EL RITO MISTERIOSO DE LAS DOCE UVAS

Written by Libre Online

29 de diciembre de 2021

Por Miguel de Marcos (1945)

Unas horas más, y será la noche de San Silvestre, que este año, por ser de penitencia y de cilicio, se anuncia en los restaurantes de lujo sobre una table d´hote de quince pesos el cubierto. Se va 1945; llega 1946.

Aún no se ha puesto en claro, si en ese minuto que es siempre una ración mastodóntica de angustia y de esperanza, uno se regodea en homenaje del año viejo que se hace polvareda difunta en el tiempo. Para aclarar dudas acerca de esta incógnita altanera sería bueno solicitar la opinión de los filósofos que leen a Aristóteles en el original. Será prudente además, indagar con los mozos de los restaurantes de lujo, que cuando advierten en el cliente una tendencia a recubrir el cráneo con gorros vistosos y a quemar con la punta de sus cigarros los globos brillantes del salón, aumentan los precios de la cuenta.

Festejar el año que se va y festejar, igualmente, el año que irrumpe, reunir en la misma jácara el sepulcro y la cuna, para aromar ambas dimensiones con la copa de vino y el giro fulgurante y suprarrenal extraido de la conga, ha recibido un bello nombre por parte de todos los autores y de todos los tratadistas: la noche de San Silvestre. Se trata de una inexactitud, porque, en rigor, y sobre todo en el minuto de lo que muere a lo que nace, San Silvestre, que es juicioso, deja el almanaque para cederle el paso a San Manuel. Ahora bien, ¿qué vale en ese instante, a la vez, eterno, efímero? ¿Los compases hímnicos que resuenan en las orquestas, ya que siempre es excelente cuidar el patriotismo? ¿Las risas, los abrazos, las serpentinas que llenan la sala estremecida? ¿La satisfacción de haber alcanzado un año más, de haber envejecido un poco más, de haber eludido con destreza el paso obligatorio por 12 y 23? ¿El miedo, ese miedo en pavor inmenso de la criatura obligada a enfrentarse otra vez con trescientos  sesenta y cinco días, que, posiblemente, no sean trescientas sesenta y cinco cartujas floridas, sino trescientos sesenta y cinco infiernos? El hombre sabe todo eso, pero nada de eso vale en el minuto de pánico. Lo que vale es otra cosa: un pequeño racimo de doce uvas.

Aún hoy, no se sabe quien creó el rito modesto, la amable superstición de las doce uvas, para insertar sus dulces sumos en la noche de San Silvestre. ¿Fue San Silvestre?, ¿Fue San Manuel?, ¿Fue algún poeta báquico que amaba el fruto de la vid?. No se sabe nada. En la existencia hay sucesos, que por un raro privilegio, se envuelven en el misterio y se acorazan de incógnitas. Nadie sabe por qué se desplomó en el Senado, después que pasó por la Cámara, el presupuesto para 1945. Nadie sabe quien inventó las doce uvas como liturgia del año que se va y del año que empieza. Hay más: los que afirman, movilizando ciertos principios económicos, poniendo el acento en la justicia distributiva, que, de esas doce uvas, semejantes a obleas gordas, seis se destinan a San Silvestre y seis se destinan a San Manuel, incurren en un error gigantesco.

Hace años, muchos años, me encontraba en un restaurante para festejar la noche de San Silvestre. Miré el reloj. Las doce menos cinco, y aún sobre mi plato no estaba el breve y tierno racimo de las doce uvas. Sentí que algo me faltaba, que iba a perder el rito misterioso. Llamé con premura al dependiente. Llamé al maitre d´hotel. Ambos comparecieron con presteza. Y dirigiéndome al primero le expuse mi caso:

-Querido, hágame el favor, van a dar las doce y no veo mis doce uvas.

El camarero ya traía el racimo del arcano, pero mirándome a los ojos me dijo:

-Inexplicable, verdaderamente inexplicable, doce uvas…usted parece un hombre libre, sin supersticiones taimadas. ¿Por qué, entonces, no festeja la noche de San Silvestre con doce huevos?

Sonreí un poco confuso. Iba a responder en defensa de la tradición que es siempre respetable, porque llega del fondo de los siglos. Pero advertí al maitre d´hotel. Este, señalando para el camarero, apuntaba con el índice hacia la frente, imprimiéndole al dedo una rotación.

Comprendí que el maitre d´hotel quería decirme, por una seña, que el dependiente estaba loco.

