El regalo de Navidad

Written by Libre Online

19 de diciembre de 2022

Por Etienne Rey (1930)

He aquí un cuento que tiene todo el perfume de París. Cuentos como este tan finos y al mismo tiempo tan pícaros, tan delicados del lenguaje y al mismo tiempo tan llenos de intención, solo se escriben en la “cara Lutecia” de Darío y en la lengua exquisita de Moliere.

Aquella mañana muy temprano, la linda señora de Lafarge abrió suavemente la puerta de su cuarto, emocionada y roja de alegría. La víspera por la noche, al acostarse, había puesto uno de sus zapatos al pie del radiador…¿No era noche de Navidad y no había conservado siempre esa costumbre desde niña? Había seguido siendo una niña mimada y como su marido ganaba mucho dinero, el padre Noel se mostraba todos los años muy generoso.

Pero, esta vez que estaba más sonriente, más impaciente que nunca… ¿ El placer de la sorpresa? No… Ella sabía lo que iba a encontrar en sus zapatos… Un collar, un maravilloso collar de perlas. Su marido no le había dicho nada.  ¡Pero era tan hábil, tan perspicaz, la linda señora de Lafarge, Y se había arreglado de tal manera para obligarlo a hacerle ese regalo…!

El zapato estaba allí prometedor y discreto. Ella se inclinó alargó la mano; después alzó muy asombrada. Tenía entre los dedos un pequeño ramillete de violetas ¡No era posible! ¿Sería una burla? ¿Estaría el collar en el fondo del zapato? No, no estaba; no había nada más. Una angustia rápida frunció el rostro de la joven que luego se puso a sonreír.

-Soy una tonta- dijo entonces. Esto debe ser una broma de Gastón.

Y Denisa entró sobre la punta de los pies en el cuarto de su marido, se deslizó prestamente la cama a su lado y lo miró con cierto enfado luego le dijo:

– Me ha agradado mucho tu ramillete de violetas, querido mío – es muy bonito.

Tendió la mano después con un gesto irresistible de mendigo y agregó.

Dame tu mano…

Y sus ojos brillaban ya de codicia. Seguramente, el collar iba a surgir de debajo de la almohada.

Pero el señor Lafarge adoptó un aire grave y contestó:

Este año tienes que perdonarme, mi querida Denisa… No he podido ofrecerte un regalo digno de ti; mis últimos negocios han sido desastrosos; por lo tanto, es preciso que te conformes por ahora con esas violetas.

Denisa hizo una mueca de incredulidad,  y volvió a extender la mano.

-No me mortifiques: dame el collar.

– Te aseguro que es exacto lo que acabo de decir.

¡Ah ya comprendo! Quieres que te pague por adelantado, egoísta…

Y la linda señora la Lafarge se puso tierna, cariñosa y abrazó y besó amorosamente a su marido. Las mujeres saben muy bien su oficio en estos casos.

Pero todo ese trabajo fue inútil… Llegó  la noche y Denisa no tenía todavía su collar. Estaba nerviosa, había llorado de rabia. Sin embargo, esperaba todavía.

¡Qué dolor! A la mañana siguiente tuvo que convencerse… En toda la casa no había nada que se pareciera a una perla.

Su marido y ella estaban comiendo esa noche en casa de unos amigos. Durante la comida, el vecino de mesa de Denisa le contaba una de esas historias parisienses que todo el mundo conoce.  Cuando de pronto se dio cuenta que ella no lo escuchaba. La joven señora de Lafarge miraba fijamente a una dama alta trigueña y delgada, bastante bonita,  que quedaba frente a ella… La había encontrado dos o tres veces en sociedad; era una divorciada de hacía poco tiempo, que llevaba una existencia muy discreta. Pero, ¿por qué Denisa no le quitaba los ojos de arriba, unos ojos cada vez más inquietos?

