EL Picador

Written by Libre Online

9 de mayo de 2023

por ELADIO SECADES (1957)

En la media vida que nosotros vivimos el picador es un parásito con trascendencia de símbolo. Símbolo de una haraganería de la que se hace gala. El picador cubano es un tipo muy curioso, que considera que constituye un triunfo el vivir sin trabajar. Y que, sin saberlo es limosnero. Diferenciándose del verdadero limosnero, en que este apela a la piedad, mientras el picador apela al cuento criollo. Que puede oscilar entre la madre enferma y lo mala que se ha puesto la calle. Todavía quedan en el mundo ingenuos que creen que la picada es la funesta consecuencia de un país de perpetua crisis económica. 

La picada es el cambio de una mentira por una moneda. Igual que la literatura. Y la quiromancia. La manicura es la palmista analfabeta que nos está mirando largo rato la mano sin poder leerla. Pero que cuando sirve a otra mujer, entonces lee en las rayas de la mano de la clienta la vida de los demás. Y se la cuenta. La manicura asegura la propina con el fino embuste de que tenemos los dedos muy delicados. Que es una rama de la mentira como sistema de comercio. 

El buen picador, en suma, es un forjador de argumentos siempre inéditos. Los que nos piden dinero prestado están ensayando la picada de más difícil evasión. Que cuando prestamos perdemos el dinero y el amigo, es el cuento creado por los tacaños para hacer ese gran negocio que es perder nada más que al amigo. La amistad en la mayoría de los casos es el proceso embrionario de la enemistad.

Podría intentarse la clasificación por escalas de los picadores. El picador vale lo que suele pedir. Por eso pide tan poco. Los que mejor suelen halagarnos son aquellos que nos hacen el alto honor de picarnos sólo a nosotros. Porque no quieren darles a los demás el gusto de que conozcan su situación difícil. Y nos conceden la exclusiva de sus penas. 

Y la responsabilidad de resolverlas. Otros picadores son más hábiles, más misteriosos y también más prácticos. Operan por sorpresa y en la agitación de un espectáculo público, o en el movimiento de un café, se nos acercan, nos sujetan por un brazo y después de mirar a un lado y a otro, nos dicen sin permitirnos reaccionar:

—Déjame una tapa.

Quizás el más viejo de todos los sistemas de picar sea el de la madre tendida. Todavía más antiguo que el hijo sin leche. Y el de la receta para la botica. El que no se impresione ante la idea de una madre tendida, o de un crío con hambre, habrá cubierto con notas sobresalientes el examen de ingreso en la rica industria de dar dinero al garrote. El tiempo va matando algunas costumbres y, en justo cambio, hace nacer otras. Así en la fisonomía del picador se han operado alteraciones ventajosas, justificadas acaso por la malicia creciente de nuestra época. 

Ya muy pocas veces se pide para el velorio de la madre viva. Velorio en Cuba es la oportunidad que aprovecha la familia de la casa de al lado para demostrar que son buenos vecinos prestándonos las sillas. El abuso de ese truco fúnebre explica que los picadores nacionales hayan renunciado a él. Eso acontecía en otras épocas. Cuando las vidrieras de tabacos y cigarros, además de para vender cigarros y tabacos, servían para guardarle la capa al policía de la posta. 

La picada a domicilio la han inventado esas señoras que con un paquete bajo la axila visitan a las amigas para decirles que están rifando un «cortesito» de vestido. Cuando inicia una rifa, el criollo enumera con optimismo los muchos amigos que cree tener. Y comprueba los pocos amigos que tiene cuando la termina. Le pasa lo mismo que a los candidatos sin dinero con los votos preferenciales. La rifa es el chequeo de la amistad. Hay un compatriota que cuando se ve en aprietos económicos, cree un gesto heroico rifar el reloj pulsera. O el sortijón con la piedra del mes de nacimiento. La rifa es la picada numerada. Es la picada del uno al cien.

Hay un picador con alma de murciélago y condiciones excepcionales para desempeñar plaza de sereno. Es el picador de medianoche. El que implora el completo para la cama. O pide el amanezco. De tanto decirles a los demás que no tiene donde dormir, efectivamente ha llegado a adquirir cara de sueño. 

