EL GRITO DE BAIRE y los ESTADOS UNIDOS

Written by Libre Online

21 de febrero de 2023

Por Herminio Portell Vilá (1950)

El Grito de Baire, como símbolo del estallido revolucionario de 1895, tiene un significado especial en la historia de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, ya que fue en los Estados Unidos donde el Partido Revolucionario Cubano dirigido por Martí, hizo la formidable labor preparatoria de la sublevación, alegando recursos materiales, galvanizando a los emigrados, desarrollando una activísima propaganda y ultimando los detalles para las expediciones destinadas a armar a los 

patriotas.

El Partido Revolucionario Cubano era en cierto modo un Gobierno en el exilio. La delegación establecida en Nueva York la había ejercido el Apóstol Martí desde su fundación y contaba con una tesorería, una asesoría legal y consejos Diversos, entre éstos, Tomás Estrada Palma, Presidente de la República en la Guerra de los Diez Años y entonces director del famoso Colegio cubano de Central Valley en el estado de Nueva York. 

En Washington, actuaba a modo de agente diplomático de un gobierno que no estaba reconocido, Gonzalo de Quesada. Educado en los Estados Unidos, con postura y modales de gran señor, Quesada, tenía excelentes relaciones en los mejores círculos sociales y políticos de Washington y era visita regular de la influyente tertulia formada por John Hay y Henry Adams, a la que asistían senadores, representantes y miembros del gabinete. La delegación española en la capital federal había estado a cargo de los ministros E. de Muruaga, Marqués de Guirior, Álvarez Guanes y José Felipe de Sagrario, a quienes sucedió, Enrique Dupuy de Lome, funcionario diplomático de larga experiencia que acababa de pasar una temporada en la Cancillería de Madrid dedicado al estudio de los problemas entre Cuba y los Estados Unidos y España. 

La legación española tenía a su servicio a los polizontes y espías privados de la Agencia Pinkerton encargados de vigilar a los cubanos y éstos tenían un habilísimo hombre de confianza en el abogado norteamericano Horacio Rubens quien se había identificado con la causa de Cuba libre.

Dupuy de Lome estuvo en Cuba poco antes del Grito de Baire, en compañía del más tarde Almirante Concas, uno de los vencidos de Santiago de Cuba. El Presidente Grover Cleveland también visitó a Cuba entre su primero y su segundo período presidenciales, y todos ellos visitaron el central “Soledad” junto a Cienfuegos, donde llegaron a intimar con su propietario, un norteamericano nombrado Edwin F. Atkins, egoísta, poco escrupuloso e implacable enemigo de la independencia de Cuba. Cleveland pareció haberse interesado entonces en los problemas cubanos. 

Se había hospedado en el hotel “Pasaje” y a través del periodista de Key West Mr. C.B Pendleton, director del “Daily Equator-Democrat” había conocido al doctor G. A. Betancourt, cubano con quien había conversado largamente acerca de la independencia de Cuba, en apariencia simpatizando con ella, por lo que Pendleton y Betancourt se creyeron autorizados después del Grito de Baire recordar a Cleveland las entrevistas sostenidas en La Habana y en Key West y las palabras vertidas por él con ocasión de esos viajes. Pero el archi reaccionario personaje había cambiado por completo de actitud hacia los cubanos y era irreconciliable enemigo de la independencia de Cuba despidiéndose de todo lo que había dicho.

El espionaje español que funcionaba en los Estados Unidos estaba bien enterado de las actividades de los emigrados cubanos en los mítines, en las organizaciones de colectas, en los hoteles y casas de huéspedes, en los cuarteles improvisados, en las tabaquerías y en los muelles de los grandes puertos. Siempre había un espía convenientemente colocado para recoger informes y confidencias. 

