ESTAR MEDIO LOCO ES UN NEGOCIO

Written by Libre Online

18 de junio de 2024

Por Eladio Secades (1952)

En el primer plano de nuestra vida hay un filón felizmente explotado: el medio loco. Si la locura completa es una desgracia, la medio locura en Cuba es una de las industrias más pródigas. Muy raro es el lugar donde no hay un medio loco que, para desgracia de la sociedad, de la tarabilla, de la razón y de la patria no acaba de enriquecer por completo. Lo que proporcionaría la solución del manicomio.

 Medio loco es aquel que disfruta de un crédito generoso para ejercer la sinvergüenzura inminente. Siempre lo disculpan diciendo que está medio loco. A los medio-locos se les tolera en el hogar que se divorcien muchas veces, que abandonen a muchas mujeres, muchos hijos, que dejen a la madre con hambre, se les permiten irregularidades en el trabajo sin entregarles la cesantía y se les permite en el club las licencias y las expansiones que en otros serían pecados capitales. 

Yo no he visto nunca un club sin la desdicha de un medio-loco que dispone de un salvoconducto para hacer las cosas que a los cuerdos les da vergüenza o pena. Es la mejor demencia que en nuestro ambiente está dando tanto resultado, sobre todo para fastidiar y desviar un poco a las personas normales. Que son las que aquí están locas de verdad.

Hay escritores medio-locos que descomponiendo componen unos poemas con una altisonancia de charanga y cabriolas de circo. Acróbatas de la palabra y de la cuartilla, que van de la luna fría, redonda y plateada a la fuente de lentejas dejando en el espacio una larga cola de puntos. Con lo que aciertan a la literatura de cartón animado. 

El cartón animado es la meta espiritual aconsejada por Walt Disney a una generación de amantes al cine que se intoxicó y se emocionó sin llegar a comprender que la Greta Garbo fue una segunda edición de Francesca Bernini, corregida, aumentada y empastada en lujo. Cuando desaparecieron los dramones de la Bertini, con aquellos llantos con espasmos en el ombligo y con aquellos desmayos que enternecían viudas y arrancaban cortinas de terciopelo, la humanidad descansó un poco de lo cursi. Pero llegaron las novelas de la radio. Con los maridos malos, las esposas sufridas. Y el hijo inocente. Que cuando entra en escena, la mamá se seca las lágrimas y simula alegría. Porque ¿Qué culpa tiene el pobrecito? Ahora el adulterio sirve para anunciar jabones. 

Hay esposas burladas cuyas quejas radiales son más picúas que las vueltas del vals y que los zapatos con hebillas.

Una de las más terribles armas del medio loco cubano es el constante alarde de decir, o de escribir lo que siente. Eso también se llama libertad de pensamiento. Exponer sin perjuicios lo que uno cree de los hombres y de la pequeña vida que lo rodea. Los ingleses dicen sus verdades en el Parlamento. Los norteamericanos las dicen en sus grandes rotativos, y los domingos todavía son mayores. 

Los españoles practican la oposición heroica en las peñas de los cafés. En lo que respecta a nosotros, os puedo decir que hay un tipo de criollo que se anima a decir sus verdades en las paredes de los inodoros. Cual siempre en una cuarteta. En las peores épocas de opresión no ha faltado nunca la censura al régimen en la puerta del retrete. Que es donde el valor personal toma forma de acto ejecutorio.

La misma conmiseración, observamos con las mujeres medio-locas que aprovechan la categoría para, de paso, ser también medio-honradas. 

Hay un tipo de esposo que ha sabido echarse a cuestas con cierta resignación muy modernista la voz de la incertidumbre. Y que justifica las cosas extrañas que la mujer lo obliga a soportar prendiéndole el atenuante de que la pobre está medio-loca. Las primeras batallas que en el mundo ganaron las teorías del feminismo, fueron en parte muy estimables encausadas por esas medio-locas que empezaron a manejar automóviles, pusieron de moda la falda-pantalón y exigieron para el sexo débil el derecho al sufragio y el asiento de la ventanilla en el tranvía. 

