Cada año, incontables personas terminan su larga etapa de trabajo y se acogen a la grata experiencia de la jubilación. Un problema que suele presentárseles es el de decidir qué hacer. No es fácil la respuesta. Muchos se sienten marginados, solitarios y abandonados, otros se dedican a juegos de azar, ver películas que les interesen y muchos caen en el alcoholismo y pasan gran parte del tiempo ajenos a la vida. No tiene que ser así. A los jubilados les queda siempre un espacio disponible para disfrutarlo positivamente.
Voy a ofrecer una lista de grandes personajes históricos que se convierten en un reto para cada uno de nosotros. Mozart obtuvo una nota de “B” en la creación de su primera sinfonía; pero no se rindió y se convirtió en la super estrella que admiramos hoy día.
Cervantes completó Don Quijote cuando superaba los setenta años de edad. Clara Barton, a la edad de sesenta años creó la “American Red Cross”. Goethe finalizó el poema dramático “Faust” a los 83 años de edad, y Verdi completó “Otello” a sus 77 años.
Leonardo da Vinci pintó la “Mona Lisa” a sus cincuenta y tantos años. Dostoievski escribió la novela, “Crimen y Castigo”, cuando contaba 59 años, iniciando una exitosa y patriótica carrera que terminó en los días finales de su vida.
En el amplio campo de las relaciones públicas tenemos a Benjamin Franklin, quien a los 78 años inició su carrera diplomática asumiendo el título de embajador. Michelangelo a los 79, a pesar de ser un genio en el arte de la pintura, se divertía escribiendo sonetos.
Sófocles, a los 90 años se gozó escribiendo su obra maestra “Oedipus Rex”. Titian, a sus 98, pintó su impresionante obra “La Batalla de Lepanto”. Y Oliver Wendell cuando tenía 96 años se dedicaba a escribir comentarios y sucesos de la Corte Suprema. Evidentemente la edad no debe ser un obstáculo que nos impida ocupar nuestro lugar en el espacio disponible.
Norman Vincent Peale dijo algo breve y claro: “vive la vida y olvida la edad”. Ciertamente muchos de nosotros tenemos fijación en el tema de la edad. Mark Twain dijo lo mismo de diferente manera: “la edad es un tema de la mente sobre la materia. Si no te importa, no importa”. La extraordinaria habilidad creativa de muchos seres humanos que se ha desperdiciado por motivos diversos, y entre estos el miedo a los años y la apatía dolorosa que producen la enfermedad o los defectos físicos es lamentable. Recuerdo que en una ocasión leí en un artículo este simpático mensaje: “la edad parece ser mejor en vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quienes confiar y viejos autores para leer”.
Hay un personaje que tristemente poco mencionamos que es el mejor ejemplo que he conocido de una persona que vence todas sus increíbles tragedias físicas y se convierte en un sabio autor de varios libros en los que se analizan los fenómenos del espacio y las características de los secretos del planeta en el que vivimos. Me refiero a Stephen Hawking, quien nació en la ciudad de Oxford el 8 de enero de 1942 precisamente el día en que se cumplieron trescientos años de la muerte de Galileo. Entre los libros más leídos y estudiados tenemos “Structure of Space-Time”, “Supergravity”, e “Historia del Tiempo: del big bang a los agujeros negros”, traducido a treinta y seis idiomas y del que en pocos meses se vendieron más de 20 millones de ejemplares.
Hawking sufrió de parálisis corporal, perdió el uso de sus piernas y de sus manos, también su voz desapareció, pero el valor de someterse a complicados y dolorosos procedimientos produjo el milagro de su recuperación. Murió, cubierto de gloria el 14 de marzo de 2018, un verdadero reto para que todos aprendamos a tener el suficiente valor para ocupar el espacio disponible que nos provee Dios.
Un hombre que ocupó altas posiciones en la Iglesia Presbiteriana, y que era el director del seminario en el que estudié, el Dr. Alfonso Rodríguez Hidalgo, es un extraordinario ejemplo que puedo utilizar para referirme a mi propia vida. El maestro Alfonso, así lo conocimos, sufrió un accidente en los tiempos de su adolescencia que le deformó su boca en el lado derecho de la cara. Las heridas se convirtieron en una gangrena que lo apartó de su escuela y de sus amistades. Su infección producía un fétido olor que indicaba que la muerte estaba amenazándolo.
En medio de su desgracia, una misionera lo trajo a Estados Unidos y lo puso en las manos de médicos especializados que con sus colegas le realizaron trece operaciones que poco a poco fueron superando las serias huellas que afeaban su boca de forma aparentemente irremediable ya estaba listo para hablar con la elocuencia que lo caracterizaba. Fue ordenado como ministro y ratificado como presidente del seminario y como líder internacional de prestigio.
El regreso de Alfonso Rodríguez fue una bendición para miles de personas. En cuanto a mí, me colocó al cuidado de extraordinarios especialistas dedicados al uso de la voz y logré convertirme en un predicador seguro de sí mismo. El maestro es un extraordinario ejemplo de que si nos lo proponemos conquistaremos el espacio que nos queda disponible.
Me gusta y entusiasma el pensamiento de Abraham Lincoln: “no son los años en tu vida, es la vida en tus sueños”.







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