Martí fue el objetivo principal de las persecuciones españolas a los cubanos de los Estados Unidos por espacio de diez años. En junio de 1888 la diplomacia hispana hizo sondeos con una cancillería de Washington para lograr la extradición de Martí y hasta insinuó que podía acusarle de delitos comunes para lograr que le entregasen al dirigente revolucionario con quien se adivinaba la figura principal del esfuerzo libertador cubano. 

En 1894, el Ministro Muruaga inició una gestión encaminada a privar a la revolución cubana del apoyo económico de los tabaqueros emigrados que se habían establecido en la Florida y que estaban en huelga. El plan consistía en importar tabaqueros españoles de La Habana a fin de que actuasen como rompehuelgas. 

La amenaza que se cernía sobre el bienestar de los tabaqueros cubanos afectaba también a los recursos de la revolución que se nutría con las contribuciones de aquellos patriotas y el Ministro Muruaga, se dirigió al secretario de Estado, Walter Gresham para decirle que “…La cuestión obrera en Cayo Hueso se ha convertido en dicha localidad en cuestión política mediante la agitación mantenida por los filibusteros cubanos, encabezados por el 

revolucionario cubano José Martí”.

 Con obvia intención política. El diplomático español decía que si se deportaba a los rompehuelgas españoles se establecería el monopolio de las tabaquerías por parte de los torcedores cubanos. 

Las gestiones de Martí y de Quesada en Washington, dirigidas por Rubens, lograron el decreto de reembarque de los rompehuelgas y prepararon el terreno para el acuerdo entre los dueños de tabaquerías y los obreros cubanos. España no se resignó y el 10 de febrero de 1894 el Ministro Muruaga se quejaba ante la Cancillería de que “… Parece por demás extraño e incomprensible que hayan tenido más peso cerca del Gobierno Federal las intrigas y alegaciones de los revolucionarios cubanos, cuyo jefe principal doctor Martí ha estado varios días conferenciando en esta capital, que las gestiones de honrados industriales”.

Y Martí siguió figurando en la 

correspondencia diplomática española como el tema de las denuncias y de las acusaciones de la legación de Washington. Cuando el fracaso de Fernandina el ministro Muruaga volvió a señalar a Martí como el principal dirigente de las actividades revolucionarias, pidiendo que se le castigase al decirle al Secretario Gresham: “… todos los informes que por diferentes conductos oficiales y confidenciales ha recibido el infrascrito, están acordes en designar como promovedor y principal cabecilla de la frustrada intentona a don José Martí, habitualmente residente en Nueva York. Pero cuya activa propaganda en los últimos meses se ha ejercido en Tampa, Cayo hueso y Nueva Orleans…”

Los Estados Unidos tenían en La Habana como cónsul general a Mr Ramón O´Williams, antiguo funcionario del servicio exterior, muy versado en cuestiones económicas y relacionado con los intereses azucareros y comerciales de La Habana.

El auxiliar de Williams lo era Mr. Joseph A. Springer, con categoría de vicecónsul. Springer hacía muchos años que vivía en La Habana y conocía bien a Cuba y a los cubanos. La correspondencia del Cónsul Williams con la Cancillería de Washington durante los años de 1893 y 1894, especializa sobre el tema de las relaciones económicas entre Cuba y los Estados Unidos y constituye un antecedente muy interesante de lo que siempre ha sostenido sobre la importancia que el comercio, la industria, los ingresos nacionales y las cuestiones afines tuvieron en los inicios de la primera y de la segunda de nuestras guerras de independencia hasta ser factores determinantes de las mismas.

 El cónsul Williams decía a mediados de 1893 que la cuestión de Cuba era simplemente una cuestión azucarera con una fase política y en 1894 va “in crescendo” el tono de las protestas contra tributos, recargos, monopolios y demás gravámenes del régimen colonial español que publican los periódicos o se plantean en asambleas y reuniones diversas.

Williams era partidario de la anexión de Cuba a los Estados Unidos y hasta laboró en ese sentido, pero ante la dificultad de lograr la anexión colocaba sus simpatías del lado de los autonomistas y en contra de los partidarios de la independencia. Estaba, por lo general, bien enterado de todo lo que pasaba en Cuba y cuando dejó de informar a su gobierno la verdad de lo que ocurría lo hizo así porque se dejaba llevar de sus prejuicios.

