El estímulo, la inflación y sus consecuencias

Written by Adalberto Sardiñas

19 de mayo de 2021

Pasada la emoción de los $2,600 concedidos a cada persona residente en este país como ayuda por daños sufridos a consecuencia de la pandemia, aunque muchísimos lo recibieron sin haber sufrido perjuicio alguno, nos enfrentamos a las lógicas consecuencias de esa generosa regalía, exagerada en mi opinión, que nos deja un déficit astronómico, con el agravante de un elevado nivel inflacionario, y un alta en la tasa de intereses que nos afectará a todos por igual, para ahora, y para después, porque el estímulo, que se extendió con dinero prestado, debe ser pagado con la contribución de toda la ciudadanía. Los estímulos, en su intención, fueron buenos y generosos. En su aplicación, desproporcionados y arbitrarios. ¿Cómo conceder la misma cantidad de ayuda a los que ni siquiera perdieron sus trabajos o sufrieron daños financieros? La ayuda estaba destinada a los que en realidad fueron afectados por la pandemia. No se concibió como una piñata indiscriminada para premiar a todos. En ese aspecto, el estímulo perdió su propósito. Debió haberse manejado mejor, colocando la ayuda, equitativamente, donde se necesitaba, y no en forma indiscriminada.

De estos estímulos, que se convirtieron en derroche, tenemos, como primera consecuencia, hasta ahora, la carencia de mano de obra para la productividad y el crecimiento económico. Las empresas, pequeñas, medianas y grandes, tienen serias dificultades para hallar trabajadores. La gente, recibiendo ingresos como ayuda, superiores a lo que devengaban antes de la pandemia, prefieren quedarse en casa, disfrutando la televisión, en lugar de retornar a sus labores habituales. Existe, en esta generosidad mal entendida, una tácita invitación a no trabajar. Y millones la tomaron como tal, decidiendo por la holganza en vez de la actividad.

Las últimas estadísticas nos muestran más de 7.5 millones de empleos disponibles, pero no suficientes aplicantes para cubrirlos. ¿Por qué? Porque el gobierno los incentiva a no trabajar, pagándoles, libre de impuestos, cantidades que les permiten vivir sin esfuerzo de su parte. Es obvio que la administración Biden-Harris, intenta inundar el país con abundante liquidez, con la esperanza de que el consumidor, compulsivamente, en excesiva demanda, fortalezca la economía con su nuevo poder adquisitivo. Y ahí, en ese propósito, es donde radica la receta destructiva de más inflación y elevados intereses que afectarían todas las compras, desde los automóviles hasta las residencias, modestas y lujosas. Para entonces, el somero impacto de los estímulos será historia, pero la secuela que nos deja tendrá nociva permanencia por largo tiempo.

Como es sabido, la economía no puede producir, suficientemente rápido, productos y servicios para satisfacer una creciente y repentina demanda. La cadena de abastecimiento, después de los trastornos de la epidemia, no está apta para ello. Si sobreponemos a estos obstáculos, la renuencia de los americanos, y no americanos, a no trabajar, tendremos un descalabro temporal que se hará sentir en toda la población. El gobierno debe frenar el desincentivo al trabajo, limitando el tiempo de los bonos por $300.00 semanales que actualmente dispensa a trabajadores cuyos empleos están esperando por ellos, y que, supuestamente, se extienden hasta septiembre. Los empleadores, y la nación, necesitan el regreso de todos a sus labores de antes. El perverso incentivo de los bonos es evidente. Y lo corroboran las últimas cifras decrecientes de nuevos empleos, contra el aumento del desempleo.

El resultado del desbalance laboral post pandemia, ha tenido, a la vez, aspectos ambivalentes. Por una parte, aquellos que han regresado, y los nuevos empleados, están disfrutando de un aumento de salario para asegurar su estadía en la mayoría de los sectores de la economía. Por el otro, tenemos el peligro real de que estos aumentos alienten las expectativas que nos conduzcan a una inflación general que entorpezcan el crecimiento económico y contribuyan al desempleo.