Inmediatamente después de la comida Denisa se acercó a la señora Virel,  le dijo unas palabras,  y se puso pálida. ¡No había duda! Ella conocía la gruesa perla del medio. El collar que había esperado tanto como el collar que debía haber estado en sus zapatos, se hallaba en el cuello de la señora Virel.

Las perlas tienen sus aventuras; caminan raras veces en línea recta: aman los viajes en zig zag y lo imprevisto. Su destino no es nunca sencillo.

La linda y joven señora de Lafarge tenía un enamorado. Esto no tiene nada de extraordinario. Una parisiense sobre todo cuando es muy bonita como lo era Denisa puede tener muchos enamorados. Y el enamorado de Denisa era un hombre rico, tan rico como el señor Lafarge.

Denisa no era mujer ligera, pero no admitía el amor sin fortuna. Por eso le agradaba Jorge su enamorado.

Sucedió que después de unas felices operaciones bursátiles, Jorge tuvo la idea de regalarle a su amada un collar de perlas. Si los pequeños regalos mantienen la amistad los grandes encienden el amor, pero existía un obstáculo: el marido. ¿Cómo lograr que Denisa aceptara el regalo sin comprometerla?

No tengo inconveniente en aceptar el collar, le dijo Denisa a Jorge. – Ya buscaré la manera de poder usarlo.

Para las estratagemas, es indiscutible que las mujeres son más hábiles que los hombres.

Un día, el señor Lafarge recibió la visita de una señora que era amiga de Denisa y que él también conoció un poco.

-Vengo a proponerle un negocio- dijo la señora- he querido dirigirme a usted antes que a nadie. Una de mis amigas que vive en provincia tiene una imperiosa necesidad de dinero. Es un caso grave y urgente; necesita dinero hoy mismo. Ella me encargó que vendiera este collar; pide 80,000 francos. Para mí, vale lo menos el doble. Pensé que usted podía interesarle. Tiene que contestarme esta tarde.

El señor Lafarge, un poco sorprendido y algo desconfiado rehusó al principio. Pero la señora insistió; las perlas parecían buenas. Entonces el señor Lafarge llevó el collar a casa de su joyero, el cual estimó que valía más de 100,000 francos. De pronto, le pareció extraño el asunto ¡Pero las mujeres son tan locas! En realidad no debía vacilar, la ocasión era magnífica.

Al día siguiente por la mañana la señora le avisó a Danisa que la combinación había tenido éxito y que su marido había comprado el collar al mismo tiempo, le entregó los 80,000 francos. La linda señora de Lafarge saltó de alegría.

– ¡Qué inteligente eres! – se dijo Denisa  a sí misma, con ingenua admiración. – Mañana o pasado, mi marido va a darme la sorpresa de un valioso collar… De un collar que yo misma le he vendido, sin que él lo sepa. ¡Doble ganancia para mí!

¡Imprudente muchacha! hubiera temblado si hubiera podido armarse idea de lo que pasaba en ese momento, en el espíritu de su marido.

Rindámosle justicia al excelente señor Lafarge. En posesión de un collar de manera imprevista, pensó primeramente regalárselo a su mujer: para ella precisamente lo había comprado; imaginas su alegría, su risa feliz y pueril después su pensamiento se desvió. Evocó la imagen de la señora Virel su amante.  Su amor con esta encantadora dama era un secreto ignorado de todos, una conquista halagadora.  La señora Virel era una mujer orgullosa y altanera, y él quería deslumbrarla con su generosidad.

El señor Lafarge tenía el collar entre las manos, lo miraba con ojos perplejos, cuando un hombre que intenta hacer un regalo, vacila entre su esposa y su amante, podemos estar seguros que esta dama obtendrá.

Y he aquí por qué unos días después, Denisa con gran sorpresa, pudo ver su collar sobre los hombros de la señora Virel.

