Estampa de José Martí

Written by Libre Online

9 de enero de 2024

Parte I

Por Otto Meruelo  (1952)

La investigación y el estudio exhaustivo sobre la obra y el ejemplo de José Martí parece imposible a medio siglo de su muerte. Cada año que pasa aumenta el volumen de sus prosas y sus versos. La dificultad, sin embargo, no radica en la prodigalidad literaria del genio, sino en que Martí ofrece, como el agua corriente de los ríos, una faceta distinta con cada página suya y una sugerencia nueva y maravillosa en cada contacto con su pensamiento y con su fuerza lírica. 

En 1928 escribía Juan Marinello: “carecemos aún de la interpretación honda y plena de aquella vida y de la ponderación comprensiva, certera, y crítica de su obra literaria. Algún paraje de aquella alma vastísima, una en su variedad sorprendente, ha sido atravesado con éxito; ninguno agotado en sus últimas posibilidades. Después de cada ascensión y el fin de todos los caminos, el horizonte huidizo, e inapreciable, ha puesto de nuevo su tentación y su esperanza. Y en la persecución de ese horizonte se ha olvidado la visión de conjunto, la ambición totalizadora”. 

Seguimos aún en el mismo estado. Con el decursar de los días se han publicado varias notables biografías del maestro y se han descubierto zonas de su pensamiento social, económico y político, pero la narración cronológica, y en el perfil biográfico y en los ensayos parciales la clave vital, el impulso central de su vigoroso lirismo agónico, se ha perdido para sacar a relucir zonas polémicas,  y circunstancias contradictorias,  y vetas asombradoras y altibajos insospechados. 

Miseria y grandeza del recuerdo

El destino póstumo de Martí ha ido aumentando la lista numerosa de sus devotos. Hoy, el amor,  y las más de las veces mentido y superficial, va hacia su vida y su obra es cosa corriente, y obligación patriótica y oportunismo sensiblero. No siempre fue así. En la tercera década de nuestra vida republicana apareció en letra de molde un folleto valiente que desató las campanas del escándalo: “La Cubanidad negativa del Apóstol Martí”, y debido a las pluma de Arturo  Carricarte afrontando verdades históricas lamentables, el autor revela las críticas constantes que ofendieron a Martí mientras preparaba el advenimiento de la revolución cubana y en la página 13, nota 15 dice: “En abril de 1890 Francisco M.  Piedra fundó un periódico en Brooklyn, que vivió unos dos meses, titulado El Cubano y cuyo programa se reduciría a atacar a Martí”. A Julio Burell le dice por 1893 Eduardo Dolz:  “Ese pobre Martí es un hombre muerto…” A Enrique Trujillo, el 22 de agosto de 1894 le escribía Antonio Maceo: “La guerra que usted hace al señor Martí es un crimen de lesa patria”. Y todavía en la propia nota tiene Carricarte que consignar: “En 1901 uno de los miembros de la Convención Constituyente declaró sin el menor escrúpulo que a su juicio Martí había sido el hombre más funesto que había tenido Cuba” y casi 30 años más tarde, el día 2 de enero de 1928, el juez correccional de Pinar del Río,  y Cristóbal Almiral,  condenó a cincuenta pesos de multa a un individuo cubano,  con cuyo nombre no quiero manchar mi pluma,  por difamar la memoria de Martí.

Esos hechos destacan en sí la peripecia dolorosa para la honra de Cuba que significó durante años la incomprensión, la ingratitud y la blasfemia de algunos criollos frente a la obra redentora del maestro. Pero Carricarte puso de relieve cuestiones aún más enojosas. En las páginas 34 y 35 de su folleto, nota 17, se expresa:

“El sentimiento separatista estaba muy poco difundido en las clases cultas y carecía de verdadero arraigo en las masas populares residentes en Cuba, a tal punto que uno de los más tenaces conspiradores por la independencia, Enrique Trujillo, en su famoso libro Apuntes Históricos (New York, 1888), publicado en plena guerra, no tuvo inconveniente en estampar esta rotunda afirmación (página 122): no hubiera tenido fuerzas vivas el país que apoyaran al Partido Revolucionario, si las reformas de Maurano implantan”.

En otro párrafo de la misma nota dice Carricarte:

“Manuel de la Cruz no obstante su memorable estudio inserto en cordiales elogios que le consagra en su memorable estudio insertó en “La Nación”, de Buenos Aires publicado en 1895, consigna lo siguiente: “Lejos de Cuba -Martí – su ascendiente de la patria era secundario y débil. Los discursos del orador emigrado apenas llegaban a los oídos de sus compatriotas”.

