientos particulares de respeto y admiración. Lo humanitario y valiente de la empresa por usted realizada, invita al aplauso a la conciencia universal. Inspirándome en estas ideas, cúpome días pasados la buena suerte de formular el pensamiento que ha acogido con entusiasmo por varios amigos,  es ya una realidad: ofrecer a usted,  militar pundonoroso y depositario de la grande y noble tradición de nuestra  raza, una espada de honor que simbolice, aunque de escasa manera, la firmeza de carácter de que Dios te muestra, sacando ilesa y limpia la integridad de su conciencia en la ocasión del deplorable acontecimiento, cuando todas las energías se quebraban y todos los espíritus cedían, hasta entregar ocho estudiantes al sacrificio a sabiendas de que no eran culpables. Al saludar a usted hoy por medio de la presente carta, le ruego aceptar nuestro modesto obsequio, e interesándonos en que allane usted las dificultades que por su condición de militar pudieran oponerse, obteniendo al efecto la autorización del caso, o indicándonos si en nombre de usted podemos demandarla. También le ruego me indique la época en que le será fácil estar en La Habana, o si piensa permanecer indefinidamente en esa población, para ajustar en este particular nuestras determinaciones a las de usted. Asimismo le suplico se sirva acusarme recibo de la presente, enviando su contestación a su casa en esta villa, calle de Amargura número 40, al que suscribe, pues comisionado yo para escribir a usted en nombre del «Comité organizador de la suscripción popular» para la adquisición de la espada, debo a esta rendir cuenta de lo que se sirva decirme. y con la más distinguida consideración aprovecho esta oportunidad para ofrecerme a usted particularmente también como su más atento S.S.Q.B.S.M. 

Francisco María Héctor y Vega

A esta carta respondió Federico Capdevila de la manera siguiente:

Señor D. Francisco María Héctor 

Guanabacoa

Muy señor mío:

Con el mayor reconocimiento he leído los inmerecidos elogios que me prodiga en su favorecida que ha tenido la bondad de dirigirme. Cuando tuvieron lugar los tristes sucesos ocurridos en noviembre de 1871, mi proceder no fue otro que el que correspondía a mis principios y sentimientos, y el que debe tener toda persona y en particular un militar que en algo aprecie su dignidad; por esta razón, aunque agradeciendo lo mucho que valen las muestras de deferencia que se me prodiga, no puedo aceptarlas sino como un favor que quiere dispensarme y al cual no me considero acreedor por ningún concepto. Agradezco con toda el alma el elevado pensamiento iniciado por usted y acogido por sus amigos,  de ofrecerme una espada de honor como recuerdo de mi proceder, y símbolo de admiración, cosas ambas que por más que me honren muy mucho las juzgo y merecidas. Aprecio también y nunca olvidaré esas muestras de estimación hacia mí por parte de usted y sus amigos; más sin que sea por mi parte un desaire el declinarlas, le ruego, para que en mi nombre lo haga al comité organizador del proyectado obsequio, desistan del mismo, pues no existen méritos en mí que lo justifiquen para poder aceptarlo y, en último caso, de insistir en la idea de la suscripción apliquen esta a engrosar la iniciada para erigir un mausoleo donde depositar los restos de aquellos ochos desgraciados estudiantes que sucumbieron en días de luto para toda la nación española, y víctimas de una de esas conmociones lamentables que sumen a los pueblos en la más dolorosa y terrible de sus epopeyas, consecuencia de la más cruel de las guerras como la guerra civil, y en donde no se derrama otra sangre que la de padres, hijos y hermanos. ¿Quién mejor que aquellas ocho víctimas merecen se les tribute un recuerdo? Suplico a usted se sirva hacer presente al Comité organizador de la suscripción, mi más alta consideración y la expresión de mi eterna gratitud y reconocimiento por sus diferencias para conmigo y honroso proceder, que tanto le enaltece a mis ojos, y cuyo recuerdo permanecerá indeleble en mi corazón. Por ahora, y en algún tiempo, no me es posible separarme de esta población, desde la cual, aprovechando el motivo que me ha puesto en relación con usted, y me apresura a ofrecerle mi inutilidad, mi sincera amistad, y, reiterándole mi agradecimiento, quedó de usted atento S.S.Q.B.S.M. 

