EN TORNO AL ARBOLITO DE NAVIDAD

Written by Libre Online

19 de diciembre de 2023

Por Jorge Mañach (1949)

Por estos días de la aproximación pascual, leía yo no sé dónde que en México se había organizado un movimiento contra el “árbol de Navidad”, tachándolos de importación extranjera, de símbolo de no sé qué imperialismo espiritual. Desde luego, el árbol navideño a que se hacía referencia era el abeto enano, esa especie conífera cuyo aire de gótico pináculo ramas tensas y horizontales y hojas en aguja tanto se prestan para apuntar al cielo y sustentar los regalillos de la tierra.

Al abeto lo llaman los ingleses “pruce” porque parece ser que primero se le tuvo por originario de Prusia. Con el tiempo lo hemos venido asociando a regiones aún más nórdicas, singularmente a Noruega, donde el paisaje es todo el año Navidad. Pero me imagino que si en México ha llegado a caer bajo sospechas de imperialismo debe más bien de ser porque se ha corrido que el principal productor de tales abetos en los Estados Unidos fue nada menos que el presidente Roosevelt. De otra manera no se comprendería porque como haber, hay abetos en toda la zona alta y fría. Los Pirineos están llenos de bosques de ellos, y o mucho me equivoco o los vi también en las cresterías del propio México. Donde tendríamos algún derecho a protestar del botánico símbolo sería en Cuba, a no ser que alguien, por ejemplo, el hermano León de Lassalle me informe que también tenemos abetos en las faldas del Pico Turquino o en las lomas altas de Trinidad.

Así y todo, desde un punto de vista estrictamente nacionalista a esos mexicanos protestantes no les faltaría razón, en primer lugar, porque ellos tienen sus propias tradiciones de costumbres y de símbolos navideños sumamente pintorescos, aunque no poco matizados del ritualismo indígena más impregnado de la idea de la muerte que de ninguna imagen natal. En segundo lugar, porque el nopal o el maguey que también tienen la rama firme y sustentadora y son más características de su tierra, no dejarían de prestarse también para esa especie de cornucopia navideña. Y la principal razón que es de índole histórica, no hay ningún derecho para dotar de símbolos nórdicos a un suceso como el nacimiento de Cristo, que fue episodio de clima caliente, puesto que tuvo su escenario, como todos sabemos en Judea, tierra de olivos y de palmeras enanas. 

Con un criterio geográfico histórico, el árbol de la Navidad debería ser esa estilización mayor que es nuestra palmera semitropical. Y, desde luego, la leyenda de Santa Claus no resulta menos espuria o por lo menos intrusa. ¿Qué tiene que ver originariamente con el nacimiento de Cristo ni con la celebración primitiva de él, ese Santa Claus de ojos azules y blanca barba fluvial, ni esas nieves y trineos que les sirven de accesorios? Aquí también si alguien tendría derecho histórico a usurpar el simbolismo, serían nuestros clásicos Reyes: Gaspar, Melchor y Baltazar, de los cuales, como se sabe, hubo un moreno, lo que es un útil recordatorio del ideal de solidaridad humana.

Y que no se diga que el turno de los Reyes viene después, la verdad parece ser que a derechas no sabemos exactamente cuándo nació el Galileo. Echo mano de mi enciclopedia británica y me entero de que la Iglesia adoptó la fiesta de Navidad mucho más tarde que la de la Epifanía, el bautismo de Cristo y antes del siglo V no había acuerdo alguno en cuanto a la fecha que debiera ocupar en el calendario, si la del 6 de enero, la del 25 de marzo o la del 25 de diciembre. Puestos a ser nacionalistas, podríamos perfectamente nosotros, los latinos, hacer de nuestros Reyes que en la tradición Pascual Protestante no tienen relieve alguno los símbolos humanos de aquella veneración jubilosa. Los Reyes y nuestro Santa Claus nórdico y advenedizo fueron los que le trajeron al niño Dios esos fardos de juguetes que después Santa Claus se cogió para repartir.

Gusta uno pues, de imaginarse viniendo ahora a nuestro territorio cubano unas Navidades no desdobladas entre el 25 de diciembre y el 6 de enero. No existen extendidas entre la fiesta de adultos y la fiesta infantil, sino en las que todo se juntara con el delicioso abigarramiento y anacronismo que los nacimientos pascuales revelan unas Navidades sin Santa Claus nórdico, sino con el rey de ojos azules y el rey negro, y el otro entreverado para completar así nuestro repertorio de raciales semblantes, lo que sería un buen modo de ir adelantando la súplica de Andrés Eloy Blanco: “Dame también angelitos negros”. Unas Navidades en que no resultara desalentador que no hubiese nieve ni frío porque no los hubo en Belén y que sobre todo, estuviesen presididas en la sala, no por el abeto intruso, sino por nuestra criolla palmera.

