EL OBISPO ESPADA Y SU INFLUENCIA EN LA CULTURA CUBANA

Written by Libre Online

25 de agosto de 2026

Por César García Pons (1951)

Esta figura singular ha sido discutida. Parece, no obstante, que le llega en la historia la hora de la justicia y quizá de la apoteosis, a juzgar por los últimos esfuerzos de la investigación y la crítica en torno a su significado y su época. A la postre, acabará por imponerse entre las figuras que brillan como precursoras de la nación que el esfuerzo de los cubanos forjó más tarde. Luz y Caballero, testigo de su tiempo, sintetizó su juicio en estas palabras: “Fue realmente único”.

Al hombre extraordinario que tratamos de contemplar en este texto le correspondió, como parte muy principal de su destino, dirigir la Iglesia en un rincón de América, cuando esta se hallaba en crisis frente a la condición política que le habían impuesto el descubrimiento y la conquista. El continente, la tierra firme en que la Europa del siglo XVI superpuso su civilización y, dentro de ella, los modos de su cultura, se volvió contra el poder español metropolitano apenas iniciado el siglo XIX, en la medida en que este poder dejaba de serlo. Porque, como dijera Victor Sálas, aquel inmenso imperio que durante tanto tiempo había ahogado la tierra no era ya entonces más que un simulacro impotente.

Una suma de causas interiores y exteriores concurrió a integrar el fenómeno, pero, de todas maneras, la peripecia bélica de los criollos americanos, el choque de sus armas con los ejércitos españoles, era un eco de la que, al otro lado del Atlántico, iba transformando la faz del Viejo Mundo.

El obispo Espada, representante de una mitra española, no fue ajeno a las luchas de uno y otro continente. Y el mérito mayor de su presencia en Cuba está en haber preservado lo esencial de su ser —el hombre y el pensador— de la postura que, como español y obispo, era natural que adoptara. De ahí el formidable dualismo en que su vida se desenvuelve y que alcanza, en cuanto con él se relaciona, la esfera de las ideas, la de las actitudes políticas y la de la diligencia y el esfuerzo cotidianos.

Es un ciclón lo que, nacido el siglo, pasa por España. Y la caída del Príncipe de la Paz no es suficiente para detener o desviar lo que ya no dependía de los hombres, sino de las fuerzas históricas que la Revolución Francesa había lanzado a la ofensiva. Pero, mientras el tiempo y los hechos examinados no estén asistidos por la indispensable perspectiva, Napoleón será únicamente un tirano; Francia, una madriguera de ideas disolventes; y los países invadidos por el águila imperial, tierras sin culpa, reducidas al exclusivo papel de víctimas.

La invasión de España por los ejércitos del dictador de Europa, la doble abdicación de Carlos IV y de su hijo Fernando, la instauración de José Bonaparte en el trono y la guerra que se inaugura el 2 de mayo en Madrid levantan el espíritu español frente a la opresión. El obispo de La Habana formará parte de esa corriente de rebeldía patriótica en todas las formas a su alcance.

La bolsa estará lista. Cuatro veces contribuirá a los fondos de guerra, hasta entregar diecisiete mil pesos a la causa que protege “el Dios de las batallas”, que “enseña también hasta dónde puede extenderse la vindicación de las ofensas y cómo se ha de obtener la reparación de las injurias”.

Y, junto a la bolsa, la pluma. La dejará correr vehemente, apasionada, dura como un latigazo sobre el usurpador, de quien dirá que “debía ser expelido de la sociedad de los hombres y confinado con las fieras en los desiertos de Abisinia”. Un poco más, y habría querido decir que, de hallarse físicamente en España, se le encontraría combatiendo con las armas en defensa de la tierra natal.

El concepto de patria, de una patria española dueña de sí misma, vive en Espada, y los fenómenos que conduzcan a quebrar esa imagen lo tendrán por enemigo. Esto se vincula a una temprana adhesión al espíritu de libertad, que lo mantuvo siempre opuesto a toda circunstancia que proyectara una sombra sobre ese principio. Así odiará la tiranía en la propia persona del tirano.

América se insurrecciona. Se cree adulta, y la nación progenitora, que le dio una lengua y, a contrapelo de su vocación imperial, ocasión para doctrinas que eran gérmenes de rebeldía, resulta incapaz de formular los modos de una convivencia justa. Espada, ante la disyuntiva histórica y frente a realidades que se alzan con ímpetu resuelto, sufre, sin embargo, el complejo general de su tiempo: la guerra de las provincias hispanoamericanas es para él una guerra civil, una lucha fratricida, el hogar deshecho.

