El relato histórico por entrega: El Clandestinaje en Cuba

Written by Enrique Ros*

2 de junio de 2021

Un estudio minucioso de la lucha clandestina cubana, a cargo del historiador Enrique Ros (†)

Una obra que reconoce la valentía, entrega y sacrificio del pueblo cubano en la batalla por su libertad

1962: Año de Acciones comandos. Arrestos y lucha clandestina (VI de XI)

“Finalmente, en la madrugada recibí una llamada de Juan Manuel Izquierdo, Segundo Jefe de Acción y Sabotaje, para poner en mi conocimiento que, horas antes, ya hechos todos los preparativos para realizar el atentado, Antonio Veciana le pidió que lo transportara en su automóvil a un sitio cercano a la Playa de Guanabo. Al llegar al lugar, una lancha lo estaba esperando. En ella embarcó hacia los Estados Unidos. Juan Manuel me explicó que una vez que Veciana se fue, él trató de regresar a La Habana de inmediato para ponernos en conocimiento de estos hechos, pero que no pudo hacerlo porque por alguna razón de otro tipo, se estaban efectuando registros en el área de Guanabo. La carretera estaba fuertemente custodiada, lo que le obligó a permanecer escondido en una casa abandonada de la playa Uva de Caleta hasta que pudo abandonar el lugar. Veciana se había marchado sin previo aviso. Esa noticia me desplomó moralmente. Pocos días después de estos acontecimientos, yo caería en manos de la Seguridad”.

Surge una nueva discrepancia en la narración de estos dos militantes. Veciana nos dice que, antes de salir de Cuba trató de comunicarse con Reinol:

«El día anterior al atentado, Reinol se va de La Habana, creo que para Caibarién (ya su esposa había salido del país). Traté de comunicarme con él pero no fue posible. Seguridad del Estado ya sabía que «Víctor”, mi nombre de guerra, era Antonio Veciana. Yo estaba escondido en una casa cerca de la iglesia de Reina. Ya Orlando Castro, persona de mi absoluta confianza, con quien me reunía con frecuencia, había caído preso. Me iba a reunir con él ese día, pero siempre yo llamaba antes por teléfono para confirmar que todo estaba en orden. La telefonista me contestó con voz muy nerviosa: «Orlando no puede atenderte». Me dí cuenta que algo pasaba. Quise informarle a Reinol pero él no estaba en la ciudad. Fue cuando contacté a Izquierdo y le digo que tengo que salir del país».

El autor, Enrique Ros, no comprendía que Reinol culpara a Veciana del fracaso de aquel atentado si los bazookeros (Bernardo Paradela, Luis Cacicedo y Raúl Ventas del Marzo)no dispararon.

Era a ellos, los bazuqueros, a quienes correspondía disparar, independientemente de que Veciana estuviese o no en La Habana. Es más, la ausencia de Veciana era –en la mañana del 5 de octubre– desconocida por dichos militantes e, inclusive, por el propio Reinol. Por eso se hace difícil responsabilizarlo de la inacción de los que se encontraban en el apartamento 8-A de Misiones.

María de los Ángeles Habach, valiosa militante del MRP, que, sin quebrarse, cumplió 10 años de cárcel, tiene el más alto concepto de ambos dirigentes:

«Reinol era para mí como un hermano. Lo sigue siendo», le dice al autor en una entrevista del 3 de marzo de 1993. «Veciana era una persona valiente, decidida; un gran luchador. Hubiera sido ‘un paredón seguro», nos lo afirma en la misma entrevista.

INTERROGATORIOS EN LAS CABAÑITAS. EL PUNTO X

Al Reinol González ser arrestado es llevado al edificio de la Seguridad del Estado en Quinta y Catorce y encerrado en la Galera 3 que abrigaba a más de 20 detenidos prácticamente echados unos sobre otros. En horas de la madrugada un soldado lo condujo al primer interrogatorio y un oficial lo esperaba de pie. Se establece un breve diálogo. Reinol se identifica como Antonio González, mecánico de radio. El oficial, Alfonso, sabe que está mintiendo. Lo regresa a Galera 3. En la madrugada lo despiertan para informarle que va a ser trasladado. Lo enviarían al «Punto X». bautizado como «Las Cabañitas». En un camión completamente cerrado lo trasladan dando vueltas para desorientarlo. Cuando al fin la camioneta se detuvo «dos milicianos me cubrieron la cabeza con un gorro apestoso, ennegrecido por el uso para trasladarme a otra camioneta…la camioneta final-mente se detuvo. Habíamos llegado al Punto X».

Pasan dos días, lo mantienen completamente desnudo. Le ponen nuevamente el gorro sucio y unos milicianos, tomándolo del brazo lo guían por el pasillo, corredores y escaleras. Le quitan la capucha, tiene frente a él al Capitán Alfonso. Vuelve a afirmar que se llama Antonio González, de profesión mecánico de radio. Poco después le tiran un pantalón y una camisa. «Tome! Póngase esto de inmediato que tengo una buena sorpresa para usted».

Cuando termina de vestirse le dice:

«Por favor, piénselo bien, por última vez, sólo quiero un gesto de su parte. ¿Cuál es su nombre? ¿Cómo se llama usted?».

Vuelve a responderle que se llama Antonio González.

Dirigiéndose a uno de los milicianos que estaban de guardia en el corredor Alfonso grita: «Traigan a la joven».

Dalia Jorge –nos dice Reinol– hizo su entrada a la habitación mostrando su acostumbrada sonrisa y actitud modosa…Alfonso, con gestos y atenciones ridículas, le acercó una butaca y le ofreció un cigarrillo que ella encendió displicentemente, con mirada distraída como si nada estuviera ocurriendo.

«Dalia ¿conoces a esta persona que tienes delante de tí?”.

«Sí, como no, lo conozco muy bien, se llama Reinol González. Es el jefe del MRP. Él ha tenido a su cargo la dirección de los últimos sabotajes realizados, entre ellos, la quema de «El Encanto». y la «Operación Liborio». en la que fui detenida».

«Reinol, si no cooperamos la vamos a pasar muy mal. De esta forma saldremos mejor, te lo aseguro. No queda otro remedio. Hay que decirlo todo, aunque ellos ya lo saben todo. Te preguntan, pero ya lo saben. No seas bobo. Mira que ya estamos perdidos».

Cuando se retiró, los guardias le quitaron la ropa de nuevo y lo devuelven, desnudo, a la improvisada celda del Punto X.

Continuaba el proceso de deshumanización del detenido.

Le faltaba conocer lo peor. En el Castillo del Príncipe, Dalia había identificado, por sus nombres y cargos, a un grupo numeroso de militantes del MRP, en su mayoría pertenecientes a la Sección Obrera de la cual ella también había formado parte.

Lo confirma María de los Ángeles Habach:

«Dalia era una persona muy hábil. Delató a mucha gente. Como ella conocía a todos dentro del movimiento. Se dedicó a mirar por el espejo de una sola cara e identificar a cada uno de los nuestros. Después lo hará personalmente. Fue ella quien denunció a Roberto Torres diciendo en el juicio que no se llamaba Daniel (que era su nombre de guerra) sino Roberto Torres y que era mi novio». afirma Mary Habach en entrevista con el autor.

(Continuará la semana próxima)

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