EL NIÑO PRECOZ

Written by Libre Online

7 de febrero de 2023

ELADIO SECADES (1957)

La frase la oímos todos los días. Un hijo varía el panorama interior del matrimonio. Y es la razón para que no se rompan los matrimonios que no se hubiesen roto de ninguna manera. Aunque la señora diga que si no fuera por el niño. Y el padre diga que nadie sabe lo que amarra un muchacho. La mujer debe durar al lado del esposo el tiempo que sea capaz de hacerle la vida amena. Hay veces que, para hacerle la vida amena a un hombre, lo que debe hacer la mujer es dejarlo solo. 

La infancia es la única felicidad absoluta que tiene la vida. Y es un proceso casi irresponsable que nace cuando el ginecólogo pasa la cuenta. Y que tiene un momento de apogeo en el Himno Nacional que se canta a coro en el kindergarten. El kindergarten es la creación feliz de un gran educador alemán, cuya memoria bendicen puestas de rodillas las madres del mundo. Que de otra manera no hubieran podido nunca dormir la siesta. 

Sólo dos cosas malas tiene el kindergarten: la idea de que hacer pajaritas de papel es un renglón importante de la pedagogía. Y los versos fatalmente líricos que le enseñan al niño. Y que después la mamá quiere que recite cuando hay visita. Y la profesora cuando hay velada de reparto de premios. Que es donde a los alumnos apocados se les da un diploma escrito en letra gótica y una medalla de oro transitorio. Hogaño, con la influencia de los deportes, vemos al niño con una medalla y no sabemos si la ganó en geografía. O en los cien metros planos. Un hijo lleno de medallas puede ser un erudito en cultura física.

No mienten esos autores que aseguran que la niñez es la ausencia de la filosofía. Pero tampoco puede negarse que en el niño desde muy pequeño las ideas y los recuerdos se asocian. De otra manera no se explica que en Cuba los niños de pecho al ver los dos bongós de la orquesta se pongan de pronto a chillar. Como si les hubiese entrado hambre. En el niño de pecho siempre decimos hallar un parecido asombroso con el padre. 

Con lo que le concedemos un voto de castidad a la madre. Y un voto de confianza al padre. Si es verdad, no cabe duda de que hemos dicho una tontería. Y si es mentira, nos habremos convertido en abogado defensor del amigo desconocido. Un hijo pequeño es una entidad científica desde que fueron descubiertas las vitaminas. Y se impusieron los especialistas en niños. Antes curaba al baby el mismo médico de chaleco blanco que llegaba en un coche de caballos y tomaba el pulso en un reloj de tres tapas. Del mundo pasado pueden recordarse muchas cosas que hoy nos parecen ridículas. 

Pero ninguna como los relojes de tres tapas y aquel cordoncito elástico que le ponían al sombrerito del niño para que no se lo llevase el viento. El hombre siempre ha encontrado una razón hueca para exhibir su vanidad. El patente Roskoff formaba buena parte de la dignidad de nuestros abuelos. Cuando se les descomponía el reloj que nunca se descomponía, sentían que no eran nadie. 

Sonaba el cañonazo de las nueve y podía calcularse que cien mil padres de familia al mismo tiempo sacaban el reloj, abrían las tres tapas y admiraban al fabricante moviendo la cabeza en gesto de aprobación. 

Hoy ensayan la misma presunción los que pretenden maravillarnos con la infalibilidad del encendedor automático. Y lo encienden y lo apagan. Y vuelven a encenderlo y vuelven a apagarlo. Mientras nos dicen con arrogancia de prestidigitador: “No te ocupes, viejo, no falla”. 

Los que hacen continuos alardes de la fijeza del reloj y de la seguridad del encendedor, son necios que están tomando para sí pequeñas glorias que corresponden a un fabricante. Debía prohibirse enérgicamente el uso del encendedor. No para proteger la industria fosforera, de la que viven tantas obreritas cubanas. Que es lo que siempre se dice cuando se quiere proteger a los dueños de una industria. Sino para evitar que se siga repitiendo el chiste de que el encendedor es útil llevando una caja de fósforos en el bolsillo. 

