EL TRAUMA CUBANO DE BENEDICTO XVI

10 de enero de 2023

Genio y figura hasta la sepultura pudo ser la divisa desplegada en honor del finado por los comunicadores vaticanos cuando organizaron el funeral del alemán, otrora vicario de Cristo para más señas.  Durante sus ocho años de ejercicio hizo historia más que por sus realizaciones, por haber renunciado al magisterio que inesperadamente le endosaron en abril de 2005.  Sin juego de palabras, y siempre admitiendo que a ciertos niveles hay poco margen para el azar, puede decirse que este santo varón, salido del escenario por la puerta estrecha, pasará a la posteridad por lo que no hizo o por lo que no quiso hacer. Viniendo de un hombre descrito como portador de una brillantez extraordinaria en cuanto a su intelecto y a su formación académica, es mucho más que una falta: es un pecado inexpiable.

Mucho se ha escrito con respecto a las visitas papales a Cuba a partir de la de Juan Pablo II en 1998. A pesar del entusiasmo del pueblo cubano, de gestos y de palabras protagonizadas por algunos sacerdotes, sin olvidar la valentía de Zaqueo Báez en 2015 corriendo hasta el papamóvil en pleno desfile, siempre fue el gobierno quien tuvo la sartén agarrada por el mango. El clímax de las escenografías presentadas en cada caso fue la hipócrita pusilanimidad de Bergoglio. En cuanto a la visita de tres días hecha por Ratzinger del 26 al 28 de marzo de 2012 quedará a mi juicio como la más opaca. Sin embargo, fue probablemente la más trascendente desde un punto de vista teológico. Habiendo sido un asceta que con dogmatismo y moralidad había consagrado su aproximación a Dios en el ejercicio de las virtudes, lo que había aprehendido días antes de aterrizar en La Habana respecto a la proliferación de prácticas homosexuales desenfrenadas en el seno del clero cubano, parece haber sido el elemento desencadenador de su voluntad de retirarse como Papa. La gota que desbordó el vaso. Incapaz de enfrentarse a una realidad que, como hombre más que como Papa, le resultaba intolerable decidió abandonar el navío para no seguir sometido a intereses creados y a la raison d’état, binomio fatídico que jamás ha coincidido en la Historia con las prédicas del Señor.

El escándalo en cuestión no es un scoop. Frédéric Martel, un periodista y sociólogo francés autor de varios libros, entre ellos «Sodoma: poder y escándalo en el Vaticano» (Ediciones Robert Laffont, Febrero 2019), describió con lujo de detalles la extraordinaria sorpresa que conmocionó a Ratzinger cuando comprendió la magnitud del homosexualismo en el interior de la iglesia cubana gracias a un sistema urdido por Jaime Ortega durante decenios. Si para un teólogo de la talla del entonces Papa la fe es la fuente principal del confort intelectual, la certeza obtenida al llegar a ese estado de espíritu solo se puede alcanzar renunciando a la duda. En Cuba tal cosa no era posible, la situación era tan grave y tal la evidencia, que el hombre, ya aplastado por otros escándalos similares en varios países, impuesto de lo que era el Sistema Ortega en la isla, decidió tirar la toalla y según testimonios no desmentidos lo expresó a bordo del avión que lo llevó de La Habana a Roma el 29 de marzo de 2012. 

Lo anterior quiere decir que en el largo via crucis pontifical que fue para Benedicto el tema del sexo en el seno de la Iglesia, Cuba fue la tapa al pomo. Para un lector alerta el detalle está más que claro al final de su libro-testamento de 2016, «Últimas conversaciones con Peter Seewald». En este punto los esfuerzos reiterados de desvirtuación ejecutados por un personaje tan controversial y pérfido como el jesuita italiano Federico Lombardi,  no consiguieron sino aumentar la sospecha de que la salud fue un manido pretexto que ocultaba otras cuestiones morales de gran calado, con Cuba como punto culminante. Y no hay que dejar de insistir en el hecho de que en materia de comunicación el sistema vaticano tiene poco que envidiarle al que la Rusia de Putin heredó del estalinismo soviético.

Martell hizo público en 2019 lo que ya se sabía a todos los niveles entre las diferentes ramas del catolicismo en América Latina, en España y en el Vaticano. Roma admitía benevolentemente todo lo que ocurría en la isla, incluso que sacerdotes-secretarios y cardenales miembros de los gabinetes papales fueran de vacaciones a La Habana donde el sistema Ortega -y no solo él porque otros nombres como el de Carlos Manuel de Céspedes aparecen en páginas que cualquiera puede consultar- propiciaba alojamiento VIP y verdaderos safaris gays en las noches habaneras y en las playas cubanas. Cuba era para algunos, que desde luego no todos, de esos personajes un verdadero paraíso en el cual la prostitución masculina es una masiva realidad concurrente a los hechos. Y como es natural debajo de ese entarimado estaba como ha estado siempre el sistema del kompromat, mediante el cual todo visitante significativo es seguido y mantenido bajo control por la Contrainteligencia desde que se baja del avión.  En el caso del clero cubano y de sus invitados foráneos la sección ad hoc ha sido supervisada personalmente por Alejandro Castro Espín.

En el corazón del Vaticano los escándalos se suceden. Hace pocas semanas tocó el turno al que rodea a Marko Rupnik, un sacerdote jesuita esloveno que también es un reputado artista mosaísta que tiene en su haber creaciones propias y restauraciones decorativas en iglesias importantes. Es amigo de Bergoglio y se enfrenta a acusaciones de abusos – psicológicos, espirituales y físicos- perpetrados por él contra por lo menos nueve religiosas que «pastoreaba» amorosamente. Pura rutina si se me permite la expresión. Ha habido juicio canónico y todo, pero el actual Papa, fríamente y con poca compasión para con las víctimas, ha venido haciendo todo tipo de cabriolas para colocarlo a buen recaudo. Aquí, al igual que en Cuba antes del año 2012, muchos sabían y todos callaban porque lo del Rupnik venía rodando desde mediados de la década 1990.

Si el debate respecto a estas cuestiones que condicionaron la renuncia de Ratzinger quedará indefinidamente abierto, será imposible saber en lo inmediato si este Papa, recién sepultado en el Vaticano, encontró la tranquilidad que le faltaba cuando ejercía tecleando partituras de Mozart en el humilde aposento de retirado donde concluyó su existencia terrenal. Abierto para la posteridad, pero todo apunta a que en el síndrome Ratzinger, Cuba y Jaime Ortega fueron un elemento tan catalizador como determinante en el drama personal que le tocó asumir desde lo alto de su sitial romano. Oremos pues, que no nos queda otra.

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