EL VENCEDOR DE LA MUERTE

Written by Rev. Martin Añorga

4 de abril de 2023

¿Fue Jesús a sabiendas al encuentro con la muerte, o ésta fue supuestamente el resultado de la maldad de los enemigos y los fanáticos?

Hay quienes dicen que Jesús fue víctima de un complot orquestado por las autoridades religiosas judías y por la despótica injusticia del corrupto sistema de gobierno implantado por los romanos, sin que en nada haya intervenido su voluntad personal ni el decreto de Dios.  Los que así piensan explican que Él no se defendió porque se lo impedía la fuerza superior de sus captores, y que no recibió la ayuda de sus seguidores porque en ese trayecto final de sus días, Dios no tenía nada que ver con Él.

La Biblia, sin embargo, dice otra cosa. El Señor afirmó que Él entregaba su vida por decisión propia, porque nadie tenía poder para quitársela. No se trata, sin embargo, de una acción suicida. De lo que se trata es del cumplimiento del plan de Dios para la redención del ser humano. Nos impresionan las palabras del evangelista Lucas cuando dice, con brevedad casi tajante, que “Jesús afirmó su rostro para ir a Jerusalén”. Sabía a lo que iba y se armó de decisivo valor para emprender el trayecto.

Jesús empezó a hablar de la cruz temprano en su ministerio. A principios del evangelio de Marcos el Señor extiende el llamado a quienes “quieran tomar su cruz y seguirle”. Y aún siendo un niño, como lo narra Lucas, un anciano llamado Simeón profetizó en el templo la cruenta muerte que debía sufrir el Hijo de Dios.

Cuando Jesús empezó a hablar de su muerte, sus discípulos trataron de disuadirlo. “En manera alguna te acontezca esto”, le dijo Pedro, y los demás empezaron a rumorar su oposición; pero el camino estaba trazado, no había forma de retroceder ni manera de evadirlo.

Han pasado más de 2,000 años y el tema de Jesús y la cruz mantiene su vigencia. Todavía se discute sobre la culpabilidad de los judíos, y éstos siguen acusando de racistas a los que les implican en la muerte del Señor. No puede perderse de vista que fueron judíos los que condujeron a Jesús a las cortes romanas; pero debe tenerse en cuenta que también eran judíos sus seguidores y aliados.  Los que hubieran querido impedir la cruz de Jesús eran judíos, porque a fin de cuentas todos los seguidores y apóstoles de Jesús en el Nuevo Testamento pertenecían a esa etnia. El problema del antisemitismo que hoy día persiste en muchos lugares del mundo no es un problema de los cristianos. Hoy día el antisemitismo tiene connotaciones económicas, geográficas e históricas, secularmente hablando.

Ahora que hemos entrado en la Semana Santa lo que se predica de Cristo es su entrega amorosa y su valentía al enfrentarse al destino de la cruz. No es tiempo para desgranar odios ni revolver resentimientos. En Su nombre debemos despojarnos de resentimientos, separaciones innecesarias y de antiguos rencores que mutilan la paz. 

Vamos a exponer, ante el pórtico del recientemente celebrado Domingo de Ramos, las tres razones fundamentales por las que Jesús asumió valientemente el camino que le llevaría a Jerusalén.

Primero está el elemento profético. Desde tiempos antiguos los profetas habían  prometido la llegada del Mesías. A esta promesa se le fueron añadiendo elementos políticos que hicieron creer a muchos en tiempos de Jesús que la función del Mesías era la de crear las condiciones para que se produjera el derrocamiento del opresor imperio romano. Entre los propios apóstoles esta idea era prevaleciente. Hay quienes dicen que Judas traicionó a Jesús para provocar su rebeldía, y dar inicio así a una revolución libertadora. Lo que es cierto es que el concepto mesiánico preconizado por los judíos no encajaba en los planes de Jesús, en cuyos planes no endosaban las competencias bélicas, el orgullo demoledor y el odio y la ira. No creemos, sin embargo, que la decepción producida por un mensaje mesiánico contrario a los intereses establecidos haya sido el único factor para acusar a Jesús ante los romanos. Para los judíos lo que era inadmisible era que Jesús se llamara a Sí mismo el Mesías y que en nombre de esa identidad pusiera en evidencia la pecaminosa desviación del verdadero culto a Dios. A Jesús lo llevan a la muerte no simplemente por razones políticas relacionadas con su supuesta e inexistente aversión al César, sino por haber limpiado de impíos el templo, como símbolo de su inconformidad con los líderes religiosos corrompidos y apartados de la verdad. Es ahí donde se exalta el mensaje que ignoraron los líderes judíos.