No sé. Pero desde entonces, una duda me asalta, en la noche de San Silvestre, en el momento de engullir las doce uvas y, a veces, en la uva séptima, me he dicho que el mundo es válido cuando realiza, sin mucho énfasis, sin aires revolucionarios, grandes y profundas transformaciones.

Nadie lo ignora. Por el mundo circulan unos hombres misteriosos que parecen los signatarios descarnados y taciturnos de un pacto con las tinieblas. Llevan la faz crispada, hundida en el pecho, sobre el vértice del chaleco lóbrego. Profieren palabras cabalísticas. Extienden el brazo flaco con geometrías proféticas. Apartan los ojos de las guirnaldas vivientes que pasan junto a ellos, taconeando sobre zapatos no dejan ver las uñas de los pies pintadas de rojo. Esos hombres, cuando se sientan, apoyan la mano felpuda sobre bastones revechos y luctuosos que tienen un remate de plata. No comprenden la grandeza de la ganadería y expelen gritos hostiles y condenatorios cuando se les describe todo lo  que hay de clemente, de profundo, de veraz, en el filete de cordero a la camagueyana. Lo habéis adivinado sin necesidad de ulteriores esclarecimeitnos. Son vegetarianos. Pues bien, sabedlo, ellos en silencio, preparan una transformación vegetal y planetaria. Ellos quieren sustituir las doce uvas fragantes y clásicas de la noche de San Silvestre, con doce zanahorias, con doce adyectas zanahorias, tal vez, -lo que sería el colmo de la mostruosidad-con doce abominables remolachas. Abrid los ojos, formad de prisa el cordón sanitario. No continuéis en el sueño de la ligereza o de la indolencia. Si no se reprimen sus esfuerzos, la pobre tierra se tornará con certeza arisca, una pobre cosa muy triste.

Por fortuna, hay otros hombres que circulan por el mundo. Hilares facetos, despreocupados de la dispepsia y del sepulcro, semejan los firmantes de un pacto con la lumbre novicia, con los bellos resplandores, con las gracias de la primavera, con los juegos y retazos de la inocencia, con los hechizos luminosos del océano. Llevan la faz en alto, subida en color, como una peonía jovial. Profieren palabras de contento, de exaltación, de orondo regodeo. Cuando las guirnaldas vivientes, que no usan medias, cruzan por su lado, le dan de inmediato contorno a un madrigal o rebrincan caprinos y cangurales, sobre sus botines flamígeros. También, en ocasiones, hablan solos por la calle, pero sus discursos, en esos momentos, no son catilinarias engoladas ni textos lúgubres, sino prosas robustas que se cargan con relentes sápidos. Cuando se sientan, no apoyan sus manos cabelludas en bastones tétricos que remata en un puño de plata, sino que desabrochan el chaleco, se arrancan la corbata, suben las mangas de la camisa, chasquean la lengua, ponen los ojos redondos y húmedos, y en una gimnasia de facecia y de divina alegría tiran las piernas por el aire voltigeándolas en la luz, en la claridad, en el optimismo, en la creación fecunda, con radiosos volatines. Ellos preparan una transformación, a la vista de todos, sin encrucijadas, sin misterios, con militancia jubilar, en un llamamiento a la cruzada leal de todos los corazones, a la cruzada impetuosa de las buenas barrigas. Ellos quieren sustituir -y predican maravillosamente la buena nueva-las doce uvas de la noche de San Silvestre y del alba de San Manuel con doce langostinos, frescos, tiernos, de intacta pureza oceánica, color de naca y color de rosa. ¿Quién podría reprimir este esfuerzo limpio, esta marcha hacia los nuevos horizontes por un trayecto de langostinos? Esa transformación es mucho más plausible. Después de todo, las tradicionales doce uvas de la dicha ya envejecen, porque se demostró que ellas no tienen fuerza suficiente para crear la felicidad en el corazón angustiado de los hombres. En tal caso, ensayamos el langostino.

Si, el mundo, para vivir necesita, de las mudanzas, de las transformaciones. Pero ahora recuerdo. Una noche un camarero, que, según un aturdido maitre d´hotel estaba un poco chiflado, me recomendó con gran seriedad que era indispensable y, acaso mejor, sustituir las doce uvas con doce huevos. Sus palabras me llegan claras, tranquilas, del fondo de los años. ¿Será posible eso? ¿Será posible en las actuales circunstancias?. De todas maneras, no cuesta nada ensayar. Y en tal caso, para cumplir con los principios de la justicia distributiva, al llegar al tránsito único, el del año que muere, el del año que nace, nada más lógico que ofrecer, en doble y ardiente homenaje, seis huevos fritos a San Silvestre y seis huevos pasados por agua a San Manuel.

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