Cuando, exhortado por la política del Vaticano, ha de escribir una pastoral acerca de la agitación que cunde en América, el 30 de agosto de 1816, la palabra reflexiva y serena acudirá, más que al enjuiciamiento de los sentimientos patrióticos —que apenas toca de pasada—, a las doctrinas universales de la concordia y de la paz.

Es notable la diferencia de énfasis. A Napoleón, pocos años antes, lo había puesto de vuelta y media; a los sostenedores de su política en España los había calificado de traidores dignos de exterminio. Era la reacción violenta frente a la violencia de la invasión. Ahora, frente a América, invoca a San Pablo para decir, con él, que sean los contendientes, unos y otros, un cuerpo y un espíritu, como fueron llamados a una esperanza.

Y acude a San Juan Crisóstomo, comentarista del primero, para definir la unión que recomienda:

“Si cuando quieren unirte a otro, no puedes lograrlo sino haciendo que el otro se una a ti de la misma manera, exige aquí el Apóstol que nos unamos íntima y recíprocamente, no con un amor y una paz cualquiera, sino que un mismo espíritu exista en todos y que haya una paz igual a la de los primeros cristianos, de quienes se dice: era uno el corazón y una el alma de todos los creyentes”.

Ese dualismo alcanza en Espada la esfera de las ideas. En efecto, será fiel a la luz de Santo Tomás de Aquino en cuanto hable como enunciador de la filosofía católica. No hay quiebra en esto. Cualquiera de sus pastorales revelará el fondo tomista de su pensamiento. La Iglesia tiene un cuerpo doctrinal que expresa coherentemente los criterios eclesiásticos en las síntesis sistematizadoras del “Ángel de las Escuelas”, y a ese cuerpo se atiene Espada.

Pero hay toda una vida que en él es acción; una cultura que es fuente creadora, alimentada por las corrientes del siglo XVIII; una adhesión sin tibieza a las esencias de la libertad, pareja de sus curiosidades científicas y de sus licencias intelectuales, como lo ponen de manifiesto sus lecturas.

Hay, además, independencia personal de carácter y de estilo, en cuya raíz vasca, procedente de uno de los pueblos más viejos y diferenciados de Europa, y en cuya militancia, desde la propia cátedra episcopal, estarán delineándose todos los horizontes de la palabra y, sobre todo, del pensamiento.

Feijóo —Ortiz dice que Espada es el Feijóo de Cuba— fue en España, según su propio juicio, “ciudadano libre de la República de las Letras”. El obispo de La Habana pudo afirmar de sí mismo que lo era de la libre república de la ciencia y el progreso.

Vergara y Azkoitia no quedan tan lejos. Aquellos “caballeritos” que pretendieron para Vasconia las luces del siglo; aquel seminario que fue, a un tiempo, cátedra científica y retorta de las antiguas tradiciones liberales de Álava y Guipúzcoa, viven en la memoria del prelado como viven los días salmantinos del Colegio Mayor y de la Universidad por excelencia de España.

Cuando ya él haya muerto, por aquellas tierras, un hospital y una escuela —en Arróyabe, Mendívil, Amarita, Ullíbarri y Landa— continuarán recordando su nombre. En pública acción de gracias, el 30 de enero de 1830, se le proclama “Padre y Protector de sus pueblos”.

Sus contemporáneos presintieron el destino histórico de Espada. Cernadas, uno de los más agudos entre los eclesiásticos de su tiempo, fijará claramente estos juicios: “Su caridad era prudente”; “su piedad era ilustrada”. “Supo —dice, en cuanto a lo primero— conciliar la severidad del precepto con la utilidad de su ejecución”.

El vicerrector de la Real y Pontificia Universidad no se equivoca. ¿Qué otra cosa podían significar aquellos útiles distingos del obispo entre el mendigo y el necesitado, entre el pordiosero y el hombre obligado a solicitar asistencia?

Espada prefería a la limosna inconsulta la contribución a los organismos de servicio público que cumplían una misión colectiva. A esos criterios respondieron sus cuidados por la Casa de Beneficencia, la de Expósitos, la de Recogidas, la de Dementes, el Hospital de San Francisco de Paula y el Colegio de San Francisco de Sales, todos orientados con paso firme hacia lo que hoy llamaríamos “asistencia social”.

Cuando Jesús incluye entre sus principios la idea de la caridad, opera una reforma de tipo revolucionario en el páramo moral de Judea. Más de diez siglos han transcurrido. Ya para Espada, el principio teologal avanza por otros caminos. Dar al que no tiene no basta, parece decirse. Hay que levantar el medio, el instrumento que evite que haya que dar.