Claro que esto último tendría ciertos inconvenientes. La palmera es sin duda alguna, mucho más elevada y por ende más espiritual que el pino nórdico. Es una fusta clara que se clava en el suelo y se abre en el cielo. Por ese símbolo, pues, sería ideal, pero en cambio le falta el misterio y la accesibilidad del abeto. No tiene esa tupida urdimbre que tanto se presta para semi ocultar los bombillos eléctricos, las bolas de mica reluciente, las centelleantes guirnaldas y hacia la cual se alzan trémulas de emoción las manecitas infantiles, vacilando entre la curiosidad y el misterio, entre el respeto y la codicia. La palmera haría de la fiesta Pascual algo demasiado sublime, en exceso, empinado y remoto separándola de ese acceso a la esperanza y a la realización humana, que es lo que más desata nuestras ilusiones.

Porque eso es, después de todo, lo que le da a la Navidad su sentido más universalmente humano, lo que la sitúa por encima de todos los dogmatismos polémicos. Es una fiesta de ilusión y de esperanza. El ateo pensará que se trata, como toda implicación de lo divino, de una superstición. De una transferencia de los respetos y los miedos del hombre a un plano trascendente que considera ilusorio. La variedad comunista del ateísmo afirmará que las Navidades no son sino un grano más en el “opio del pueblo”. Una añagaza de las clases dominantes para retardar el ascenso de las masas a la realización de su destino social. El agnóstico se encogerá de hombros ante la afirmación de sus raíces espirituales, sin negarlas ni afirmarlas, declarando tan solo que “no sabe”. 

Ya el librepensador hará tal vez alguna concesión viendo en las Navidades un tributo del animal racional a ese ser metafísico que todo lo regula al inescrutable poder cósmico, sin el cual no logra explicarse la realidad y a quien llama “Dios”– como Sanguily al de la Constitución, por llamarlo de alguna manera. Para el masón, las Pascuas serán como un jubileo de los pequeños albañiles humanos en honor del “Gran Arquitecto” del universo.

 Los protestantes, aunque toman la Biblia al pie de la letra, se dividen y subdividen mucho respecto al sentido de ella, discutirán hasta qué punto el niño nacido en Belén fue más que una excelsa persona humana y otras sutilezas por el estilo, en fin. 

Los católicos asentarán todas las imágenes pascuales en su armazón dogmática secular –si es que no se limitan a disfrutarlas en su mera levedad sentimental: la Misa del Gallo, el “nacimiento”, los “Reyes” y sus fiestas y regalos.  Más para todos, creyentes o no, la Navidad es cuando menos una época del año reservada a la ilusión, a la alegría, a la buena voluntad, a la exaltación más o menos directa de aquella esperanza de que todos los hombres se unen de aquel valor en que todos comulgan, que es la idea de la justicia.

La idea de la justicia, que no es otra cosa que la platónica idea del bien aplicada a las relaciones humanas.  Antes de que hubiera Pascuas en el mundo, mucho antes de que se produjera aquel enorme suceso que fue Cristo, tuvo Platón esa intuición profunda que situaba la idea del bien en el pináculo mismo de la realidad, como el globo mayor y más reluciente que colmamos en lo más alto de nuestro árbol de Navidad. Para el gran iluminado griego, Dios mismo no fue sino el Demiurgo servidor de esa aspiración suprema del Eros universal, y cuando el cristianismo vino a elaborar su doctrina, apenas hizo más que conjugar la tradición platónica con la mosaica, poniendo a el Eros antiguo bajo el signo humano de la caridad del Galileo. Desde entonces es la Pascua de Navidad, sobre todo, fiesta de amor, clima anual de buen querer a que ni el más empedernido escéptico se sustrae.

Para simbolizarlo bien está después de todo el abeto nórdico. Pináculo viene de “pino” y el tupido cono de verdor es como un emblema de esa cósmica pirámide de amor con que el griego soñó y que el Cristo quiso realizar entre los hombres. Sus ramas tensas son grandes y firmes para amparar la tierra y se van reduciendo a medida que se acercan al cielo. Que es el punto de referencia de la justicia absoluta a la cual nunca pueden llegar a los hombres.

El ambiente de Cuba está por estos días cargado de frivolidad y un poco también de malquerencia. La Navidad nos convida a todos hacer un paréntesis a condensar la frivolidad en alegría genuina y a disolver en buena voluntad la acritud de los enconos.

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