La mayor paradoja que encontramos en la vida es que uno tiene cara de sueño cuando acaba de levantarse de haber dormido mucho. Los picadores que mendigan para pasar el resto de la noche en un mal hospedaje son creyentes de la tesis de que el sueño alimenta más que la comida. Por eso no piden para comer, porque piensan que durmiendo comen. Algún día nos dirá un sabio la vitamina que contiene el sueño. Acaso sea la vitamina cero. Que es la misma que tienen el chiclet y la ruleta. 

El chiclet es la gimnasia de los maxilares. Es la panacea yankee, que sirve para distraer la soledad, para disimular el mal aliento y para trabar conversación con una mujer desconocida. El chiclet lo inventó un norteamericano que tuvo la ocurrencia de poner a masticar a todo el mundo. Se parece a algunos matrimonios modernos en que enseguida se acaba el dulce. 

El chiclet ha creado la forma más graciosa del ahorro en esas pepillas que para no perderlo, lo pegan debajo de la mesa. Al masticar chiclet fatalmente ponemos esa cara de ternura del cantante sin voz que se aprieta contra la varilla del micrófono como si abrazara a una novia flaca. A veces en la soledad de la iglesia vemos a una vieja que mueve los labios y no sabemos si es una oración o un chiclet.

Yo tengo un amigo cuya piedad toca límites exagerados. Es un extremista de la limosna. Todas las noches al llegar a su casa lo asalta un muchacho que entre lloros le dice:

–Dame algo para la cama.

Los picadores dividen a las gentes que los rodean en dos grupos: los barines y los fuleros. Es decir, los que responden y los que se caen. Mi amigo lleva mucho tiempo sosteniendo a fuerza de pesetas el orgullo de ser darín. Cuando de él hablan los picadores, le dedican el más rotundo de los elogios nacionales. Dicen con admiración que “es chévere”. Con fidelidad de perro y humildad de mujer enamorada, cada noche lo esperaba el picador trasnochado y siempre le salía al paso con el mismo estribillo:

 —Dame para la cama.

Hay picadores tan holgazanes que no se toman ni el trabajo de variar el repertorio. Y repiten la misma cosa infinidad de veces. Como las mujeres tontas. Y los amateurs de la radio. El picador de esta historia apenas divisaba en la oscuridad al filántropo que no tiene caída, le colocaba la frase “Dame algo para la cama”.   

Pero mi amigo con cierto horror comprendió un día que el mal del sueño de aquel desdichado pesaba en su economía como una hipoteca. Y decidió terminar de algún modo. Aquella madrugada el desvelado presentaba un aspecto más lastimoso que nunca. Hay que aceptar que las lechuzas y los sinvergüenzas presienten las grandes catástrofes. Las ojeras, como surcos hechos con papel carbón, le llegaban a la boca. Parecía que sin cuentos se estaba muriendo de sueño. Cerrándosele los ojos y con las dos manos unidas sobre el vientre vacío, se acercó a la víctima y recitó la imploración de siempre:

—Dame algo para la cama. 

Venciendo sus propios principios y remontándose más allá de su bondad afectada, sacó mi amigo dos pesos y se los entregó al picador mientras le ordenaba:

—Cómprate una colombina y déjame en paz…

Hay el picador ambulante que ronda los restoranes. Abre las portezuelas de las máquinas. Nos trata de usted. Y nos dice doctor con acento en la primera o. El criollo ha tirado el doctorado a relajo poniéndole acento en la primera o. Para este picador con alma de parqueador de automóviles, todos los cubanos somos el «doctor». Después de entregamos el título, vendrá la confesión vernácula de que está hecho tierra. O que está en carne. O que se está comiendo un cable.

 Existe también el picador que está haciendo una colecta. Encabezada por uno de esos personajes nacidos para dar cartas de recomendación, para organizar homenajes, para presidir un patronato cualquiera o para encabezar colectas. La colecta es una pena sufrida en forma cooperativa. Los primeros dan más. Los restantes van dando menos. Los últimos son los coristas de la colecta. La colecta criolla es la aflicción degenerada en calderillas. En resumidas cuentas, todos los que han contribuido son almas buenas, que se han puesto para su número.

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