Durante todo el año de 1894 se discute en la prensa cubana, la española y la norteamericana el régimen de comercio que debe haber entre Cuba, España y los Estados Unidos. La ley Wilson-Gorman acababa de entrar en vigor sin que el Presidente Cleveland la hubiese vetado o aprobado y si solamente por haber decursado el periodo que se concedía al ejecutivo para que adoptase una decisión acerca de ella.

La ley Wilson-Gorman penalizaba a la industria azucarera cubana y un real decreto de agosto 27 de 1894 autorizaba y hasta ordenaba las represalias arancelarias contra las importaciones procedentes de los Estados Unidos y parecía anunciar una guerra de tarifas que había alarmado y hasta asustado a los azucareros y a todos los hombres de negocios de Cuba. 

Los brotes revolucionarios de Lajas en noviembre de 1893 y de Ranchuelo en enero de 1894 fueron aplastados fácilmente y dieron una equivocada sensación de seguridad y de complacencia consigo mismo al gobierno colonial. 

Sin embargo, la revolución vendría de fuera, aunque se haría en Cuba y era en los Estados Unidos que se organizaba y preparaba y debía salir de ese país. Los autonomistas no se recataban para proclamar que los Estados Unidos se habían convertido en la metrópoli económica de Cuba, y las cifras de exportación de azúcar correspondiente a 1894, demostraban que mientras los Estados Unidos nos compraban 998,964 toneladas de azúcar España y el resto de Europa a duras penas llegaban a comprarnos 33,000 toneladas de ese producto. 

En diciembre de 1894, la prensa cubana protestaba por la anulación del Tratado de Reciprocidad con los Estados Unidos y en esta campaña participan periódicos integristas, como el “Diario de la Marina” autonomistas como “El País”, y ligeramente liberales como “La lucha”. Este último, en un artículo publicado el 19 de diciembre de 1894, dos meses antes del Grito de Baire decía con significativa franqueza que en cuanto al comercio de Cuba con los Estados Unidos 

“…tenemos que estar contra el Gobierno y al lado de los yanquis”.

Los Estados Unidos, por medio del Ministro Hannis Taylor acreditado en Madrid, presentaron a España por entonces, lo que equivaldría a un ultimátum económico acerca del comercio con Cuba y el Gobierno español sugirió la concertación de un “modus vivendi”. El proyecto de ley no fue aprobado y sancionado, sino hasta el 4 de febrero, tres semanas antes de la sublevación y cuando hasta los elementos más conservadores de la colonia proclamaban su descontento ante las arbitrariedades metropolitana. 

El 5 de enero de 1895 “La lucha” había señalado que la política que seguía España convertiría en anexionistas a muchos personajes lastimados en sus negocios y en un artículo muy terminante, afirmaba que las clases pudientes de Cuba habían llegado a la conclusión de que, para lograr rectificaciones por parte de España, había que gestionarlas por medio de los Estados Unidos.

El genio político de Martí estaba al tanto de todas estas ocurrencias y conocía los detalles de la situación política y económica de Cuba, así como de las actitudes adoptadas por España y con los Estados Unidos. La crisis era gravísima y se hacía indispensable el alzamiento revolucionario no solo por las favorables circunstancias del momento histórico que se vivía, sino también por los peligros que de ella podían derivarse para la realización del ideal de la independencia de Cuba. 

La responsabilidad de la decisión para iniciar la revolución cubana fue toda de Martí, certera, oportuna y bien meditada. La abundante documentación disponible acerca de los  críticos días de aquellos primeros meses de 1895 si bien muestra el apóstol dedicado a ultimar los detalles que garantizarían el éxito de la sublevación también sirve para probar que fue él, por su rienda, quien resolvió que había llegado el instante decisivo y lo escogió bien, una demora de varias semanas, habría  significado la pérdida de todos los preparativos cuidadosamente hechos por el Partido Revolucionario Cubano y una crisis de decaimiento en los cubanos a ambos lados del Estrecho de la Florida, que habría sido fatal.

