EL LUTO

Written by Rev. Martin Añorga

14 de septiembre de 2022

Las costumbres cambian al correr de los tiempos, y a veces de manera tan rápida que los seres humanos aferrados a determinada edad carecen de espacio para aceptar los cambios.  Algo que ha cambiado de forma dramática y veloz es el concepto del luto.

Según el diccionario, “(1) Luto es la  tristeza o pena por la muerte de alguien; (2) Demostración exterior de pena o tristeza por la muerte de alguien, especialmente con una forma determinada de vestir. (3) Período que dura dicha demostración.

La palabra luto, presente también en portugués (luto), y en italiano  ílutto), procede del latín luctus, que significa dolor y aflicción y se asociaba a los casos de defunción. El término proviene del verbo lugere; lamentarse, estar de luto, llorar por la muerte de alguien. De la misma raíz tenemos el adjetivo lúgubre.

Un código de conducta sobre el luto, fechado en 1932, nos ofrece las siguientes indicaciones: (1) el luto debe ser bien llevado porque es una prueba de amor y de dolor; (2) el luto severo exige ropa negra y abstenerse de toda reunión y fiestas sociales; (3) la persona que está de luto debe usar papel de cartas, sobres y tarjetas con filete negro; (4) Por costumbre en nuestro medio, el luto debe guardarse en la siguiente forma: Por la muerte de la esposa o del esposo, o de un hijo, el luto dura dos años; por la muerte del padre, de la madre y de los padres políticos el luto dura un año; por la muerte de un hermano o de una hermanas el luto dura seis meses, y por la muerte de un tío o de una tía el luto dura tres meses.

La costumbre de llevar ropa negra sin adornos en señal de luto se remonta a los tiempos del imperio romano y permaneció durante todo el período de la Edad Media y el renacimiento. Se cuenta que tras la matanza de los hugonotes el Día de San Bartolomé en Fracia, la reina Isabel I de Inglaterra y su corte vistieron de luto negro riguroso para recibir al embajador francés.

En algunas zonas rurales de Portugal, España, Italia y Grecia, y otros países mediterráneos las viudas visten de negro el resto de sus vidas, y los otros miembros inmediatos de la familia del difunto visten de negro durante indeterminado número de años.

En los Estados unidos, por mucho tiempo el luto se ajustó en términos generales a las costumbres británicas. Recordamos en una de las escenas de la famosa película “Lo que el Viento se Llevó” como Escarlata O’Hara escandaliza a los asistentes a un baile al aceptar la invitación de Rhett Butlker a pesar de estar de luto por el reciente fallecimiento de su marido.

Lo cierto, sin embargo, es que el concepto del luto ha cambiado radicalmente. Por ejemplo, en el exilio, hace no más de veinte años atrás era prácticamente una obligación velar durante toda la noche el cadáver de la persona amada. Hoy, en un alto porcentaje, el velatorio concluye a las 11:00 P.M. Y no es que queramos menos a nuestros amigos y familiares, sino que el estilo de vida en nuestro medio nos demanda  obligaciones que no podemos declinar.

También ha ido desapareciendo el uso de la ropa negra como indicación de luto, ni la inserción de cambios radicales en el comportamiento acostumbrado. La tesis prevaleciente es que el luto es un sentimiento interior y personal y no tiene porque exteriorizarse. Hay casos, naturalmente que son excepciones.

Recuerdo a una joven madre cuyo hijito de cuatro años falleció y que decidió mantener intacta por tiempo indefinido la habitación del mismo. Todas las noches pasaba horas junto a la camita de su bebé desaparecido, besando y llorando sobre su foto. Nuestro trabajo de consejería pastoral fue difícil y complicado. Hasta hoy que sepamos, casi veinte y tantos años después esta desolada madre sigue añorando a su niñito fallecido.

Otro caso diferente fue el de una hija única, tan apegada a su madre, que cuando ésta falleció ella también se enterró en vida. Por algún tiempo la visité, alentándola a que abriera sus ventanas, que cambiara poco a poco su atuendo y que se fuera reintegrando al disfrute de una vida normal en memoria de su madre. No pude lograrlo. Una tarde toqué a su puerta y alguien me informó que se había mudado sin dejar dirección.

Una pregunta que me han hecho personas afectadas por la muerte de un ser amado sobre cómo cumplir con los supuestos deberes del luto, me obligó a meditar en el tema, sobre el que he escrito en otras ocasiones. Además de La Biblia, mi manual de instrucciones para la vida y la muerte, me hizo mucho bien un libro, cuyo título trasladado al español, es “Sobre el Duelo y el Dolor”, de la siquiatra Elisabeth Kubler-Ros, en el que se nos indica cómo prepararnos para la muerte de un ser amado. Recomiendo su lectura porque probablemente no estemos preparados mental y espiritualmente para enfrentarnos a la muerte de la persona que queremos, y esta realidad interviene en la forma en que acudimos a la experiencia del luto.

Los cinco pasos sobre el proceso de la muerte que analiza Kubler-Ross en su libro, y de los cuales hablaremos en otra oportunidad, son: Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptación.

Haciendo un esfuerzo de adaptación de los puntos indicados por la siquiatra Kubler-Ross quisiéramos concluir este trabajo haciendo recomendaciones prácticas para enfrentarnos al sentimiento del luto.

Primero, preparémonos para el traumático momento de la muerte de la persona que amamos. Sería de gran ayuda que adoptemos los planes del velatorio, el sepelio y hagamos los arreglos religiosos con la persona apropiada. Hay casos, por supuesto, en que la muerte de la persona querida es inesperada, accidental y a veces ocurre de forma tan rápida que nos deja atónitos. Nos ha llegado el momento de llorar, de no aceptar lo sucedido, de asumir culpas o tristezas. Este proceso de “negación” opera como una catarsis que nos libera de conflictos interiores.

El segundo paso que menciona Kubler-Ross es el de la ira. Yo he sido testigo de personas que reniegan de Dios, pierden su control y se lamentan de forma alarmante. No sucede, naturalmente, con los creyentes; pero aún en éstos los nervios suelen superar el control de la razón. No es apropiado regañar a estas personas o echarles en cara su poca fe o descontrol. Un abrazo silencioso, una cercanía compasiva, una simple palabra de oración son elementos que suelen disolver los momentos de ira y descontrol.

El tercer punto que señala la doctora Kubler-Ross, que es el de la negociación probablemente no tenga mucho que ver con el duelo; sin embargo, estimamos que es muy positivo que hablemos con Dios y hagamos planes para el futuro de nuestras vidas, colocándonos en sus manos.

El tiempo de depresión es el que viene después que se concluye con los pasos del entierro y el regreso a casa. Arreglar la ropa, revisar papeles, consultar seguros, acumular recuerdos en un corazón adolorido son tramos que nos insertan el sentimiento de luto muy profundamente en el alma. Acudir a nuestra fe y buscar ayuda entre personas de confianza son pasos que redimen nuestro dolor.

Finalmente tenemos el valor de la aceptación. Aceptar que la muerte nos quitó parte de nuestra vida es normal, pero acudir a nuestros recursos espirituales, a nuestra capacidad de ser y de hacer y entregar a Dios la vida que perdimos y rogarle que nos conduzca por remansos de paz y consuelo, es la forma más eficiente de calmar la tristeza del luto y mirar, más allá de la noche, la gloriosa luz de un nuevo amanecer…!

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