Federico Capdevila

Santiago de Cuba, 11 de marzo de 1887

HÉROE MODESTO

El héroe es modesto no quiere reconocer que en su acto del 26 de noviembre de 1871 hubo grandeza y heroísmo es la única vez que habla de su participación en los sucesos del 27 de noviembre de 1871. ¿Y cómo lo hace? Restándole importancia. Según él no ha hecho otra cosa que actuar de acuerdo con sus principios, con sus sentimientos con su concepto de del militar que en algo aprecia su dignidad. El doctor Héctor se apresuró a responder a esta carta con otra en la que decía:

Señor D. Federico Capdevila 

Santiago de Cuba

Muy señor mío:

Al dar cuenta al Comité organizador de la suscripción para la espada, de su atenta carta del día 11, acordó aquel: primero que no eran de aceptarse las excusas por usted presentadas para la misión del obsequio, según lo denomina usted, cuando en realidad tiene otra significación más levantada que por modestia no reconoce usted; segundo, que el comité carece de facultad para admitir la negativa de usted a recibir el presente popular; tercero, que la carta anterior a que se refiere su contestación como fue simplemente la notificación hecha a usted para su conocimiento, del acuerdo general referente a la manifestación de gratitud del pueblo y que simboliza la espada que se le regala, no por individualidad determinada, sino por el país entero, y sin distinción de clases ni opiniones; cuarto, que carece usted de competencia, en su condición de parte, para juzgar el mérito de su acción, que toca en su carácter de pública, apreciar a los demás desde hoy y a la historia mañana.  En su consecuencia el Comité,  por unanimidad, determina llevar a efecto la adquisición de la espada, que oportunamente tendrá el honor de entregar a usted, en nombre de todos sin reconocerle derecho para negarse a su aceptación. Paréceme innecesario hacer presente a usted que por mi parte me cabe la más alta satisfacción en comunicarle este acuerdo, por más que contradiga sus sentimientos,  convencido de que a ellos solo le puede obligar su exquisita modestia. Y de nuevo me repito con la más distinguida consideración afectísimo. S.S.Q.B.S.M.

Francisco María Héctor y Vega

IMPOSIBLE SUSTRAERSE

Imposible que ante una carta tan conminatoria y exigente pudiera continuar resistiendo la sincera modestia del militar español. El 29 de marzo contestaba el Dr. Héctor los siguiente:

Sr. D. Francisco María Héctor

Guanabacoa

Muy señor mío: 

He recibido su favorecida última, en la que manifiesta los acuerdos del comité, en cuya representación me escribe,  contestando a la carta que en 11 del corriente tuve el gusto de dirigirle. Enterado de los particulares que la suya de referencia contiene, difícilmente contestarlos cual quisiera; toda vez que mi condición de parte, me niega el Comité la competencia necesaria al efecto.  No encuentro frases bastantes para reiterar la inmensa gratitud que, tanto hacia usted, como hace el Comité, abriga mi corazón por las nuevas diferencias que les merezco; pues cuanto pudiera decir sería válido ante los impulsos que me animan. En vista, pues, de las razones que me expones no me queda otro recurso que dejarles obrar en completa libertad y del modo que juzguen más oportuno, sintiendo con toda mi alma no sean satisfechos mis deseos indicados en la primera carta que tuve el gusto dirigirle, pues mi satisfacción y agradecimiento hubieran sido los mismos, dando el giro que suplique a lo que se recaude como admitiendo la tan señaladísima muestra de gratitud e inestimable recuerdo con que quieren honrarme y distinguirme. Reitero a usted suplicándole lo haga en mi nombre al Comité, la más sincera muestra de mi profundo agradecimiento y distinguida consideración, quedando muy afectísimo amigo,