En octubre de 1894 habían comprado los patriotas armas y pertrechos en distintos lugares de los Estados Unidos. Enormes sumas, se habían invertido en la adquisición de ese material de guerra colocado en 241 pesadas cajas despachadas a la orden de un comerciante en maderas de Fernandina, pequeño puerto de la extremidad septentrional de la Florida, casi en el límite con Georgia. 

El comerciante nombrado N. B Borden tenía almacén y muelles propios en Fernandina y las armas fueron declaradas como herramientas con destino a unas minas de manganeso situadas en la región oriental de Cuba y pertenecientes a un ficticio destinatario que aparecía designado como D. E. Mantel y quien no era otro que el propio Martí. 

Por orden de éste, se habían fletado tres buques para que llevasen el armamento de Fernandina y recogiesen expedicionarios, en Cayo Hueso, Costa Rica y la República Dominicana con destino a Cuba. El yate de vapor “Amadís” iría de Fernandina a Costa Rica, llevando a su bordo a Manuel Mantilla y a Patricio Corona, quienes entregarían el mando al general Antonio Maceo, jefe de los patriotas radicados en Costa Rica y entre los que figuraban su hermano, el general José Maceo y el general Flor Crombet. 

Otro yate de vapor el “Lagonda” cargaría en Fernandina para seguir viaje a Cayo Hueso, donde embarcarían los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff. Finalmente, el “Baracos”, vapor de alto bordo haría el viaje a la República Dominicana llevando a Martí, al General Mayía Rodríguez y al General Collazo con otros patriotas. El general en jefe Máximo Gómez tomaría el mando en la última etapa del viaje de la República Dominicana a Cuba.

El espionaje español y los agentes federales, sin embargo, tuvieron a tiempo conocimiento de lo que se tramaba y cuando el “Amadís” llegó a Fernandina, había orden de interrumpir el viaje y arrestar a pasajeros y tripulación. Mantilla y Corona lograron escapar y fueron a parar a Jacksonville, donde Martí estaba alojado en el “Travellers Hotel” bajo nombre supuesto. Casi enseguida fueron detenidos el “Lagonda” y el “Baracoa”. Era el fracaso de la expedición, laboriosamente preparada… el fracaso de Fernandina.

Los españoles no se conformaban con la detención de los buques, sino que aspiraban al encarcelamiento de los cubanos y la confiscación de las armas y pertrechos, a fin de que el escarmiento fuese ejemplar. A las insistentes demandas del Ministro Muruaga para que las autoridades federales castigasen a los patriotas cubanos y que aludían con ironía “…a los extraños procedimientos de Fernandina…”, el Secretario Gresham contestó en tono destemplado, el 12 de febrero que no había nada extraño en la actuación de la justicia en Fernandina y que si no se había logrado lo que quería España se debía a que sus testigos no habían mantenido sus acusaciones.

En realidad, las gestiones habilidosas del abogado Rubens habían hecho que el cargamento de armas y municiones fuese llevado de Fernandina a Filadelfia para el aparente propósito de servir como piezas de convicción, pero el almacén en que fue depositado este material de guerra tenían unas convenientes puertas al fondo y por ellas, con la protección de las sombras de la noche, fueron sustraídas las armas y municiones y rellenadas las cajas con piedras y tierra.

Martí, mientras tanto, ayudado por Gonzalo de Quesada, hacía desesperados esfuerzos para alegar los recursos económicos que se necesitaban para impulsar la 

revolución. Los patriotas respondieron en todas partes y casi enseguida hubo varios miles de pesos disponibles. Ante la imposibilidad de financiar una expedición de la magnitud que Maceo quería, Martí se aventuró a confiar la empresa a Flor Crombet quien se comprometía a llevar la guerra a Cuba con un grupo menos numeroso. La encomienda de llevar esos recursos a Costa Rica le fue confiada al patriota Frank Agramonte quien desempeñó su misión con habilidad y precisión y vino a Cuba con los Maceo y con Crombet.