La falda-pantalón fue un presentimiento del pijama de playa que hace más flaca a las flacas, más gordas a las gordas y más ridículas a las pepillas viejas que creen que a través de los escarpines pueden volver a tener pantorrillas adolescentes. Desde entonces la mujer se lanzó a la calle a la conquista de empleos que estaban en manos de los hombres. Y no ha cesado de discutir ni un solo momento sobre su capacidad mental y física para el trabajo. 

Hay contratistas que afirman que la mujer debe tener una faena diaria no mayor de seis horas. Otros sostienen que puede resistir ocho y hasta nueve horas en las tiendas, en los talleres, en las oficinas. Mientras los observadores más piadosos han abordado e iluminado severos puntos de vista, para llegar a la conclusión de que no deben trabajar más de cuatro horas cada día. Yo, humildemente difiero de unos y de otros y creo que todos traicionan los principios de la humanidad y que la razonable jornada a cubrir por la mujer, es cuestión de un minuto y pico. Por algo New York tiene ocho millones de habitantes.

Mi vecina pasa con un movimiento insolente, como si estuviera convirtiendo el caminar en manifestación pública de los dones que posee. Es muy bonita, muy trigueña, muy criolla de alegría con manotazo en el muslo y del grito para llamar al bodeguero; usa la ropa muy apretada al cuerpo y sale a la calle con ese complejo de superioridad que tienen las mujeres. Va tan alegre como si la primavera la estuviera esperando al doblar de la próxima esquina. Cada día con un vestido diferente y con un amigo, distinto también. 

La opinión general es que está acabando. La mira de reojo de abajo a arriba, como si la pupila subiera por la escalera de carrusel, ese hombre serio que usa lentes lee los editoriales, come ligero por la noche y recomienda las películas. Las viejas del barrio dicen que no se explican. Que no saben a dónde vamos a parar. Y que Dios las perdone, pero que sospechan que la señorita tiene que andar en malos pasos. De repente aparece el alma piadosa que la justifica y la exonera de los pecados presentes y futuros. Es buena muchacha, pero está medio loca y no otra cosa. Porque la moralidad se ha convertido en diagnóstico.

La política nuestra ha sido pródiga en la producción de medio locos a quien se le respeta porque se le teme. Nosotros al medio loco le creemos capaz de cualquier cosa. Menos de acabar de enloquecer para salir de él. 

Aquí hemos sufrido políticos a quienes les ha dado la media locura por exaltados sentimientos patrióticos y, al mismo tiempo por enriquecerse como cualquier cuerdo de remate. Bajo sus cadáveres, que algún día pasarán al martirologio han humillado los cimientos de las cámaras de legislación, porque a lo peor han pedido la palabra para darle curso a una crisis. O han ido enseñando el revólver por debajo de la levita a solicitar la publicación de un panfleto incendiario en el que se ha combatido todo lo combatible de gratis, sin que la temeridad los acusase de graves problemas. Porque para eso habría que estar loco entero. Que es un pésimo negocio.

Loco entero es el pobre viejecito que todavía conserva la obsesión de las lides emancipadoras y que va de barra en barra con sus canas y su bastón de caña, exhibiendo con orgullo una medalla. Que los que ignoran la historia no saben, ni les importa saber, si en su juventud la ganó en la manigua, o en el lanzamiento del disco. Es el viejecito que grita ¡Viva Cuba Libre! Que hace reír a los niños que salen del colegio y que no pensó nunca en el milagro de una generación que iba a utilizar los pensamientos de Martí para hacer casas de apartamentos. 

Cuba libre es la frase que sirvió de aguijón al criollo de antes para lanzarse a la guerra. Pero que a los pequeños criollos de ahora nos ha servido para hacer una bebida. Es una desgracia que no han podido ocultar que en el Cuba Libre de ellos, como en el nuestro, es decisiva la injerencia y la responsabilidad histórica del norteamericano. En el de ellos, por la explosión del Maine. Y en el Cuba libre nuestro por la Coca-Cola. 

Los fabricantes de la Coca-Cola se han enriquecido solucionándoles el problema a las personas tímidas que ante la insistencia para que tomen algo, se encogen de hombros y le dicen al dependiente que les traiga cualquier cosa.

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