Había escrito: “Dar a cada uno lo que de justicia le corresponde”. Y, para sus días, tan solo el olvidado principio justiniano resultaba sencillamente insólito. Lo colocaba, en el orden práctico, por sobre su tiempo, adelantado en más de un siglo a ciertos desarrollos sociales e históricos.

Su piedad era ilustrada. En efecto, seguía a Feijóo. Marchó contra la superstición, sin perjuicio de su ministerio, y avino al sacerdote con el mundo. ¿Qué sentido, si no, tiene su mandato de que aprendieran botánica, cultivaran las ciencias naturales y se aplicaran a las necesidades de la tierra?

Y —más cerca del altar de Cristo—, ¿por qué no invitar a la oración por la vía de la propia emoción artística? De ahí el imperio de la belleza que proclama en los templos de su diócesis.

El adjetivo de Cernadas es, en último análisis, el que nos dará el signo rector de su vida, que fue el de su obra. La Ilustración lo tuvo por vehículo allí donde sus luces solo podían sostenerlas quien, como él, tuviera el corazón “cortado por las medidas del corazón de Dios”.

Sí, pudo llamarse Espada ciudadano libre de la república de la ciencia y el progreso. Ciencia y progreso fueron para él combatir la corrupción eclesiástica y poner en orden la casa de Dios; crear escuelas, formar maestros, importar las doctrinas pedagógicas más avanzadas y hacer girar la obra docente en torno a la personalidad del niño.

Ciencia y progreso fueron fabricar cementerios y proscribir los enterramientos en los templos; propagar e imponer la vacuna; establecer hospitales; mirar por los dementes, por los presos, por los expósitos y por las mujeres desviadas.

Ciencia y progreso fueron tutelar el arte, llevarlo hasta el corazón de la selva, proteger a los artistas y hacer de la devoción religiosa y de la emoción estética una fuente común para la sensibilidad y el buen gusto, un medio, incluso, para hablar con Dios.

Ciencia y progreso fueron acometer, con independencia mental, la reforma de los altos estudios que encarna Varela; levantar, frente al absolutismo, el principio constitucionalista y, frente al leguleyismo, el derecho; convertir el Colegio Seminario en un baluarte de la cultura.

Ciencia y progreso fueron su amor a la verdad y su hostilidad a la hipocresía; su concepto del dinero y de la función de este, que le llevó a no tener nunca nada suyo y, sin embargo, poner todo lo suyo al servicio de los demás.

Ciencia y progreso fueron su ininterrumpida lección de dignidad humana en el seno de una sociedad sometida a la férula de los capitanes generales y a la apetencia voraz del traficante de esclavos; su actitud de guardián sin relevo de los intereses públicos fundamentales.

Ciencia y progreso fueron su identificación con la tierra que servía y con la que, a su muerte, iba a confundirse; su conciencia de que los hijos de ella ya se decían cubanos y estaban llamados al escenario público para conducir los rumbos de su propio mejoramiento, las orientaciones de su cultura y los frutos de su trabajo.

Ciencia y progreso fueron su principalidad como obispo, como intelectual y como hombre. Allí donde el poder tenía a todo el mundo por vasallo, donde la economía, la relación social y hasta el derecho a la vida eran típicamente coloniales; donde, en suma, «la naturaleza, la historia y la política parecían confabularse siniestramente para que no hubiera más que siervos y tiranía», su ejecutoria penetró como obra de mina en lo más hondo de aquella estructura.

Ciencia y progreso fue, finalmente, su sentido de la libertad.

Inmerso en un papel que le era dado, el hombre de nota se sale del marco; apenas basta la luz clara de una interpretación objetiva para comprenderlo. Así, a la luz de la historia, aparece el eclesiástico español y el prelado que fue Espada. Con gran dificultad el investigador tropezará entre nosotros con otra figura que narre tan elocuentemente este hecho.

Los hombres y los tiempos van hilvanando las posibilidades del futuro. Cada época deja a la que le sucederá, cuajado de óvulos, el útero de la vida histórica. El devenir se encarga de fecundarlos.

Ello no obstante, no puede decirse que haya en la historia una relación directa de causa a efecto. La misma causa —una doctrina, pongamos por ejemplo— genera efectos distintos e impensados. De la palabra de Cristo, recogida por los evangelistas, han surgido credos diferentes. De infinidad de ideas producidas abstractamente han salido conceptos y actitudes de orientación y logros tan diferentes como fecundos.

Del trabajo corriente y moliente del hombre, encaminado a fines concretos, han derivado, en el correr de los años, situaciones y hechos que el propio autor habría desconocido de habérselos presentado para que aceptara su paternidad.

El obispo Espada, en la palabra y en la acción —en la acción más que en la palabra—, creará durante un tercio de siglo, en “la siempre fiel”, un mundo de inquietudes abstractas; irá contra la ignorancia en nombre de la ilustración y contra el despotismo en nombre de la libertad.

