El Rey Alberto

Written by Libre Online

16 de abril de 2024

Por Miguel De Marcos (1934)

Un hombre alto, grave, envuelto en serenidad y en silencio,  quiere cumplir esta tarde de febrero, su más bella hazaña de alpinista. La gorra de cuero le cubre los cabellos rubios, en que ya hay muchos hilos blancos. Apoya el puño fuerte sobre el largo cayado de hierro. 

La montaña clara es como una inmensa estalactita coagulada de misterio y de paz. El abismo se proyecta en lo  hondo, alucinante y  engullidor.  Todo es silencio en la tarde. El hombre, alto y grave, está en lo más alto del Rocher des Dames. Muy lejos, Namur, que conserva las cicatrices de la invasión germana, parece soñar a la sombra de la tarde que se desmaya. 

Él recuerda aquellos días lejanos. Namur, irguiéndose ante el ejército de Von Emmich,  los puentes sobre el Mosa volados con dinamita, los carros del éxodo en que había gemidos medrosos de niños, mientras los hombres crispaban el puño sobre el fusil para defender la patria violada per el Huno avieso que descendía desde Aquisgrán. 

Alberto, rey de Bélgica, esta tarde de febrero, evoca aquellas jornadas de sangre, de fuego, de horror. Ha dicho al invasor que no permitirá el paso de Bélgica y desde el 3 de agosto, vestido simplemente   con un traje de oficial de infantería, está entre sus soldados, en la trinchera, en el reducto, en el camino de Visé junto a las ametralladoras remolcadas por perros, en el campo atrincherado de Amberes, en todas partes donde cae la metralla y donde la muerte es como una hoz colosal que colecta víctimas. 

Tranquilo, sin una palabra, se mezcló a sus soldados en Malinas. Así está ahora, callado, sereno, silencioso, mientras, hunde su bastón forrado de alpinista en la cima  blanca, semejante a un sudario, del Rocher des Dames.

De repente, en su infinita soledad, en un paso brusco. El gran cuerpo del Rey,  entre su larga hopalanda de alpinista, se   dobla.   El cayado de hierro le huye de las manos y aquella cabeza, que solo anidara elevados pensamientos, choca violentamente contra la roca inerte. Unas gotas de sangre   en   el hielo mudo. No hay   un gesto desesperado en sus manos. Por sus ojos azules, de    infinita transparencia y de radiosa serenidad, no pasa la angustia. El viento le arranca la gorra. Y el cuerpo se sumerge en el abismo. Allá quedó en el fondo del barranco blanco solo y muerto…

II

Es en los primeros días de octubre de 1934. El general alemán von Besseler prepara el sitio de Amberes. Alberto de Bélgica, siempre unido a sus tropas, trae en los ojos azules las estampas de la invasión: el alcalde de Visé llevado junto a un muro y fusilado, porque un destacamento belga de cuatrocientos hombres luchó bravamente para oponerse al paso de las hordas de uniforme terroso. Y fusilados los hombres eminentes de la población y violadas las mujeres por una soldadesca salvaje, y los niños mostrando, sin llanto en los ojos, los muñones sangrientos, que tal vez no cogerían el fusil cuando fueran mayores, pero que maldecían al invasor para siempre.

Ciento veinte mil hombres amasa el Estado Mayor de Alemania frente al campo atrincherado de Ambares. Los cañones de 300 milímetros tiran día y noche a una distancia a la cual no alcanzan las piezas belgas. 

Alberto, Rey de Bélgica y que vive junto a sus tropas y está con ellas en el contraataque, en la retirada heroica, en todos los momentos de esa homérida incomparable, ocupa ahora con sus hombres, el reducto de Wavre-Sainte Catherine, sobre el cual los artilleros alemanes envían treinta granadas cada minuto. 

He aquí las palabras de un soldado belga sobre la estancia del rey Alberto en Wavre-Sainte Catherine: “Me encontraba en las trincheras combatiendo a pocos metros de un cuñado mío. Estábamos separados por un oficial alto, delgado, sin armas, taciturno. De pronto estalló junto a nosotros un proyectil. Mi cuñado fue herido por un casco en una pierna y cayó. Entonces el oficial alto y taciturno, empuñó el fusil del caído y comenzó a disparar mirando con fría calma, hasta que agotada la carga abandonó la trinchera con tranquilidad espartana. La calma admirable de aquel oficial me sorprendió extraordinariamente. Le contemplé fijamente y me contestó con la misma mirada fría. Era el rey Alberto”.

Ese relato de un oscuro belga es de una precisión punzante y desgarradora. Así era el rey Alberto en el combate. No se ligaba al Ejército en forma empenachada y declamatoria. No se hacía inaccesible y lejano. No se ocultaba en un foso blindado—como hacía el Kaiser Guillermo en Spa—sino que se hundía en la trinchera y en el reducto y mientras estallaban treinta granadas cada minuto sobre el campo atrincherado de Amberes, él, en la trinchera inmortal de Wavre-Sainte Catherine, impávido, con una mirada fría, tomaba el fusil del soldado caído junto a él, para seguir disparando.

III

Días después. Las huestes de Von Emmich se han abierto paso hacia la más bella ciudad de Bélgica. Comienza el éxodo desgarrador hacia Holanda, hacia Inglaterra.  Todo cede al empuje inmisericorde de la metralla alemana. Amberes, corre una inmensa pira, arde por los 4 costados. Un zeppelin deja caer sus bombas en los depósitos de petróleo y el incendio arroja sus llamas bruscas por todas partes. 

Súbitamente el horror del sitio cobra nuevas entonaciones siniestras. El edificio de   las Monjas Ursulinas es arrasado. Las bombas lo pulverizan y sobre los escombros, el fuego lo convierte todo en un espantoso brasero. Las dulces beguinas de tocas blancas   toman entre sus brazos maternales las educandas. Hay trescientas y la más pequeña tiene tres  años. Allá quedó su camita blanca colgada en una pared como un nido abandonado. La metralla lo desgarra todo. Un hombre alto, taciturno, serio y grave, avanza entre las llamas, entre los escombros, entre los regueros de la metralla. Llega junto a la blanca camita y toma a la criatura que llora entre sus brazos nervudos y musculosos.

Era el rey Alberto. Y cuando entregó aquella carga sagrada, aquella infancia tierna en el regazo gimiente de una monja, ese día en los ojos azules del Rey Caballero, había una niebla de lágrimas.

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