EL TITáN DE BRONCE

Written by Esteban Fernández

24 de enero de 2023

Adorado por su gente, temido por sus enemigos. Sus adversarios al escuchar las cinco letras de su apellido se ponían a temblar. Llegó Maceo y “A correr, jolines”.

Fuerte como un toro, impresionante, su sola presencia en cualquier paraje era suficiente para que cientos de personas lo siguieran incondicionalmente a la guerra, a la muerte, al peligro, convencidos plenamente de que él estaría al frente.

Y no eran cuentos, ni mentiras, ni alardes, ni fábulas, ni inclusive él tenía que contarle a nadie “su historia, ni sus méritos”, solo tenía que quitarse la camisa, tirarla al piso, y todos podían admirar sus heridas de pies a cabeza.

No había televisión, ni órganos de propaganda, ni oficinas de relaciones públicas, ni Internet para hacerse eco de sus hazañas. Su mística y su aureola las obtuvo a base de su valor personal, a través de sus victorias y del filo de su machete.

La empresa no era factible si junto a la gestión no se mencionaba su nombre. Por lo menos había que insinuar que “muy pronto él estaría ahí”. Porque todos sabían que con él la cosa era seria, era a sangre y fuego, era “con todos los hierros”.

Y que no había la más ligera posibilidad de rendición, ni de pacto, ni de entendimientos, y lo más grande e increíble aún: que con él no había chance de derrota. Mil batallas, mil victorias y una gloriosa Protesta en Baraguá.

Él solo tenía que decir “Voy para allá, voy por ahí” y junto a él, desde que daba el primer paso, una verdadera multitud de patriotas lo seguía.

¿Usted se imagina lo grande que es decir “Voy a hacer esto, voy a jugarme la vida” y que todo el mundo, antes que usted lo haga, está plenamente convencido de que usted lo va a hacer y están dispuestos a seguirlo en cualquier acción que usted vaya a realizar por muy peligrosa que esta sea? Honestamente yo nada más conozco este caso.

Y ya no hablemos del pueblo, ni de la gente humilde, sino de los Generales y de los bravos de cientos de combates quienes también necesitaban y requerían su presencia junto a ellos.

No hay nadie en la historia que se le acerque en coraje, en victorias, en machetazos y balas recibidas, y que su muerte haya sido recibida con más desolación por los amantes de la libertad y más alivio y tranquilidad por sus adversarios que Antonio de la Caridad Maceo.

¡Viva Maceo!

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