EL VERDADERO EXILIO

1 de septiembre de 2026

Hace días les conté mi salida de Cuba, en agosto de 1962, y cómo no volví a ver nunca más a mis padres.

Y una señora, desde nuestra Patria, me dice: “No entiendo. Si tú no podías ir a Cuba y tus padres no querían venir, ¿por qué no se reunieron en México, conversaron y después cada uno se fue para su casa?”.

Mi respuesta inmediata y corta fue pensar: ¡Pobrecita, no sabe lo que habla!

Por eso hoy le doy una larga respuesta —y esto lo saben todos los veteranos del destierro—. Sin embargo, esa señora y la inmensa mayoría de las nuevas generaciones desconocen cómo fue la movida.

Familiares cercanos y personas que considerábamos amigos de toda la vida, al simpatizar con el régimen implantado, no solamente se peleaban con nosotros, sino que ¡nos odiaban!

Al salir, se perdía la casa, el carro, la ropa, el calzado, las joyas, el negocio y todo lo que teníamos. Al llegar al aeropuerto, nos quitaban todo lo que les daba la gana.

En las casas hacían previamente un inventario para que no pudiéramos llevarnos nada.

Como las noticias iniciales eran que estábamos pasando más trabajo que un forro de catre y que extrañábamos a nuestros seres queridos y a la Patria —lo cual era cierto—, entonces, en toda Cuba, los degenerados se divertían y estaban de fiesta al enterarse de nuestras vicisitudes. Y, encima de eso, las exageraban para hacer sufrir a nuestros familiares en Cuba.

La comunicación con nuestros seres queridos era prácticamente inexistente, nula. Había que pasarse días para lograr una corta llamada telefónica.

Las llamadas eran a través de un vecino que tuviera teléfono y que no fuera fidelista. A veces, en Cuba, el familiar tenía que pasarse días y noches enteras en la “Central Telefónica” esperando nuestras llamadas.

Los fidelistas se dedicaban a escuchar todas las conversaciones y, cuando creían que habíamos dicho algo que consideraban una crítica contra el régimen, cortaban la llamada y perjudicaban al familiar que estaba dentro de Cuba.

Las cartas demoraban meses en llegar. Creo que primero tenían que ir a México o España —o sabe Dios dónde— y después llegar a Cuba, y viceversa. Por ejemplo, mi madre me escribía preocupada: “Estebita, ¿cómo estás del tremendo catarro que tienes?”. Eso era en marzo y el catarro lo había tenido el año anterior, en octubre.

A veces, la única forma de comunicación urgente era mediante telegramas. Yo me enteré del cáncer de mi madre dos años después de que lo contrajera. De la muerte de mi padre me enteré una semana después.

Se recibían cartas en septiembre diciendo: “Tu abuelo murió el 14 de febrero”, y con tristeza nos dábamos cuenta de que ese día, precisamente, habíamos estado en una fiesta mientras enterraban al querido abuelo. Toda la correspondencia era revisada estrictamente por el G-2.

Estaba prohibido —como si fuera el mayor de los delitos— que un fidelista se comunicara ¡ni siquiera con un hijo o un padre en el exilio! Al que cometiera el “crimen de lesa humanidad” de escribirle a un pariente en el exterior se le perjudicaba la solicitud para ingresar al Partido. Todas las prebendas le eran suspendidas.

No permitían visitas —ni de allá para acá ni de aquí para allá—, ni a nosotros nos interesaba en lo absoluto claudicar. Hubo casos de “repatriados”, pero nadie confiaba en ellos: ni los castristas ni nosotros. Casi todos intentaron más tarde regresar para acá. Hasta los “Panteras Negras” que aquí robaron aviones.

¿Cuándo cambió la cosa?

Así estuvimos por décadas, hasta que se acabó el subsidio soviético, se les puso la caña a tres trozos a los castristas y decidieron cambiar el palo pa’rumba…

Pararon de llamarles “gusanos” a los integrantes de la “generosa comunidad cubana en el exterior”, consideraron que ya no corrían peligro porque tenían “pisados y adoctrinados” a los pobladores de la Isla, y se dedicaron a extraerles los dólares a todos los que se dejaban —y se dejan— chantajear con el cuento de “la unidad familiar”, de que “somos un solo pueblo” y de “lo linda y acogedora que es Cuba”.

Desde luego, y que quede bien claro: ellos tampoco aceptan a todo el mundo allí. A los que mantenemos una posición beligerante no nos quieren ver allí ni en pintura, y si entramos nos metemos en tremendo lío.

Y, de la parte de acá, todavía quedamos muchos que no olvidamos ni perdonamos tantas afrentas.

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