Y aún tiene el autor de “La Cubanidad Negativa del Apóstol Martí”,  que aseverar:

“Véase como dos coetáneos de Martí, ambos inteligentes, uno aunque distanciado de él no su enemigo, y el otro confesadamente su amigo,  restan valor,  -por incomprensión-, a la obra estupenda de acercamiento y de organización llevada a cabo por el apóstol preclaro. Todavía hay más: otro contemporáneo, hombre que es resumen de la lucha de Cuba por su independencia, el insigne Generalísimo Máximo Gómez, coincide con ellos y aún llega más lejos: en su carta a Estrada Palma del 22 de agosto de 1895, dice el general Gómez:

“Lo que hizo Martí es nada, lo que usted tiene que hacer es lo gordo… 

Martí,  aunque no es tiempo de juzgar, empezó a torcerse y  fracasar desde Fernandina”.

“Los tres párrafos transcritos, concluye Carricarte,  llevan la fecha del luctuoso año 1895 en que murió gloriosamente el apóstol,  sacrificando su fecunda y noble vida en aras del ideal que fue siempre motivo de su acción y finalidad de sus ansias, pero 40 años después,  en 1922,  otro cubano que figuró con distinción en las filas del ejército libertador, Rafael Gutiérrez Fernández consagra casi exclusivamente su libro Los Héroes del 24 de febrero,  a demostrar como sin Martí hubiera sido posible y hasta fácil organizar y mantener la revolución de independencia. Paréceme que estas citas, de indudable autoridad, patentizan cómo no ya las ideas de Martí, pero ni siquiera su ingente labor que es cosa casi tangible,  no fue compartida y apreciada de manera unánime, ni en los días en que se estaba recogiendo el fruto de su acción ni en los momentos actuales”.

La posteridad demoró ciertamente su reconocimiento a la hombría de nuestro arquetipo moral,  del más alto prosista y poeta en su época de la lengua castellana. Las deformaciones interpretativas abundan hasta los mismos que intentaron rendirle los primeros homenajes. En 1908, el escritor español residente en Cuba, Julián Orbón, preparó,  para presentarlo en los juegos florales del ateneo de La Habana, un boceto biográfico del maestro que entre elogios consignaba un juicio deplorable:

“Fue Martí, en cierto modo,  un Croswell,  aunque para la naturaleza de su espíritu, por la índole de su carácter romántico y soñador,  jamás llegaría a consolidar su obra ni a sujetar en el gobierno la ambición y la codicia de sus satélites como lo hizo valientemente aquel extraordinario dictador inglés”.

Para lamentar ese desconocimiento dijo Rubén Darío: “¡Padeció mucho Martí, desde las túnicas consumidoras del temperamento y de la enfermedad, hasta la inmensa pena del señalado que se siente desconocido entre la general estolidez ambiente…!”

Con el tiempo Martí, como el pino que desafía en lo alto del monte la tempestad, se ha impuesto como el símbolo hirsuto y maravilloso de una fe en la vida, en los hombres y en el progreso. Ahora que lo amamos debemos comenzar a comprenderlo, porque todavía la exageración,   el estudio parcial y el interés que matiza toda visión, o vedan a su humanidad verdadera de la posibilidad de una revelación cabal.

Santidad y misticismo

En el prólogo de su obra, Martí, Místico del Deber, dice Félix Lizazo: “Toda vida tiene, por lo menos, dos biografías paralelas: una física, regida por los hechos y las circunstancias, otra interior,  que a veces se desenvuelve a contrapelo de las mismas realidades exteriores. Y aún cabe otra interpretación de las vidas fundadas en la frustración del hombre que se quiso ser y no se fue. En Martí no cabe posibilidad de desenvolver esta tercera vida. Fue lo que con toda su potencia se propuso. No vamos a negar el poder decisivo de las circunstancias en la vida de Martí. Pero nos parece que hay una circunstancia que rige todas las demás y en sí determinó el rumbo de su vida… Echó a rodar su misión y no hizo sino seguir la ruta inflexible que ella trazó delante de sí. No podía llegar sino a un solo punto con ese viento único que hinchaba la vela de su bajel: a un misticismo transido de humanidad, a un misticismo sin religión, pero pleno de religiosidad, al misticismo del deber. Le esperaba de todos modos al término de ese viaje, el sacrificio por la redención humana, la gloria y la inmortalidad” 

De ser Martí un místico, precisa esclarecer en qué grado y con qué proyecciones lo fue. El tema debe ser abordado considerando el alcance de todo misticismo. Por Sáenz Rodríguez sabemos que “Sam Buenaventura y la mayor parte de los místicos, sostienen que el misticismo es ciencia puramente afectiva hoy diríamos estética. Dionisio el cartujano y generalmente los dominicos suponen que solo consiste en el ejercicio de la inteligencia. Término ecléctico entre ambas ascendencias extremas lo representan los carmelitas para quienes el misticismo exacto de las dos potencias: inteligencia y afecto, pues según la frase del padre Lafuente: “en lo místico siempre andan juntos conocimiento y amor”.