S.S.Q.B.S.M

Federico Capdevila

Ningún inconveniente tendría en que por medio de la prensa se diese publicidad a mi carta anterior; pero como usted comprenderá, la opinión pública supondría y con razón, que para ello habría precedido mi autorización y esto tal vez pudiera interpretarse de un modo para mí poco favorable. Dejo al buen criterio de usted y del Comité las consideraciones que expongo y que me impiden acceder a sus deseos, pudiendo, no obstante, en otra forma hacer el uso que crean oportuno de la carta de referencia.

Vale. Santiago de Cuba, marzo 29, 1887.

En menos de un mes, nos informa Valdés Domínguez estuvo recogido el dinero necesario. La espada fue confeccionada inmediatamente. Era una hoja de acero toledano en vaina de cuero curtido, con conteras de oro. La empuñadura, de acuerdo con la ordenanza militar, era de oro de 18 quilates con un peso aproximado de 20 Oz. El estuche fue hecho de maderas del país, con forro interior de raso, terciopelo y peluche adornado en su exterior con bisagras, agarradera, esquinas, boquilla para la cerradura y un monograma  para el centro, todo de plata.  En la empuñadura una inscripción que dice: «Al Sr. D. Federico Capdevila, el héroe del 27 de noviembre de 1871. Cuba agradecida».

En aquel gesto la patria cubana dejó nueva constancia de cuanto le agradecía al noble español su actitud aquella tarde en que levantó su voz frente a las turbas y dijo la verdad sin miedo,  sin parpadeos, con la entereza del hombre de carácter que no teme morir cuando se trata de cumplir con su deber. El título no pudo ser más adecuado. «Héroe del 27 de noviembre de 1871». Así. En singular, porque si aquel día hubo, en medio de tanta vileza de tanta cobardía, de tanta bajeza, un héroe de verdad, un héroe de cuerpo entero, ese lo fue Federico Capdevila.

Un periodista 

libre pensador

En Santiago de Cuba continuó su obra libre pensadora, dirigiendo el grupo «Víctor Hugo». En abril de 1888 el grupo acuerda establecer escuelas laicas costeadas por sus afiliados. Más tarde como demanda públicamente que se ponga «una cerca al terreno anexo al cementerio general conocido por “el potrero”, y en donde son enterrados los cadáveres de los que fallecen en una religión distinta de la católica”.

Unos días después editan un periódico. Se llama «Espíritu del Siglo». Lo dirige Hartman, pero entre sus principales redactores figuran Capdevila, Bacardí, Pérez Carbó y Erasmo Regüeifeiro. La tuberculosis avanza, pero él no desmaya. Continúa en la brega luchando por el triunfo de sus ideales de Libertad y Justicia. Que los católicos hacen una colecta pública para regalarle un manto a la Virgen; los libre pensadores del grupo “Víctor Hugo» protestan a través de las páginas del “Espíritu del Siglo» en noviembre de 1889 el gobernador civil impone una multa y reduce a prisión a Vicente Pujals,  que aparece como editor responsable de aquel periódico, por haber criticado la colecta en cuestión. En agosto de ese mismo año abren una biblioteca pública en la calle de Santo Tomás como en Santiago de Cuba. El concejal Ambrosio Grillo pide al consistorio que coopere con 25 mil pesos mensuales al sostenimiento de aquella obra. El consistorio lo aprueba pero el alcalde anula el acuerdo atendiendo a la protesta de los dirigentes eclesiásticos que no ven con buenos ojos, aquellas actividades. Él es el “Espíritu del Siglo» prosigue su obra. En 1890 sufre dos secuestros oficiales.