La indignación y la rabia de Denisa no tuvieron límites… Las cóleras de las mujeres bonitas demasiado mimadas son temibles ¡pobre señora! ¡Qué situación la suya! Y él no comprendía nada, pues su mujer, naturalmente, no podía decirle la verdad… La traición a la querida. Esto no significaba nada, ¡Pero las perlas, las perlas que eran un regalo de Jorge y que habían ido a parar al cuello de una rival!…

No. Denisa no podía quedarse tranquila ante esa derrota ignominiosa… Era preciso que, de cualquier modo, el collar volviera a sus manos. Sí ¿Pero cómo? Los más locos proyectos daban vueltas en su cabeza. Al fin una mañana reapareció la sonrisa en sus labios.

Después del almuerzo, miró a su marido con aire irónico y le dijo con acento negligente: 

– ¿No has recibido todavía la visita de la policía?

El señor Lafarge se asustó: 

-¿Quién? ¿Qué dices tú? ¿Por qué? 

– ¡Vamos! ¿Por qué te dedicas a comprar perlas robadas?

-¿Yo?

-No te hagas el inocente. ¿No le has ofrecido últimamente un collar de perlas a tu amante la señora Virel? 

El señor Lafarge se puso a balbucear.

– No… no… Todo eso es mentira. 

-No trates de ocultar la verdad, dijo Denisa. 

– Estoy enterada de todo hace tiempo. Además, te advierto que me es igual. Solo que has sido muy imprudente… Y te vas a ver comprometido en un asunto bastante sucio. Ese collar fue robado. 

– Yo no tengo la culpa.

– Eso te imaginas tú… Cuando un hombre paga 80,000 francos por un collar que vale más de 200,000 no deja de ser un cómplice en el delito.

– Pero… ¿cómo sabes tú esa historia?

La noticia me la adelantó Maurette , el secretario del prefecto de policía. Tú sabes que ese muchacho es muy atento conmigo. Él ha querido prevenirme, antes que el escándalo estalle. Como es lógico pensó antes que nada que yo tenía el collar. Puesto que tú lo compraste era de suponer que sería para mí…

El señor Lafarge bajó el cabeza muy apenado. Luego preguntó humildemente.

– ¿Qué será necesario hacer?

– Denisa se echó a reír y contestó.

-Arréglate como puedas eso no me importa a mí.

El señor Lafarge era un hombre miedoso que huía de estos enredos.

Me das lástima – le dijo la astuta mujercita – No mereces que yo me moleste, pero voy a tratar de arreglar las cosas.  Iré a ver al secretario del prefecto.

¡Qué buena eres Denisa!

Pero iré con una condición necesito el collar.

¡Ah!

¡Caramba! Piensa que tienes que devolverlo.  Busca la manera de quitárselo a esa señora.  Cuéntale lo que quieras,  eso es cosa tuya.  Pero antes de dos horas es necesario que el collar esté en mis manos.  De lo contrario no cuentes conmigo.

– Bien.

Una hora después,  el señor Lafarge contrariado y tembloroso quién sabe a causa de qué escena con su amante regresaba con el collar.

La linda señora Lafarge que esperaba a su marido con ansiedad se apoderó de las perlas con aire de triunfo.

– Yo voy contigo a la prefectura dijo el señor Lafarge.

No… no. Vale más que no te vean. 

Y por la tarde al volver a su casa Denisa le dijo a su marido.

 Tranquilízate ya.  Todo está arreglado.

Pero dos días después, cuál no sería la estupefacción del señor Lafarge cuando vio en una comida a la que fueron invitados, el famoso collar en el cuello de su mujer. 

– ¡Cómo! ¿Estás loca? le dijo cuando entraron en su casa – ¿ No has devuelto el collar?

Denisa se sonrió.

-Fue a mí querido mío,  a quién le robaste las perlas. ¿No era tu deber regalármelas? yo no he hecho otra cosa que recuperar lo que me pertenecía. 

– Oh!

– En cuanto a la señora Virel, envíale un ramillete de violetas. 

Y de esa manera, la linda señora Lafarge no se quedó ese año sin su regalo de Navidad.

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