El 29 de enero de 1895 se dio la orden para el alzamiento firmada por Martí por Mayía Rodríguez y por Enrique Collazo. No se podía esperar más, ya que Martí tenía que embarcar en el único vapor que por algún tiempo habría para ir a la antigua ciudad de Santo Domingo, donde se reuniría con Máximo Gómez para seguir viaje a Cuba. El movimiento revolucionario estallaría en Cuba con recursos mucho más pobres que los que había habido en el momento del fracaso de Fernandina, pero no se perdería la oportunidad de iniciar la lucha. 

Como en otras ocasiones en la historia de las revoluciones cubanas, diplomáticos y cónsules norteamericanos no estuvieron al tanto de los acontecimientos que se desarrollaban. William Springer y sus compañeros tenían muy completas estadísticas mercantiles e informes de los recogidos entre los hombres de negocios. Pero no habían penetrado en los círculos oposicionistas para calibrar el descontento y avisar a su Gobierno con la debida anticipación.

En septiembre de 1894, el cónsul Hyatt desde Santiago de Cuba había telegrafiado a la Secretaría de Estado de Washington DC., la información de que se esperaba una sublevación armada en el Departamento Oriental; pero el 18 de octubre, en ausencia del Cónsul Williams, el Vicecónsul Springer telegrafió al subsecretario una terminante negativa de todo movimiento revolucionario que terminaba con la declaración de: “No hay nada que temer”.

Sin embargo, como ya he hecho notar, los preparativos para la 

revolución cubana se habían desarrollado ampliamente en Cuba y en los Estados Unidos, a pesar de todos los obstáculos y la orden de lanzamiento fue expedida antes que terminase el mes de enero de 1895. Con los patriotas listos para lanzarse a la lucha Williams en esos días críticos solamente está atento a las cuestiones económicas que reporta con el mayor cuidado hasta que quedó establecido el “modus vivendi” del 6 de febrero al que se consideraba como la solución de todas las dificultades. 

El 24 de febrero de 1895, el Grito de Baire confirmaba las prevenciones del cónsul Hyatt y el Alzamiento de Ibarra en el que estaban complicados numerosos elementos habaneros y matanceros demostraba que los cubanos habían planeado el movimiento revolucionario en escala nacional.

Todavía el cónsul Williams no dio mucha importancia a lo que ocurría, su telegrama del 25 de febrero de 1895 a la cancillería de Washington informaba que el capitán general Calleja había restablecido la ley de orden público de 1870 para hacer frente a la situación planteada “…por la tentativa de ciertos individuos para provocar la guerra civil…” Cuidaba Williams de destacar en su telegrama que los dirigentes de los partidos españolistas, o sea conservadores reformistas y autonomistas, ofrecían al gobierno español su apoyo incondicional frente a los partidarios de la independencia. 

El 26 de febrero Mr. Williams se ratificaba en sus puntos de vista acerca de la revolución cubana y al informar a su gobierno le restaba importancia a lo ocurrido al decir que “los principales y la mayoría de los buenos elementos estaban al lado del Gobierno”. En cuanto a los 

revolucionarios no les concedía importancia alguna al decir desdeñosamente que se trataba de un corto número de descontentos a quienes ayudaban la pobreza general del país.

Ya el 24 de febrero, la revolución le había planteado su primer problema al cónsul William, sin embargo, ese día que era domingo Manuel Sanguily había estado a visitarle en su residencia para comunicarle que su hermano Julio Sanguily, ciudadano de los Estados Unidos, había sido arrestado por la mañana y enviado la fortaleza de La Cabaña. La petición del coronel Sanguily era de que el cónsul de los Estados Unidos interviniese en favor de su hermano, de conformidad con el Convenio Calderón Collantes-Cushing que precisaba que los ciudadanos norteamericanos en Cuba y en España serían juzgados por tribunales ordinarios y mantenidos en cárceles del mismo tipo salvo en el caso de que fuesen cogidos con las armas en la mano. 