Todos los actos y eventos, por lo general, traen consigo consecuencias de menor o mayor cuantía. El Covid-19 no podía ser la excepción, dada su dañina proporción universal. Una de esas consecuencias, ayudada por la irresponsabilidad gubernamental, es la próxima ola inflacionaria que ya se vislumbra. Otra es el aumento en la tasa de intereses que yace en acecho para desplegarse en cualquier momento. Y, por último, como creación del desmedido despilfarro de los estímulos recientes, ya se da por descontado un inminente aumento de impuestos, que, bajo el disfraz de afectar sólo a los ricos, y las corporaciones, acabará, como siempre, tocando los bolsillos de la clase media.

Dentro del cúmulo de riesgosos asuntos desatados, en primer término, por la pandemia, y en segundo, por las contradicciones de la presente administración, existe un aspecto positivo. El pueblo americano empieza a figurar, a temprana hora, las consecuencias, naturales y políticamente fabricadas, que nos deja la pandemia.

Los estímulos se han esfumado. Las consecuencias, permanecen.

Y tenemos que lidiar con ellas. Esperamos que el gobierno de Biden haga lo mismo, de manera efectiva.

Al fin y al cabo, es una criatura de su propia creación.

BALCÓN AL MUNDO

En Jerusalén y la Faja de Gaza, judíos y palestinos se matan por docenas. Es un proceso recurrente que cada dos, o tres años, indefectiblemente, se repite. Del lado palestino vuelan hacia Israel, los cohetes de Hamas, adquiridos con las donaciones de Irán. De Tel Aviv y otros puntos militares, vuelan los aviones, atacando lugares estratégicos enemigos. Las Naciones Unidas, con su inutilidad proverbial, trata de mediar un cese al fuego que no se habrá de producir hasta que la aviación israelita termine su trabajo de controlar, con fuego, a los terroristas palestinos.

Estos ataques de Hamas, apoyados por Irán, Siria y Rusia, son un reto para la administración de Biden. Para los judíos es cuestión de rutina. Los castiga, les causa destrucción, y siempre, pacientemente, espera hasta la próxima.

Es lamentable, desde el punto de vista humano, que esos terroristas sean tan estúpidos, como para provocar su propia devastación.


El Covid-19 está en plena retirada. Todos lo sabemos. Pero el presidente Biden, y su lugarteniente Anthony Fauci, quieren mantener la carta de la pandemia en place ad infinitum. Están jugando la parte final de la politización del Covid.

Por favor, es suficiente. Démosle un chance a la normalidad que toda América desea. Estamos a las puertas de la inmunización de rebaño. ¿Qué más quieren?


Ecuador tuvo el buen juicio de detener el avance comunista con la derrota del candidato Correísta. Perú está tratando de hacer lo mismo rechazando la agenda de Pedro Castillo, candidato marxista, que pretende cambiar todo en Perú, de ser electo en las elecciones presidenciales próximas. Sus discursos, amenazantes y de plena retórica comunista, son una alerta para el pueblo peruano.


Liz Cheney, tercera en el liderazgo republicano en la Cámara y con excelentes credenciales conservadoras, siguiendo la trayectoria de su padre, Dick, ha sido depuesta de su posición. Se oponía a Donald Trump, desde antes de su derrota en noviembre, y votó por su impeachment. Dijo, en su discurso de despedida, que lucharía, desde su limitada influencia, para evitar que Trump regresara a la Oficina Oval. Fue clara y precisa. Y mostró una honestidad pocas veces vista en la Cámara Baja de estos días. Así andan las cosas en el Partido Republicano, que tiene que carenar en la figura de Trump, por la carencia de figuras genuinamente conservadoras, para mantener su agenda.


El ataque cibernético al oleoducto de la compañía Colonial Pipelines por uno de los grupos conocidos como “Darkside”, ha causado una momentánea dislocación en el precio de la gasolina contra el consumidor; pero, con toda su gravedad, el problema en el momento en que usted lee este artículo, ya debe haberse resuelto.

Lo importante de este ataque es el mensaje de alerta que nos envía. Hackers de esta naturaleza pudieran dirigirse contra nuestro sistema bancario, contra programas súper sofisticados de la NASA, contra nuestras instalaciones eléctricas o nuestros sistemas de comunicación.

Estamos viviendo en momentos inciertos. Imagínense que, un momento indeterminado, inesperadamente, todas las ATM, y las computers, dejen de trabajar. ¿Estaremos listos para enfrentar ese caos?

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