El entierro del enterrador

Written by Libre Online

2 de abril de 2024

Capítulo VII

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Felipito retrocede y en busca de auxilio mira en torno. Al instante ubica al capitán Rene Rodríguez que animado conversa y ríe con uno de sus oficiales. Felipito, impulsivo, acorta la distancia y lo aborda.

-Capitán necesito un favor suyo.

El militar le da el frente y responde.

-Usted dirá…

-Soy el ayudante del enterrador. El capitán aguza la vista y lo reconoce. -¡Sí…! Como que no. Te he visto con el sepulturero viejo. ¿Qué quieres?

-Hablar con uno de los esbirros que van a fusilar.

-Está prohibido que la población confraternice con ellos. Además ya huelen a muerto. -Es que necesito saber… 

-¿Saber qué…?

Felipito enrojece. Se pasa la lengua por los labios salivosos y timorato confiesa.

-Saber si es el que me quitó una novia… El que digo era de la gente de Arsenio Ortiz y me la quitó… me golpeó y me la quitó… -repite avergonzado.

-Eso pasa todos los días. Siempre hay un vivo y un comemierda -el capitán dice con filosofía callejera.

-Yo la quise… El va a morir, si es quien pienso. Quisiera conocer qué ha sido de ella. Nunca volví a verla -el oficial titubea y Felipito insiste-. ¡Por favor capitán!, Usted me conoce, soy callado y trabajo todas las horas que la revolución me pide. ¡Por Dios…! yo la quise mucho -suplica lleno de sentimientos.

El capitán relaja las facciones. Lo mira con fijeza y accede.

-Está bien, pero sea breve. ¡Sargento Muñoz! -llama a un subalterno-. Deje que este ciudadano hable con uno de los condenados. ¿Cuál es…?-lo interroga.

-Aquel… el mulato jabao de pelo pasito y colorao.

-Llévelo sargento.

Felipito sigue al militar. Cuando llegan junto al grupo de sentenciados Felipito se retrasa y el sargento aparta al escogido.

-¿Qué ya van a matarme? -pregunta con una sonrisa desafiante.

-Este hombre quiere hablar contigo.

El sentenciado contempla al extraño y profiere. -No lo conozco…

-Parece que él a ti sí.

-No estoy como para perder el aire que me queda. Mejor me dejan tranquilo -exclama desabrido.

-El capitán lo autorizó. ¡Eh! tú, acércate -el sargento le dice a Felipito.

-¿Y tú quién eres…? -el reo averigua cuando quedan frente a frente.

Felipito demora en responder: “¡Es el Jabao!”; chilla su cerebro. Las sienes le laten y los recuerdos de Eloína y la tarde de circo se le apelotonan.

-Yo… yo estaba enamorado de Eloina. Me diste un golpe a traición y me la quitaste… -articula a duras penas.

-¡Ya caigo! Eres el baboso que quería mamarle las tetas a Eloina. ¡Tremendo piñazo que te di en el tronco de la oreja!

-¡Me diste a traición! -refuta.

-Como quiera que te diera no podías conmigo. Siempre practiqué boxeo. ¿Qué quieres de mí? 

-¡Eloina! ¿Dónde la tienes?

-Hace tiempo que no sé de ella. Cuando se juntó conmigo la llevé para Guao, un caserío que está pegado a Cumanayagua. Me parió dos muchachos y se puso fea como un carajo. Perdió los dientes y las tetas; las tetas que querías mamarle -recalca -se le cayeron y casi le llegaban al ombligo. También empezó a celarme y cuando me trasladaron para el cuartel de Fomento la dejé… Alguien dijo que se ganaba la vida recogiendo café en Lomas de Trinidad.

-Siempre fuiste malo -Felipito masculla.

-Eso ya lo sé. Por eso van a matarme -el Jabao efectúa un paréntesis y afirma-. Pero nadie me quita lo bailao.

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