EL TRABAJO

1 de septiembre de 2026

El 7 de septiembre celebraremos en Estados Unidos el Día del Trabajo “Labor Day” en un  acto nacional dedicado a exaltar el valor del trabajo como virtud y a reconocer a todos los trabajadores, quienes son fuente y esperanza de nuestra economía.

Según cuenta el autor Robert L. Myers, estudioso de la sociología norteamericana y autor de varios libros sobre nuestras costumbres y tradiciones, “en años recientes el Labor Day ha ido perdiendo la importancia que mantuvo durante más de un siglo”.

Hoy día, ciertamente, esta celebración se ha convertido en una despedida de los meses cálidos del verano, de las vacaciones y de los momentos de disfrute en playas y paseos. Es también el comienzo de las actividades escolares, el aumento del tránsito, el regreso al taller, al aula o a la oficina; la vuelta al tedio de medir las horas de cada día.

Muy bien pudiéramos llamar al primer lunes del mes de septiembre el “B.B.Q. Day”, y es aceptable que hayamos pasado un buen tiempo; pero sin perder jamás el sentido de respetuosa gratitud hacia la dignidad del trabajo y la destreza del trabajador.

Fue en el año 1878 cuando el Día del Trabajo tuvo a su principal impulsor. Se trata de Peter J. McGuire, uno de los líderes de una antigua asociación llamada “Los Caballeros del Trabajo” y fundador de la “Hermandad de Carpinteros y Ebanistas de América”. Él sugirió a la “Unión Central de Trabajadores” de la ciudad de Nueva York que se dedicara un día anual a honrar a los trabajadores de Estados Unidos.

“Hay varios días festivos en los que se exaltan los valores religiosos y cívicos y se honra la memoria de militares; pero no tenemos ninguno para reconocer la importancia del trabajo y el aporte de los trabajadores al bienestar y progreso de nuestra nación”, argumentó McGuire.

Después de un breve período de consideraciones al respecto, los diferentes grupos relacionados con el trabajo se unieron y convocaron el primer desfile dedicado a honrar al trabajador estadounidense. Fue el 5 de septiembre de 1882, en la famosa Union Square, de la ciudad de Nueva York.

La ocasión fue tan exitosa que quedó registrada como un hecho histórico y, desde entonces, la celebración se ha mantenido año tras año.

El estado de Oregón, en 1887, fue el primero en acordar oficialmente la celebración anual del “Labor Day”. La decisión fue tan aplaudida que, siete años después, un total de 30 estados habían seguido aquel formidable ejemplo.

Sin embargo, no fue hasta el 28 de junio de 1894, durante la presidencia de Grover Cleveland, cuando se aprobó la ley federal que estableció oficialmente la celebración del Día del Trabajo el primer lunes de septiembre de cada año.

La selección de la fecha para celebrar el Día del Trabajo no tiene una connotación especial. McGuire explicó en cierta ocasión que probablemente “se había escogido el primer lunes de septiembre porque se trataba de la más placentera estación del año, y la fecha escogida está casi a la distancia intermedia entre el 4 de julio y el Día de Acción de Gracias”.

Probablemente muchas personas desconozcan el origen de la palabra “trabajo”, que es, por cierto, sumamente interesante. La palabra suele relacionarse con el latín tripalium, que significa “tres palos”. El tripalium era, según una explicación etimológica tradicional, un instrumento formado por tres palos al que se ataba a los esclavos para castigarlos.

Aunque muchos eruditos en lingüística no coinciden totalmente con esta explicación, el hecho es que, primitivamente, el concepto de trabajo estuvo asociado con las clases más bajas y relacionado con la práctica de la esclavitud.

El trabajo no siempre ha tenido un hálito de simpatía. Recordemos a Alberto Beltrán, el popular cantante dominicano que, en noviembre de 1954, estrenó el merengue “El Negrito del Batey”, de la autoría del compositor Medardo Guzmán, cuyo estribillo decía: “El trabajo lo hizo Dios como castigo”.

El poeta y clérigo inglés George Herbert dijo: “Dios provee a cada pájaro con su alimento, pero no se lo echa al nido”.

De manera equivocada, algunos estudiosos bíblicos señalan que Dios castigó el pecado de Adán condenándolo a trabajar. Es cierto que el Señor le dijo directamente a Adán:

“Maldita será la tierra por tu culpa; con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. La tierra te producirá cardos y espinas, y comerás hierbas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás”. (Génesis 3:17-19).

Sin embargo, antes de la caída de Adán, se lee en las Sagradas Escrituras:

“Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el Jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara…”. (Génesis 2:15).

El trabajo, para que sea conforme a la voluntad de Dios, tiene que realizarse con dignidad, honradez, gozo y generosidad.

José Santos Chocano, en su obra La epopeya del Pacífico, dice estas lapidarias palabras: “El trabajo no es culpa de un Edén ya perdido, sino el único medio de llegar a gozarlo”.

Recuerdo también esta bella expresión de Goethe: “Cuando he estado trabajando todo el día, un buen atardecer me sale al encuentro”.

El trabajo es una bendición y justo es que lo respetemos. Criticables y miserables son los avariciosos que explotan a los pobres; el comunismo que cancela los derechos del obrero; los despiadados que abusan de empleados que carecen de documentos legales; y los delincuentes que, de manera impune, violan las leyes, normas y derechos establecidos en defensa de los trabajadores.

El poeta y periodista Walt Whitman escribió un himno dedicado al trabajador estadounidense que modestamente traducimos como un aporte a este artículo:

ESCUCHO A AMÉRICA CANTAR

Escucho a América cantar; las dulces melodías llegan a mis oídos:

las de los mecánicos, que con afán golpean recios hierros y bronce;

las de los albañiles, que cantan con sus pinceles sobre las paredes…

Oigo a los navegantes cantar sus ritmos mientras sus naves

se deslizan serenas, rumbo al destino de los puertos…

Y escucho la voz de los zapateros en sus tonadas, mientras clavan

los zapatos que las bellas damas usan para bailar…

A mis oídos llegan las voces de los leñadores, que estrenan cada mañana

el filo de sus hachas y, al atardecer, se despiden felices de sus tareas…

Escucho las melodías de las madres y de las jóvenes esposas, que en sus

hogares laboran, tejiendo ropa o lavando loza…

Escucho al carpintero cantar mientras trabaja la madera;

al herrero, con el golpe firme de su martillo sobre el yunque;

al labrador, que canta mientras trabaja la tierra,

y al pescador, que entona su canción mientras recoge sus redes.

Escucho las voces de hombres y mujeres,

cada cual cantando lo que le pertenece,

la canción de su trabajo, de su esfuerzo y de su vida;

las voces fuertes, alegres y vigorosas de quienes construyen

con sus manos el presente y el futuro de América.

Escucho a América cantar,

y en cada voz escucho el orgullo de un pueblo trabajador.

Una palabra final: Recuerden el lema de los monjes benedictinos: “Laborare est orare”. ¡Trabajar es orar!

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