Hay como un vigoroso simbolismo en esa estampa singular de la que se ofrecen distintas imágenes desde diversos ángulos. Las obras del hombre y las de la naturaleza se han entrelazado en un abrazo de eternidad afincadas profundamente a la tierra nutricia, enraizadas en ella para plasmar un conjunto que es un canto a la vida y al esfuerzo creador. Las férreas ruedas, antaño forjadas e impulsadas por el trabajo humano, se abrazan inmóviles al árbol en un vegetal afán de supervivencia hasta lograr que en esa quietud y ese silencio no se sienta el temblor quejumbroso de las ruinas, sino el soplo amoroso de la fecundidad.
Estamos ante los restos del ingenio La Demajagua en Manzanillo, Oriente. Basta la mención para comprender por qué, independientemente del simbolismo panteísta del impresionante conjunto, se percibe en ese silencio una poderosa resonancia de historia y, en esa inmovilidad, una inagotable fuerza de creación. Fue aquí donde Carlos Manuel de Céspedes y sus compañeros, en la madrugada del 10 de octubre de 1868, proclamaron la independencia de Cuba y dispusieron la libertad de sus esclavos para inaugurar, con su abnegación y sacrificio y con los de muchos otros hijos de esta tierra, la dilatada y penosa jornada que habría de culminar en el triunfo de la nación cubana y de sus principios básicos de libertad y de dignidad plena del hombre.
Siete días después de aquel amanecer con la estrella de Yara cosida al cielo de púrpura del tricolor revolucionario, el bombardeo del cañonero español Neptuno desde las proximidades de Manzanillo destruyó el pequeño centro industrial como para borrar hasta los vestigios del lugar donde el criollo lanzó su voluntarioso grito de “¡Independencia o Muerte!”. Pero, así como el grito no pudo ser degollado en la garganta de los héroes inmolados y se concretó en la realidad afirmativa, tampoco pudo destruir la metralla enemiga este santuario de la patria. Y ahí está, en su emotiva presencia, La Demajagua, reclamando un poco de atención a los ingratos.
Sin embargo, aunque La Demajagua permanezca así en su pura expresión primitiva, bajo el follaje vibrante y renovado, el abrazo de las ruedas y el árbol se hará cada vez más apretado y más fundido a las entrañas de la tierra, como una lección viva a la conciencia cubana de que solo puede perdurar la nación y echar sus ramajes vigorosos a lo alto si se entrelaza la constancia del esfuerzo creador a la vinculación con el suelo y a la evocación de los principios, aspiraciones y ejemplos que florecieron hace 158 años en este escenario conmovedor, lleno de fuerzas y de poesía.






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