EN UNA CASITA BLANCA FRENTE AL MAR AZUL

Written by Libre Online

25 de octubre de 2022

Por Ronald C. Burnett (1958)

Por rutas distintas los cuatro llegaron a Capri, la isla a la que muchos consideran el paraíso de las flores y de los amantes. Pero a ellos —pese a su juventud—, los llevaba a Capri una misión distinta: venían a obedecer el mandato expresado en el testamento materno.

María Antonieta venía de Lima: Francisco había iniciado su viaje en Ciudad México; Fernanda había tomado el avión en Buenos Aires y Mario que había realizado el viaje más corto, venía de Colonia, en Alemania.

Los cuatro abandonaron los hoteles donde se hospedaban y se interesaron por conocer idéntica dirección, la que los llevaría a una pequeña casita blanca ubicada frente al mar azul; una casita en la que entonces no vivía nadie, pero que tenía para cada uno de ellos el prestigio de las cosas que nos son muy queridas porque nos hablan de gentes que hemos amado, de seres a los que no es posible olvidar.

Fernanda, locutora de radio: María Antonieta, modelo de una casa de modas; Francisco, estudiante de ingeniería, y Mario, que aprende filosofía, sintieron cada uno de ellos que se les apretaba el corazón y se les hacía un nudo en la garganta cuando vieron la casita blanca que tan bien les había sido descrita en el mensaje materno, la casita blanca frente al mar azul que debía ser la meca de su peregrinar.

Y cuando se encontraron, cuando se dieron a conocer, los cuatro se fundieron en un estrecho abrazo y mezclaron sus lágrimas. Después, cuando se sintieron un poco más calmados, se sentaron y comenzaron a cambiar sus impresiones, a contarse sus vidas, a hablar de sus aspiraciones, de sus deseos, de sus sueños.

La historia había comenzado veintiocho años atrás. El circo había llegado a Capri y los habitantes se disponían a gozar del novedoso espectáculo. ¡Había llegado el circo! Era tanto como decir que había hecho su arribo la alegría.

Chicos y grandes se prometían horas de distracción y felicidad con las 

representaciones circenses. 

Y fueron la noche del debut y siguieron yendo mientras el circo estuvo en la localidad. Y tenían razón al prometerse minutos de sana alegría de los payasos. Uno de ellos, un alemán del apellido Withenau, se ganó pronto la preferencia del público. Era el más ágil, el más alegre, el más divertido de todos los payasos. Y el público de Capri le hizo su ídolo.

Pero Erick Withenau se creó en Capri un serio problema. Que afectó su corazón. Erick se enamoró. Él no sabía quién era ella, ignoraba su nombre, su dirección. Sólo sabía que aquella preciosa italiana de verdes ojos se había adueñado de su corazón, que sin ella no podría vivir.

Cuando actuaba, sus ojos la buscaban entre el público y a veces se quedaba como embobado, lejos de la arena, perdía la ilación de las cosas. Sus compañeros, al verle así de ausente, le jugaban mil bromas que a los ojos de los espectadores constituían una gracia más. Y así, el amor del payaso sirvió para entretener a los demás.

Pero Erick no era un payaso de postal romántica que estuviese dispuesto a morir de amor. Convencido de la pasión que le inspiraba la italiana se dio a buscar la oportunidad de conocerla, de hablarle. Y logró su oportunidad.

Claro está que ella no reconoció en aquel joven de mirada apasionada al payaso del circo. Le dijo su nombre: se llamaba Constanza. Y en una casita blanca, trente al mar azul, él le confesó que no podía vivir sin ella, que quería hacerla su esposa. Y ella le dijo que sí.

A ella le agrado la vida nómada del marido. Y lo siguió a todas partes, lo mismo en América que en Europa. Y en Lima, la ciudad de los virreyes, Constanza tuvo una hija, la primogénita, María Antonieta. Llegó la hora de partir, no podían someter a la pequeñuela a las dificultades y los azares de la vida circense y optaron por confiarla a manos amigas que velasen por ella en la capital peruana.

Dos años más tarde les sucedió lo mismo en México, solo que esta vez se trataba de un varón. Veinticuatro meses más tarde la escena se repetía en el estuario del Plata y dos años después en la ciudad cuna del agua de Colonia. Las cuatro veces, Constanza prefirió dejar sus hijos al cuidado de otras personas antes que dejar a su marido. Y siguió tras Erick, tan enamorada como en los primeros momentos en que él le confesó su amor en la isla soleada rodeada de aguas rumorosas y azules.

Pasaron los años. Los niños fueron creciendo, sin conocerse unos a otros, cada uno en una ciudad distinta. Sólo les hermanaba el apellido común y las cartas amorosas de la madre que llegaban a ellos desde cien ciudades distintas, pues Erick y Constanza seguían su peregrinar por el mundo: él haciendo reír a los públicos de veinte países con sus gracias de clown; ella acompañando al hombre que la sacara un día, hace muchos años, de la blanca casita de Capri.

La última carta les llegó de Australia. Allí los esposos Whithenau llevaban la vida de siempre, la romántica vida del circo que alza hoy sus tiendas aquí y mañana muchos kilómetros más allá.

Tras la carta, les llegó la noticia fatal: sus padres habían muerto en un accidente automovilístico.

No tuvieron ni el consuelo de acudir a su sepelio; estaban demasiado lejos. Pero les quedó otro: el de saber que Constanza y Erick habían muerto juntos, como habían vivido desde hacía veintiocho años.

Después se enteraron de las disposiciones testamentarias y obedientemente las cumplieron. Constanza disponía, en su última voluntad, que sus cuatro hijos marchasen a Capri para que allí se conocieran y se abrazaran por primera vez.

Por eso, en la mañana plena de sol frente al mar azul, cuatro jóvenes llegados de países distintos se fundieron en un abrazo, obedientes al materno mandato. Y por un momento les pareció que se producía un milagro y que en la casita blanca se escuchaba la voz del payaso alemán que hablaba de amor a la linda italianita y la de ésta que, entrecerrando sus verdes ojos, le decía que sí, que lo amaba, que estaba dispuesta a seguirle en su errante vida por todos los sitios del planeta en los que el payaso iba dejando la estela de su contagiosa alegría, en los que ellos irían dejando lo mejor de sí mismos, los hijos de su amor.

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