EL REPUBLICANO 

FEDERICO CAPDEVILA

Los republicanos españoles trasladan su propaganda a Cuba.  A principios de 1893, en un banquete celebrado en la Venus, se constituye el partido Centro Republicano, iniciándose las gestiones para constituir el Comité Provincial. El domingo, 30 de abril de ese mismo año, en el Teatro de la Reina, en Santiago de Cuba, se constituye el organismo director de la campaña republicana. Para su presidencia es elegido el teniente coronel retirado D. Federico Capdevila. Como secretario es electo el licenciado Erasmo Regüeiferos, que después fuera,  y en el gobierno republicano del Dr. Alfredo Zayas, secretario de Justicia.

La guerra de 1895 los sorprende en plena campaña republicana. El general Arsenio Martínez Campos viene a Cuba con la pretensión de nuevas promesas pacificadoras. En Santiago de Cuba se entrevista con Federico Capdevila. Lo invita a reingresar en el Ejército ello le reportará ascensos. Quiere utilizar su ascendencia en la población para sus planes pacifistas. Pero Federico Capdevila es el mismo hombre íntegro de 1871. No acepta. No quiere que se engañe más al pueblo cubano. Como español no luchará contra España, pero tampoco se colocará frente al pueblo del cual se siente parte importante.

El 31 de mayo es arrestado en Santiago de Cuba por conspirar Emilio Bacardí. Al cabo de varios meses de prisión en el Castillo del Morro el general Linares lo pone a disposición del General Weyler, quien dispone su confinamiento en España. Cuando Bacardí va a abandonar la ciudad en dirección a La Habana, escribe a Federico Capdevila la siguiente nota:

«Me embarcan para Chafarinas. Sabe que siempre es de los suyos (vale decir de los tuyos).  Dale recuerdos a López. (Fdo.) Emilio».

La nota no llegó a las manos de Capdevila. El teniente auditor, Jaudenes, la interceptó y envió al general Weyler, quien dispuso el arresto del íntegro militar.  En el club San Carlos lo localizan los soldados que le buscan Federico Capdevila recuerda a quien viene a arrestarlo, a que no teniendo su misma graduación no puede acompañarlo. El general Linares envía entonces a un jefe para que lo arresten y nuevamente, a pesar de sus achaques físicos Federico Capdevila conoce de la injusticia de una prisión española en Cuba. Allí sus males se agravaron notablemente. A la turba la tuberculosis hay que agregar ahora una enteritis que complica sus dolencias.

La evacuación española de la plaza de Santiago de Cuba ante el avance de las columnas combinadas de cubanos y norteamericanos, en 1898, hizo a Federico Capdevila salir a las afueras de la capital oriental. Los soldados mambises cruzaron un día frente al lugar donde residía con su familia. Uno de ellos,  que le conocía, lo saludó con la bandera de la estrella solitaria el patriotismo de Federico Capdevila no se desgajó en aquella hora aciaga para España. Con la misma entereza de 1871, dijo entonces:

– Me complace el contento de los cubanos; pero esa no es mi bandera: la mía es la española y la llevo aquí, en mi corazón.

Era ya un agonizante y todavía el carácter se le manifestaba íntegro, leal a sus convicciones a su recio patriotismo, a su sinceridad sin máculas. El 1 de agosto de 1898 murió en Santiago de Cuba. Su cadáver fue enterrado en el cementerio de Santa Ifigenia donde mismo está enterrado José Martí. 

Los estudiantes supervivientes de 1871 concibieron, desde entonces,  la idea de trasladar esos restos venerados a La Habana y colocarlos en el mismo mausoleo donde se guardan los restos de sus defendidos. 

El 8 de noviembre de 1903 se organizó una Junta,  integrada por los señores Antonio J. Martí, Dr. Manuel Fernández de Castro, D. Pedro Quiñones, D. Alfredo Bombalier, Francisco de Armona y Armenteros y doctores Ricardo Gastón, Teodoro de la Serra y Dieppa y Fermín Valdés Domínguez, quien inició los trabajos. Por su parte el doctor Ramírez Tovar había determinado, de acuerdo con los familiares del capitán Capdevila, el traslado de esos restos para el panteón de su familia en el cementerio de Colón. 

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