EL PAPA FRANCISCO, AMBULANCIAS Y DIVISIONES

12 de octubre de 2022

Cuando medio mundo vio el 20 de septiembre de 2015 a Zaqueo Báez Guerrero correr hasta el papamóvil del papa Bergoglio en La Habana interpelándolo antes de ser sacado a rastras de allí por los esbirros castristas y que al día siguiente se supo que la policía había impedido a Miriam Leiva y a Marta Beatriz Roque ir a verlo pese a las invitaciones cursadas por la nunciatura, hasta el más pinto de la paloma comprendió que los dados estaban cargados. Ni chistó el no-santo padre. Mucho menos sus colaboradores. No se sabía, pero en aquel momento bullía en la olla vaticana la trapisonda que desembocaría meses más tarde en la visita de Barack Obama a La Habana. En silencio tenía que ser, un silencio que duraba desde 1959 y que continúa hasta hoy. No es sin embargo el mutismo lo que caracteriza a este hombre, cuya expresión deviene florilegio cuando de glosar a favor de regímenes opresores se trata.

Pasemos por encima de las declaraciones lamentables de hace pocas semanas ungiendo a Raúl Castro y no aludamos la expulsión del superior de los jesuitas recién eyectado de la isla. No nos detengamos tampoco en la baba prodigada por el pontífice desde que en febrero se produjo la agresión rusa a Ucrania. Obviemos las continuas intervenciones lenificativas que Jorge Mario vierte en toda coyuntura que le permita ilustrar su credo socializador, echando mano en cada caso que trata a sofismas y medias verdades.  Tornemos la mirada en dirección a China Comunista y particularmente hacia Hong Kong.

El domingo pasado los activistas por la democracia en China que distribuyen su semanario en varios puntos del centro de la capital francesa, es su forma valiente de denunciar los crímenes del partido comunista y del gobierno de Xi Jinping, hacían énfasis en un enésimo crimen de los chinos al que Francisco se ha asociado por omisión. Dedicaron a su cardenal heroico la portada del tabloide.

En efecto, la pantomima del juicio abierto en Hong Kong contra Joseph Zen Ze Kun, cardenal católico retirado de 90 años (Shanghái, 1932) es un episodio más de la guerra abierta que el comunismo chino opera desde 1949 contra la libertad de cultos y una parte de su población. Las tergiversaciones y el culipandeo vaticano no han cesado desde entonces, cuando Mao se hizo con el poder. Han dejado en la cuneta, y no solo cuando la Revolución Cultural, a miles de clérigos como en su momento hicieron en Cuba con Miguelito, nuestro inolvidable Padre Loredo. Después de una comparecencia preliminar ante el tribunal de Kowloon, Zen y otros cinco coacusados quedaron listos para ser triturados «legalmente» por la aplanadora china en un juicio espectáculo señalado para el 26 de este mes. 

Las cartas marcadas de esta partida chino-vaticana están hace meses sobre el tapete. De un lado de la mesa un país comunista, del otro una curia que desde Roma ha abandonado deliberadamente al digno cardenal resistente que rehúsa para sí y para su rebaño el ucase impuesto a los honkongueses, con la anuencia de un Occidente que rehúsa posicionarse frente a un país que lo ataca frontalmente.  Se vio con desfachatez y arrogancia durante la crisis sanitaria mundial provocada por un Covid probablemente «made in China»; se está viendo diariamente con el pillaje de los mares del mundo sometidos a la piratería operada por su flota pesquera que impunemente saquea las reservas sin respetar vedas, acuerdos y fronteras. 

El «crimen» de los enjuiciados -los seis están detenidos desde el 10 de mayo de este año, con el anciano cardenal recluido en su domicilio por su avanzada edad- consiste en haber apoyado las manifestaciones de 2019 y 2020 en las cuales una parte de la población reclamó libertades que les son negadas y respeto a los acuerdos de 1997 suscritos con Inglaterra.  Como es bien sabido todo pacto concluido con una dictadura solo obliga a quienes tienen la ingenuidad de creer en él. Puesto ante la disyuntiva de oponerse a los chinos o someterse a su diktat el Papa Francisco escogió cínicamente abandonar a Zen a su suerte. Hace pocos días, durante el vuelo de regreso desde Kazajstán declaró, respondiendo a una pregunta acerca del asunto, que «se necesita un siglo para entender a China y ninguno de nosotros vivirá cien años; además es un país que no me apetece calificar de antidemocrático». 

La suerte de Zen hace tiempo estaba echada. Antes de ser arrestado, durante una visita que hizo a Roma, el argentino peronista rehusó recibirlo. Es el mismo hombre que a mediados del año 2020 se negó a leer públicamente una declaración de apoyo a los católicos chinos, a pesar de que su alocución ya había sido distribuida a los corresponsales acreditados en Roma. Jamás había criticado a China después de su entronización: decidió no hacerlo tampoco aquel día, en vísperas de la puesta en vigor para Hong Kong, de la llamada Ley de Seguridad Nacional del 30 de junio de 2020.

Desde su encierro, que no por domiciliario deja de serlo, Zen no ha cesado de criticar con severidad la traición de la más alta jerarquía católica a sí mismo, a su causa y a una iglesia mártir y del silencio que hace pensar en las de algunos de los países quedados detrás de la Cortina de Hierro cuando la Guerra Fría. Toda la retórica del actual Papa, que acaba de renovar el colegio cardenalicio sembrando decenas de nuevos prelados que aparentemente le serán incondicionales para su política de fin de reino, es la de «enraizar a largo plazo» lo mismo en China como en el mundo ortodoxo.  Una ortodoxia hoy tan hostil al catolicismo casi como cuando el Cisma. A largo plazo los que vivan verán la validez de la obstinada apuesta del jesuita. En lo que toca a Cuba y a China no suscribo la amoralidad de sus posiciones y los comunistas seguirán sacando provecho de su obstinada tozudez. Es un ideólogo. Sin embargo, no hay que perder tiempo disparándole a la ambulancia papal, que ya lo dijo Stalin cuando le preguntó a un ministro francés aquello de «¿cuántas divisiones tiene el Papa?».

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