Hay otra circunstancia, y es la más importante, qué llevó a Jesús al Calvario: su apego a la voluntad de Dios. En Getsemaní Él trató de negociar el destino de la cruz con su Padre celestial; pero aclarando que no quería apegarse a su propia voluntad, sino a la del Padre. Jesús era tanto hombre como Dios, y en su ser estas dos perfectas naturalezas tenían que expresarse con unidad irrompible. Si Dios decidió que la cruz era inaplazable, el Cristo no tenía otra alternativa que la de la obediencia. ¿Por qué tenía que morir el Hijo a causa del veredicto del Padre?  Ese era el plan para darle al ser humano la opción de su reconciliación con Dios. No ignoramos que esta afirmación pudiera hacernos pensar que, si la cruz fue orden de Dios, en el plano humano no hay culpables, sino instrumentos. Este tópico, sin embargo, no sería propio de un trabajo como éste. Lo dejamos a la consideración de teólogos e investigadores.

Nos parece que es una errónea apreciación teológica decir que Jesús fue al Calvario forzado por decisiones contrarias a su identidad. Los malvados no tomaron control de la vida de Jesús. Él la entregó en obediencia al Padre para que se completara el plan de redención.

Finalmente, Jesús fue crucificado porque por medio de su muerte alcanzan la vida los pecadores que ponen su Fe en Él. Nosotros, los seres humanos, estamos sujetos a condenación a causa de nuestro pecado. En Las Escrituras se dice que “la paga del pecado es la muerte”, y fue necesario que Cristo muriera para que por su muerte se nos garantizara el acceso a la vida. Él murió en nuestro lugar, convirtiendo la cruz, horrible instrumento de castigo de los romanos, en el símbolo de la redención universal. Hemos oído decir, como estribillo de un viejo himno que “Jesús murió por mí, murió por ti”, y en estos últimos días reiteradamente hemos oído declarar a piadosos creyentes que Jesús fue crucificado por todos nosotros. La verdad, pues, es que a Jesús no lo llevaron los judíos a la cruz, ni en la cruz lo clavaron los romanos. La muerte de Jesús es responsabilidad de todos y cada uno de los pecadores, tanto los de hoy como los de ayer, y aún los de mañana y siempre.

Los cristianos de hoy día debemos estar convencidos de que la entrada de Jesús a Jerusalén era necesaria para el logro de la salvación de los seres humanos. Siempre nos ha llamado la atención el hecho de que convirtamos el Domingo de Ramos en una celebración festiva. Jesús proclamó bellas enseñanzas en Jerusalén; pero también expresó su valentía de forma vertical y escaló la altura de la heroicidad a lo largo del suplicio grotesco que le infligieron. Fue en la Santa Ciudad donde se encontró con la muerte. El Señor murió por la misma ciudad por la que lloró.

En Jesús, el destino de un valiente fue el sacrificio de su vida. La entregó para volver a tomarla, y para convertirla en el camino que nos lleva a las puertas del cielo. 

No podemos evadir la realidad de que nos encontraremos con difíciles contratiempos Los incrédulos ateos, los enemigos de Dios y los indiferentes ante los valores del espíritu miran con desdén y blasfemias las horas grises que nos cubren de ansiedad; pero los que amamos y servimos a Dios vemos las pruebas como un escalón para alcanzar mayor altura espiritual. Hoy es el momento de ejercitar las rodillas reverentemente, la oportunidad para ayudarnos unos a otros, exaltar la práctica de la oración y colocar la sublime presencia del amor al servicio de los ancianos, los desposeídos y las personas enfermas y hospitalizadas.

¿Afirmamos nosotros nuestros rostros para escoger el camino del sacrificio valeroso?  No pretendemos sugerir que nos parezcamos a Jesús; pero de Él debemos aprender que el verdadero valor de la vida es invertirla en el servicio a Dios y en el amor a la humanidad.

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