Hay amigos que no pueden deslumbrar a la visita con las precocidades de un hijo pequeño. Pero nos explican los signos complicados de la esfera de esos cronómetros de muñeca que puede sumergirse y que les indican a los que nada tienen que hacer en La Habana la hora exacta de Rumania. O paran al perro en dos patas. O nos enseñan el cálculo renal que conservan en un pomo. El operado siempre se cree más héroe de la operación que el cirujano que la practicó.

Los padres atestan demasiado la cuerda de la emoción cuando nos hablan de la inteligencia del hijo pequeño. Y creen síntomas de precocidad las gracias que hace el niño en la cuna. Que son las mismas gracias que han hecho todos los niños en todas las épocas y en todas las cunas. 

Los niños de cuna no tendrán con que pagarnos de grandes las veces que de chicos nos han hecho reír sin ganas. Simulando un asombro que no sentimos. Y lo que es peor, teniendo que poner esa cara de bobo de la que no podemos librarnos cuando estamos aprendiendo a pronunciar en francés, o cuando tomamos refresco con pajitas. 

La policía debía obligar a retratar a los “gangsters” más feroces tomando una soda-cream con pajitas. Destruirían en el acto la admiración morbosa de las multitudes. 

Asombrarse ante la inteligencia del niño para no contrariar a la madre, es rutina social que tiene varias etapas. Primero las torticas de San Juan. Que es cuando hay que decir que, la verdad que está monísimo. 

Enseguida el puchero. Después la madre pregunta donde está mamá. Y el padre pregunta donde está papá. Y la abuela emocionadísima dice que parece mentira a la edad que tiene.

De estas escenas, que siendo muy viejas siempre la familia cree que son muy nuevas, nació la frase manida de «no es porque sea mi hijo». Y conste que he 

vacilado mucho antes de ordenar estas observaciones. Es que me gustan muchos los niños y sospecho que después de estas «Estampas» ha de pasar mucho tiempo para qué me dejen acercar a una cuna.

La madre no reconoce jamás los defectos de su hijo. En Cuba esta teoría está apoyada por tantísimo niño feo, barrigón y llorón que lleva un azabache colgado al cuello para que no le hagan mal de ojo. Y por los haraganes grandulones a quienes son las madres las únicas que les siguen creyendo que no encuentran empleo porque tienen mala suerte.

El criollo considera que tener buena suerte es conseguir un político que lo coloque en el 

gobierno. Que es lo que siempre prometen los políticos. Y casi nunca cumplen, porque primero es la querida y después los parientes. El pariente del político encasillado en la nómina forma parte decisiva de la burocracia. Y la razón por la cual hay tantos guajiros en La Habana. 

Todos aquellos que dicen que les gustan los niños y no los tienen, es porque les gustan los niños de los demás. Sin el cambio de pañal. Sin despertar al médico a medianoche. Y sin el llanto que no cesa, aunque al cargarle se turne toda la familia. Sacrificio de los padres del que sin comerlo ni beberlo participan los vecinos. A pesar de eso, el muchacho es delicioso basta que empieza a romper zapatos. Edad en que el padre piensa que ha tenido la dicha de sacar el talento suyo y los ojos de la madre.

 Cuando el cubano cree que su hijo ya grandecito ha sacado su talento, le arregla un traje viejo y trata de conseguirle una beca. Que es otra de nuestras grandes ilusiones. Como la de esperar que vengan tiempos mejores.

Hay también matrimonios que no pueden, o que no quieren tener hijos y se contentan con tener un perrito. Al perrito se le quiere con el cariño tierno de un niño que no creciera nunca. A menudo nos hablan del respeto y del amor que sienten los norteamericanos por los perros. Son mucho más grandes y tienen mérito nuestro amor y respeto. Porque ellos buscan en el perro la estirpe, la clase, el pedigrí. 

Mientras es muy difícil hallar en Cuba un hogar sin un perro sato servido y tratado como un pariente más. Este es el único país en el mundo donde los matrimonios que no tienen hijos le ponen un juguete al perro el día de los Reyes Magos. Lo que no deja ser una cursilería admirable y encantadora.

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