La gestión ante el Capitán General Calleja fue iniciada el 26 de febrero, cuando ya habían sido arrestados José María Aguirre y Francisco Carrillo, también ciudadanos norteamericanos pero el Gobernador español se indignó muchísimo con el cónsul norteamericano con su intervención en el asunto. Según relataría Williams después, el 6 de mayo en despacho enviado desde Brooklyn, donde estaba en uso de licencia, cuando el 25 de febrero se entrevistó con el general Calleja para informarle que Sanguily y Aguirre eran ciudadanos de los Estados Unidos. 

El Gobernador español respondió con “…una explosión del lenguaje y de gestos muy violentos diciendo que era una desgracia para la bandera de los Estados Unidos que el Gobierno norteamericano protegiese a estos hombres quienes, como era notorio, eran conspiradores contra el Gobierno de España”. Y exclamando con voces más altas, de tono y con gestos y lenguaje todavía más violentos que “…los ciudadanos norteamericanos conspiraban abiertamente en los Estados Unidos contra España y que fusilaría a cualquiera de ellos que cogiese con las armas en la mano, cualesquiera que fuesen las consecuencias”.

Como se ve, a Williams no le había valido de nada el mostrarse opuesto a la independencia de Cuba para que el General Calleja le respetase. Las relaciones entre los dos se agriaron rápidamente por el hecho de que el Gobernador español no le cabía en la cabeza que los Estados Unidos no encarcelasen a los emigrados revolucionarios cubanos y a los norteamericanos que simpatizaban con la independencia de Cuba y por ello interpretaba caprichosamente el régimen de derechos civiles y políticos resistentes en los Estados Unidos como una complicidad oficial de los norteamericanos con los patriotas cubanos que nunca existió y que de haber existido, habría ayudado a los mambises a ganar la guerra.

Williams llegó a preocuparse con la hostilidad que le manifestaba el general Calleja. El 2 de marzo, al entrevistarse con el capitán general para protestar por el arresto del general Aguirre, según sus propias palabras en un despacho que envió al subsecretario Uhi, el Gobernador español le dijo textualmente: “Señor, Cónsul: Se me dice que usted está enviando noticias alarmantes a los periódicos de los Estados Unidos, pero como que todavía esta información no me ha sido presentada debidamente autenticada: ¡Ahora se lo prevengo! ¡Le prevengo a usted, señor, Cónsul!”

El representante de los Estados Unidos se apresuró a negar que hubiese fundamento para esa acusación y hasta le pidió a Calleja que hiciese las averiguaciones del caso, pero al día siguiente se enteró por los periódicos de que el Gobernador español había pedido a Madrid que le cancelasen exequátur de cónsul general.

La pretensión del General Calleja cayó muy mal en Washington, más todavía por el hecho de que a los cónsules británicos y alemanes España les reconocía las facultades y derechos que negaba al de los Estados Unidos. Se instruyó enseguida al Ministro Taylor en Madrid para que protestase con toda energía de las acusaciones contra el Cónsul Williams y sus compañeros y dijese de la manera más terminante que los Estados Unidos se negaban a retirarlo.

El relevo de Calleja por el General Arsenio Martínez Campos por el momento resolvió ese problema, pero Williams siguió en dificultades con las autoridades españolas. El general Carrillo fue libertado y deportado antes de que terminase el mes de mayo, pero en cuanto a Sanguily se hizo evidente que España no quería soltarlo. El proceso contra Sanguily pareció quedar resuelto y luego se complicó de nuevo produciendo un incidente entre Sanguily y Williams en el que se intercambiaron satisfacciones. Finalmente, Sanguily también pudo salir de Cuba, pero con el solemne compromiso de que no batiría armas contra los españoles.

