EL RENCOR

Written by Rev. Martin Añorga

11 de agosto de 2021

El diccionario define la palabra “rencor” de forma bien simple: “resentimiento arraigado y persistente”. El origen del vocablo es interesante. Proviene del latِn ”rancer”, voz que se refiere a algo rancio, que huele mal, que  está descompuesto porque no se usó cuando correspondía. En ese aspecto se hace evidente que el rencoroso es una persona “rancia”, cuyo odio la tiene descompuesta.

 Difícilmente  una persona acepta ser rencorosa, aunque por dentro la esté matando la angustia de una intensa tormenta. En el libro Levítico de La Biblia hallamos estas palabras: “no aborrecerás a tu hermano en tu corazón … no te vengarás ni guardarás rencor”. La sugerencia es que el rencor se asocia a la actitud del odio, la que a menudo, por ser reprimida, llena de amargura el corazón. El rencor es mal de adentro, que daña por dentro. .La persona rencorosa puede reír, dar la impresión de benévola; pero en lo íntimo de su ser arrastra una cadena dura de llevar. El rencor es como tomar veneno esperando que la otra persona muera.

 El profeta Amós denuncia a Edom porque “perpetuamente ha guardado el rencor”. Es que otros sentimientos negativos como el odio o la venganza se atenúan cuando se expresan. Uno hace saber a otra persona que la odia, y esa confesión termina una relación y libera de tensiones a los implicados. De alguna manera alguien se venga de su adversario, y ese hecho satisface la necesidad de que el aborrecimiento se abra paso y salga del rincón en el que se alojaba. Pero el rencor no tiene armas, carece de voz, no se inflama como llama que queme a otro, sino que se gesta dentro de la persona, y crece como el  árbol malo de La Biblia, sin que podamos eliminarlo.

El  rencor, sin embargo, como todo veneno, tiene su antídoto. Como hemos dicho, no lo borra ni el odio, ni la venganza ni los deseos insanos. Recientemente alguien me decía que el sentimiento de rencor que albergaba contra una determinada persona le impedía disfrutar de su verdadera vida cristiana. “Quisiera que le pasara algo malo a esa persona, que se enferme o que se muera, que  se quede inválida o que se pierda sin que nadie sepa jamás donde encontrarla”, confesaba, añadiendo que “el rencor es cruel conmigo misma”. Es que el odio golpea, la venganza se ejerce, el aborrecimiento se programa, la inquina se manifiesta; pero el rencor es lágrima que se llora por dentro, angustia impotente que destroza el alma, penitencia que  nos imponemos cuando lo que desearíamos es castigar a la persona que despreciamos. 

San Pablo nos dice en su famosa carta a los Corintios, que “el amor no guarda rencor”. La persona que ama no le tiende una mano al odio ni le abre brazos a la venganza; pero ¿cómo puede uno aferrarse al amor de tal manera que se le destierre del corazón la angustia del rencor? El escritor sagrado afirma que “el amor es sufrido, es benigno, todo lo sufre, todo lo  cree, todo lo espera, todo lo soporta”. ¿Pudiéramos decir, pues, que el rencor es el apasionamiento maligno que ocupa el espacio vacío de un amor que se ausenta?

En Medea, una obra del estilo literario llamado “tragedia”, del gran escritor francés Pierre Corneille, aparece una expresión que considero lapidaria: “no hay nada imposible para quien sabe amar”.  El amor, en efecto, es el poder con el que Dios nos equipa para que desalojemos del alma las turbiedades y del corazón las mezquindades. La pregunta que cabe, sin embargo, es cómo podemos acogernos a ese poder para derrumbar las murallas que el rencor ha levantado en la intimidad de nuestro ser.

Hay pasos a seguir, y ahora hablamos basados en  nuestra larga experiencia pastoral y en incidentes determinados de nuestra propia vida.

Lo primero es acudir al perdón, y no hablo del que extendemos a otra persona, sino del que aplicamos a nosotros mismos. Tenemos que demandar de Dios la gracia de su perdón, pero al mismo tiempo tenemos que salpicarnos de esa gracia para saber perdonarnos a nosotros mismos. ¿Qué sentido tiene que pongamos en las manos de Dios la responsabilidad total de un perdón por una falta no cometida por El, sino por nosotros? Es muy fácil depender del perdón  de Dios para pregonarle la suciedad de  la culpa ajena; pero eso no nos exime de la responsabilidad que tenemos nosotros de reconocer nuestra propia culpabilidad.

A menudo el rencor nos hace culpables ante la persona contra la que tenemos los más dolosos pensamientos. El corazón es una jaula sin cerradura ni llave que solamente puede abrirse desde adentro. Vaciemos el corazón de oprobios y permitamos que el amor se deslice en el espacio vacío, limpiándolo, perfumándolo y haciéndolo florecer.

El segundo paso sería el de la reconciliación, pero lamentablemente unir dos corazones separados es más difícil que unir la altura del cielo con el abismo más profundo de la tierra; pero cuando el amor ha recuperado su trono, lo difícil nunca se hace imposible.

¿Qué es, en efecto, la reconciliación? Se trata de un vocablo, como muchos en  nuestra lengua cuyos orígenes hay que buscarlos en el idioma griego. El concepto etimológico de la palabra es el de “cambiar la hostilidad por la amistad”. Es volver la mirada al corazón y hacer un inventario del mismo, desterrando todos los sentimientos de antagonismo, rebeldía y odio, e instaurando el del amor.

Ched Myers, un teólogo menonita, creador en California de un movimiento por la paz entre los cristianos, escribió hace treinta años este pensamiento que nos hace pensar: “la reconciliación con nuestros enemigos es una precondición  para que podamos disfrutar de nuestra reconciliación con Dios”.. La definición bíblica de Dios, la más perfecta de todas, es ésta: “Dios es amor”. Procede, pues, la pregunta inevitable: “si creemos que Dios es amor, ¿cómo podremos adorarle viviendo desprovistos de amor?

Santa Teresa de Jesús respondió a la pregunta “¿qué es amor?” con estos versos:

“Si en medio de adversidades

persevera el corazón

con serenidad, con gozo

y con paz, esto es amor”.

No seamos víctimas de la angustia del rencor, sentimiento corrompido y rancio que nos envenena por dentro. Descubramos que hay un poder superior: el del amor. El  rencoroso es amargado, infeliz y angustiado. ¡Solamente es feliz el que ama…!

Probablemente sintamos rencor por alguien de quien nos separa la distancia y con quien no podamos intentar la conquista de una reconciliación. En una situación como ésta es casi seguro que la persona contra la que mantenemos un sentimiento rencoroso ni lo sepa, o lo haya olvidado, o no le interese. Tal vez haya muerto, y odiar a los muertos es desperdiciar nuestra estabilidad emocional.

¿Cómo limpiarnos de un rencor cuyo objetivo sea confuso, perdido en la distancia y alojado en nuestro inconsciente? Simplemente intentar el camino del olvido y buscar una apropiada substitución. Un enemigo que ya no puede dañarnos, no merece el regalo de nuestra indignación. Una relación de amor que se haya disuelto de manera desagradable e intrigante no vale una lágrima de nuestros ojos ni una mancha en nuestro corazón. Hay que aprender a desprenderse de las cargas del pasado que interceptan la felicidad de nuestro cotidiano vivir. La vida es el futuro, es el mañana, y es precisamente hoy cuando debemos construir el camino que espera por nuestros pasos.

Luis de Góngora escribió unos versos que vienen al caso:

¡Qué impertinente clausura

y qué impropiamente error,

fabricar de ajenos yerros

las rejas de tu prisión!.

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