EL RENCOR

22 de septiembre de 2026

El diccionario define la palabra “rencor” de una forma bien simple: “resentimiento arraigado y persistente”. El origen del vocablo es interesante. Proviene del latín “rancor”, voz relacionada con algo rancio, que huele mal, que está descompuesto porque no se utilizó cuando correspondía. En ese sentido, resulta evidente que la persona rencorosa es una persona “rancia”, cuyo odio termina por descomponerla interiormente.

Difícilmente una persona acepta ser rencorosa, aunque por dentro la esté consumiendo la angustia de una intensa tormenta. En el libro de Levítico, en la Biblia, encontramos estas palabras: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón… no te vengarás ni guardarás rencor”.

La sugerencia es clara: el rencor está asociado al odio, que a menudo, por ser reprimido, llena de amargura el corazón. El rencor es un mal interior que daña desde adentro. La persona rencorosa puede reír y dar la impresión de ser benévola, pero en lo íntimo de su ser arrastra una pesada cadena. El rencor es como tomar veneno esperando que la otra persona muera.

El profeta Amós denuncia a Edom porque “perpetuamente ha guardado el rencor”. Y es que otros sentimientos negativos, como el odio o la venganza, pueden atenuarse cuando se expresan. Uno puede hacer saber a otra persona que la odia, y esa confesión termina una relación y libera de tensiones a los implicados. De alguna manera, alguien se venga de su adversario, y ese hecho satisface la necesidad de que el aborrecimiento salga del rincón donde se había alojado.

Pero el rencor no tiene armas, carece de voz, no se inflama como una llama que queme a otro. Se gesta dentro de la persona y crece como el árbol malo de la Biblia, sin que encontremos fácilmente la manera de eliminarlo.

Sin embargo, el rencor, como todo veneno, tiene su antídoto. No lo borran el odio, la venganza ni los deseos insanos.

Recientemente, alguien me decía que el rencor que albergaba contra determinada persona le impedía disfrutar de una verdadera vida cristiana.

“Quisiera que le pasara algo malo a esa persona, que se enferme o que se muera, que se quede inválida o que se pierda sin que nadie sepa jamás dónde encontrarla”, confesaba. Y añadía: “El rencor es cruel conmigo misma”.

Es que el odio golpea, la venganza se ejerce, el aborrecimiento se alimenta y la inquina se manifiesta; pero el rencor es una lágrima que se llora por dentro, una angustia impotente que destroza el alma, una penitencia que nos imponemos cuando lo que desearíamos es castigar a la persona que despreciamos.

San Pablo nos dice, en su famosa carta a los Corintios, que “el amor no guarda rencor”. La persona que ama no le tiende una mano al odio ni abre los brazos a la venganza. Pero ¿cómo puede uno aferrarse al amor de tal manera que logre desterrar del corazón la angustia del rencor?

El escritor sagrado afirma que “el amor es sufrido, es benigno, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. ¿Pudiéramos decir, entonces, que el rencor es el apasionamiento maligno que ocupa el espacio vacío dejado por un amor que se ausenta?

En Medea, obra perteneciente al género literario de la tragedia, del gran escritor francés Pierre Corneille, aparece una expresión que considero lapidaria: “No hay nada imposible para quien sabe amar”.

El amor es, en efecto, el poder con el que Dios nos equipa para desalojar del alma las turbiedades y del corazón las mezquindades. La pregunta que cabe, sin embargo, es cómo podemos acogernos a ese poder para derrumbar las murallas que el rencor ha levantado en la intimidad de nuestro ser.

Hay pasos que seguir, y ahora hablamos basados en nuestra larga experiencia pastoral y en determinados incidentes de nuestra propia vida.

• Lo primero es acudir al perdón. Y no hablo solamente del que extendemos a otra persona, sino también del que debemos concedernos a nosotros mismos. Tenemos que pedir a Dios la gracia de su perdón, pero, al mismo tiempo, debemos dejarnos impregnar por esa gracia para aprender a perdonarnos.

¿Qué sentido tiene poner en las manos de Dios la responsabilidad total de un perdón por una falta no cometida por Él, sino por nosotros? Es muy fácil depender del perdón de Dios para señalar la culpa ajena, pero eso no nos exime de la responsabilidad de reconocer nuestra propia culpabilidad.

A menudo, el rencor nos hace culpables ante la persona contra la que albergamos los más dolorosos pensamientos. El corazón es una jaula sin cerradura ni llave que solamente puede abrirse desde adentro. Vaciemos, pues, el corazón de oprobios y permitamos que el amor se deslice en ese espacio vacío, lo limpie, lo perfume y lo haga florecer.

• El segundo paso es la reconciliación. Lamentablemente, unir dos corazones separados puede resultar más difícil que unir la altura del cielo con el abismo más profundo de la tierra. Pero cuando el amor ha recuperado su trono, lo difícil nunca se hace imposible.

¿Qué es, en efecto, la reconciliación? Se trata de un vocablo cuyo origen se encuentra en el griego y cuyo concepto etimológico es el de “cambiar la hostilidad por la amistad”. Es volver la mirada hacia nuestro propio corazón y hacer un inventario de él, desterrando todos los sentimientos de antagonismo, rebeldía y odio para instaurar el amor.

Ched Myers, teólogo menonita y creador en California de un movimiento por la paz entre los cristianos, escribió hace treinta años un pensamiento que nos hace reflexionar: “La reconciliación con nuestros enemigos es una precondición para que podamos disfrutar de nuestra reconciliación con Dios”.

La definición bíblica de Dios, quizá la más perfecta de todas, es esta: “Dios es amor”. Surge, pues, una pregunta inevitable: si creemos que Dios es amor, ¿cómo podremos adorarlo viviendo desprovistos de amor?

Santa Teresa de Jesús respondió a la pregunta “¿Qué es amor?” con estos versos:

“Si en medio de adversidades

persevera el corazón

con serenidad, con gozo

y con paz, esto es amor”.

No seamos víctimas de la angustia del rencor, ese sentimiento corrompido y rancio que nos envenena por dentro. Descubramos que existe un poder superior: el del amor.

El rencoroso es amargado, infeliz y angustiado. ¡Solamente es feliz quien ama!

Probablemente sintamos rencor por alguien de quien nos separa la distancia y con quien ya no podamos intentar una reconciliación. En una situación como esta, es casi seguro que la persona contra la que mantenemos ese sentimiento ni siquiera lo sepa, lo haya olvidado o simplemente no le interese. Tal vez haya muerto, y odiar a los muertos es desperdiciar nuestra estabilidad emocional.

¿Cómo limpiarnos de un rencor cuyo objetivo es confuso, perdido en la distancia y alojado en nuestro inconsciente?

Simplemente, intentando el camino del olvido y buscando una apropiada sustitución. Un enemigo que ya no puede dañarnos no merece el regalo de nuestra indignación. Una relación de amor que se haya disuelto de manera desagradable e intrigante no vale una lágrima de nuestros ojos ni una mancha en nuestro corazón.

Hay que aprender a desprenderse de las cargas del pasado que interceptan la felicidad de nuestro diario vivir. La vida es futuro, es mañana, y es precisamente hoy cuando debemos construir el camino que espera nuestros pasos.

Luis de Góngora escribió unos versos que vienen al caso:

“¡Qué impertinente clausura

y qué impropiamente error,

fabricar de ajenos yerros

las rejas de tu prisión!”

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