Estos conflictos de jurisdicción se complicaron cuando la revolución cubana llevó la guerra a los centrales azucareros, los centrales Santa Lucía, Senado y Congreso estaban hipotecados en un millón de pesos a Mosley Bros de Nueva York. “El Soledad” de Cienfuegos era de Edwin F. Atkins, tenaz enemigo de la independencia de Cuba, y servil amigo de España, el “Santa Catalina” situado en Corral Falso era propiedad de Henry Heidegger, Vicecónsul de los Estados Unidos en Matanzas y muchos otros norteamericanos tenían colonias, ingenios, minas, ganados, etc.

Algunos norteamericanos establecidos en Cuba quisieron disfrutar de una neutralidad imposible en la lucha que sostenían cubanos y españoles, como si los extranjeros pudiesen aislarse de lo que ocurre en el país en el que se radica. Muchos otros, sin embargo, desde un principio tomaron partido, o por los patriotas o por la metrópoli. 

El historiador y filósofo Henry Adams, como el diplomático John Hyde, el turbulento político Theodore Roosevelt, el senador Don Cameron y su esposa, el senador John Morgan, y otros muchos personajes de la vida oficial y social de Washington habían constituido un grupo de amigos de Cuba que aplaudían las victorias de los mambises y se permitían algunas bromas, quizás a costa del Ministro Dupuy de Lome. 

El senador Chandler, de New Hampshire, llegó al extremo de criticar muy hiriente en su correspondencia con el Presidente Cleveland al instarles a que adoptase una política favorable a la revolución cubana. Filadelfia, Nueva York, Boston, Baltimore, New Orleans, Tampa y otras ciudades norteamericanas celebraban mítines a favor de la independencia de Cuba y en ellos recolectaban fondos para ayudar a los cubanos.

La revolución cubana llegó a disfrutar de poderosas influencias a lo largo de la costa del Atlántico de los Estados Unidos, especialmente desde Filadelfia hasta Cayo Hueso. Las colonias de emigrados cubanos nacionalizados figuraban en bloque en la política norteamericana, con derecho a elegir y a ser elegidos y así se hacían sentir en las aduanas, en las oficinas policíacas, en los ferrocarriles y hasta en las altas esferas del Gobierno de Washington, aunque en estas últimas podían más los grandes intereses financieros que los tenedores de la deuda pública española y la presión de la Iglesia católica de los Estados Unidos, representada por el arzobispo Ireland que apoyaba a España.

La guerra de independencia empezaba el 24 de febrero. Como la de 1868, fue la más heroica empresa libertadora que se había visto en América. Un pueblo aislado en una isla y cuyas costas dominaba la escuadra española en esos momentos respaldada por la marina norteamericana, se batía solo contra un ejército de 200,000 soldados; más numeroso y mejor armado que todas las tropas reunidas que Washington, Bolívar y San Martín tuvieron que combatir mientras luchaban por la independencia de Estados Unidos y de la América del Sur.

 Ese pueblo sostuvo la lucha con las armas que arrancaba a sus enemigos y con las que se filtraban a través del bloqueo. En ella cayeron Martí y Maceo, con 

millares de combatientes más, pero las bajas de los españoles fueron siempre mucho más numerosas y debilitaron a la metrópoli hasta dejarla exhausta. 

La revolución que España y el Presidente Cleveland habían tratado de suprimir se afirmó victoriosamente hasta resultar incontenible y la opinión norteamericana se inclinó de manera decisiva en favor de la independencia de Cuba, hasta llevar a los Estados Unidos a la guerra con España. El Vicecónsul Springer y el Cónsul Williams quienes en febrero de 1895 habían opinado ante el Grito de Baire que no pasaría nada, vivieron para ver a Cuba libre por el esfuerzo de sus hijos, quienes no quisieron seguir sometidos a España ni se inclinaron a la anexión.

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