Experiencias de un combatiente cubano de 88 años… (II de III)

Written by Libre Online

5 de marzo de 2024

Continuación de la primera parte del artículo publicado el 5 de junio de 2022. 

Yo era un muchacho “guajiro” (campesino) que amaba la justicia. Mi familia ayudaba a todos los vecinos de mi barrio en Camajuaní, cerca de Santa Clara. Allí era fuerte el Partido Socialista Popular, como se llamaba entonces la organización de los comunistas, que estaba legalizada como partido político por la Constitución de 1940. Me crié cerca de ellos y los conocía bien. Incluso los visitaba y sabía lo que hacían, hasta los que pagaban o no el carnet de afiliado. Nunca me gustó el ejército, pero la policía sí. Y un día de enero del 1957 ingresé en ese cuerpo. Tenía la placa No. 51 en la estación de San Fernando de Camarones, provincia de Las Villas.

………….

Cuando se terminó la operación en el Escambray, mandaron a retirar tropas de vuelta para el regimiento. El sargento Zacarías, encargado de la comisaria me dijo: “Tienes $30 pesos de sobresueldo si te haces cargo de una comisaría que vamos a montar al lado de la Cochiquera”. Y le dije: “No acepto, yo me voy”. Me respondió: “Ve a ver si puedes”. Y no pude. 

Segunda parte 

Ahí empezaron nuevos tormentos. Vivía en el cuartel y hacía servicio en la Jefatura todas las noches; como era nuevo, los peores turnos me tocaban a mí. 

Con mi carácter rebelde y mi juventud y como es natural teniendo padrino, todo el mundo se bautiza, me mandan al poblado de Cruces a comisión de servicio en donde estaba la jefatura. En el cuartel, todo el mundo junto allí.

Mi primer servicio fue cuidar una planta eléctrica en medio de un campo de caña con un soldado de compañero; el soldado me dijo: la primera posta es mía hasta las 12 de la noche y la segunda es la tuya. Cuando cumplió su turno de 6 horas cogió su ropa y su almohada y se fue de inmediato hacia el cuartel. Luego yo recogí mis cosas y fui al cuartel tras él y me acosté a dormir.

Me levanté a las 6 am y en el desayuno el capitán de la policía Gil Blanco me dijo: 

– ¿Cómo la pasaste?”

– El mejor servicio que he pasado en mi vida – le dije -. El soldadito que fue conmigo pensó que yo era idiota o bobo, regresó al cuartel. Detrás de él vine yo y aquello se quedó solo.

El teniente sacudió la cabeza y nada me contestó. El que calla, otorga.

Poco tiempo después recibí un telegrama remitiéndome en comisión de servicio a Caibarién. Allí yo tenía un amigo, un guagüero local que me conocía desde que yo era civil. Él me dijo en confianza: 

– El 9 de abril habrá una huelga grande y el gobierno se va a caer. Esta cafetería donde estamos es de mi hijo, vienes aquí y te escondes, que nadie se va a meter contigo.

– Te lo agradezco – le dije -, pero yo no tengo que esconderme de nadie.

El 9 de abril empezó la huelga, el servicio mío fue frente a la botica de Marcelo Salado, junto a otro policía. Se apagaron las luces y empezaron a tirarnos botellas desde la botica. Le dije a mi compañero: 

– Escóndete detrás de las columnas, que te van a dar un botellazo. 

Y así mismo pasó, le reventaron una botella que le hizo una herida de varios puntos en la cabeza.

En ese momento halé el Garand y le entré a tiros a la botica. Una escuadra de soldados de la capitanía vino en mi ayuda, pero llegó cuando todo había pasado. Al otro día me subí en la guagua de mi amigo que iba para Vueltas. Me senté en la última silla de atrás y cuando todos se bajaban, me quedé de último y le dije: 

– Tu consejo lo tomé como de un amigo, pero sé que tú eres revolucionario, esto queda entre nosotros, pero si más adelante te veo en alguna revuelta tirando tiros, yo también te voy a disparar.

Después de aquello pedí el traslado al Regimiento y me lo dieron. Tenía la intención de pedir la baja, pero en la puerta del cuartel me encontré con la hermana del Coronel y me dice: 

– ¡Cristo! ¿Tú qué haces aquí? 

– Vengo a pedir la baja – le dije.

– Tranquilízate y espérame aquí.

Ella no regresó, pero vino un teniente del ejército y me dijo: 

– Váyase para Vueltas a cuidar la casa del padre del coronel.

Cumplí aquella orden. En Vueltas estaba cuando tanto las fuerzas del Ejército como las de la Policía recibieron la orden de reforzar la Capitanía de Remedios, pues el avance de los rebeldes se esperaba en la dirección de Remedios – Camajuaní – Santa Clara. El teniente me preguntó:

– Cristo: ¿te vas a quedar sólo en Vueltas? 

– No, me voy con usted. – Le respondí.

En Remedios ocupamos la Estación de Policía y los que estaban allí los enviaron a la Capitanía, ya se pueden imaginar: ¡ahí estaba la venduta!

Pronto nos avisaron que los rebeldes estaban entrando por Bartolomé, a unos siete kilómetros al sur de Remedios. El teniente ordenó ocupar las posiciones. Yo ocupé la trinchera de la puerta, porque tenía un fusil Garand. Los fusiles de la Estación de Policía eran obsoletos.

Estábamos apostados esperando el ataque cuando pasó un hombre cargando una imagen de la Virgen de la Caridad. Yo sospeché de él y me lancé a capturarlo. Consideré que había que interrogarlo adentro de la jefatura, pero el jefe me gritó:

– ¡Déjalo, que lleva una Virgen!

– ¡Ese mismo es el que nos va a dar la mala, porque abrirán la puerta de la Iglesia y se meterán dentro! Y así mismo ocurrió.

La Iglesia estaba tan cerca que el primer cóctel Molotov que nos lanzaron desde allí, cayó en la misma puerta de la Estación. Yo caí herido durante el ataque. Por suerte, mis heridas no fueron profundas, varias esquirlas de granada en la espalda. Todo el local se incendió y yo me lancé hacia la calle bajando por el asta de la bandera. Al caer perdí el conocimiento, pues había derramado mucha sangre.

Cuando me recogieron, escuché que alguien decía: 

– Tan jovencito y está herido. 

Cuando recobré el conocimiento me percaté de que estaba en una posta médica de los rebeldes. Para entonces ya el capitán Guerrero había entregado la Guarnición y las fuerzas nuestras se habían retirado. Los que hicimos resistencia al avance del enemigo nos llevaron a Sancti Spíritus, que ya estaba en manos de los rebeldes. Allí nos confinaron en un edificio grande bajo la custodia de los milicianos. En aquel momento todavía se combatía en Santa Clara y faltaba poco tiempo para la renuncia de Batista y su partida a Santo Domingo.

Pedro López Cristo.

Miami Florida

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