Durante treinta años, un tanto cada día, irá elevando las exigencias morales e intelectuales de la sociedad sujeta a su ministerio pastoral. Esas exigencias cobrarán rango y llegarán a constituirse en una categoría fundamental de la vida pública. Y, a lo largo de la centuria, les alcanzará un sino insospechado que el obispo no podía prever, o del que no quiso hablar.

La actitud crítica de Espada no es, por lo demás, una actitud sin precedentes. En el fondo, enlaza con características del espíritu español, que oscila y osciló siempre entre dos antítesis: la negación y la afirmación más extremas.

En los días iniciales de la conquista, frente a los desmanes del conquistador y frente a la esclavitud del indio, se alzó fray Antón de Montesinos en nombre de la primera comunidad de dominados en América. Las Casas, sumado posteriormente a la actitud firme del primero, fue de los que, en lengua española, hablaron de libertad en el Nuevo Mundo y construyó, con gloria singular en este respecto, toda una teoría que cuestionaba las bases doctrinales de la colonización.

Mas esto sucedió entonces y siempre. España, adondequiera que fue, llevó al pecador y a su juez. El criticismo español frente a América es el de los españoles frente a los españoles; el de Vitoria frente a Carlos V; el de los días de Carlos III, de Aranda, Campomanes, Floridablanca y Jovellanos; el de la generación novecentista. Constituye una tradición de siglos.

Espada será, bajo la influencia del enciclopedismo, quizás su último gran representante en América.

Postura tal, que avala el hecho histórico y permite la limpia objetividad de su examen, repercutirá, muerto Espada, en el sesgo interior de la colonia, con eco largo y sostenido. Por la voz del prelado hablaban todo el pasado liberal español, unilateral y minoritario, pero pasado al cabo; y la ciencia y la política del siglo XVIII, que en Europa se batían fieramente contra la estulticia y el absolutismo.

Y esa voz suya será caldo de cultivo de la más remota tradición cubana.

Un pueblo sin tradición es un pueblo sin subconsciencia. La subconsciencia, suma de lo que fue y que no sabemos o no recordamos, pero que permanece guardado, es también raíz de la historia. La experiencia individual o colectiva no resulta otra cosa que la aplicación, a circunstancias dadas, de ese caudal ignorado.

No puede ser de otro modo. No vale en la vida la resurrección del ave fénix. Los pueblos sin raíz histórica son sociedades superfluas en la corriente universal de la que deben formar parte.

El mundo, a su vez, no ha operado jamás, ni puede operar, una evolución pareja. Y la problemática de cada grupo humano es el aporte a la gran problemática de la humanidad, que arrastra siglos y representa la suma de sus altibajos y de sus idas y venidas.

Cuando los pueblos, cualquiera que sea su grado de cultura y su adelanto político, pierden el cordón que los liga a su pasado, a la vida que fue madre de la que es, es decir, a la continuidad histórica, quedan sujetos a todos los vientos de fronda.

Para bien o para mal, la historia —ya lo dijo Varona— se hereda siempre.

Ya ha pasado el hombre. Hemos intentado dejarlo, y ojalá que felizmente, en la orilla del conocimiento histórico, buscando para él un poco de esclarecimiento y de luz. Entre el “polvo que piensa” se mueve el grano de oro de su doctrina. Es la norma que, independientemente de la cárcel material que un día lo abrigó, actúa sola y sin frenos.

Los primeros treinta años del siglo XIX, los de Espada, fueron años formativos de Cuba. En su transcurso se riegan las simientes; los treinta que siguen las harán fructificar.

Del Colegio Seminario, de la Sociedad Patriótica, de la Casa del Paseo de San Luis Gonzaga, salió, sin saberlo, a gestar la cubanidad una pléyade de varones que son el lujo y la flor del siglo. De las manos de estos salieron la generación y los ideales en que cuaja el espíritu cubano.

Manuel Sanguily, al definirlo, lo dirá un día con términos precisos: “Hay aquí dos pueblos, dos variedades distintas de un mismo tronco étnico”. Y la centuria no agoniza sin que se produzca y se resuelva la demanda histórica que condensa José Martí, ni sin que ese espíritu arrebate a España el último dominio de su imperio americano.

En la lejanía brumosa de sus comienzos se yergue una figura central: Espada.

Cuando a su tiempo se dé cita adecuada y significación crítica a los nombres eminentes de los días coloniales de América, el de Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa sonará entre aquellos que, precedidos de los mejores títulos, disputan el privilegio de continuar viviendo en la memoria de los hombres.

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