El hombre que mató a Maceo

Written by Libre Online

6 de diciembre de 2022

Por Guillermo Gener (Escrito en 1948)

Alguien dijo que la vida es como una saeta que desde que el arte del arco va recta hacia su destino.

Nunca más evidente esta figura, que en el caso de Victorino Campos Hernández.

Muy joven, Victorino decide abandonar el seminario de León donde lleva diez años usando la carrera eclesiástica, escala hacia Burgos y allí se le ocurre alistarse como voluntario en las fuerzas que el Gobierno de la metrópoli enviaba a Cuba para batir a los insurrectos. Ingresa en un regimiento de infantería pocos días más tarde sale rumbo a Santander, para tomar el transporte «Antonio López» que lo trae a La Habana.

Lo alojan en el Castillo del Morro donde permanece unas semanas. De allí un día lo llevan a la estación de “Cristina” y lo embarcan en un tren, de donde lo bajan transcurridas unas horas. Lo alojan en un cuartelillo de Punta Brava, para integrar más tarde una guerrilla de caballería. Una mañana recibe órdenes de partir con sus compañeros rumbo a “La Matilde”. Va recto hacia su destino. Allí están los insurgentes cubanos de quienes tanto oyó hablar. Por fin va a verlos a enfrentarse con aquellos hombres que osaron rebelarse contra el poderío de España.

Se produce el encuentro. El caballo de Victorino se desboca, echa a correr espantado y sin saber como, el recluta perseguidor, se ve perseguido y entre dos fuegos. Cae muerta la bestia y el soldado bisoño, jugándose su última carta se protege detrás del cuerpo del animal y empuña su tercerola y dispara contra dos hombres que avanzan por el potrero. Uno de ellos cae herido, el otro trata de socorrerlo, pero Victorino vuelve a disparar, y el segundo mambí cae también. Arrecia el fuego, la situación del recluta es insostenible y emprende la retirada arrastrándose a lo largo de una cerca de piedras hasta llegar junto a las suyas.

El destino de Victorino Campos Fernández se ha cumplido. Como una saeta partió de España para abatir a tiros al Titán Maceo y a su ayudante «Panchito» Gómez Toro. Él,  un recluta sin historia militar, en sus primeros disparos troncha para siempre la vida de aquel «mulato demonio» que después de cien victorias inexplicables, acababa de realizar la más sorprendente de todas las hazañas, al burlar con un puñado de hombres La Trocha, el paso inexpugnable guardado por millares de los más aguerridos soldados de España.

¡Aquellos dos disparos del recluta Victorino habían hecho más daño a la revolución cubana que todas las estrategias de Martínez Campos, y las medidas drásticas y sanguinarias de Valeriano Weiler!

Hasta algunos días después, no supo Victorino lo que había hecho. Cuando le contó el propio Cirujeda le impuso silencio ¿por qué? Nunca lo supo. Al relatar su historia, después de 52 años,   a sus convecinos de Melgar de Abajo,  en Valladolid, no le encuentra explicación a aquella orden. Pero supo callar, y aquel prolongado silencio, como las balas de su  tercerola, también hizo daño a la revolución.

La calumnia

¿ Tuvo visión de futuro el astuto Cirujeda? ¿Fue acaso una premonición suya al ordenar al soldado Victorino que guardara silencio sobre la forma en que había muerto Maceo, pensando acaso que la duda y la desconfianza podían hacer presa en los mambises, si alguien afirmaba que el Titán había sido asesinado por los propios cubanos? ¡quién sabe!… Lo cierto es que el hecho se produjo.

Surgieron las dudas y un día, veinte  años más tarde, aquellas sombras, aquellas insinuaciones, aquel rumor que apenas llegaba al siseo, llegó al periodista y estalló en la letra de molde de un artículo de Vasconcelos, el 20 de mayo de 1916 en el periódico “La prensa”, bajo el título de “Flores de trapo”.

Era una acusación grave y amarga contra un puñado de hombres que siempre fueron fieles a Maceo y a la causa de la revolución y el periodista decía:« José Maceo le predijo al salir de Oriente en la invasión:  Caerás en una emboscada de los nuestros; de allá no regresaras vivo, pero si me dejas, el machete me llego hasta tu cadáver y vengo tu muerte… » antes cayó José asesinado por los suyos.

Y agregaba: “Desde Oriente se venía preparando la emboscada se dijo luego que aspiraba a la presidencia de la República y se continuó acechándolo hasta que diez  cubanos que visitaban a diario su tienda de campaña, le asesinaron alevosamente. Algunos de ellos viven, y viven como príncipes. Yo diré un día sus nombres, lo del tiroteo con Cirujeda y la misma muerte de «Panchito» Gómez. Esta muerte de “Panchito» es otro misterio…”

Aquella terrible acusación que vaciaba sobre las cabezas de un puñado de hombres todo el lodo de la infamia, produjo un enorme revuelo. Durante varios días las páginas de los diarios recogieron la protesta airada de instituciones y de figuras destacadas de la revolución.

Miró Argenter

El Jefe de Estado Mayor del General Maceo, el general José Miró Argenter, con toda su autoridad y sus prestigios salió también a la palestra para destruir aquella calumnia que pretendía empañar la gloria de la más brillante gesta revolucionaria de América. Y siete días después de publicado el artículo de referencia al general Miró ripostaba con otro en el periódico “La noche”. Hablaba de las discusiones. Era cierto que existían por que esos no querían estar a las órdenes de Sánchez Figueras y otros a la de Sartorio. Pero estas discusiones afirmaba, “nada tenían que ver con la traición ni con la conjura”.

La luz de la verdad

Aquella tarde gris en que se eclipsara para siempre el astro brillante de la guerra por nuestra independencia,  la confesión del que le diera muerte,  como en el caso famoso de Dreyfus, disipa por completo con la luz de la verdad,  las sombras oprobiosas de la duda que aún flotaba sobre la inolvidable tragedia de Punta Brava.

Queremos creer, y creemos en la confesión del anciano Victorino Campos Fernández. Se nos antojan sus palabras, flores de reivindicación ungidos del más puro sentimiento de admiración y de respeto hacia los hombres que nos dieron una patria, ofrendamos hoy reverentes, sobre las tumbas de los que ya descansan en el seno de la tierra amada, o sobre las cabezas venerables de los que aún viven.

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