Quienes se han puesto señalar ascendencia,  afinidades o meras influencias en la vida y el pensamiento martiano, concluyen en que el misticismo de Martí, – un “misticismo sin religión, transido de humanidad”,  como dice Lizazo o un “misticismo práctico” más realista-activo”, como sugiere Luis Rodríguez- no pertenece al de los que buscan desenfrenadamente el absoluto por sobre toda realidad sensible, como Eckart o Juan de la Cruz, sino más bien un misticismo como el de Santa Teresa “que traspone su querer dentro de su pensar”. La interpretación tiene visos de exactitud. En el Liceo Hidalgo cuando responde al escritor Gustavo Bar, mantiene la existencia del espíritu con una tesis que descubre su pensamiento: “Con mi inconformidad en la vida,  -dice,-  con mi necesidad de algo mejor con la imposibilidad de lograrlo aquí, lo demuestro. Lo abstracto, se demuestra con lo abstracto,  yo tengo un espíritu inmortal, porque lo siento,  porque lo creo, porque lo quiero”. Y en 1879, José Martí, nos dice:

“A mis horas soy místico y a mis horas estoico. La razón misma me dice que no hay límite para ella; por lo que allí donde ya no tiene fundamento visible de hechos,  sigo en virtud de la armonía que su existencia y aplicación me demuestran razonando lo que no veo en conformidad con lo que he visto,  lo cual no es deserción de la razón, sino consecuencia de ella,  y mayor respeto a ella, que el de los que la reducen a esclava del hecho conocido, y  convierten a lo que debe abrir el camino en mero lleva-cuentas”.

Para confirmar la estirpe mística de Martí todavía puede darse relieve a aquella su condición de aceptar en él contento, que es  paz del alma, los padecimientos, o como lo hacía Santa Teresa,  al decir de Sainz Rodríguez. Para Rodríguez Embilles es  ese misticismo de cepa teresiana y española lo que constituye la clave esencial de la fuerza de la vocación libertadora, del acendrado lirismo y la grandeza de nuestro Apóstol. Y en sus convicciones termina por aseverar: “Su religión y su filosofía, fueron como la formulada por Jesús para los milenios junto al pozo de la Samaritana, espíritu y verdad; su política, económica y social: espíritu y verdad”. “Había llegado, agrega, a unir en sí el saber de Goethe al de Spinosa: El Amor fati al Amor Dej”. 

El acego místico nos advierte Martí un énfasis peculiar y vigoroso por el amor hacia la humanidad. Pero si el mismo no se estableció que “a mis horas soy místico y a mis horas estoico” conviene que esa dualidad no pase desapercibida. En un hombre de su formación teórica tiene que haber existido algún contacto con los filósofos del siglo XVIII y con los personeros del liberalismo. En ellos se manifestó un complejo estoico ateo, que tan cuidadosamente puntualizó José Vasconcelos. “Para los doctrinarios del liberalismo anglosajón moderno, afirma el pensador mexicano, el objeto del saber es auxiliar de la virtud práctica, que consiste en vivir, según el bien y conforme a la razón. Y todo lo que no tiende a hacernos mejores es indiferente o malo”. Así en Martí. Por otra parte, no hay dudas de que Martí tuvo inclinaciones hacia el krausismo. En la esencia de esa doctrina, bajo la orientación de Sáenz del Río, “filosofar no es solo pensar y teorizar; entraña el sentido que daban los griegos a la palabra filosofía: amor a la verdad, pero no solo por ser verdad, sino por ser lo mejor para la vida; filosofar es, además, elaborar una conducta, elevar el espíritu a una concepción inspiradora de los actos”.

Las raíces de la formación martiana son múltiples y se adentran profundamente en, las diversas manifestaciones históricas del saber, pero su conducta las asimila para darnos un gran temperamento rebelde. Rebeldía por amor a la humanidad es la suya, inconformidad de permanente heterodoxo. El místico clama contra la Iglesia Católica porque en Hispanoamérica, su gran cariño, descubre que_ “Las autoridades se buscan y se ayudan; los de alma de amor se juntan; la iglesia, que bebe Málaga y se echa sobrinos, mantiene a los volterianos redomados que en público fungen  de carmelitas y dominicos, para que con el consejo a las almas les ayude el clero, en premio del respeto y la paga de la oligarquía agradecida, a poder y mandar sobre las clases inferiores, que ya serán iguales y felices en la claridad del cielo”. 

“Igual es Martí en todo:  en su doctrina social y política, en sus arranques fulminantes contra lo instituido sobre la injusticia, en su vigorosa defensa de la libertad del hombre. Mantuvo como Santa Teresa el principio de auto eliminar la enemistad contra los que le hacen el mal. Fue en ellos, quizás por excepción, la negativa actuante a la esencia de la españolidad. Y produjo sobre esa base el asombroso milagro de ser, como apuntara Gabriela Mistral, “un santo de pelea”, que no traduce una mancha de odio en su constante prédica del combate. Ahí queríamos llegar. No es la suya la filosofía de la resignación, Luz y Caballero creía fundamentalmente  en la santidad. Estaba en el polo opuesto, pero protestaba no para destruir, sino para superar. Caso único entre los líderes y los hacedores de la Historia. Caso de santidad por el espíritu, por la bondad, por el quilate del humanitarismo. Volvemos a deslumbrarnos frente a una dimensión inusitada. Fue así y no hay que buscarle acomodos ni explicaciones.

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